Anaquel Austral 
 
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Publicaciones : Ensayos

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Carlos Olivárez y su Moneda interior
Virginia Vidal

 

 

 Carlos Olivárez vivió hasta el fin manteniendo lo que él llamó “la Moneda interior, incombustible”. Su Moneda a prueba de bombas y de vilezas. Y la fuimos a ver.

 

Nos juntamos con Sonita, su mujer, y sus hijos y entramos con orgullo a ver una exposición sobre la Isla de Pascua dentro del Palacio de Gobierno. Después partimos a tomar once, a conversar. Se trataba de conversaciones sin fin acerca de temas siempre reanudados. Por ejemplo, la evocación de la cofradía de los “Vagabundos de la nada”, contertulios del Bar Unión (La Unión Chica) y asiduos de la Casa del Escritor, durante lo que Stella Díaz Varin llamaba "el tiempo del asco", después del golpe militar. A más de ellos, se sumaban vagabundos como Roberto Araya Gallegos, Germán Arestizábal, Mardoqueo Cáceres, Juan Cámeron, Rolando Cárdenas, Gonzalo Drago, Mario Ferrero, Jaime Rogers, Iván Tellier, Jorge Tellier.

 

Carlos Olivárez dirigió quinientos treinta y cinco números del suplemento Libros, del diario La Época, de los cuales él hizo trescientos cincuenta solo, sin ayudantes ni colaboradores.

 

Lo ideó como un espacio de difusión donde mandaban los libros, como un suplemento abierto a quien quisiera  colaborar con plena libertad de opinión, sin más requisito que la calidad y la generosidad, pues nunca tuvo recursos para pagar colaboradores.

 

Carlos Olivárez se dio a conocer muy temprano con sus cuentos de Concentración de bicicletas (1971), característicos por poseer “banda sonora”,como decía él, porque cada uno tenía su propia música. Supo abordar la realidad de un modo diverso al que se conocía hasta entonces, interpretando muy bien a la juventud. Se destacó su crítica de libros en la revista Ahora, de Quimantú, donde también hizo una separata con cuentos y comentarios sobre el autor. En esa misma editorial trabajó en las revistas Honda y La Quinta Rueda; también colaboró en Hechos Mundiales, cuyo director Guillermo Gálvez es uno de los periodistas detenidos desaparecidos.

 

Cuando más de ciento cincuenta escritores hubieron de salir al exilio, Olivárez se quedó en Chile y los restantes vivían el exilio interior, Carlos se propuso impulsar lo que llamó la nueva narrativa chilena, mal entendida por muchos que la cultivaron con reminiscencias de algo muy viejo que se llamó “nouveau roman”.

 

Pienso que el fin del diario democrático La Época, cerrado por la propia democracia fue su condena a muerte. Esa medida la sintió como algo parecido a lo que ocurrió en esos trágicos días de septiembre de 1973, cuando sólo tres diarios fueron autorizados para salir.

 

Cuando ya se sentía mal, conversamos para una entrevista publicada en la revista Simpson, 7 de la Sociedad de Escritores de Chile; la alcanzó a leer en 1998.

 

He aquí sus respuestas:

 

—Yo provenía de un medio juvenil con reforma universitaria, libertad, alegría, movimiento e intercambio de ideas: entonces chocaban las ideas, no las personas; luego se eliminaron las personas y ya no hubo diálogo, sino monólogo. Comenzó la invasión del mal, un mal transparente, intangible. Se tardó en constatar que había más gente mala de la que se veía.

 

—¿Cómo afrontaste la nueva realidad?

 

—Soy del sur. En ese tiempo pensé en antiguas enseñanzas, en esa costumbre de los mayores que suelen enseñar a los niños: la inteligencia no se muestra, porque es peligrosa para otros. Esto no es raro, porque en el sur se vivía desde la conquista un far west de la violencia. Luego, el far west se extendió a todo el país y si asomabas la cabeza, te la cortaban. Fue el tiempo del disimulo. Hubo que hacerse invisible en el paisaje, ser una parte más de la geografía. En tanto, se estaba sometido a terribles urgencias. Como escritor, sólo volví a publicar un libro, Combustión interna, en 1987. No tenía mucho sentido escribir; no había lectores ni actividad editorial; se cerraron las librerías. Pero como nunca se da el vacío, emergieron pseudoescritores. Los premios nacionales de todo ese período revelan que no fueron dados por una obra literaria de categoría, como la acreditan los antecesores, desde que se fundó el Premio Nacional de Literatura en 1942. Al nivel más cotidiano, el escritor perdió la presencia ciudadana. Antes eran escuchados en las tertulias, en las tribunas más diversas; hasta nosotros, los del sesenta, teníamos cierto glamour… En la brutalidad, el escritor no encaja; Repele las palabras fuertes, las órdenes, una atmósfera comparable a la electricidad, donde no hay matices. Y la escritura es sólo matices. Se vivía en la desconfianza de uno hacia la sociedad y de la sociedad hacia uno, entre recelos recíprocos por la transparencia del mal.

 

—¿Qué fue de tu vida?

