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Segundo Encuentro con Gioconda Belli
Álvaro Castillo Granada

 “Aquí estás vos, aquí estoy yo, aquí estamos todos en esta realidad”

Hacía cinco años nos habíamos encontrado. Presenté su novela El pergamino de la seducción durante la Feria del Libro de Bogotá. La entrevisté, después, sin grabadora porque justo en ese momento se le ocurrió dañarse. Conversamos, almorzamos, recorrimos el centro de la ciudad, caminamos, tomamos café, junto a Patricia Miranda, hasta que su avión partió. Dejó guardado, olvidado, en mi mochila, su paraguas. Lo guardé con la certeza de que algún día se lo devolvería. Gracias a la gentileza de Carolina Barrera (jefe de prensa de la editorial Norma) pudimos reencontrarnos. Esta vez para conversar, entre otras cosas, de su nueva novela: El país de las mujeres. Tuve que leerla en PDF. El libro que la editorial me mandó no llegó jamás a mis manos. Desapareció en la portería de mi edificio. Apenas nos vemos nos sonreímos. Nos damos un abrazo. Me dice: “Alvarito…pero tú estás más joven…”. Yo no me atrevo a decirle: “Y tú cada vez más linda…”. Nos sentamos, alisté la grabadora (que esta vez sí funciona), abrí mi mochila y dije:

—Como a Viviana, la protagonista de El país de las mujeres, se presenta en este instante ante tus ojos un paraguas que te perteneció.

(Lo saco de mi mochila que, como la del gato Félix, carga cualquier cosa. Ella ríe, levanta las manos. Lo toma. Me abraza)

Te lo guardé en mi mochila hace cinco años mientras caminábamos por el centro de la ciudad. ¿Lo recuerdas? ¿Por qué tantos paraguas en tu vida?

—Porque ha llovido mucho. Recuerdo el paraguas perfectamente. Qué lindo que lo guardaste. Este paraguas me recuerda que estuvimos sentados en un café de esos que se iniciaban, de la cadena Juan Valdez. Después, caminamos. Era primero de mayo y las calles estaban muy solas… Queríamos ir al Museo del Oro y estaba cerrado… Con solo tomar este paraguas en mi mano los recuerdos regresan, puedo hacer el recorrido de esos momentos. Y eso fue lo que hice cuando tuve la idea de este lugar donde se despierta Viviana, la protagonista de la novela. Pensé en la magia de los objetos olvidados; pensé en las veces que me he preguntado, cuando pierdo algo que he querido mucho, que ¿dónde habrá ido a parar? ¿Cuánto se llevó de mí? Así nació esta idea que es clave en la estructura de la novela.

—Vienes y venimos los lectores de tu novela El infinito en la palma de la mano. Tu novela sobre Adán y Eva. Partiste para ella de lecturas de textos antiguos que te permearon y permitieron y darle una “vuelta de tuerca” (a lo Henry James) a la historia. Narrarla otra vez con una nueva voz. ¿Cuál es el camino que recorriste entre esa novela y El país de las mujeres?

—Bueno, no es un camino muy largo aunque lo parezca. Hay una vinculación en toda mi literatura que nace de la inconformidad ante el lugar que ocupa la mujer en el mundo y ante las visiones masculinas de la mujer que siento no nos hacen justicia, ni nos conceden el lugar que merecemos. O nos idolatran o no nos ven como la totalidad que somos. Mi literatura está signada por una búsqueda, por un deseo, de tratar de mostrar esas facetas de la mujer que puedan iluminar un poco la visión no solo del hombre, sino de la mujer sobre sí misma. Creo que uno de los grandes problemas que tenemos las mujeres es el cómo nos vemos a nosotras mismas. A menudo lo que vemos, no es realmente lo que somos, sino el reflejo que de nosotras nos proyecta la sociedad.

—La memoria y el recuerdo son dos de los temas en los que ahondas en tu escritura. ¿Cuál es la memoria, cuál es el recuerdo, de El país de las mujeres?

