En plena madurez, cuando ya le pertenecía y era santiaguino neto, la defendió, la llamó: Contraciudad y la hizo suya.
Pero a autoridades y alcaldes no les basta con tumbar árboles y edificios preciosos, tampoco vacilan en arremeter directamente contra la especie misma, contra aquellos que difieren, empezando por los travestis: se los acorrala, vigila y hasta se pretende encerrarlos en un gheto. Entonces me acuerdo de Borges cuando se refiere a los judíos definidos como morenos por racistas alemanes: “lo importante era verlos distintos para poder odiarlos con más facilidad.”
¿Qué otras cosas significa ser santiaguino? Implica pertenecer a:
—la población que más trabaja en el mundo: dos mil quinientas horas al año;
—la segunda población más desconfiada del mundo, después de Turquía;
—la segunda que sufre mayor tasa de angustia, después de Sao Paulo;
—la que posee la mayor tasa de consultas siquiátricas y la mitad de los consultantes tienen problemas esquizoides;
— la que tiene un diez por ciento de trabajadores cesantes.
Empero, por raro artilugio, sin haber resuelto tan agudos problemas ni los de contaminación y de infraestructura vial, ahora se da en divulgar que ¡Santiago es la tercera ciudad en calidad de vida en América Latina! ¿Qué engaño conllevan tales estadísticas? ¿Algo han hecho la globalización y el libre mercado por elevar la calidad de vida de todos nuestros pueblos, de todas las ciudades del continente? Miren que consuelo: la capital chilena se encontraría en el octogésimo puesto entre doscientas quince ciudades del mundo (informe de consultora estadounidense William M. Mercer), situándose siete lugares sobre su ubicación en la muestra respecto del año anterior. Según Pedro Güell, sociólogo del Programa de Desarrollo Humano de las Naciones Unidas en Chile (PNUD), "Santiago está situada en un puesto medio-alto a nivel mundial y muy bien posicionada dentro del ámbito latinoamericano, aunque siempre por debajo de las principales ciudades de los países desarrollados". Bastante falaces y carentes de fundamentos las apreciaciones del decretado experto que proclama: "Santiago está bien posicionado (sic) porque la logrado una estabilidad democrática, existe una sensación (sic) de mayor control de la delincuencia, ha mejorado la calidad de los servicios(sic), tiene un bajo nivel de corrupción (¡sic!) y un sistema de transporte razonable (suac). No obstante, tenemos un medio ambiente deteriorado, la delincuencia sigue siendo importante y la oferta recreacional y cultural es insuficiente, a pesar de que ha crecido". Así acaba, tan suelto de cuerpo, como si dijera: “no es lo uno ni lo otro sino todo lo contrario”.
La condición de santiaguino no implica haber nacido en Santiago ni en cualquier punto de la Región Metropolitana, sino que la proporciona el tomarla, habitarla y resignarse a sus domingos melancólicos. Las regiones son trece dentro de las fronteras, y Santiago, la decimotercera, escabulle el número fatídico como en los edificios en construcción donde a ese piso le ponen “12+1” (además, ya se piensa en una decimocuarta que correspondería al resto del planeta por donde deambulan chilenos que nunca olvidan sus patios, esquinas, parrones ni aceras).
Entonces, los trasterrados que se toman Santiago, trasladan a nuestra circunscrita geografía sus dudas, virtudes, defectos, gustos, miedos, agravios, resentimientos, deliberados olvidos, innúmeras esperanzas, el inextinguible afán de hallar la felicidad a mano. Con todo ello amasan mezcla tan sólida e indestructible como la que unió los ladrillos del Puente de Cal y Canto (dinamitado por otro administrador). Y ya somos un todo: nosotros los santiaguinos, gaseados, emplomados, alienados. Agonizantes de amor matamos a los seres amados; locos de odio, injuriamos al no vidente que nos tropieza en la calle; damos codazos, pisotones y empujones a los prójimos que tienen la mala ocurrencia de demostrarse como tales: aproximársenos; en el hospital se ejerce con impunidad la incuria y le meten un fierro más largo en la pierna al paciente que ellos mismos ya habían dañado o le operan a un juez la pierna sana en lugar de la enferma...
