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Georges-Michel Darricades*   Anaquel Austral
Ensayos   www.virginia-vidal.com

Ese amor tan esquivo

 

A pesar de lo asertivo de la cita de Albert Camus: “No ser amados es una simple desventura; la verdadera desgracia es no amar”, que compartimos, convengamos que el hombre y la mujer están hechos para amar, pero ciertamente también para ser amados.

 

Qué duda cabe, Gabriela Mistral, Violeta Parra y María Luisa Bombal, sí que amaron incondicionalmente, aunque su amor era con rasgos posesivos, que quizás ahogaban al amado.

 

A veces cuando el amor es esquivo y se escapa de las manos se entra en un espiral de desesperación que hace que se actúe de una manera irracional, tal como es el amor se dirá, pero ese actuar es exacerbado y lleva por senderos que las más de las veces no tienen salida. Sin embargo el dolor del abandono se mastica en la soledad y a cada mordida del recuerdo, se va muriendo un poco. El hombre (la mujer) se margina, se aleja, se evade, como María Luisa, elige la soledad perenne y vacía el dolor por otros cauces como Gabriela o decide romperlo todo como Violeta dando un paso más allá de la vida.

 

Varios amores tuvieron estas tres grandes mujeres chilenas, pero en los nombres de Gilbert Favre , Eulogio Sánchez y Manuel Magallanes Moure centraremos nuestro pensamiento tratando de escudriñar y comprender el dolor del desamor y la soledad de cada una de ellas.

 

 “Violeta Parra, flor y vino de Chile, retrato del campo, el sur clava sus banderas en tu canto y el alma del pueblo se tejía en tu llanto.”  *

 

Iniciemos el viaje a través de Violeta Parra, cuando Run run se fue p’al norte comenzaron a desvanecerse su vida y sus sueños; en la Bolivia altiplánica, el suizo cual artesano fue forjando el olvido, con las notas de la quena que dominaba a la perfección tras haberse iniciado en Chile bajo la mirada y entusiasmo de Violeta, “salió de las manos mágicas de mi madre convertido en el primer intérprete de la quena, de todos los altiplanos,” (Ángel Parra: Violeta se fue a los cielos), después otra mujer de quien se enamorara y terminara casándose cerró para siempre ese amor que había durado cinco años. “Cinco años para descubrir un mundo extraño y fascinante. Ese fue el tiempo que demoró Gilbert, en desentrañar los misterios que le ofrecía el mundo de Violeta Parra,” (Ob. Cit.). En efecto Violeta y Gilbert se conocieron en 1960 en el cumpleaños de ella, Gilbert Fauvre un buscavida y aventurero había llegado entre recovecos a Chile y quiso conocer a Violeta, su hijo Ángel los presentó y fue amor a primera vista.

 

Ciertamente para Violeta la vida importa mucho más que la muerte y el temor a ella no existía, tanto que salió a su encuentro por su propia voluntad una calurosa tarde de verano. Su mirada tan simple a la muerte tenía que ver con las huellas que iba dejando en la vida, “La gente se asusta si no ha sembrado nada”. (Patricio Manns, Violeta Parra, la guitarra indócil).

 

Había ciertos rasgos irónicos respecto de su paso por la vida, algo así como que en su valija vivencial nada le fuera propio, “Algunos han sacado sus cuentas. Lo que hay que dejar, es decir lo que hay que perder. Yo no tengo casa ni amores. Mis hijos están grandes y pueden seguir solos. Mi carpa se la lleva el viento cualquier día. Además no me pertenece. Vivo de prestado.” (Ob. Cit.)

 

No tengo casa ni amores: claro, vivía en la carpa, sola y vacía de público, con la compañía esporádica de algunos amigos y sus hijos, pero ya sin Gilbert que había partido lejos, el amor intenso e insaciable que ella regalaba no fueron suficientes para él, que decidió soltar amarras cual barca a la deriva y navegar por otras nubes, en una de los varios desencuentros y separaciones de estos enamorados a veces alegres y otras tormentosos y haciendo una metáfora con dos de los instrumentos musicales que los identifican, Violeta le escribe en una de sus numerosas cartas: “Ven a buscar tu clarinete. Tráeme la guitarra. Quiero despedirme de ti”.

 

Uno de los mayores logros que ellos tienen en su condición de pareja enamorada y de compañeros en los campos del arte fue el haber conseguido por su talento -Violeta y por su empeño, Gilbert- que se abrieran las puertas del Louvre para exponer sus trabajos, fue ella la primera chilena que llegara con su arte a ese fuerte inexpugnable como le llama Ángel.

