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Anaquel Austral 
 
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García Márquez: Justicia poética para Rubén Darío
Virginia Vidal

 

 Gabriel García Márquez lle­ga puntual. Pasa a fondo la mirada viva. Sonrisa lim­pia, voz grave, elocuente sencillez, no habla de más, nada de frases para el bron­ce, pone énfasis en las pa­labras que le interesa recalcar. Está conten­to de haber venido y dice algo de verdad inaudito:

 

"Santiago me gusta, porque tiene mu­chos árboles".

 

Y con esto se compra para siempre a la maltratada ciudad.

 

"Me gustaría volver y conocer más y ha­cer cosas que ahora no alcancé: hablar con los estudiantes, con los escritores, recorrer el país".

 

Este criollo legítimo que se refiere a su vocación de escritor diciendo: "cuando me dio por la novelería de escribir", se ve rela­jado, animoso, resuelto.

 

En la mañana del domingo 18 de marzo, estuvo en Isla Negra. Fue para él una peque­ña aventura: "¡Qué lugar más misterioso! Esa casa es el sicoanálisis de Neruda".

 

Reconoce haber cumplido los sesenta "hace un par de años" y suele decir que a esa edad se está mejor que nunca, "lástima que eso dura sólo un año".

 

Este hombre que se ha saltado todas las visiones provincianas de nacionalidad al afirmar: "Mi país es América Latina" y reconocerse latinoamericano itinerante, señala: "A mí que me interesa tanto la sicología de los paí­ses, sus condiciones propias, me ha sor­prendido la fórmula que es bastante chilena que ustedes han encontrado: de acuerdos, casi parlamentaria".

 

Es cordial y buen compañero y esto se nota al momento de la entrevista: como en el salón hay unas personas que hablan fuer­te, se comide a sujetar él mismo la grabado­ra para ayudarnos. Llega un momento en que ya no quiere más preguntas, sólo con­versar, pero comprende a la colega que aún tiene algo pendiente y bromea. En ningún momento lo abandona su sentido del hu­mor.

 

Miramos por el ventanal desde donde se divisa el parque con jóvenes ginkgos y le decimos que el tan próximo San Cristóbal tiene algo del Avila de Caracas. Entonces pregunta si estuvimos allá en el exilio, cuánto tiempo y quiere nuestra opinión. Le decimos que en Venezuela dejamos a los amigos más nobles, llanos y sinceros. "La misma experiencia tengo yo, no sé por qué Mercedes no me quiere creer".

Un autor y sus personajes

Ante un ejemplar de "Cien años de sole­dad", de la Sudamericana, 1967, comenta: "Este es verdaderamente de la primera edición y no, pirata. Mercedes se juró hace quince años que los recogería todos, ha lo­grado conseguir doce. Salieron ocho mil ejemplares. (Contempla el dibujo del bar­quito azul sobre la selva y las tres flores amarillas). Alguien cometió un error, por­que todavía no se ha averiguado de quién es esta portada. Parece que fue un japonés".

 

El comentario sobre un artículo nuestro, muy crítico, sobre "El amor en los tiempos del cólera", no publicado en una revista, lo hace decir:

 

"Es que allí tengo amigos". Le alegamos que tampoco comentaron el libro ni para bien ni para mal.

"¿Por qué no te gustó? Quiero saber. Claro que tampoco me gusta Florentino Ariza. Es un hombre muy desagradable. No lo soporto".

 

¿Es verdad que su esposa no lee jamás un original suyo, sino el libro ya impreso?

"Cierto, lee en la cama, fuma un cigarri­llo y nunca jamás sé qué pensó. A lo más, le capto algún comentario cuando vienen vi­sitas".

 

Al referirnos a su rol como actor de cine, junto a Juan Rulfo, Buñuel y otros valores de nuestro tiempo, muestra entusiasmo:

 

"Sí, eso fue 'En este pueblo no hay la­drones', basada en un cuento mío. Esa pe­lícula la dirigió Alberto Isaca en 1960. No me gustaba y a medida que pasa el tiempo me gusta. Será que la película va mejoran­do o yo voy empeorando. O vamos mejo­rando ambos. Me gusta contar cosas y estoy dispuesto a utilizar cuanto medio sirva pa­ra ello. Me interesa el cine, como promotor. Todas las formas de lucha son válidas, to­das las formas de comunicación son váli­das".

 

Uno de sus personajes advierte contra un riesgo: "de tanto odiar a los militares, de tanto combatirlos, de tanto pensar en ellos, has terminado por ser igual a ellos. Y no hay un ideal de vida que merezca tanta abyección".