La agresión se conecta con la pérdida de perspectiva y la desubicación que condena a muerte a los murciélagos y desata la plaga de polillas e impide a los arquitectos proyectar los edificios en terreno porque se aferraron a la computadora. Entonces, buena parte de los viandantes, no consigue entender que la calle no es de su uso exclusivo. Así, el peatón transita como si todos los humanos de su entorno fuesen invisibles y etéreos, por lo tanto penetrables. Si se detiene a conversar o camina tomado del brazo de alguien, ni siquiera amaga ceder el paso. O empuja, codea, arrasa. La agresión aumenta y deviene tornado en estadios, plazas y parques; como los últimos han sido cercados, enrejados, enfierrados, se transforman en mortales trampas (no lo podrá decir la desdichada que quiso cruzar el Parque Juan XXIII en Ñuñoa y se estrelló con la muerte). La atmósfera santiaguina alucina a sus habitantes les enturbia el seso, les potencia las humillaciones y desdichas como el Mapocho que arrastra cadáveres, se seca o se desborda. Es así como para poner fin a su desdicha de amante incomprendido, un hombre abrió las llaves del gas y prendió un fósforo. Su departamento y el de su vecino fueron demolidos por la explosión, en tanto otras treinta y nueve viviendas quedaron sumamente dañadas. El suicida fue hallado entre los escombros con heridas leves y muy aturdido... Los trastornados industriales en su afán de ganancia fácil venden al diablo no sólo su alma sino todas las almas posibles: tres niños murieron por comer galletas amasadas con nitrito en una fábrica... Se denunció la existencia de materias fecales en las cecinas y toda la población vomitó mientras veía en vivo y en directo las cucarachas, las moscas y el caldo de inmundicia donde se adobaban carnazas y sebos antes de ser embutidos para llevarlos al mercado...
Locos de amor pero carentes de amor, somos incapaces de amar la ciudad: ya nadie se le ocurriría expresar un apego por ella que se tradujera en un “Fervor de Santiago de Chile” , por ejemplo.
Pese a todos los factores que conspiran en pro del asco, el odio y la incomunicación, los santiaguinos recuperan la tertulia, territorio de libertad para el diálogo, para expresar la duda, oponer argumentos, discrepar, debatir y rebatir. De muy antiguo origen, dicen que proviene de tertium, tercero, pues congrega a tertulianos que pueden platicar, terciar o intervenir confrontando ideas, disintiendo, sin eludir la polémica ni el debate, pero respetando y ejerciendo las normas de tolerancia y urbanidad. Famosa la tertulia de doña Paula Verdugo de Carrera y sus hijos donde se informaba, debatía, conspiraba. En los tiempos del Presidente Balmaceda sobresalió la de don Luis Arrieta, en Peñalolén, con músicos, escritores, artistas, en una palabra, letrados. Delia del Carril y Pablo Neruda fundaron la tertulia de Villa Michoacán donde se discutían la poesía, los sucesos de interés político, cultural y social, ojalá sin tontera grave. Allí se cultivaba la amistad sin suspicacias, practicando la comunicación sin pedantería y la discusión con tolerancia de intelectuales venidos de todos los pétalos de la rosa de los vientos. La Hormiga, gentil anfitriona, provenía de un mundo donde la tertulia de su madre tuvo tremenda importancia en Buenos Aires. También ella y Neruda habían integrado la tertulia madrileña de escritores y artistas en cafés, tascas y tabernas. Los santiaguinos tuvieron, además, dos famosas de la Librería Nascimento y la Librería Universitaria donde podía incorporarse cualquier amante del saber y oír a los poetas y escritores. No es aventurado afirmar que esos diálogos irradiaban y promovían iniciativas admirables, como talleres literarios en universidades (donde se les pagaba a los escritores por incorporarse), congresos latinoamericanos y otras actividades culturales que irradiaban a toda la población. Después de 1973, la prohibición de reuniones en espacios públicos y el temor de coincidir en otros lugares, eliminaron la tertulia.