 

—Cometí la insensatez de casarme, contra todas las predicciones. Y sigo casado con Sonita. Tenemos dos hijos y el hogar fue nuestro refugio, el espacio de la confianza. También tuvimos algunas burbujas de cobijo, como “la Unión Chica”, al lado del Club de la Unión, de la Bolsa de Comercio, a unas pocas cuadras del núcleo del poder. Nos juntábamos de día, de once de la mañana a cinco de la tarde. Y se corrió el dato,  allí fueron llegando escritores de provincia, aun del extranjero, hasta nos llegaban cartas. Algunos creyeron que éramos disidentes de la SECh. Imposible no dejar constancia de la gentileza de don Wenceslao Álvarez, su dueño. Se nos ocurrió hacer la antología Nueva York Once, publicada en 1987,  y para integrarla no se exigía más requisito que ser habitual de más de diez años. Con Jorge Teillier hicimos el famoso poema del Chico Molina, homenaje al siempre inédito poeta Eduardo Molina Ventura. Pero antes, en 1984, cuando se libera la censura previa a los libros, con un grupo, Fernando Jeréz y otros,  hicimos el Encuento (juego de palabras asociable con encuentro) en el Instituto Chileno Francés, con veintiún narradores, entre los que publicaron por primera vez Gonzalo Contreras, Carlos Iturra, Carlos Franz. Partíamos de la base que la literatura no es excluyente. Salió publicado por  Bruguera. La Antología de los Veteranos del Setenta, corresponde a los que fuimos de la generación del sesenta. No olvides que la década del sesenta empezó el 62, cuando en el, Estadio, el centro delantero de la selección nacional movió la pelota para el Mundial de fútbol y terminó al atardecer del 11 de septiembre de 1973, cuando ingresó el primer preso político.

 

—Toda esta actividad revela que en Chile nunca hubo apagón cultural.

 

—El apagón cultural fue invento de El Mercurio. Nunca se mató la actividad creadora. En un suplemento de La Época, el poeta Horacio Eloy escribió sobre las publicaciones del período, sin agotar el tema. Fue inútil tratar de ocultar la inteligencia. Luego, en este mismo diario, en 1989, todavía estaba Pinochet, se hizo el primer concurso de cuentos con cuatro mil ochocientos concursantes, del cual se publicó una antología; después hubo un segundo concurso. Pero no quiero olvidarme del tiempo transcurrido en 1988, cuando estuve becado como escritor en residencia de la Universidad de Antofagasta. Allí hice la Antología sin censura o compilación sin selección de los escritores de la región, partiendo de la base que los escritores buenos se defienden solos, porque me pregunto: ¿quién defiende a los malos? Entre los escritores allí publicados, hay uno que hoy es famoso: Hernán Rivera Letelier. Allí salió un poema suyo: Un minuto de silencio. Nos hicimos amigos, era muy inquieto, ávido de lectura. También sacamos el libro Sesenta, en homenaje a los sesenta años de la primera publicación de Andrés Sabella. Lo hicimos en la computadora, edición de cien ejemplares, me ayudaron Sonita y los niños. ¡Cómo no va a merecer un homenaje el fundador de Hacia, la revista literaria de más larga vida del mundo? Fue su último libro. Me vine en febrero del 89 y Sabella murió en mayo…Yo tengo muy presente el respeto del mapuche al viejo, por el solo hecho de estar vivo, por haber pasado muchos peligros y ser depositario de la memoria. No por casualidad existe el refrán “cuando se muere un viejo, es como si se quemara una biblioteca”.

 

—¿Con Sabella recuperaste la tertulia?

 

—Uno de los placeres desarrollados en esta época tremenda de la dictadura, cuando ni siquiera se podía invitar gente a las casas, era estar en confianza con alguien dispuesto a divagar. Sabella era un personaje generoso, inagotable, un legítimo representante de la gloriosa bohemia de los años treinta. Los jóvenes de los ochenta no conocieron la tertulia, ese espacio democrático de comunicación y entrega del bastón de relevo. Sólo tenían acceso a escritores no quemados ni prohibidos. Sin embargo, cada uno de nosotros era una república y tenía en su interior una Moneda espiritual que no nos podían quemar. Esa pérdida la paga la actual generación de cuarenta años, los profesionales de hoy. La ignorancia es atrevida. Desconocen ese espacio de comunicación enorme con muchachos de oreja parabólica, dispuestos a oír, a aprender, a preguntar. Se perdió la mesura del Chile republicano, la austeridad sin ostentación, la humildad de preguntar, la prudencia de callar. El pseudo saber es un mal terrible.

 

Carlos estaría feliz de saber que esa Casa del Escritor tan amada por él, al punto que soñó con contar su historia y hacer un álbum fotográfico con cada uno de sus detalles, ahora está en pleno proceso de declaratoria de monumento histórico. Él contribuyó a enaltecerla. Seguirá siendo su casa.






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 Referencia
Virginia Vidal.  "Carlos Olivárez y su Moneda interior."  Anaquel Austral. Ed. Virginia Vidal. Santiago : Editorial Poetas Antiimperialistas de América.    1 de Octubre de 2009.
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