—Hay muchos recuerdos, no sólo uno. Un recuerdo muy importante de ese “país de las mujeres” es un corredor, con muchas flores alrededor, donde nos reuníamos las fundadoras originales del “PIE” (Partido de Izquierda Erótica). Comíamos, tomábamos ron y café. Éramos un grupo de mujeres, todas en las estructuras sandinistas, que nos juntamos y decidimos conspirar secretamente para mover la agenda femenina dentro de las diferentes partes de la revolución. Como suele suceder en las revoluciones (no fue la sandinista la primera) te dicen: “La mujer participa”. Hasta el momento que triunfa la revolución y ahí te quieren mandar de vuelta de donde viniste. Tal vez no a la casa pero sí a trabajos pequeños, para dirigir ellos toda la operación. Nos empezaron a decir que el tema de la mujer tenía que esperar porque estábamos en guerra y había que levantar la producción… Nosotras no estábamos de acuerdo. Por eso nos juntamos y formamos este grupo. Entre broma y broma le fuimos poniendo el “PIE”. Ese era nuestro nombre de guerra. Ya sabíamos a qué nos referíamos.

—En El infinito en la palma de la mano dices: “(…) Miró a su alrededor con nostalgia, como si mirara un recuerdo”. ¿Esa fue tu mirada para escribir esta historia? ¿Qué mirada es?

—No es nostálgica. Es una mirada que intenta crear el eslabón entre el pasado y el futuro: aprender del tiempo pasado en discusiones interminables, que si socialismo, que si capitalismo, a pesar de que cada día se desvirtúan mas esos conceptos. Y uno se pone a pensar: ¿por qué no somos capaces de superar la frustración de la izquierda y pensar algo nuevo? ¿Por qué no somos capaces de dejar de ver lo que nos han obligado a ver tanto tiempo y pensar que nuestra felicidad NO está en el producto interno bruto, en las exportaciones…? Qué tal si empezamos a ver la calidad de vida que tenemos los seres humanos y, dentro de esa calidad de vida, una de las más afectadas, todavía, es la mujer. Cada vez peor. Parece mentira. La violencia contra las mujeres ha aumentado en el mundo  tremendamente. Una mujer tiene más chance que la mate una persona que vive con ella que a morir en un accidente de tránsito. Eso es en todo el mundo. Desde el mundo desarrollado hasta el mundo más subdesarrollado. ¿Entonces realmente cómo es posible que nosotros toleremos que en este siglo XXI a una mujer la van a lapidar en Irán por adúltera? Eso es terrible. Eso también es parte de la novela y parte de decir: ¿por qué no pensamos un mundo para que seamos felices? La felicidad tiene que empezar por la relación entre nosotros mismos.

—Durante los años de la revolución sandinista la participación de las mujeres fue muy importante. Hay varios libros de testimonio de Margaret Randall sobre este tema. ¿Cómo fue esa participación?

—Las mujeres participamos de llano en la revolución. Fuimos protagonistas. Con decirte que la primera ciudad liberada en Nicaragua la liberó un comando de mujeres. La primera ciudad que cayó fue tomada por Dora María Téllez. Su estado mayor eran todas mujeres. Las mujeres tuvieron participación activa como combatientes, como diplomáticas, como apoyo logístico, como lo que querrás…

—En El país de las mujeres dices: “[…] fundirse con su pasado, volver a vivirlo”. ¿De cuál pasado estás hablando? ¿Cuál es el pasado en el que te fundes?

—Hay un rememorar. Recordar es volver a vivir. Esa es la idea: cuando ella (Viviana) recuerda y está en ese estado de profunda interioridad, ella puede volver a oler, a sentir y a revivir momentos de su vida. Es un poco lo que nos cuentan de la muerte. Dicen que cuando vos te vas a morir ves tu vida pasar frente a ti. Ella no está muriendo pero está viendo.

—Ella está viendo en ese momento toda su vida pasar a través de los objetos que perdió. A través de los momentos. Volviendo al paraguas que fue tuyo, fue mío y ahora vuelve a ser tuyo…

(Lo toma en sus manos y lo mira)

—Está como nuevo.

