Vivir y crear sometido a todas las censuras fue sino y signo de Pablo de Rokha. Ningún otro escritor soportó tan recio estigma sintiéndose “baleado y pateado por los fusileros del horror”. Este profeta colosal sigue siendo el volcán de la cordillera de la poesía chilena. El eminente crítico Juan de Luigi lo llamó “jaguar en el pantano” por su acosada grandeza, por el odio feroz concitado alrededor de su coraje, soledad, creación entre terribles angustias; advierte que De Rokha “hostilizado, silenciado, mal atacado” no tuvo condiciones para la serena autocrítica.
Carlos Díaz Loyola nació en 1894, provincia de Curicó, en Licantén o lugar de piedra en lengua mapuzungun (del pueblo mapuche), inspirador del seudónimo Pablo de Rokha. Casó con Luisa Anderson, Winétt de Rokha, sensible y original poetisa, y tuvieron ocho hijos, todos artistas. No olvidó jamás a dos hijitos muertos en la miseria, cuyos cajones hubo de cargar hasta el cementerio. Hubo de resistir las muertes de sus hijos José, Carlos y Pablo con su terrible determinación.
El Premio Nacional de Literatura (1965) fue reconocimiento tardío. Viudo desconsolado, el formidable cantor de una sola amada, gozador de los alimentos terrestres y amador de la vida se mató de un balazo en 1968.
Desde muchacho sufrió la censura, primero, por leer poesía y luego por escribirla.
A los dieciséis años lo expulsaron del seminario por hereje; se lo sometió a la censura del Índex católico por leer a Nietzche, Rabelais y Lautreamont.
Diez ejemplares vendió de Gemidos (1922) —“el resto fue utilizado para envolver carne en el matadero”—, ejemplo de la vanguardia, primera muestra de una lírica brotada de los conflictos sociales de un pueblo inmerso en dolor y sufrimiento.
Se le cerraron las puertas de las editoriales y recibió el oprobio de la crítica.
Se le negó el derecho al trabajo. Al revés de otros poetas, a él jamás se le otorgó un cargo público ni dentro ni fuera del país. Sólo el presidente de la república Juan Antonio Ríos, en 1943, al saber de su reconocimiento internacional como “centro de tormenta de la poesía de América” (escritor H.R. Hays, Universidad de Yale), le encomendó de recorrer todos los países del continente en misión cultural.
Marginado, empujado a oscuras fronteras, condenado a sobrevivir con precarios medios, escribió su poesía y debió autoeditarla.
Sin distribuidor, recorrió el país de punta a cabo ofreciendo, bajo el sello “Multitud”, volúmenes color fuego con letras negras.
Víctima de doble censura política: la del sistema y la del Partido Comunista, que lo expulsó de sus filas, su omisión en la prensa de izquierda —agudizada por su enemistad con Pablo Neruda— irradió a los círculos intelectuales del mundo. Aceptarlo fuere connivencia con los enemigos del pueblo, repudio a toda causa progresista.
“Había temor a editarlo, había presiones a todo vapor, amenazas, compromisos tortuosos y subterráneos, odios ramificados hacia Buenos Aires y Ciudad de México, pasando por Montevideo y Caracas; (...) estaba aislado y suprimido, (...) convertido en el gran enfermo de peste encerrado en vida, a solas con su genio y sus recuerdos”, testimonia el novelista Carlos Droguett, Premio Nacional de Literatura 1970.
Legó a Chile cuarenta libros donde aún se cierne la sombra de la censura. Para el español León Felipe, “De Rokha es no sólo el más gran poeta de América, sino el más gran poeta de la lengua castellana en el siglo veinte”. Pero España no publica al temible de epítetos, imaginador del “Dios borracho que llora meando en todas las esquinas del universo”.