En la adoquinada calle donde se encuentra la vieja Casa de los Escritores de Chile, muchos esperábamos encontrarlo a fin de agasajarlo como usted se merecía y escuchar su voz recitando sus poemas y nosotros homenajearlo por su compañía de tanto tiempo. Sin embargo usted tan bromista, andaba a tirones coqueteando con la muerte y nos dejó esperando.
No resulta difícil hablar de usted, Mario, era tan cercano y le llamo padre porque así lo fue para nosotros, como un guía en nuestra azarosa vida, y hermano porque fue nuestro “juvenil” compañero en las horas más duras. Así también amigo de la juventud en las aventuras a veces gratas y otras tristes del amor.
Fue un artesano cuidadoso en su poesía y un orfebre con esa joyita que nos dejó en su narrativa, La Tregua y en esos Montevideanos, tan cerca aunque únicos, del maestro Joice con sus Dublineses.
Recuerdo que un verano junto a mi hijo, aún adolescente, compartimos y nos devoramos La tregua, encantándonos con la ternura simple de Martín Santomé y enamorándonos de la dulce Avellaneda. Gracias a usted, todos mis hijos comenzaron a leer con entusiasmo y conocieron la belleza, el amor y la poesía.
Alguna vez con mi pluma compartí con usted en un Café de Montevideo, junto a Zitarrosa y Viglietti hablando de poesía, canciones y fútbol, otra de sus grandes pasiones (tal como Camus); aquel sabor compartido consumido con agrado y calmamente me quedó por años inconfundible, y sobre la mesa de aquel lugar solo quedó La borra del café.
Usted aparece entre los más grandes de la poesía hispanoamericana junto a nuestros Parra y Gonzalo Rojas y al monje-poeta Cardenal, (que afortunadamente no nos dejó esperando en la Casa de los Escritores de Chile).
Recuerdo cuando en medio del terror en nuestro Chile, el teatro Ictus representó su novela Primavera con una esquina rota, dramatizada, y los que estuvimos en la sala como espectadores teníamos miedo, pero pudimos superarlo con esa fuerza que usted nos daba.
Nadie lo dejó de lado Mario, ¿Quién lo iba a hacer?, así Serrat musicalizando y cantando su obra Al sur, y su coterráneo camarada de luchas Daniel Viglietti junto a usted interpretando A dos voces, y así tantos otros.
Fue tan vasta su obra, incursionó en casi todos los géneros, poesía, novela, cuento, teatro , ensayo; muchas hojas tendría que llenar a fin de transcribir tantas citas, versos, pensamientos, teorías etc., por lo que dejaré estampado aquí solo algunos de sus versos que probablemente sean más desconocidos pero que precisamente pueden dar prueba de su gran versatilidad, así por ejemplo el Haiku, esa hermosa manera de versificar de los japoneses.
Cito uno, de su libro Rincón de Haikus, que está más de acuerdo a mi parecer con esta despedida.
pasan las horas
y ya nos queda un poco
menos de vida.
Y en otro plano un verso de sus famosos Chau, en este caso del número tres.
Te dejo con tu vida
tu trabajo
tu gente
con tus puestas de sol
y tus amaneceres.
Debo terminar Mario, usted sabe más que nadie aquello del cierre de los periódicos y el apuro de los editores, pero más allá de todo de lo que yo pudiera haber escrito hoy, hay solo una palabra que todo lo dice por lo que nos dejó:
gracias, Gracias por el fuego.