¿Cree que existe ese riesgo para los jóvenes que han luchado contra las dictaduras?

"Creo que se lo dice el general Moneada a su amigo Aureliano Buendía cuando éste lo va a fusilar. ¿Cómo evitar ese riesgo? ¿Qué sacar en conclusión? Es cierto. Tú re­cuerdas cuando la guerra de independencia de Argelia que la tortura de los franceses era una cosa atroz. Ahora los argelinos están acusados de ser tan torturadores como los franceses. Temo que pueda suceder aquí. Pero tenemos formas de democracias pro­pias".

Descubriendo el hielo

¿Quiso usted rendirle un homenaje a Rubén Darío al comienzo de "Cien años de soledad""? Porque él cuenta que su tío abuelo, el coronel Félix Ramírez, lo llevó a conocer el hielo.

 

(Aquí García Márquez muestra un inte­rés especial, verdadero asombro y excla­ma:)

 

"¿Dónde?"

 

En su "Autobiografía", Rubén Darío habla de su infancia y de ese tío abuelo tan querido: "Por él aprendía andar acaballo, conocí el hielo, los cuentos pinta­dos para niños, las manzanas de California y el champaña de Francia".

"Mira lo que es la justicia poética. El per­sonaje protagónico de 'El otoño del pa­triarca' es Rubén Darío, como tú lo sabes. He leído muchísimo a Darío en versos y en prosa. Conozco 'Azul', pero no esa ‘Auto­biografía'. Me parece un episodio de justi­cia poética que aparezca yo ahora inspirán­dome en lo único que no conocía de Darío, a pesar de que escribí un libro completo con todo lo que conozco de él. Ojalá se conside­re esto como un homenaje a Darío. Pero lo voy a leer... En 'El otoño del patriarca an­daba yo con garrote fracturando frases en­teras que eran versos de Darío, porque me aparecían espontáneamente".

 

Usted dijo siempre que rio aceptaba pues- tos públicos, subvenciones de ninguna cla­se ni tampoco participar en promociones públicas. ¿Cree que esa actitud suya debe ser imitada? Muchos escritores conside­ran que una ayuda a través de subvencio­nes, becas, etc., les permitiría escribir más y mejor.

 

"Ya no las acepté cuando las necesitaba, ya me salvé. Mira, ese es un problema de la conciencia de cada uno. Yo tuve la inmen­sa suerte de haberlo podido hacer así, pero eso no quiere decir que lo vayamos a pro­hibir. El que se va a vender, se vende sin necesidad de subvenciones. Y yo he dicho además una cosa: se escribe mejor con todo resuelto que en la penuria de los románti­cos. Es decir, bien comido, sin duda se es­cribe mejor que mal comido. Es problema de la conciencia de dónde salió esa comida, pero si uno tiene su alma en su almario... Acuérdate de lo que decía Bertolt Brecht sobre aquello de qué es peor: asaltar un ban­co o fundar un banco...".

 

Novela y periodismo

Usted asegura no tener vocación políti­ca, sin embargo cree que como periodista puede divulgar hechos que la prensa no tie­ne interés en dar a conocer. ¿Cómo ayuda al periodista el novelista subversivo?

 

"Yo nunca he sido subversivo, pero toda novela debe ser subversiva. Una novela complaciente no triunfa. Hay que poner la fama al servicio de las ideas. Toda novela es subversiva en el sentido de que tiende a controvertir el orden establecido. Una no­vela complaciente no tiene interés de nin­guna clase. Y, claro, eso se expresa mejor de todas maneras en el periodismo. En la novela hay que metaforizarlo o si no, resul­ta discursiva. El periodismo es un arma mu­cho más directa. Lo que pasa es que el pe­riodismo paga muy mal. El periodista es empleado de su empresa y eso determina una condición muy difícil de superar. El problema es de conciencia personal: saber uno qué se debe hacer. ¿Qué se puede ha­cer? ¿Renunciar? Yo trabajé siempre en pe­riódicos y todo lo que allí he escrito está pu­blicado en seis tomos. Muchas veces me he puesto a releerlos. No hay una sola letra de la que tenga que arrepentirme política­mente y nunca fueron periódicos con los que estuviera totalmente de acuerdo. Pien­so que el mejor aporte a la revolución de cada quien es hacer su oficio lo mejor posible.

 

Revista Punto Final N° 210, abril 1990

 






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 Referencia
Virginia Vidal.  "García Márquez: Justicia poética para Rubén Darío."  Anaquel Austral. Ed. Virginia Vidal. Santiago : Editorial Poetas Antiimperialistas de América.   15 de Mayo de 2015.
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