Esta rica tradición ha sido cambiada por el show cultural, parodia de kermesse heroica a todo trapo y máximo volumen en el Parque Forestal donde no falta el cara de callo que vocifera: “vamos a refundar la cultura”, y se arrasa con los letrados mientras letrosos próceres y próceras mapochinos se jactan de latearse si se asoman a las primeras páginas de las obras maestras de la literatura universal. Entretanto, críticos, asesores de editoriales y los lectores de verdad se abisman al leer tanto cuento que no es cuento, tanta novela que no lo es y transcurre entre Bellavista, la Plaza Italia y Providencia, a puertas cerradas, sin otro escenario que un departamento, infaltable botella de güisqui, cama o sofá y un (a) onanista incapacitado (a) para vincularse con otro prójimo (a), pero muy convencido (a) de ser trasgresor (a) e irreverente.
La proliferación del show santiaguino contamina a los más desapercibidos de la escala social que pretenden emular la aparatosidad y se fabrican celulares de palo para exhibirse por las calles hablando a voz en cuello con una mujer imaginaria. Entretanto, otras mujeres no imaginarias recorren los supermercados llenando sus carros de productos de lujo y las mayores exquisiteces que abandonan en la proximidad de la caja: todo para deslumbrar con una hipotética bonanza a la presumible vecina que se topare con ellas en los pasillos.
No cabe duda que nació aquí en Santiago una muestra digna del surrealismo posmo(derno), precursora de este desespero del show, cuando se puso en marcha con feroz derroche de recursos fiscales la representación de Chile en el Primer Mundo del Mercado Común y la Globalización. No se pensó, por cierto, en el cobre, la máxima riqueza, la mayor reserva mundial ubicada en Chile, sino en una imagen lo más alejada posible de una república latinoamericana. Heroicos buzos arriesgaron sus vidas para recortar ciento cincuenta toneladas de témpano en el polo sur. Ese hielo antártico fue embarcado con grandes precauciones rumbo al Puerto de Palos (ojo: algo así como devolver la mano). “Es el mejor símbolo de la modernidad de nuestra patria”, afirmaron los economistas, politólogos y tecnócratas. Seleccionaron a guapa muchachada rubia para atender a los turistas, privilegiados que ignoraban su condena al catarro crónico. Los europeos acudirían a conocer el hielo en nuestro pabellón de Sevilla, después que Matta, sobreviviente de todo surrealismo, firmara el "isebér" (nadie había leído la Autobiografía de Rubén Darío, ciego enamorado de Santiago: el primero en contar que su tío el coronel Ramírez lo llevó a conocer el hielo).
A propósito de cobre, aquí donde el legítimo santiaguino don Andrés Bello fundó la Universidad de Chile, perpetra su antipatriótica iniciativa Ricardo Paredes, decano de la Facultad de Ciencias Económicas y Administrativas, al propugnar la privatización de CODELCO y declarar: "todas las empresas que hoy tiene el Estado podrían privatizarse; éstas fueron importantes para el país durante años anteriores y hubo un claro beneficio social en términos de eficiencia y de rentabilidad".
La pérdida de perspectiva despeña a la pérdida de la dignidad, entonces no es raro que en tanto le dan con el chorro del guanaco a una guagua cuya madre protesta pacíficamente por la injerencia del BID, un grupúsculo de la SECh le tiende la poruña al mismo BID para limosnear tres mil dólares y fabricar “el primer congreso latinoamericano del siglo XXI” ¿Qué dirán los escritores y pueblos mexicano, puertorriqueño, cubano, venezolano, argentino y de cada país nuestro al sur del Río Grande?