 

Y las cartas iban más que venían, un tiempo juntos y otro distanciados, despedidas y separaciones, Violeta necesitaba ser querida, sin embargo él la dejaba más que por hastío , quizás para respirar, ella partía por trabajo y no conseguía que la acompañara, así siguen y siguen sus cartas: “Es terrible la vida. Yo quisiera estar allá, pero estoy acá. Yo siento que quiero a un hombre, pero mi trabajo me aplana. Dolorosamente tomo un tren que me aleja de ti, pero lo tomo, sin melodrama, sin debilidad, sin dudarlo ningún momento, con la cabeza llena de ti, con el cuerpo lleno de tu huella.”

 

Dos años antes de su partida, ella le escribe casi como premonitoriamente: “Te digo que estoy triste. Te digo que estoy sola. Te digo que estoy muerta.”

 

Gilbert parte definitivamente, el abandono es para siempre, para comprender el desgarro en el alma de Violeta basta la canción que le escribiera, habla por si sola:

 

 “En un carro de olvido, antes de aclarar, /de una estación del tiempo decidido a rodar/ Run Run se fue p’al norte, no sé cuándo vendrá/ vendrá para el cumpleaños de nuestra soledad./ Alos tres días carta con letras de coral,/ me dice que su viaje se alarga más y más,/ se va de Antofagasta sin dar una señal/ y cuenta una aventura que paso a deletrear./ Ay, ay, ay, de mí.

 

Al medio de un gentío que tuvo que afrontar/ un trasbordo por culpa del último huracán,/ en un puente quebrado cerca de Vallenar,/ con una cruz al hombro Run Run debió cruzar./ Run Run siguió su viaje, llegó al tamarugal/ sentado en una piedra, se puso a divagar,/ que sí, que esto, que lo otro, que nunca, que además,/ que la vida es mentira, que la muerte es verdad./ Ay, ay, ay, de mí.

 

La cosa es que una alforja se puso a trajinar/ sacó papel y tinta y un recuerdo quizás/ sin pena ni alegría, sin gloria ni piedad,/ sin rabia ni amargura, sin hiel ni libertad,/ vacía corno el hueco del mundo terrenal,/ Run Run mandó su carta por mandarla no más./ Run Run se fue p’al norte, yo me quedé en el sur/ al medio hay un abismo sin música ni luz./ Ay, ay, ay de mí.

 

El calendario afloja por las ruedas del tren/ los números del año por el filo del riel/ más vueltas dan los fierros, más nubes en el mes,/ más largos son los rieles, más agrio es el después./ Run Run se fue p’al norte qué le vamos a hacer/ así es la vida entonces, espinas de Israel/ amor crucificado, corona del desdén;/ los clavos del martirio, el vinagre y la hiel./ Ay, ay, ay de mí.”

 

María Luisa Bombal, lágrima errante, como Rulfo, tan breve y tan grande.

 

María Luisa Bombal en el plano de su obra literaria estuvo marcada por la indiferencia de muchos de los críticos salvo Alone, seamos justos que en 1938 después de la publicación de La amortajada por la editorial argentina Sur que la declara “princesa de las letras”, y la mayoría de los editores chilenos y del “ambiente” literario con algunas excepciones claro, así también su vida sentimental tuvo altibajos que la marcaron profundamente, su relación primera y especialmente el fin de ella dejó una huella grabada a fuego que de alguna manera condicionó su vida.

 

En su regreso a la patria después de haber pasado parte de su juventud en un colegio de Francia y al recalar el barco en el puerto de Valparaíso, también tempranamente clavó anclas en su alma Eulogio Sánchez, pero anclas que más bien parecieron dardos que dejaron herido para siempre el corazón de María Luisa. A su arribo la esperaban su madre y hermanas, junto a ellas también estaba Sánchez y a partir de ese momento él la visitaba frecuentemente lo que hizo que el interés primero y el amor después se encendiera en la escritora en ciernes que era la joven María Luisa, sin embargo los sentimientos de uno y otro no iban en la misma dirección, mientras él era cortés pero distante y eludía cualquier atisbo de compromiso, ella en solitario y junto a angustiosas esperas del que nunca traspasó decididamente el umbral de su corazón, se autoconvencía del amor que él sentía por ella. Pero finalmente el amor no le fue correspondido y el galán tras un viaje al extranjero aparece casado con otra, entre tanto, disparos autoinflingidos, suicidio frustrado, y otros tiros en plena centro de Santiago por las calles del despecho marcan el fin y el comienzo, el fin de ser amada y el comienzo de arrastrar la desilusión por el resto de su vida..

 

Más allá de los hechos, es en su breve pero gran producción donde María Luisa de alguna manera descorre el velo, de ese tiempo tan marcador.

