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El gran viaje de Kazantzakis: la Odisea
Virginia Vidal

 

Ha visto la luz en Chile el texto del poema la Odisea de Kazantzakis, en una publicación muy reducida de del Centro de Estudios Griegos, Bizantinos y Neohelénicos de la Universidad de Chile. Ya ha editado noventa y un volúmenes y ahora se enriquece con esta edición que proporciona precioso material a estudiantes e investigadores. Pronto se publicará la edición de Tajamar Ediciones y este libro hasta ahora inhallable,  llegará a un vasto número de lectores.

 

Esta pequeña edición adquiere un gran significado porque la obra no ha sido reeditada ni siquiera en otros idiomas y cuesta mucho conseguir algún ejemplar.

 

Somos testigos de otro capítulo de la odisea de esta Odisea. Traducida directamente del griego por el profesor Miguel Castillo Didier, fue publicada en castellano en 1975, en Barcelona por Editorial Planeta, y se agotó totalmente. Ya en el año 1980, no quedaba un ejemplar en librería. Tuve que acudir a la editorial para conseguir el último volumen, algo averiado, que había quedado en bodega.

 

La publicación en Chile adquiere un muy particular sentido, porque las primeras obras de Kazantzakis traducidas al castellano aparecieron en nuestro país. Es el caso de Toda-Raba, gracias a la traducción de Hernán del Solar (Ercilla, 1937),  muy pronto salió El jardín de rocas (novela de la guerra civil china), traducida por Luis Alberto Sánchez (Ercilla, 1938), pero ambas provenían de su versión original en francés.

 

Esta epopeya de treinta y tres mil trescientos treinta y tres versos, considerada por el propio autor como cumbre de su obra, es una clave de todo el hacer poético del siglo XX. Castillo Didier había iniciado la magna tarea en 1965, hace cuarenta y cinco años. Le escribió además un completo ensayo a modo de introducción, incorporó una síntesis de las veinticuatro rapsodias, le añadió un glosario y aportó una bibliografía que orienta sin dificultades a todo estudioso. El postscriptum pleno de sugerencias, escrito en 1974, ubica la aparición del libro dentro del dramático contexto que se estaba viviendo especialmente en América Latina.

 

Como bien lo señala el traductor, la recreación del mismo mito tiene incalculables puntos de encuentro con el Ulises de Joyce, aunque sean muy diversas sus perspectivas. La busca de Dios, la desesperanza, la nada, la muerte y el tiempo impregnan el poema. Éste se nutre de todas las experiencias acumuladas por el autor, de toda su memoria, vertidas como la pasión misma del héroe. Ulises revive las esperanzas y desesperaciones, los sueños, las derrotas, más allá de los límites, eternamente descontento y sublevado. La suya es la historia del pensamiento humano y del paso del hombre sobre la tierra. Es el vivir y escribir del propio Nikos Kazantzakis.

 

Es sabido que el maestro para escribir esta obra ahondó en su lengua, sobre todo en el lenguaje del pueblo, se compenetró de la enorme riqueza de los decires de pescadores, marineros, campesinos, obreros. Esta valiosa enseñanza influyó en el traductor quien acudió a los preciosos arcaísmos castellanos muy vivos en América, a los muy incorporados aportes de nuestras lenguas autóctonas, como el quechua y el mapuzungun, buscando siempre la palabra justa, el matiz exacto, la precisa imagen.

 

Hay una especie de vínculo secreto entre la escritura de Kazantzakis y la lengua castellana, pues él la conoció y amó, llegando a traducir a Federico García Lorca, a Rafael Alberti, a Antonio Machado, a Unamuno, a Juan Ramón Jiménez; también sintió gran admiración por Teresa de Ávila a quien consideró dentro de su serie de “conductores del espíritu”.. No sólo esto, él amó a España, la recorrió y escribió el “Canto a Don Quijote”. Aún más: se sintió identificado con la lucha de su pueblo al punto de ser corresponsal de la guerra civil española.

 

Kazantzakis trata de humanos con cuerpo, anhelos afanes, ansias, pasiones,

humores, deseos. Le atribuye gran importancia a lo onírico, es así como describe muchos sueños y pesadillas. Asunto esencial es el retorno.

 

Cuando la larga ausencia deviene exilio, volver a toda costa a su patria y a su casa ocasiona grandes sufrimientos. Odiseo, tras matar a los pretendientes abusadores que les vaciaron despensa y bodega, se dedica a la colosal empresa de reparar los destrozos y dejar produciendo campo y viñedos. Pero después le viene una comezón, una sed, una ansiedad sin límite: necesita partir. Cuando ya puso orden en la casa, aburrido de la rutina doméstica, ahíto de placer y empalagos, muerto de fastidio, desencantado, escaso de espacio, se rebela y decide partir de nuevo (hay notable relación entre esta actitud y la del personaje de “La partida”, de Kafka). Luego de abandonar por segunda vez su Ítaca, acometió empresas extrahoméricas, rehizo el pasado, luchó contra la injusticia, sufrió prisiones, decidió construir una ciudad perfecta.

 

Al releer esta Odisea de Kazantzakis, no puedo evitar una asociación con “Pierre Menard autor del Quijote”. Relaciono el relato magistral de Borges y esos treinta y tres mil trescientos treinta y tres versos del gran chipriota. Al haberse compenetrado de manera absoluta con la epopeya de Homero, logró construir, si no con las palabras idénticas repensadas y reasimiladas, el paso de Ulises por la tierra logrando la más formidable metáfora del ser humano total.