Agobiado por la inmediatez de parar la olla, el santiaguino se pregunta si en esta ciudad es posible vivir sin pituto. Muy bueno e importante el pituto, dígalo si no Álvaro García Álamos, el dueño de la lechera Dos Álamos, que con cinco años de pituto en la ENAP obtuvo más de ciento cincuenta y siete millones de indemnización, lo cual equivale a ciento cincuenta y siete AÑOS DE PENSIÓN de un exonerado de la Universidad de Chile en 1973; de paso, en vísperas del cambio del último gobierno, impuso para doce gerentes sendos doce sueldos como mínimo de “indemnización”, aunque solo hubieren trabajado un año. Y así se fue cortando el queso en Santiago del Nuevo Extremo, de modo que no ha sido raro admirar al gerente del Banco del Estado, Andrés Sanfuentes que obtuvo cuatrocientos veintiséis millones de pesos de “indemnización” y se jactó en público de que no los devolvería, acotando de paso: “la culpa no es del chancho sino del que le da el afrecho”. Como indemnización significa: compensación, desagravio, reparación, colegimos que el pituto ha dañado, enfermado y corrompido gravemente las vidas de estos próceres cuoteados y apitutados en el servicio al Estado. Desagravios y reparaciones semejantes no los ha obtenido ningún familiar de detenido desaparecido ni torturado. Pero estos son los pitutos para unos cuantos cuoteados por el sistema, pues para el común de los ciudadanos pituto deriva de pito, cañuto que suena de modo enérgico emitiendo un pitazo como un tren o un árbitro. El pituto también emite su sonido, no tan enérgico, pero sí persistente, porque guagua que no llora no mama. Pituto se escribe con "p" de plañir, perdonyolvido, prosternarse. Tiene dos fundamentales acepciones:
1.— pololito, o sea, pega ocasional para ganarse la pitanza, para sobrevivir malviviendo antes de llegar a la conclusión definitiva de que no se vale un pito, y
2.— padrino que ayude a dar el salto sin que los escrúpulos importen un pito y sea posible apitutarse, por fin.
Sin pituto se es marginal, es decir, expatriado o habitante de la expatria, la que deja de ser padrastra a la hora de considerar a su expatriado o huacho como ciudadano para que vote. Tenlo presente: el sistema es el Gran Pituto, aprieta pero no ahorca y te proporciona un margen para no desnucarte. Ese margen se llama sector informal y te permite ser tu propio empresario y "no depender de nadie". Para ello, puedes cartonear, disfrazar-te de payaso, fundar otro taller literario, aguacharte en la concertación. En cuanto a la segunda acepción, ¿quién no busca un pituto con la misma ansiedad que se escudriña en el follaje del árbol genealógico en busca de un tío viejo y con plata o se acaricia muy en secreto el sueño de la Cenicienta o con el mismo temor y anhelo sofocado se llena una cartilla de loto?
Citábamos el dicho guagua que no llora... y nos quedó resonando un eco siniestro en la cabeza: ¿Cómo van a llorar las guaguas si por lo mismo en un jardín infantil santiaguino acaban de asesinar a una criatura de seis meses amordazándole la boca con una cinta adhesiva? Aquí en Santiago de Chile, en veintinueve de sus comunas, hay novecientos jardines infantiles y sólo trescientos están debidamente autorizados. Cuando hablo de guagua, me refiero a un pequeñito ser humano, en su primera edad, para el que no hay palabra en la lengua castellana. Guagua es palabra mapuche, pero le cayó mal a las racistas matronas, enfermeras y doctoras de los consultorios médicos santiaguinos y la cambiaron por la muy francesa “bebé”. El mapuche no torturaba a las guaguas y padres y madres respetaban a sus hijos y por ningún motivo iban a castigar a una futura madre o aun futuro combatiente. De paso, llamó la atención a los españoles que las naturales del continente amamantaran los hijos a sus pechos, en tanto las españolas usaban amas de cría. ¿De dónde nos salió la vesania para castigar hasta la muerte a los desvalidos críos humanos? ¿Qué perra martiriza a sus cachorros? ¿Por qué no podemos defendernos con toda nuestra potencia de estos y otros atentados a la dignidad?
A mayor menoscabo, más arrogancia de todo venido a más para apabullarnos con el peso del cargo, de la investidura, de la institución. Se imponen la descalificación, el recelo, el menosprecio, la prepotencia y la ponderación de la competencia por sobre la solidaridad. Estas imposiciones conducen al santiaguino a su apocamiento, más conocido como apequenamiento, lo cual queda de manifiesto sobre todo en la restricción del lenguaje. Porque el lenguaje es poder y en ciertos círculos, so pretexto de la precisión, especialización y puntualización, deviene jerga iniciática y excluyente.