 

Podríamos decir que la obra de María Luisa es de género, pero entiéndase bien, no feminista, si no que el aura femenina la rodea intensamente, lo que si hay un aire casi predestinado de soledad y fatalismo, pero la misma Bombal nos lo dice:”La última niebla está inspirada en haber tenido un amante que no tuve...Mi experiencia amorosa fue bastante espantosa, yo lo puse a él como marido, la novela tiene una base autobiográfica bastante trágica y desagradable...” (Entrevista a Lucía Guerra y Martín Cerda en María Luisa Bombal, obras completas). Basta entrar un poco en la personalidad de cada una de las protagonistas de sus relatos casi poéticos, para descubrir que tanto en La última niebla, la mujer anónima que relata en primera persona, como en Ana María de La amortajada, es ella la que habla, así también Brígida en su cuento El Árbol, o en la propia Historia de María Griselda que para muchos no hace si no continuar con La amortajada, en esta última la protagonista asevera: “Es raro que el amor humille, no consiga sino humillar”.

 

Ciertamente en su obra se refleja toda la desilusión y el condicionamiento que su frustrada relación causó en su vida, también en La amortajada lo dice: “¿Por qué la naturaleza de la mujer ha de ser tal que tenga que ser siempre un hombre el eje de su vida?”

 

Ya en su primera novela, La última niebla, se va entretejiendo esa dualidad entre la protagonista y su autora que nos hace entrever sin mucho esfuerzo esa imposibilidad de separar de sus escritos de ficción la realidad de su vida en el plano de los sentimientos hacia el hombre que siempre está tras el velo, ese hombre que en ambas, la novela y la realidad, existe y no existe.

 

Si seguimos escudriñando en La Amortajada, nos lo dice todo: “¡Oh, la tortura del primer amor, de la primera desilusión! ¡Cuánto se lucha por el pasado en lugar de olvidarlo!”. Y no hubo olvido, tuvo dos amores furtivos en Argentina, que no funcionaron por distintos motivos que no ahondaremos, pero siempre el fantasma deambulando en su mente, en los Estados Unidos un hombre que la quería y le dio una hija, lamentablemente para María Luisa, muy distante e indiferente con ella, también el amor filial le fue esquivo.

Ignacio Valente lo dice muy bien cuando comenta La última niebla y nos transmite lo que a su juicio trasunta: “un realísimo deseo insatisfecho del corazón de la mujer”.

 

Pero escuchemos a María Luisa: “De que me sirve ser autora de La amortajada cuando mi desesperación es tan grande. Nunca tuve tino en el amor. Ese es un hecho. Al enamorarme perdía un amigo y lo reemplazaba por una tragedia”.

 

“Gabriela, labriega abresurcos de la patria, espejo de la montaña, el sol requebraja tus versos, y a dolor sabían tus besos.” *

 

A pesar que las cartas que Gabriela Mistral escribe a Manuel Magallanes Moure bastarían para ir entendiendo la importancia que él tuvo en su vida, antes de aproximarnos a ellas, veamos lo que hace público cuando se refiere al poeta serenense avecindado en San Bernardo en Gabriela piensa en..., selección de prosas y prólogo del gran mistraliano profesor Roque Esteban Scarpa.

 

Gabriela escribe en abril de 1935 el capítulo referido a él, llamado Magallanes Moure, el chileno, alaba sin remilgos, quizás con grandilocuencia, dirán algunos, su físico, “Blanco, puro y un hermoso varón para ser amado de quien lo mirase”.

 

Ella tenía hacia él una cierta mirada contemplativa, un tanto de mujer-madre, “Él se sentía con cierta obligación de cuido sobre mi poesía, yo con la de un vago cuido de su alma.”, aquí ya nos devela los diferentes rieles por los que corrían los sentimientos de cada uno. Sin embargo no claudica en su admiración, “Amoroso, gran amoroso”. Para ella tenía al parecer un sortilegio que la envolvió, “Y era una belleza con hechizo”, y como poseída por ese embrujo, continúa sin ahorrar elogios, “cortesía del habla, que además de decir, halaga.” Y remata entusiasmada y exagerada, “Cualquier raza habría adoptado con gusto esta pieza de lujo. Yo miraba complacida a ese hombre”

 

Antes de ir a las cartas que son los documentos fehacientes de lo que nos ocupa, veamos como y cuando se conocen Gabriela y Manuel. Con ocasión de los Juegos Florales a los cuales Gabriela había presentado Los sonetos de la muerte, esta conoció a Magallanes. Él era presidente del jurado y había inclinado la balanza a favor de la poetisa, quien resultó ganadora, se instaló Gabriela anónimamente en la galería del teatro Santiago solo para verlo y escucharlo.

