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Publicaciones : Crónicas

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De Santiago Waria a la Ciudad ajena
Virginia Vidal

 

 

así como Atenas fue astu para los griegos
y Roma urbs
para los romanos
Santiago fue waria
para los mapuches
como cualquier otro poblado.

 

Este es el inicio del libro Santiago Waria de la poetisa Elvira Hernández. En esta Waria que no era un erial sin habitantes, Pedro de Valdivia utilizó el asentamiento ya existente para hacer edificar la futura capital del reino de Chile, según un damero preestablecido. Dicho asentamiento constituía un centro urbano y administrativo a la vera del Mapocho, ya organizado por el Tahuantisuyo (conjunto de territorios que constituían la monarquía inca) e incluía sitios rituales, como el cerro Huelén, canales y acequias, chacras con diversos cultivos, cementerios, un observatorio astrológico el Camino del Inca (Qhapaq Ñan), el Camino del Inca (Qhapaq Ñan). Por este camino (trecho que abarca la actual avenida Independencia) entró Valdivia con sus huestes. Pudo avanzar hacia el vasto espacio ya existente que llamaría plaza de armas, centro administrativo y religioso donde se levantarían la casa del gobernador y la iglesia y más adelante, el cabildo, la casa del arzobispado y la cárcel. También en la plaza estaba la horca y el sitio del castigo.

 

Consultamos al arqueólogo Rubén Stehberg cuáles eran los grupos étnicos que vivían en “Santiago” antes de la llegada de los españoles. He aquí su respuesta:

 

“A la llegada del Tahuantinsuyu al valle del Mapocho, llegaron muchos mitimaes (colonos) procedentes del Norte Chico y de otras provincias incaicas. A ello debemos sumar, la posible llegada de centenares de refugiados que huyeron en 1532 de la invasión europea al Perú. Ello complejizó el panorama e hizo del Mapocho un valle multicultural y multiétnico. Finalmente, Purun Auca, corrompida a Promaucaes, era la denominación con que los incas designaban a los pueblos rebeldes. En este caso, designa a todos aquellos indígenas no incorporados al Tahuantinsuyu. Abarcaba muchas parcialidades y, en ningún caso, constituían una sola etnia”.

 

¿Poseían una lengua común?

 

“Hasta donde sabemos, los indígenas de Chile centro-sur (Choapa a Chiloé) hablaban un mismo idioma, el madupungun o mapuzungun y se organizaban en parcialidades (linajes) que ocupaban un determinado territorio, al mando de un jefe. No alcanzaron el nivel de “señoríos”. Tenemos la sospecha que estas parcialidades estaban organizadas en torno a unas 300 ó 400 familias formando cavis (por ejemplo, Cura-cavi, Puchun-cavi). Muchas veces la parcialidad era conocida por el nombre del valle que ocupaba o de su cacique. Los indígenas del Mapocho eran conocidos como mapochoes o mapochinos, los de Melipilla como picones; al sur, los cachapoales, los purenes, los lumacos, etc.”

 

Ahora, Lucía Guerra con La ciudad ajena: Subjetividades de origen mapuche en el espacio urbano (Ceibo Editores) ofrece un importante ensayo sobre la literatura mapuche que no solo reivindica esta cultura en la nación chilena, sino que también es un profundo análisis, del cual sólo señalamos algunos aspectos. Hasta la década de 1930, los mapuches permanecieron en sus comunidades rurales, alejados de la ciudad. Pese a la asimilación de algunos elementos de la cultura hegemónica, mantuvieron su cultura y cosmovisión. Ellos y otras etnias autóctonas “jamás fueron vencidos por los españoles y después de un siglo de lucha, “el imperio español se vio forzado a firmar las Paces de Quilín (1643) en las que se estipulaba que las comunidades mapuches al sur del río Bío-Bío eran comunidades independientes del poder colonial, con la condición de que le otorgaran respeto y protección bélica a la corona española. Entre 1643 y 1881, los mapuches fueron autónomos a pesar de las constantes agresiones que transgredieron dicho acuerdo. Las Paces de Quilín produjeron una significativa fractura tanto territorial como cultural en Chile”.

