Anaquel Austral 
 
 Actas
 Nacional
 Internacional
 Realidad
 
 Publicaciones
 Ensayos
 Crónicas
 Entrevistas
 
 Memorial
 
 Catastro
 Ensayos
 Novelas
 Cuentos
 Entrevistas
 Micrónicas
 Relaciones
 Biografía
 
 Poesías
 Apuntes
 Poemas
 El Poema
 
 Epistolarios

Página Anterior Página Principal Buscar Archivo Correo del lector
Ensayos
Secciones
"Las mujeres cuentan"
Crónica Chilena
Nueva historia social y proyecto popular en Chile
Niña errante
Carlos Olivárez y su Moneda interior
Reflexiones acerca de la obra de Stella Díaz Varín[1]
Bejamín Vicuña Mackenna el más joven de los viejos
La parvedad de un mundo en expansión
Gotas de tinta y palabreos; parvos relatos de Virginia Vidal
Valenzuela Puelma al desnudo

Publicaciones : Ensayos

Versión impresora


Hay que tenerle mucho cariño a Jorge Teillier *
Georges-Michel Darricades

 Recibí un hermoso regalo con una también hermosa dedicatoria de mi mujer, que transcribo en parte:: “Te regalo la mirada de la nostalgia, de la melancolía, de este amado poeta y sus fotografías, poesías que hablan de amigos que no están y trenes que no regresan... es decir, de las cosas que tu alma soñadora anhela.” El libro: Retratos de Jorge Teillier, con  fotografías, recuerdos y testimonios de sus amigos.

 Hay muchas cosas que me hermanan a este gran poeta y mejor persona, en la génesis, allá en el siglo diez y nueve,  la patria madre, Francia, nuestro ayer. Su ciudad natal, Lautaro, que mi padre amaba ya que muchos franceses llegaron por esos lares, (bien vale la palabra por nuestro poeta, llamado el poeta de los lares), y por amistades de la juventud de mi progenitor.

 

Lo conocí en sueños, cuando yo era un veinteañero  y él un joven entrando en los cuarenta ya encaramado en el pináculo de los grandes poetas chilenos del siglo XX. Trabajaba para el Boletín de la Universidad de Chile, haciéndole el quite a la burocracia y las tediosas obligaciones funcionarias con esa simpatía que rallaba en la ternura y que hacía que todos lo quisieran.

 

Cuéntame de tu niñez y adolescencia, que es tan similar a la mía que amamos la tierra que nos vio nacer y crecer, y ahí me explayaba yo con el río Maule y sus astilleros, Constitución, sus playas y grandes rocas milenarias,  San Felipe y el valle del Aconcagua, que él me hacía conjugar como la tierra acogedora de mis abuelos y padres después de llegados de la vieja patria al otro lado de Los Pirineos, él recordaba a la que abrazó a sus ancestros, Lautaro.  “Aún quedan afiches que anuncian películas de sepia. / A lo largo de los cercos / las ortigas siguen hablando con su indestructible lenguaje. / En el techo de mi casa se reúne el congreso de los gorriones. / Pienso por primera vez / que no pertenezco a ninguna parte, / que ninguna parte me pertenece.

Busco la paz tendiéndome en la pradera condecorada / por los girasoles / contemplando el glorioso oleaje del trigo / y los viajes infinitos de las nubes que van a llorar / por nosotros.”

 

Siempre  he sentido esa sensación de haber deambulado al unísono, uno por Lautaro, el otro por San Felipe, él recorriendo La Frontera mientras yo orillaba el río Aconcagua, las riberas del Cautín en un bote, uno, el otro surcando a remo y chumacera las aguas del Maule, con la distancia del tiempo y del espacio, pero con la misma mirada del alma de lo sencillo y lo bello. “Bajo el cielo nacido tras la lluvia / escucho un leve deslizarse de remos en el agua, / mientras pienso que la felicidad / no es sino un breve deslizarse de remos en el agua.

Pues siempre podremos estar en un día que no ayer ni mañana, / mirando el cielo nacido tras la lluvia / y escuchando a lo lejos / un leve deslizarse de remos en el agua.”

 

Cuando supo que mi padre fue bombero, me hizo saber que el suyo Don Fernando lo había sido de la compañía de Carahue, ambos vibrábamos al verlos celebrar cada año el 14 de Julio, cantando La Marsellesa en recuerdo de la tierra de sus padres.  “Porque su esperanza ha sido hermosa / como ciruelos florecidos para siempre / a orillas de un camino, / pido que llegue a vivir en el tiempo / que siempre ha esperado, / cuando las calles cambien de nombre / y se llamen Luis Emilio Recabarren o Elías Lafferte./

Que siga por muchos años /  cantando La Marsellesa el 14 de Julio / en homenaje a sus padres que llegaron de Burdeos.”

 

 

Uno de los más grandes amores compartidos eran la estaciones de trenes, ellas no tenían secretos para nosotros, la línea férrea pasaba por el frente de su casa  lautarina y mi casa junto al río y astilleros en Constitución estaba detrás del terminal ferroviario. Sabíamos de andenes, jefes de estación, rieles normales y trocha angosta, cremalleras, durmientes, cambiadores de líneas, ese importante oficio ferrocarrilero, trenes expresos, ordinarios, salas de máquinas y de la inolvidable tornamesa que volvía a las viejas locomotoras a vapor según el destino que tendrían y que ambos sabíamos manipular y empujar ya en nuestra niñez. “Te gusta llegar a la estación / cuando el reloj de pared tictaquea / tictaquea en la oficina del jefe-estación. / Cuando la tarde cierra sus párpados / de viajera fatigada / y los rieles ya se pierden / bajo el hollín de la oscuridad.