“Siempre cerca de usted” “Un proyecto diferente”. “Hermoso paisaje, jardines, tranquilidad, paz…”. “La insuperable ubicación de un lugar emplazado en un entorno natural especial”.. Se le introducen en su teléfono y si usted es mujer, una bella voz masculina le recita este mensaje y lo menos que puede pensar es: ¡Eureka! ¡Al fin, una solución contra la contaminación ambiental! Y ya se ve paseando por ese Parque de la Pradera. Acaso en compañía, se sentaría a la sombra de unas encinas del parque o se echaría en un prado cubierto de “colchón de novia”; olería unas rosas, chuparía unas flores de madreselva, respiraría aire puro y se sentiría viviendo, palpitante, reanimadas las ganas de reír y bailar. Pero no se apresure. Curiosa, usted intentará mayor información de parte del poseedor de esa voz tan persuasiva. ¿La irá a invitar a un paseo? ¿Y si…? Calma, calma. El Parque de la Pradera es un cementerio. La invitan a comprarse el terrenito para que se pudran sus restos cuando pase a mejor vida. La voz pertenece a un trabajador cuidadosamente escogido para vender las hijuelitas donde los gusanos realizarán su faena. De seguro, una niña de voz bien modulada está llamando a un varón con la misma calidez insinuante de una cita a ciegas. Quien se entromete en su vida sin que usted jamás le haya dado su número, le interrumpe la siesta o el trabajo o el quehacer doméstico, fisgón que se permite introducirse en su espacio privado, es un mensajero a sueldo de la muerte, un representante de los vermes comedores de humanidad extinguida y para éstos son “los accesos cómodos y directos”. ¿Qué “hermoso paisaje, jardines, tranquilidad, paz… un espacio para la reflexión y el recuerdo” le está ofreciendo. ¿Qué gancho es éste? El gancho de la obscenidad, el soez gancho del negocio de los traficantes de la muerte. Por cierto, usan palabras clave como PROYECTO.
¿Dónde oyó la palabrita? ¿Le suena? Claro, si a cada rato le hablan del PROYECTO PAÍS. Y usted ya no sabe si el país se extinguió para siempre y algunos están empeñados en lucubrar una idea de país diverso con la dignidad y las riquezas básicas recuperadas, en elaborar un plan de país resucitado. Y usted piensa que antes el país existía y su pueblo, las masas palpitantes que lo integraban, aspiraban a participar directamente en programas de gobierno para darle mayor justicia y equidad. ¿Qué va a pasar ahora que sólo algunos se consideran dueños de la capacidad para diseñar un esbozo o bosquejo de país como si lo que tuviéramos fuera la nada misma? ¿ahora que pueblo y masas fueron trastrocadas por gente? ¿Y qué diablos es PROYECTO DE FUTURO? ¿Será sinónimo que VISIÓN DE FUTURO? Esto sí que le perturba la mente. Para los antiguos, proyecto era idea, plan, boceto, invento, cálculo, borrador, una concepción que se concretaría: algo que se manifestaría y fuere tangible en el futuro. ¿Y hoy? ¿La visión de futuro y el proyecto país se relacionarán acaso con lo que andan llamando idea fuerza, combinatoria de dos sustantivos que no logró imponer Georges Sorel, ideólogo del fascismo mussoliniano, pero de la cual se apoderan unos cristianos nuevos y vivarachos para divulgar sus raquíticas sabandijas mentales?