 

Pero el Estado chileno con el triunfo de la llamada Guerra de la Pacificación de la Araucanía arrasó sus campos, despojó a los mapuches de un noventa por ciento de sus territorios y les asignó reducciones mientras repartía las tierras a colonos europeos y chilenos. La miseria los obliga a emigrar a las ciudades para trabajar, en especial como obreros panificadores y empleadas domésticas. La “Pacificación” de la Araucanía, verdadero genocidio, los condenó a merodear en los fuertes y pueblos cercanos a la frontera mendigando alimento: “en este mismo período (1884-1927), el Estado asignó más de nueve millones de hectáreas a los colonos chilenos y extranjeros, a quienes les otorgó porciones de hasta quinientas hectáreas a cada uno”.

 

La literatura de los escritores mapuche y de otras etnias originarias rescata no solo los orígenes y la propia identidad  sino también la confrontación con el poder colonizador. Los mapuche dejan su tradición oral y emplean el castellano, a más de la versión transcrita del mapuzungun para cantar y contar. Vivos ejemplos la poesía de Elicura Chihuailaf y Leonel Lienlaf.

 

A juicio de Lucía, los discursos poéticos de estos dos autores son emitidos desde un ámbito letrado que contrasta con la periferia urbana, lugar desde donde David Aniñir –autodidacta proveniente de una población marginal– escribe Mapurbe (2004). En este libro, la identidad mapuche pasa por procesos de degradación en un espacio urbano abyecto donde también llegan los ecos de la globalización y la ciudad neo-liberal produciendo un amasijo heterogéneo de culturas.

 

Es esta situación de miseria la que los obligó a emigrar a la ciudad a partir de 1930. Por lo general, un hijo o hija de una familia viajaba a Temuco, Concepción o Santiago para convertirse en obrero panificador o empleada doméstica. Sin mayor educación y con la necesidad de alojamiento, estos dos oficios “puertas adentro” les proporcionaban comida y un cuarto para dormir.

 

En la ciudad, ahorran parte de su mísero sueldo para ayudar a la familia que visitan una vez al año. Graciela Huinao destaca el carácter ceremonial del regreso, ahora con vestimenta citadina, y los relatos de la experiencia urbana. Esta escritora con tremenda audacia en su novela Desde el fogón de una casa de putas williche (2010), muestra el burdel como sitio de resistencia de la cultura mapuche, en la ciudad de Osorno cuyo nombre originario es Chaurakawin: “fiesta de las flores chaura”.

 

Con la emigración se produce la feroz discriminación, la marginalización en los barrios periféricos y comunas de extrema pobreza, pero también se da el fenómeno del apropiamiento de la ciudad: “La waria –ciudad– ahora un camino que hay que considerar para no ser derrotados definitivamente como cultura”, lo dice Elicura Chihuailaf en Recado confidencial a los chilenos. Este poeta “define su escritura como una praxis de resistencia en un momento histórico en el cual, debido a las emigraciones a la ciudad y la entrada de la cultura chilena a territorios mapuches (escuelas, radio, televisión, internet), su pueblo ya no vive en un aislamiento territorial, sino en la zona fronteriza y dual del “país de la memoria”.  Ser mapuche ya no significa simplemente resguardar los valores de su cultura minoritaria sino difundirla y darla a conocer en los espacios hegemónicos. Movimiento de resistencia cultural que implica conocer la cultura mayoritaria e insertar en ella lo que correspondía a una otredad silenciada y discriminada, a ese margen devaluado que ahora pasa a la esfera de la cultura legitimada”. de Mapurbe (2004). Aquí ya no hay mapuche –gente de la tierra— sino warriache, gente de la waria-urbe: “Desde la población periférica, el espacio y cosmovisión mapuches ya ni siquiera representan lo vivido que se recuerda con nostalgia. Para esta segunda o tercera generación de inmigrantes mapuches, ese cosmos identitario ha sido transmitido por sus mayores muy lejos del fogón ancestral y soportando los avatares de la pobreza en la ciudad. Fragmentos interrumpidos por los ruidos de la calle, las voces de los vecinos y alguna redada policial”.

 

Los warriache viven otra violencia:- “llegaron despacito con su fierro 38 milímetros / llegaron despacito con sus trajes Boy Scout / color verde O-paco y zapatitos bien lustraos / llegaron despacito a maniatarme las manos / las hojas/ y un sueño / y llegaron DES-PA-CI-TO”.






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 Referencia
Virginia Vidal.  "De Santiago Waria a la Ciudad ajena."  Anaquel Austral. Ed. Virginia Vidal. Santiago : Editorial Poetas Antiimperialistas de América.   24 de Junio de 2015.
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