—Nunca lo usé. Un día mi mamá me lo pidió prestado y le dije “No, ese paraguas es de Gioconda Belli. Algún día se lo tengo que devolver”. Ya tú sabes… Dices, más adelante, en El país de las mujeres: “[…] el prodigio aquel de haberse transportado nítidamente al recuerdo, como si el objeto hubiese contenido dentro de sí un trozo de tiempo, un pergamino arrollado capaz de desplegarse y envolverla de nuevo en los olores, diálogos y sensaciones del pasado”. Tienes una novela que se llama El pergamino de la seducción. ¿Cómo desenrollar ese pergamino que te envuelve y contarlo cargándolo de presente y de futuro?

—Así como lo hago. En cada novela lo estoy haciendo, voy desenrollando ese pergamino.

—No sólo aparecen nombrados en esta novela Carlos Marx, Regis Debray, Amyrtia Sen, Fritjof Capra, Deepak Chopra sino, también, libros y personajes literarios contemporáneos, de ayer no más. Por ejemplo Milenio y Lisbeth Salander. ¿Cómo se maneja esa tensión entre imaginación, memoria y contemporaneidad?

—Yo creo que la imaginación está llena de memoria y de contemporaneidad. Yo lo que hice fue darme licencia para usar lo que me diera la gana. Para hacer una novela que no estuviera restringida al espacio de la pura imaginación sino que tuviera relación con el mundo moderno. La imaginación no existe fuera de la realidad. Se nutre de esa realidad. En vez de ocultar esos vasos comunicantes yo los revelo. Y no solo los revelo sino que me divierto con ellos en la novela. Y divierto al lector. Como decirle: “Aquí estás vos, aquí estoy yo, aquí estamos todos en esta realidad”.

—Esas referencias a la contemporaneidad lo hacen a uno cómplice también de la novela todo el tiempo.

—Sí. Yo quería hacer una novela que fuera ficción pero que también se pudiera imaginar como realidad. Una realidad para dentro de diez años…

—Durante la presentación de tu anterior novela en Montevideo dijiste lo siguiente: “El paraíso llegará cuando hombres y mujeres logren participar plenamente en la escena política”. ¿Hasta dónde es esta una novela política?

—Creo que es una novela donde uno puede divertirse con la política. Vos le decís a alguien: “Esto es una novela política” y dice “No me interesa”. Precisamente creo que la clave de esta novela es que te permite ver la política desde otra perspectiva. Divertirte con la política, darte cuenta de que no tiene que ser necesariamente aburrida y pesada y cargante… Una de las cosas que nos falta en el mundo actual es la felicidad. Ser más felices en el modo en que consideramos los problemas. Tomarnos menos en serio, ser más juguetones, creativos, lúdicos.

—Las integrantes del PIE toman “[…] cada estereotipo femenino (hasta) llevarlo a las últimas consecuencias”. ¿Esto cómo es? ¿Para qué?

—Para quitarles los prejuicios, para hacer burla de los estereotipos femeninos y demostrar como no necesariamente son válidos. ¿Me entendés? Es una contradicción. Ellas dicen “Vamos a limpiar este país, lo vamos a barrer, lo vamos a lampacear, lo vamos a dejar brillante, oloroso a ropa planchada”… Por ejemplo la presidenta tiene unos enormes pechos y habla de que le “va a dar al país ríos de leche y miel” y ella no se avergüenza de ser quién es y de hablar como habla. Ni trata de desexualisarse, desorhomonizarse, para presentarse como una mujer política. Realmente lo que les pasa a las mujeres, cuando quieren competir en política, es que se masculinizan. Como las van a acusar de ser mujeres, como la mujer siente que su primer hándicap en la política es ser mujer, entonces trata de aparecer muy macha. Las de mi novela se niegan a esto. Dicen: “No, vamos a hacerlo al revés, vamos a ser absolutamente mujeres, vamos a hablar como mujeres, sin desvirtuarnos, sin descalificarnos…”. No toman en serio los conceptos pre-concebidos. Están en el gran teatro del mundo y saben aquello de que “La vida es un sueño y los sueños, sueños son”.

—Es una novela que está construida  a partir de secuencias. No sólo la memoria de Viviana sino la de las otras integrantes de su equipo, su familia, su compañero, los testigos, los enemigos… También hay secuencias narrativas construidas a partir de diferentes estilos y registros: el blog, el artículo periodístico, la entrevista, los discursos, los materiales para la historia… ¿Cómo se te ocurrió esta estructura?

