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Elegía en un jardín y Poema en Puerto Aguirre
Elegía en un jardín
"Estoy enfermo de recuerdos de la infancia". Sergei Essenin
Era el tiempo en que un ángel me llevaba de la mano. Era mi abuela llorando una tarde de otoño. Era el jardín el eterno prisionero de la nieve, aunque en la aldea raras veces nevaba... En la vieja casa todo había desaparecido. Junto a los cercos rotos el tiempo agonizaba. En el verano por los corredores desiertos paseaban sus habitantes muertos. Resucitaban sus viejas canciones, sus letanías y sus historias de labriegos. El viento, como una joven sonámbula, era el mensajero que al atardecer cerraba los postigos. La lluvia -vieja canosa- en puntillas se asomaba. Y las tablas en el piso, las arañas trabajando en la tela del olvido, los clavos torcidos, era el poema que en medio del polvo se ocultaba. ... Si observamos en silencio al jardín abandonado, escucharemos que llora también sin saber por qué, como la abuela esa tarde de otoño.
Poema en Puerto Aguirre
Al amanecer el poeta despierta y lee "me alimento de la carne de buey y del agua de los torrentes" Yo no puedo decir así como tú, viejo Walt, afuera se desperezan los primeros pájaros del mar. El viento WE sacude la pequeña casa de madera y se escucha el trepidar de los motores de las lanchas. Sí. El alba fría. Los últimos ebrios resbalan sobre las callejuelas de caracoles muertos y su ruido quebradizo me recuerda un verso de Blaise Cendrars. El viejo Azócar escucha a Joan Báez y maldice contra el mal tiempo que vendrá. Por la ventana se ven tres tordos en las ramas heladas del único ciruelo del puerto. Y tú piensas en la leyenda de la felicidad. Tu hijo quiere conocer al abuelo que acaba de morir. "En la bodega de la vieja casa el morral cuelga vacío. ¿Quién cazará ahora los choroyes y torcazas? Mi pobre padre ha muerto..." Acaricio tu cabellera de algas amarillas y te repito otra vez, unido a ti como el remo al bote. Dulce como una abeja. Quieres pintar el mar con el color de las olas. Una noche de tormenta, hace ya más de veinte años, Pablo de Rokha estuvo aquí comiendo choros zapato con don Carlos Alvarado cuando era estafeta de Correos, y escuchó las historias del pirata Ñancupel. Algún día visitarás la Cueva de los Siete Esqueletos. Nunca aprendiste a jugar truco. Los peces se arquean en el agua como caballos de mar o ramas de árboles. El día huye en la punta de los campanarios. Puerto Aguirre es un lanchón cargado de congrios y robalos, es un caiquén ahumado servido en el boliche de don Thelmo, es el olor del ciprés de las Guaitecas recién cortado, es Bill Barnes, el Aventurero del Aire, vuelto a leer treinta años después, es el licor de murtas preparado por doña Hilda Gutiérrez, y es también la Isla Pejerrey, divisada apenas una mañana de neblina. Las islas del frente te recuerdan esmeraldas en donde un Dieciocho estuviste solo en la plaza, con una botella de vino, y los salmos de Cardenal en el bolsillo. En una fotografía apareces con sombrero y una manta de castilla junto a la verja destruida del Cementerio Antiguo. En la pared, un cuero de chingue estacado en cruz, y un verso escrito con carbón: "Y la luz vino a pesar de los puñales... "Sí, siempre he de ir tomando tu mano, viejo Walt Whitman.
Valdivia, 4 de noviembre de 2009.
Estimados amigos y amigas: Ayer martes 3 de noviembre me enteré que el poeta León Ocqueteaux estaba internado muy grave en Coyhaique. Me avisó la poeta Corina Ainol, desde Chile Chico. Y hoy día, miércoles 4, por la mañana, me enteré de la triste noticia. El mensaje lo envió el antropólogo y poeta de Coyhaique Mauricio Osorio. La última foto que adjunto se la tomé a León el 2006, mientras realizaba una Pasantía para Escritores Profesionales en Chile Chico. La crónica a León Ocqueteaux pertenece a Hernán Ortega que transcribí textual desde el sitio “Patagonia Panorama”, correo electrónico hernanortega@patagoniapanorama.cl
I El mensaje
II
Elegía en un jardín
"Estoy enfermo de recuerdos de la infancia". Sergei Essenin
Era el tiempo en que un ángel me llevaba de la mano. Era mi abuela llorando una tarde de otoño. Era el jardín el eterno prisionero de la nieve, aunque en la aldea raras veces nevaba... En la vieja casa todo había desaparecido. Junto a los cercos rotos el tiempo agonizaba. En el verano por los corredores desiertos paseaban sus habitantes muertos. Resucitaban sus viejas canciones, sus letanías y sus historias de labriegos. El viento, como una joven sonámbula, era el mensajero que al atardecer cerraba los postigos. La lluvia -vieja canosa- en puntillas se asomaba. Y las tablas en el piso, las arañas trabajando en la tela del olvido, los clavos torcidos, era el poema que en medio del polvo se ocultaba. ... Si observamos en silencio al jardín abandonado, escucharemos que llora también sin saber por qué, como la abuela esa tarde de otoño.
Poema en Puerto Aguirre
Al amanecer el poeta despierta y lee "me alimento de la carne de buey y del agua de los torrentes" Yo no puedo decir así como tú, viejo Walt, afuera se desperezan los primeros pájaros del mar. El viento WE sacude la pequeña casa de madera y se escucha el trepidar de los motores de las lanchas. Sí. El alba fría. Los últimos ebrios resbalan sobre las callejuelas de caracoles muertos y su ruido quebradizo me recuerda un verso de Blaise Cendrars. El viejo Azócar escucha a Joan Báez y maldice contra el mal tiempo que vendrá. Por la ventana se ven tres tordos en las ramas heladas del único ciruelo del puerto. Y tú piensas en la leyenda de la felicidad. Tu hijo quiere conocer al abuelo que acaba de morir. "En la bodega de la vieja casa el morral cuelga vacío. ¿Quién cazará ahora los choroyes y torcazas? Mi pobre padre ha muerto..." Acaricio tu cabellera de algas amarillas y te repito otra vez, unido a ti como el remo al bote. Dulce como una abeja. Quieres pintar el mar con el color de las olas. Una noche de tormenta, hace ya más de veinte años, Pablo de Rokha estuvo aquí comiendo choros zapato con don Carlos Alvarado cuando era estafeta de Correos, y escuchó las historias del pirata Ñancupel. Algún día visitarás la Cueva de los Siete Esqueletos. Nunca aprendiste a jugar truco. Los peces se arquean en el agua como caballos de mar o ramas de árboles. El día huye en la punta de los campanarios. Puerto Aguirre es un lanchón cargado de congrios y robalos, es un caiquén ahumado servido en el boliche de don Thelmo, es el olor del ciprés de las Guaitecas recién cortado, es Bill Barnes, el Aventurero del Aire, vuelto a leer treinta años después, es el licor de murtas preparado por doña Hilda Gutiérrez, y es también la Isla Pejerrey, divisada apenas una mañana de neblina. Las islas del frente te recuerdan esmeraldas en donde un Dieciocho estuviste solo en la plaza, con una botella de vino, y los salmos de Cardenal en el bolsillo. En una fotografía apareces con sombrero y una manta de castilla junto a la verja destruida del Cementerio Antiguo. En la pared, un cuero de chingue estacado en cruz, y un verso escrito con carbón: "Y la luz vino a pesar de los puñales... "Sí, siempre he de ir tomando tu mano, viejo Walt Whitman.
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