 

El tema del viaje se torna obsesión en la vida y obra de Kazantzakis, pero la gran travesía que duró la parte más fecunda de su existencia, la realizó con el mismo Ulises. En su recorrido por el mundo tuvo tremendo significado su viaje a Rusia, cuya revolución encarnaba caros sueños de la humanidad. Allí encontró entrañables amigos como Máximo Gorki y Panait Istrati y adquirió valederos motivos para sentir admiración por Lenin. Fue capaz de descubrir sin prejuicios las más intensas pasiones y motivaciones de los pueblos.

 

Abarcó la primera mitad del siglo, alerta a todos los movimientos, a todas las manifestaciones espirituales y sociales, sin dejar de cantar a la vida. Poeta, novelista, dramaturgo, ensayista, crítico, periodista, no pudo suscribir ningún credo, someterse a ningún dogma, ni dejarse avasallar por ninguna ideología, porque sólo amaba la libertad. Su inquietud y su angustia, sus ansias de elevación dejan abiertas todas las puertas para pensar y buscar caminos sin renunciar jamás, porque “Cada cual elevándose por sobre su cabeza, escapa de su cerebrito relleno de preguntas”. Esas ansias de elevación lo llevaron en una ocasión al retiro en monasterios del Monte Athos, y en otra, al adentramiento en las filosofías orientales.

 

Su admiración por Buda y Cristo, Alejandro el Grande, San Francisco, Nietzche, Tolstoi. Albert Schweitzer deja en evidencia su humanismo, su sensibilidad tremenda ante las carencias y anhelos de hombres y mujeres ardidos en deseos de justicia, de paz, de bondad, de salud, de sabiduría, afanosos de eliminar la crueldad y la violencia de todas las vidas.

Si bien cada personaje es digno de interés y ofrece ricos aspectos de la esencia humana, me detendré sólo en algunos. Cualquiera podría preguntarse por qué Penélope no es más activa para defender su casa de tanto intruso, para cuidar de su hacienda. Kazantzakis nos hace entender que ella no sólo se limita a tejer y destejer en un afán de evasión de la realidad sino que tiene que cumplir un importante designio, pues en su tejido va plasmando la memoria:

“Inclinada, con sus hábiles dedos, lino azulado hila en el huso,

.y lana suave para tejer a Atena hermoso peplo,

.y pensaba bordar sobre la mar un barco negro y en torno,

.uno tras otro los padecimientos y desdichas de su esposo”.

p121 rapsodia II versos 9-12

 

Más tarde, Ulises le encomienda:

“Mujer mía, adiós, partimos; baja al telar y teje

.una tela apretada de dos hebras y a tu esposo borda encima

 con su alto bonete marinero y que tenga en la mano,

 como cuatro aves multicolores a los cuatro vendavales.

Y que esté el sol a la diestra, se deslice la luna a la siniestra,

 Y que sigan a sus amos igual que dos files lebreles”.

p220 rapsodia IV versos 24-30

Es imposible no asociar esta Penélope con las mujeres chilenas que bordaron arpilleras o con Violeta Parra en sus tapices históricos.

En esta Odisea, el conmovedor Don Quijote se zafa de su circunstancia de personaje de ficción, y adquiere vida real tan real como la de cualquier personaje histórico. Cabalga en su vieja camella más decidido que nunca a luchar contra los molinos de viento.

Nilos-Lenin es tratado con inmenso amor. Él es inclaudicable y muestra su sabiduría, su entrega absoluta al cambio para alcanzar una vida mejor. En la rapsodia X, Revolución en Egipto, se lo ve en su acción por un mundo mejor de pan, justicia y libertad.

El desarraigo forzado —Ulises tuvo que ir a la guerra con Troya—, el dolor por ausentarse forzosamente de la patria y del hogar; la pérdida de seres queridos durante esa inevitable ausencia; el hallar otra patria y tener que dejarla; la decisión de regresar; volver y ver esa patria propia más pequeñita, humilde y venida a menos; traer una carga de experiencia y vida y ser considerado como un extraño, son aspectos de una realidad que han vivido miles y miles de seres humanos y que les tocó experimentar en carne propia a millares de chilenos y latinoamericanos en no muy lejanos años, y que han vivido tantos seres a través de los siglos.

Lo más impresionante es la decisión de Ulises de ir en busca de una nueva Ítaca.

Kazantzakis interpreta una necesidad humana que fue gran acicate de muchos creadores en el siglo XX, por ejemplo André Malraux, autor de “La esperanza” y “La condición humana”, luchó en las Brigadas Internacionales durante la guerra civil española, y también en China, en el duro proceso por hacer triunfar la revolución.

En esta epopeya, el cretense demuestra con tangible claridad que el viaje no es evasión, afán de eludir la realidad, sino busca tenaz de razones por las cuales luchar. No son los motivos ni los triunfos los primordiales, sino la lucha misma: la lucha por un sueño, pues la esencia humana consiste en luchar y no en alcanzar triunfos para descansar y complacerse en ellos. Kazantzakis no proclama doctrina alguna sino que promueve la libertad del hombre para defender nobles causas sin claudicar, no sólo sin esperar reconocimiento ni recompensa, sino también sin tener ninguna esperanza. Esto permite comprender muy bien el epitafio que dejó dispuesto para su tumba:

“Nada espero, nada temo, soy libre”.

 






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 Referencia
Virginia Vidal.  "El gran viaje de Kazantzakis: la Odisea."  Anaquel Austral. Ed. Virginia Vidal. Santiago : Editorial Poetas Antiimperialistas de América.    9 de Septiembre de 2010.
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