—Yo creo que tiene que ver con cómo vivimos actualmente. Ya no solamente obtenemos nuestra información y pasamos la vida viendo el material escrito sino que tenemos todos estos alimentos: la web, los correos electrónicos... Todas estas cosas que se han incorporado en nuestra vida. Yo trato de que estas cosas aparezcan como aparecerían en la realidad.

—Fuera de Milenio hay otras referencias literarias: El principito, El señor de los anillos, Una habitación propia, Ifigenia, Alicia en el país de las maravillas

Lisístrata.

—Sí, se me olvidaba. ¿Cómo te nutres y se nutre la novela de estos libros?

—Yo me nutro de libros todo el tiempo y no sería quien soy si no hubiera leído todo lo que he leído. En la novela sale todo eso que es mi legado universal. El legado de los hombres y las mujeres que llegaron antes que yo y que creo que es lo que hace que la humanidad sea tan fascinante como es. No somos solamente este momento, este tiempo, sino que traemos con nosotros todo ese enorme caudal de vivencias y de imaginación. Esos escritores nos acompañan. Por eso es que se dice que las palabras no mueren, que la buena literatura es una suerte de alimento inmortal.

—¿Cuál es la importancia para ti de Una habitación propia, de Virginia Woolf?

—Para mí fue bien importante. ¿Sabés por qué? Porque habla del sufrimiento por la represión al intelecto. Tal vez, como intelectual que soy, eso me golpeó tanto. Ver como las mujeres no tenían acceso a las bibliotecas, las mujeres no tenían acceso a aprender a leer, a escribir. Las autoras eran minimizadas, su literatura considerada trivial… Por eso la palabra “poetisa” no me gusta. Nosotros la cambiamos en Nicaragua. El poeta José Coronel Urtecho fue el que empezó a decir: “No, no digas más poetisa. Se llaman poetas”.

—Escribir podría ser entonces, tal vez, viajar “[…] por su memoria (y observarla) como si estuviese tras uno de esos espejos donde se puede ver sin ser visto”?

—Sí, cuando vos viajás a tu memoria te estás viendo en otro momento. Sabés que en ese momento no eras este que ahora sos, no tenés la experiencia que tenés ahora y podés observarte ya sea con dureza o con compasión. Podés decir: “¡Qué barbaridad! ¡Cómo pude haber hecho eso!”. Podés decir: “Pobrecita… ¿cómo no se me ocurrió que me iban a pasar todas las cosas que me pasaron?”.

—En esta novela aparecen dos poetas centroamericanas. La guatemalteca Ana María Rodas, que escribió:

                              Me da miedo querer

                             porque he querido a muchos

                             y a todos los perdí en la guerra.

Y la nicaragüense Gioconda Belli, la que escribió:

            Y Dios me hizo mujer,

           de pelo largo,

           ojos,

            nariz y boca de mujer.

            Con curvas

            y pliegues

            y suaves hondonadas

            y me cavó por dentro,

            me hizo un taller de seres humanos.

            Tejió delicadamente mis nervios

           y balanceó con cuidado

           el número de mis hormonas.

           Compuso mi sangre

           y me inyectó con ella

           para que irrigara

           todo mi cuerpo;

           nacieron así las ideas,

           los sueños,

           el instinto.

          Todo lo que creó suavemente

          a martillazos de soplidos

          y taladrazos de amor,

          las mil y una cosas que me hacen mujer todos los días

          por las que me levanto orgullosa

          todas las mañanas

         y bendigo mi sexo.

—¿Qué me puedes decir de estas dos poetas?

—Bueno. Pienso que el libro de Ana María Rodas, Poemas de la izquierda erótica, no ha tenido la difusión que merecía haber tenido. Que no tuvo en su tiempo. Realmente es muy divertido y es muy agudo, lacerante. Para mí fue muy liberador leer ese libro. Lo leí cuando tenía como veintidós años. De Gioconda Belli te puedo decir que creo que ella, siguiendo esa misma tónica, trató un poco de divertirse también desafiando la represión que existe sobre la expresión femenina de la carnalidad y de la sexualidad. Y quiso por otro lado mostrar lo hermoso del cuerpo porque la objetivización de la mujer separa a la mujer de su alma: quiere ver sólo el envoltorio y olvidarse del ser humano que habita ese cuerpo. Y entonces Gioconda Belli ha tratado de volver a integrar la carnalidad con el alma.