 

Ya cuando su amor va creciendo le dice en una de sus cartas: “Querré como usted desea que quiera. Pero no me engañe, Manuel, no me dé una mano reservando la otra para retener quién sabe a qué fugitiva. Yo no estoy jugando a “querer poetas”; esto no me sirve de entretención, como un bordado o un verso; esto me está llenando la vida, colmándomela, rebasando el infinito”. (VI carta). Pero, ¿qué significa aquello que le dice “querré como usted desea que quiera”?, es una respuesta frente a una en que él le manifestaba su error de separar la carne del alma, ella le había dicho que para querer le basta el fuego del espíritu, ya que el dolor le ha puesto la carne un poco muda al grito sensual, más aún hay una cita fugaz y furtiva que Magallanes propone para encontrarse y que más allá de sus ansias Gabriela evita y no acepta. Por otro lado, leyendo sus cartas se descubren dos fuerzas, una que la empuja y la arrastra apasionadamente hacia él y otra que retiene sus deseos. “No tienes derecho a llorar lejos de mi pecho. Guárdamelo todo-amargores y amor- porque todo cabrá en mi y porque no quiero que nada tuyo se pierda en otras manos, ni siquiera la sal de tus lágrimas; solo en mi cara han de aliviar de ellas”.

 

Pero Gabriela al menos con Manuel, aunque habiéndolo amado tanto nunca supo o pudo desatarse de cierta amarra que la oprimía y que era como muy bien lo dice Volodia Teitelboim en la biografía, Gabriela Mistral. Pública y secreta, la visión de hombre-Cristo que de él tenía y que la hacían sentir como no digna de él, ella le decía que era fea y él hermoso, ella mala y él bueno.

 

Magallanes viaja a Europa y Gabriela a México, ya sus caminos se separan definitivamente y después para siempre, Manuel muere repentinamente.

 

No solo sus cartas nos muestran el singular amor de Gabriela por el poeta, también su poesía, y aquí sí el amor y el dolor se conjugan, especialmente en algunos poemas de Desolación publicados en 1922, así un extracto de Hablaban de ti: “Callaron otro día tu nombre y dijeron/ otros en la glorificación ardiente./ Los nombres extraños caían sobre mí,/ inertes, malogrados. Y tu nombre que/ nadie pronunciaba, estaba presente/ como la Primavera, que cubría el valle/ aunque nadie estuviera cantándola en/ esa hora diáfana.”

 

O en la última estrofa de Escóndeme: “¡Bébeme! Hazme una gota de tu sangre, y/ subiré a tu mejilla, y estaré en ella co-/ mo la pinta vivísima en la hoja de la/ vid. Vuélveme tu suspiro, y subiré/ y bajaré de tu pecho, me enredaré/ y en tu corazón, saldré al aire para vol-/ ver a entrar. Y estaré en este juego/ toda la vida...”

 

Pero el “non plus ultra” que enmudece todas las palabras, está en su famosa Balada:

“Él pasó con otra;

yo le vi pasar.

Siempre dulce el viento

y el camino en paz.

¡Y estos ojos míseros

le vieron pasar!

 

Él va amando a otra

por la tierra en flor.

Ha abierto el espino;

pasa una canción.

¡Y él va amando a otra

por la tierra en flor!

 

Él besó a la otra

a orillas del mar;

resbaló en las olas

la luna de azahar.

¡Y no untó mi sangre

la extensión del mar!

 

Él irá con otra

por la eternidad.

Habrá cielos dulces.

(Dios quiere callar).

¡Y él irá con otra

por la eternidad!

 

Pues bien, habiendo hecho este somero recorrido por algunos senderos amorosos de estas tres grandes mujeres chilenas, vamos abriendo caminos, no para hacer un relato de la “petite histoire” de sus vidas privadas, muy lejos de eso, lo hacemos para ayudarnos a descubrir la relación, el entrecruce, de parte de la producción de cada una de ellas, con algunas de las vivencias que a partir del amor no correspondido, por lo menos en la medida que esperaban, y al descubrirla podamos entender el nudo central de algunos de sus trabajos y el destino que tomaron sus vidas.

 

Lo que sí está claro es que las tres, Violeta, María Luisa y Gabriela, en los amores aquí esbozados no fueron sus expectativas satisfechas, y ciertamente el desamor, la desilusión, el abandono, la soledad, marcan a fuego buena parte de la obra de cada una.

 

 

* Columnista cultural en Centro Avance, en la Corporación Proyectamerica Por publicar una antología de poesías en homenaje a Federico García Lorca, referida a su asesinato.

 


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Georges-Michel Darricades* . "Ese amor tan esquivo." Actas Literarias. Ottawa:Editorial Poetas Antiimperialistas de América.22 de Abril de 2009.
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