Apropiarse del lenguaje, pero no en un sentido de dominio o mero instrumento, es el signo más claro de plenitud en la literatura.
Cuando el orfebre de la palabra establece con ésta una relación signada por la fluidez del ritmo y la imagen, ya no es tan fácil establecer el límite entre la poesía y la narrativa. Estamos, entonces, ante la literatura en su forma y fondo más relevante. Es lo que Neruda definió en “Plenos poderes”.
Sólo de ese modo lo propuesto se hace perdurable. Lo sabían bien Cabrera Infante, Soriano, Monterroso, Linh, Byron entre tantos, por fortuna, supieron de la alquimia del verbo, la imagen y nos condujeron “al otro lado” de los seres y las cosas.
Virginia Vidal, desde la plenitud de “Gotas de tinta y palabreos”, nos ofrece compartir lo que ella gusta de llamar “parvos relatos”. En ellos nos conduce en forma plástica por una suerte de sinfonía narrativa y poética en la cual el instrumento de la misma no es otro que el lenguaje reivindicado como piedra angular en la construcción de un mundo sólido y cautivante.
Lo “parvo” no sólo está signado por la brevedad o concisión de su estructura, sino también lo define su “frugalidad”, la que en términos literarios equivale al difícil, pero insustituible, equilibrio entre extensión, ritmo y tensión narrativa.
Virginia nos entrega estética muy lograda, nos ofrece a través de estas páginas un registro de gran factura, dentro del cual la ausencia de minimalismos anecdóticos (tentación cotidiana en este tipo de relatos) se agradece y reconoce como parte de una obra mayor.
En cierta oportunidad, interrogado acerca de su famoso relato del dinosaurio, Augusto Monterroso respondió que le sorprendía que aquello de apenas una línea fuese considerado como un cuento: “lo que quise escribir no fue un cuento, sino una novela” puntualizó.
Las sentencias, refranes, apotegmas, epigramas, chistes, etcétera, comparten con los parvo relatos contemporáneos la capacidad esencial de la síntesis como instrumento de impacto y fijación estética, cuando no ética, en el oyente. En este caso, el lector.
Pareciera que en el ser humano la síntesis tiene una acogida más cordial y duradera que la explicitación sin límites de un hecho o de un personaje.
La tarea, entonces, del parvo relato no será otra que la propuesta auto contenida de un universo mayor que se insinúa sugerente, pero al mismo tiempo se oculta en posibilidades que sólo el lector, situado histórica y emocionalmente, llega a descifrar e incorporar como algo propio.
Es decir, la apropiación o no del texto es también parte del final abierto que cada relato ofrece como característica de su género.
En la propuesta de Virginia Vidal, a través de estas “Gotas de tinta y palabreos”, podemos compartir un tránsito desgarrador por la geografía de un mundo siempre por descubrir en sus ciudades, países y sobre todo en el ser humano fácil y dolorosamente reconocible.
El recorrido de estas páginas es de carácter literario y también visual. Las imágenes, sintéticas en su formato no solo fijan conceptos sino, por sobre todo, opciones que tienen que ver con el modo en que cada cual decide transitar la historia personal y social.
Los personajes de Virginia, recrean las variopintas posibilidades que tenemos de optar, aunque sea en espacios mínimos, como un modo de reivindicar el anhelo de libertad plena, aún insatisfecho, que nutre nuestras esperas y travesías.
Estamos ante una obra dinámica en sus contenidos y en su forma. En ella el uso del lenguaje supone una cierta complicidad con el lector atento e informado. Desde ahí brota un encadenamiento que permite acceder a un nudo temático que no es otro que el fascinante e inefable ser humano.
Asistimos al derrumbe de constructos culturales, políticos y económicos aparentemente indestructibles. Hoy ya asoman como una triste anécdota, nada más.
En cambio, aquí y ahora, recorremos las páginas de un libro creado y construido desde lo “parvo”, también como propuesta de sentido y valor para el entorno plural que nos toca protagonizar.
Agradecemos a Virginia estos “parvos relatos”, esta magia y realidad, envueltas en la grandeza de la síntesis y la imagen.
Como todo aquello que aún es capaz de situarnos y exorcizar los demonios grises de la apatía, estas páginas son retratos tamaño carné de tantos “gigantes” sin espejo.
*poeta; presidente Sech