Tanto conjeturar en el escamoteo de las palabras al santiaguino no le resulta entretenido sino preocupante. Pero ¿por qué se me vino a la mente la palabra entretenido? Si antes la entretención, lo entretenido, era todo lo ameno, lo divertido, la distracción, el recreo, el solaz, pero de un tiempo a esta parte se habla de vestido entretenido, moda entretenida y peinado entretenido, porque tampoco falta un peluquero que en entrevista por TV afirme: “lo entretenido es mi filosofía del corte de pelo”. Entonces el santiaguino se pregunta: ¿Acaso quiere decir una filosofía entretenida? Pero, ¿por qué filosofía del corte de pelo? ¿No es esto emputecer la filosofía? Es lo mismo que oír a un cocinero o a una decoradora hablando de un concepto en vez de una receta o de un boceto. ¡Ah! Las buenas ordeñadoras que alguna vez nos iluminaron un amanecer con un vaso de leche al pie de la vaca ¿qué concepto aplicaron para estrujar las ubres? Pero no involucremos a tan noble oficiadora del alba en esta discusión coprolálica, entendiendo que involucrar es implicar a pesar de sí, NO ES compenetrarse, comprometer, responsabilizar, complicar, mezclar, envolver, enzarzar, de modo que provoca aversión oír a una mujer diciendo que está involucrada con un hombre, o viceversa, dando a entender que se han comprometido, pololean, son amantes o simplemente se enredaron. Luego, le hablan de moda casual, de vestido casual, entonces al santiaguino se le pierde lo fortuito, aleatorio, contingente, accidental y cuanto corresponde a la casualidad que con su significado de azar y contingencia, eventualidad para él tenía mucho de categoría filosófica. Pero su cerebro todavía no ha pasado todas las pruebas, porque comienza a resentirse y a echar chispas, algo que en elocuente metáfora suele definirse como peladura de cables o agotamiento de pilas, cuando le aseguran, y no un cualquiera, sino el ministro del interior, sin ir más lejos, que PINOCHET ES SINÓNIMO DE PASADO. Usted recuerda al Capitán General proclamando la perentoria necesidad de ayudar a los ricos, porque ellos generan la riqueza, en tanto ardía la polémica si los pobres eran cinco o siete millones. Entonces dentro del ejercicio del abatimiento de nuestro pueblo se produce el concertado escamoteo de la palabra asesino por la de encubridor. Y usted se pregunta si los ejecutados, los muertos, los detenidos desaparecidos, los torturados, los desterrados, los exonerados SON EL PASADO. Se pregunta si la entrega de las empresas fiscales a las transnacionales corresponde a un pluscuamperfecto o a un pretérito indefinido, el más perfecto de todos los tiempos verbales. Si honor, dignidad, consecuencia y otros valores ultrajados se extinguieron y no sólo sus desvaídos fantasmas sino también los culpables y asesinos flotan en el pasado, pasado que se quiere extirpar y quemar, hacerlo humo para “avanzar hacia delante”: otra bastarda expresión del lumpen que se apoderó de las cúpulas.
El santiaguino trata de desenredar la madeja mental que le causa el lenguaje postmoderno del país en extinción y exclama: ¡en qué porquería están convirtiendo el idioma! A continuación, siente que porquería es basura, cochambre, roña, excrementos. Y el idioma y el país y el futuro se le transforman en materia corrupta para vermes, escarabajos mierderos y gordas moscas azules. Pero aún no terminan sus cuitas sobre algo que ve ajeno a sí mismo y también empieza a ajenarse, porque ya duda de sus propias entendederas. Por si fuera poco, el propio Instituto Latinoamericano de Salud Mental y Derechos Humanos, ILAS, le advierte que “los debates sobre el tema deben ser prudentes con el fin de no provocar dolores innecesarios (sic).” Desde ya, en el castrador llamado a la prudencia se percibe una forma de advertencia, el afán censor, de reconciliación y concertación sin crítica ni debate real.
Debate. Debatir es argumentar, deliberar, cuestionar, discutir, discrepar. De-batir tiene la misma raíz de re-batir, com-batir. Activísimo, dinámico verbo del que sólo se va permitiendo a quienes pretenden conjugarlo, el a-batir, o sea, desalentarlos, humillarlos, derribarlos, hundirlos. Se impide el debate y se cambia el sentido de la historia misma.
