Arrancar la Lengua a un Fantasma
El sirviente de Jiang Jingwu, A-chen, era valiente y le gustaba el licor. Le agradaba seguir a su amo cuando moraba en Xizhimen. Había muchos fantasmas y la gente no se atrevía a vivir allí. A-chen, sí. Una noche un fantasma vino y se haló los cabellos. A-chen estaba borracho y no tenía miedo. El fantasma alargó la lengua considerablemente para asustarlo. A-chen se levantó. Agarró la lengua del fantasma y se la arrancó. Era fría y blanda como algodón. El fantasma dio un gran grito y escapó,. A-chen metió la lengua bajo la estera. A la mañana siguiente quiso darle un vistazo a la lengua. La encontró convertida en una cuerda de paja. Desde ese entonces cesaron las apariciones de fantasmas.
El Tigre Aprisionado por la Cesta de Bejucos
En la aldea Chu había un joven de apellido Wang. Tomó una pequeña cesta de bejucos y fue a comprar arroz. El sol se estaba poniendo y llovía. Al llegar al puente de madera sobre el riachuelo, el joven volteó la cesta y se la ajustó a la cabeza. Cruzó el puente sosteniéndose de las barandas. Debajo del puente aguardaba un tigre. Saltó y pretendió morder la cabeza del joven, pero lo que logró fue la cesta y huyó. El joven cayó al suelo. Creyó que alguien lo había empujado y le había arrebatado la cesta. Al amanecer los habitantes de la montaña vieron al tigre enloquecido corriendo por todas partes. El tigre llevaba la cesta en la boca y no podía desprenderse de ella. Si el tigre cerraba la boca, la cesta le oprimía; cuando abría la boca, la cesta se expandía y se la obstruía. Los bejucos de la cesta eran de naturaleza flexible y los hilos se le incrustaron en las separaciones de los dientes. El tigre tenía carácter colérico y no podía soportar la situación. Corrió durante tres días hasta que cayó muerto en la montaña. Después de muerto el tigre permaneció boca arriba, con las fauces abiertas y mordiendo aún la cesta de bejucos.
Pintura en un Árbol
Lu Jingxuan, funcionario del distrito de Yongcheng, era oriundo de Xiaoshan, provincia Zhejiang. Cuando reparaba la oficina del gobierno distrital necesitó cortar un árbol para obtener madera. En la oficina distrital existía un sauce desde hacía tiempo. Al serrarlo para transformarlo en tablas apareció en su interior una pintura natural como trazada con tinta pálida. En el lado izquierdo de la pintura había una escarpada montaña; en el derecho, piedras colgantes. Sobre las piedras colgantes había un pino y un árbol de montaña. Sus ramas y hojas pendían. Encima del pino estaban enrollados y amontonados unos bejucos. En medio de la pintura había un anciano quien sostenía un bastón con la mano y estaba parado. Llevaba puesto un alto gorro y un vestido de largas mangas. Su barba y cejas parecían vivas. Su mano izquierda permanecía oculta dentro de una manga y estaba ubicada frente a su pecho. El pie derecho avanzaba hacia delante y mostraba el calzado; el pie izquierdo se mantenía oculto bajo el vestido. El anciano, con la cabeza girada, parecía escuchar el sonido de una fuente. Al funcionario del distrito le gustó mucho la preciosa pintura y se la llevó a su casa. Este asunto sucedió el trigésimo día del décimo mes del año xinyou*, durante el gobierno del emperador Qian Long.
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*1741
Un Perro de Madera que Podía Ladrar
El señor Ye Wenlin dijo: estando en la capital fui a la casa de cierto funcionario del Ministerio de Justicia. Apenas había tocado la puerta cuando un feroz perro pequinés salió rugiendo. Parecía que quería morder. Yo sentí mucho miedo. El dueño de casa salió en seguida y con un grito contuvo al perro. El perro se tendió y no se movió. El dueño de casa se quedó mirando a su huésped, riéndose, divertido, sin parar. Yo, el huésped, le preguntó el motivo. El dueño de casa me dijo: “Éste es un perro de madera! Él por fuera parece un perro pequinés; adentro tiene instalada una llave. Puede ladrar y correr.” Yo, el señor Ye, no le creí. El dueño de casa sacó un gallo. Su plumaje era amarillo y roja la cresta. Estiró el cuello y anunció la alborada. Al apartarle las plumas para observarlo, también resultó que estaba hecho de madera.
Robo de una Pintura
De día, un ladrón penetró a una casa para robar una pintura. Apenas la había enrollado y se disponía a salir, cuando el dueño de casa regresó. Al verse en un apuro, el ladrón asió la pintura, se arrodilló y dijo: “Éste es un retrato de un antepasado de mi humilde familia. No tengo más alternativa y deseo canjearlo por varios cubos de arroz.” El dueño de casa rió a carcajadas. Insultó a ese ignaro y arrogante. Agitó las manos y le expulsó, sin haberle echado un vistazo a la pintura. Al ingresar al salón el dueño de casa descubrió que había desaparecido la pintura de Zhao Zi-ang* que estaba colgada allí.