Te gusta quedarte en la estación desierta / cuando no puedes abolir la memoria, / como las nubes de vapor / los contornos de las locomotoras, / y te gusta ver pasar el viento / que silba como un vagabundo / aburrido de caminar sobre los rieles.” 

  

 

Para vivir a Jorge Teillier hay que leer con serena sensibilidad su vasta poesía, quizás para “entender” su poética es bueno escuchar tenuemente algunos pensamientos de su magnífico ensayo Los poetas de los lares.

 

“Un primer hecho que establecemos es el de que los poetas de los lares vuelven a integrarse al paisaje, a hacer la descripción del ambiente que los rodea. ¿Por qué esta vuelta?, no basta para explicarla, creemos, el origen provinciano de la mayoría de los poetas, que atacados de la nostalgia, el mal poético por excelencia, vuelven a la infancia y a la provincia, sino algo más, un rechazo a veces inconsciente a las ciudades, estas megápolis que desalojan el mundo natural y van aislando al hombre del seno de su verdadero mundo.”

 

“Los poetas son observadores, cronistas, transeúntes, simples hermanos de los seres y de las cosas.

 

El lenguaje poético no se diferencia de la vida cotidiana: no se busca con las palabras brillantes y efectistas, se emplean frases, giros corrientes, sin desdeñar por esto la experiencia de renovación verbal.”

 

“De ahí también la nostalgia de los poetas de los lares , su búsqueda del reencuentro con una edad de oro, que no se debe confundir solo con la de la infancia, sino con la del paraíso perdido que alguna vez estuvo sobre la tierra.”

 

Vamos compañero, como si me escucharas, permíteme mostrar algunos versos  de tus poesías deshojando lentamente el árbol de la memoria y atrapando de nuevo la plumilla del cardo como solíamos hacerlo.

 

 De Pequeña confesión.

El aire de la mañana es siempre nuevo / y lo saludo como  un viejo conocido, / pero aunque sea un boxeador golpeado / voy a dar mis últimas peleas.

Y con el orgullo de siempre / digo que las amadas pueden ir de mano en mano, / pues siempre fue mío el primer vino que ofrecieron / y yo gasto mis codos en todos los mesones.

Como de costumbre volveré a la ciudad / escuchando un perdido rechinar de carretas, / y soñaré techos de zinc y cercos de madera / mientras gasto mis codos en todos los mesones.

 

  De Despedida.

 

Me despido de una muchacha / cuyo rostro suelo ver en sueños / iluminado por la triste mirada / de trenes que parten bajo la lluvia.

Me despido de la memoria / y me despido de la nostalgia / -la sal y el agua / de mis días sin objeto-

Y me despido de estos poemas: / palabras, palabras –un poco de aire / movido por los labios –palabras / para ocultar quizás lo único verdadero: / que respiramos y dejamos de respirar.

 

De El poeta de este mundo.

 

La poesía es un respirar en paz / para que los demás respiren, / un poema / es un pan fresco, / un cesto de mimbre. / Un poema / debe ser leído por amigos desconocidos / en trenes que siempre se atrasan / o bajo los castaños de las plazas aldeanas.

 

De Paseos con Carolina.

 

Me gusta caminar contigo y ver que tus zapatos que aquí no se usan / hacen florecer los adoquines, / y que te enojes porque a Pepe Pardo las cervezas no dejan / de volvérseles azules / y que puedes convertir en nidos todas las computadoras.

Todo esto sonriéndome como se sonríe el pianista cesante / cuando llegó el Cine Hablado./ Mientras apoyas tu mano en mi muda mano / Carolina / amor mío / hija mía.

 

De Sin señal de vida.

 

Y no te entretengas / en enseñarles palabras feas a los choroyes. / Enséñales solo a decir Papá o Centro de Madres. / Acuérdate que estamos en un tiempo donde se habla en voz baja.

Aprende a portarte bien / en un país donde la delación será una virtud / Aprende a viajar en globo / y lanza por la borda todo tu lastre: / Los discos de Joan Baez, Bob Dylan, Los Quilapayún, / aprende de memoria Los Quincheros y el 7º de Línea.

 

De A Beatriz, de nuevo, siempre.

 

Eres el peso profundo y secreto / de los granos de trigo / en la balanza de mi mano. / El frescor del cielo / que bebe el pájaro marino. / Por el verano corren los claros esteros / de tu espalda desnuda... / Tú sabes que veo el sol y la muerte viajar juntos, / tú sabes que siempre hay un cuarto que no debe abrirse / y que el viento de pronto apenas se atreve a hojear los trigales / por miedo a encontrar un sol más oculto.

 

Así podríamos continuar largamente dando una muestra de lo que nos dejó Teillier en sus poemas, sin embargo no era solo un escritor que escribía poesías, en su vida día a día era un poeta y en esto no claudicó jamás, él mismo lo dijo ya en su ensayo Sobre el mundo donde verdaderamente habito:  Porque no importa ser buen o mal poeta, escribir buenos o malos versos, sino transformarse en poeta.”

 

Hay tanto y tanto más, ciertamente su poesía seguirá cantando entre nosotros, su figura se nos aparecerá a la vuelta de cualquier esquina, sencilla y serenamente, y siempre como un leve rumor escucharemos sus palabras.

 

 

“Si alguna vez mi voz deja de escucharse piensen                                                             que el bosque habla por mi con su lenguaje de raíces.”

 

· Armando Uribe: de prólogo de Retratos de Jorge Teillier.

 

 

 

 

 






Subir
 Referencia
Georges-Michel Darricades.  "Hay que tenerle mucho cariño a Jorge Teillier *."  Anaquel Austral. Ed. Virginia Vidal. Santiago : Editorial Poetas Antiimperialistas de América.   12 de Mayo de 2009.
 <   >
© Derechos Reservados