El ejército es la continuidad de la hueste indiana, afirmó Augusto Pinochet. ¿Sólo su pensamiento? Hay militares que consideran al gobernador Alonso de Ribera (inicios del siglo XVII) el organizador del ejército chileno que dos siglos más tarde actuó como hueste indiana en la Pacificación de la Araucanía. Se omite decir que el ejército patriota nació en Santiago y lo organizó don José Miguel Carrera; en rigor, el origen de este ejército es netamente africano, pues su base fue el Batallón de los Infantes de la Patria o Batallón de los Pardos que se distinguió por su arrojo. Además el Batallón de los Ingenuos de la Patria fue formado por esclavos africanos libertos. Fundamental, la participación afra en la Independencia, donde la infantería del Ejército Libertador estaba constituida por esclavos que en nombre de sus amos se comprometían a combatir por su libertad y por ella regaron y empaparon los campos de Maipo.
No es por meterse entre las patas de los caballos recordar que desde la Patria Vieja, veintinueve veces el gobierno militar ha transferido el poder a los civiles: lo demuestra el historiador Leopoldo Castedo, otro santiaguino trasterrado.
El evocar el sangriento siglo XVII, me hizo recordar una protesta del Cabildo porque las parejas sigilosas se desahogaban en los terrenos baldíos que “no sirven de otra cosa que de ocultarse en ellos a jugar y a hacer otras indecencias en deservicio de Dios Nuestro Señor”. Como se ve, no sería nada novedosa la iniciativa del alcalde, el mero de las palmeras, que ultimadamente pretendió clausurar los hoteles del trocado.
Con toda razón y fundamento, me decía un amigo: “Si toda la ciudad estuviera tan bien organizada como los moteles, viviríamos en el paraíso”. Esto me conduce a pensar en la vida sexual y mis digresiones me llevan a la discusión que otrora tuve con el director del medio donde era periodista, empecinado él en un reportaje y catastro de hoteles parejeros. Si se dedicaran a vivienda, sostenía el personaje de marras, se acabaría el problema de los sin casa. Hube de alegar que toda pareja, clandestina o no, merece un espacio digno para explayarse: no todos tenían la suerte de que les prestaran departamento o casita en la playa o de conyugarse con otras parejas para alquilar local destinado por turnos a tales escarceos: estudiantes, obreros y empleados de sueldos mínimos, aun esposos que por vivir de allegados en paternos lares no gozaban de mínimo espacio vital para la intimidad...
“En Santiago, el amor se hace a cada rato
edificios enteros, parques y cerros
ocultan el amor
qué pueden hacer el hombre y la mujer
mejor que el amor?
Todo está dado.
Hay camas, sexos, calor, ropas que se sacan
deseo infinito,
se habla del amor, se sonríe al amor,
se peca por amor, se lucha por amor,
y hay amor oficial, legítimo y dulce,
y hay amores extraños y ocultos
y hay amores llamados normales
y hay amores llamados anormales
pero siempre, siempre hay amor”
asevera con mucha razón la poetisa Raquel Weitzman, demostrando de paso que los santiaguinos, como todo mortal, defenderán, recuperarán e inventarán como siempre los espacios del amor, mal que les pese a muchos.
El profesor Bernardo Guerrero contempló en la realización de este ser nacional —conjunto de seres, tantos como individuos lo constituyen—, su percepción del pasado y del futuro. Esto me obliga a pensar en algo que me planteó el ingeniero David Borizon, santiaguino de pura cepa, institutano, que nunca vivió más allá del primer distrito y, a lo más, se aventuró hasta Ñuñoa. Me preguntaba por qué en nuestra literatura todo el mundo miraba hacia el pasado y no se tentaba en lo porvenir, ni siquiera soñando. Acaso la confección de este retrato hablado de Chile contribuya a darnos más energías para emprender la aventura, asumir riesgos, cavar hasta las napas de la confianza en nosotros mismos, abrir la noria y dar rienda suelta a la imaginación.
(*) Subrayado de la autora.
(1) Este artículo forma parte de RETRATO HABLADO DE LAS CIUDADES CHILENAS, libro editado por el Prof. Bernardo Guerrero Jiménez , Iquique, Universidad "Arturo Prat", Centro de Investigaciones Diego Barros Arana 2002 (impreso por Lom): Región 12+1. Lumbraria de los santiaguinos, pp 179-190.