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*Famoso pintor de la época de la dinastía Yuan (1271-1368), oriundo de la provincia de Zhejiang.
El Fantasma que Temió que Uno Arriesgara la Vida
El viceministro Jie tenía un primo lejano, intrépido, de su mismo apellido y mayor edad, a quien le fastidiaba que la gente hablara de fantasmas. Cada vez que llegaba a un lugar, le gustaba escoger aquellos albergues funestos para alojarse. Camino de Shandong se detuvo en una posada para pasar la noche. La gente le dijo que en la habitación occidental habían espíritus malignos. Jie, muy alegre, abrió la puerta de la referida habitación y entró. Estaba sentado cuando sonó el segundo redoble del tambor*. Una teja cayó de la viga del techo. Jie profirió un insulto: “¿Tú eres un fantasma? Necesitas escoger una cosa que no haya en mi habitación y arrojarla. Yo entonces te temeré.” Como resultado fue arrojada una piedra de amolar. Jie insultó de nuevo: “¿Tú eres un fantasma temible? Necesitas romper mi mesita para el té. Yo entonces te temeré.” Cayó una enorme piedra y rompió la mitad de la mesita. Jie, muy enojado, insultó de nuevo: “¡Fantasma, perro lacayo! ¡Si te atreves a romperme la cabeza, yo me someteré a ti!” Se puso de pie y arrojó el gorro al suelo. Elevó la cabeza y esperó. Desde ese momento se hizo el silencio. Los fantasmas desaparecieron para siempre.
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* En las antiguas ciudades chinas existía un tambor, instalado en una torre, que servía para marcar las vigilias nocturnas, cinco en total, de dos horas cada una.
Retrato del poeta, ensayista y cuentista Wilfredo Carrizales:
Autorretrato con Barba y Gorra Azul de Pana
I
Yo, este Wilfredo, oriundo del patio de los Carrizales,
hombre de barba corrida y navaja en suspenso,
quien se mira a los espejos sin anteojos
creyendo descubrir rostros de vecinos curiosos
signados por perillas y otros frutos menores,
opto por arrancar pelos insustanciales
desordenadamente dispuestos en caras comunes
y así, sin más, pongo en remojo
mis barbas para que ardan
por siempre y tales veces
bajo el agua de la poesía
II
En las barbas no alheñadas,
como si dijese las mías,
cuando alguien lo requiere,
puedo esconder un clamor
de nostálgica ciudad perdida.
También estoy en capacidad de ocultar
colecciones de manuscritos licenciosos
que llegasen en estampida a mi aposento.
Barbihecho con todos mis nombres
me dedico a ponerle pelos
a las lenguas que me niegan
por razones de siniestra inocencia.
Sólo las barberías acumulan
luengas e hirsutas verdades,
ya que no disponen de más medios
para alcanzar la imponderable celeridad
interpuesta entre el filo de una navaja
y el mentón sumido en su timidez.
III
Me hago la barba
o embarbezco ocioso
al compás de los días posibles,
marcados por dedos femeninos
que labran surcos en las mejillas
donde se atesoran terciopelos vivos.
Hala el viento de la calle mi barba
y no la tuerce y la conduce al poniente,
ante el asombro imberbe
de los asépticos maltratados.
Barbiponiente despliego anocheceres pilosos
sobre hembras que sucumben
bajo las delicias de una enmarañada oscuridad.
Los besos quedan enredados y temblorosos
y la barba engrandecida
sale a pregonarlo a la cabeza
de una multitud de barberos enloquecidos.
IV
Mis mujeres se suben a mi barba
y se están allí, agazapadas,
disponiendo de las alegrías como harturas suyas.
Se instalan con sus roperos,
sus zapatos de salir los domingos
y en ocasiones se dedican a bailotear
y se olvidan del anfitrión.
Luego pueden venir tiempos
cuando acontecen tormentas con pocas lágrimas
y algún inadvertido portazo
que raudo se abre camino entre los pelos
y no deja mensajes, ni solución.
Al final, los peines ponen orden
y las mujeres van cayendo,
una tras otra, lentamente,
encima de la página de periódico extendida.
V
Con toda la barba se la miento
y el dueño de las tijeras
se escinde en dos mitades:
una se desliza, giratoria, bajo la silla;
la otra, acaricia, de cerca, la tarifa.
En mi empeño, saco hacia las plazas
espejismos de navajas y brochazos,
seguros señuelos para atrapar
potenciales traidores
a la muy noble causa
de la cofradía de los barbados.
VI
Tirarse desde las barbas
en escapes de tobogán y lucidez,
mientras las ciudades asumen
sus agonías, sus estertores,
porque las marchas nunca se dieron
y aparece lo fugaz.
Las barbas atajan las ventoleras
y ese es su radical destino,
a pesar de lo que murmuren
la linda ancianita, el pelón
o el cartero de ruta.
Accederé al sindicato barbado
a pesar de los afeites
o de las tibias protestas
enunciadas desde rosadas mejillas
que levemente hacen recordar
un corrillo de nalgas en comunión.
Loores al barbudo
y que lo pregone el comendador
en las fiestas de lampiños.