—A pesar de no estar fechada ni localizada geográficamente la acción de la novela (bueno, podemos deducir que se trata de centroamérica) podemos fecharla casi exactamente por un dato específico por la referencia que haces al atentado al futbolista paraguayo Salvador Cabañas el 24 de enero de este año.

(Gioconda Belli se ríe en este momento, echa para atrás su cabeza y sus ojos brillan)

—¿Cuál es la historia de lucha de las mujeres por sus derechos y la transformación de la sociedad que tú has vivido y en la que has participado hasta el día de hoy?

—Yo empecé a luchar por mi emancipación desde muy jovencita porque me casé muy joven. Empecé a rebelarme contra lo que se me pedía que hiciera, como quedarme en la casa porque ya me había casado, ya tenía marido que iba a proveer por mí y por tanto debía renunciar a tener mi ingreso propio. Estaba leyendo en unas estadísticas que el 40% de las mujeres en América Latina no tienen ingreso propio. Eso es una condición de sometimiento sine qua non. Yo no quise aceptar eso. Desde entonces he vivido en una lucha constante por mi espacio. Tuve la enorme suerte de vivir en el tiempo de la liberación femenina, donde se nos dio permiso de rebelarnos y desafiar las convenciones. Incorporar esta libertad es difícil, sin embargo, porque dentro de vos tenés toda la tradición, todo el programa que te metieron adentro, ese “deber ser” que se opone al “querer ser”. Superar esa fuerza de gravedad es una lucha.

—Al final de la novela escribes: “[…] Si tuviéramos plena conciencia de cuán trascendente puede llegar a ser para otro ser humano un solo gesto de solidaridad, tendríamos que repensar toda nuestra vida”. La historia de esta revolución está también contada a partir de los gestos solidarios que tienen unas y otras, unos y otras. ¿Cómo la solidaridad cambia la vida? ¿Qué es la solidaridad para ti?

—La solidaridad es la empatía, la capacidad de poder ponerte en la piel y los zapatos de  otra persona y sentir en lo más hondo, como bien dice la frase del Che, “cualquier injusticia cometida contra cualquier ser humano en cualquier parte del mundo”. Y creo que eso es realmente revolucionario.

—La última pregunta. Cierra por favor un momento los ojos.

(Gioconda los cierra)

Estás en este momento con Viviana en el “Cuarto de los Recuerdos Siempre Presentes”. ¿Qué vez en este instante?

—La estoy viendo a ella. La estoy viendo sentadita allá en el suelo, pensando… Tengo el cuarto tan presente en mi mente. Y veo este paraguas que vos me acabas de traer.

(Gioconda levanta el paraguas negro con lunares rojos que fue suyo y que dejó olvidado en mi mochila el 1 de mayo del 2005 y que yo, después de cinco años, el 19 de agosto del 2010, le he regresado)

Y veo todas esas cosas que se perdieron. Y también la puerta al final. La puerta que la va a sacar a ella de ahí. Yo pienso que es la puerta que yo estoy queriendo abrir, la puerta de un pensamiento distinto, que nos pueda llevar hacia un futuro más feliz. A las mujeres sobre todo. Y al ser felices las mujeres vamos a hacer feliz al mundo porque creo que la manera de salvarlo en este momento, en que vemos tanta crisis y tantos problemas, es liberar la capacidad de la mujer de conciliar, la capacidad de la mujer de amar, la capacidad de la mujer de gozar… Le revolución para mí va a venir por ahí.

(Le pido a Carolina el favor de tomarnos una foto. Nos hacemos, después de buscar un lugar ideal, al lado del mesón del bar. Gioconda dice: “Pero con el paraguas”. Lo toma. Lo abre. Sonreímos. “No lo vayas a olvidar otra vez…”, le susurro).

 Agosto 19 de 2010

 

 

 

 

 

 






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 Referencia
Álvaro Castillo Granada.  "Segundo Encuentro con Gioconda Belli."  Anaquel Austral. Ed. Virginia Vidal. Santiago : Editorial Poetas Antiimperialistas de América.   20 de Agosto de 2010.
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