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Memorial
Feliz retorno, maestro Varas
By Galo Ghigliotto *
13 de Octubre de 2011, 17:00

 

En este momento se repite en mi cabeza una frase que leí hace años en un libro de Baudelaire, y tiene relación con el refrán “no dejes para mañana lo que puedes hacer hoy”, a la que el poeta agregaba “porque puede ser que después no tengas oportunidad de hacerlo”. Más o menos eso fue lo que pensé cuando, después de ver en el diario la noticia de la muerte de don José Miguel Varas, encontré en mi bandeja de entrada un mail suyo fechado el 14 de septiembre donde me respondía diciéndome que lo llamara a su casa. Le había escrito a propósito de un plan en conjunto con Claudia Apablaza, relacionado con publicar obras de autores chilenos que a ambos nos parecen importantes o indispensables. Y el trabajo de Varas es indispensable, por cierto. La noticia de su muerte me golpeó, no tanto por el asunto que dejábamos inconcluso, sino por la conversación misma, por la certeza de que nunca más íbamos a volver a entablar un diálogo, y porque la verdad, nunca nos hablamos tanto como yo hubiese querido.

En algún momento del año 2008 encontré en una librería de la Galería Venetto una edición de Nascimento de “Porái”. Al leerla sentí que todos mis resquemores hacia la novela chilena se desmoronaban, quizás porque llevaba mucho tiempo sin encontrar tanta vitalidad en un conjunto de páginas en prosa. El protagonista de la historia era un tipo que había tenido una vida aventurera, tan aventurera como se podía tener en el Chile que ya casi no existe. Al año siguiente organicé un ciclo de lecturas en la Biblioteca de Santiago, Polética, donde se abordaba el tema de la poesía y la política, con la participación de tres poetas y un narrador por sesión. La narrativa de Varas calzaba perfecto para una de ellas. A instancias de Oscar Barrientos Bradasic, el poeta y narrador puntarenense, le escribí para invitarlo. Su respuesta fue muy parecida a la que me dio en el último mail que recibí de él: llámame. Me citó en su departamento para que le diera más detalles del asunto. Al llegar, estaba a la mesa con su familia, y me sentí interrumpiendo una conversación importante. Ya en la habitación que tenía habilitada como oficina, hablamos de Chile, de literatura, de política y me llamó la atención algo de su biblioteca: la gran cantidad de libros que tenía de Pablo de Rokha. Me contó que había sido muy amigo de Neruda, pero que a pesar de la rivalidad entre ambos, respetaba mucho el trabajo de De Rokha, a quien también había conocido. Le dije que en la lectura estaría presente su nieta, Patricia Tagle de Rokha, leyendo textos de “Idioma del Mundo”, y quizás fue eso lo que lo animó a participar. El día de la lectura, llegó puntualmente en compañía de su esposa, después de haber recorrido el largo trecho entre Ñuñoa y Quinta Normal sin que nadie de la organización le haya dado un peso para restituir el gasto del taxi. Él estaba ahí porque era parte de su militancia, en el sentido rokhiano de la palabra.

De nuestros contactos posteriores, guardo el recuerdo de su calidez y entusiasmo. Siempre quise preguntarle si él había vivido en persona todo lo que pasó “Porái”, el protagonista de su novela, pero me guardé la pregunta para el momento en que se diera la oportunidad. Cuando leí otras de sus obras entendí que, en cierto modo, él era todos sus personajes, y viceversa. En uno de sus cuentos, uno que a veces me creo capaz de relatar de memoria, una osornina llamada Helga volvía a Chile después de un largo exilio en Alemania, en un vuelo con escala en Canadá la misma noche de año nuevo. Por una razón que nunca le explican, los representantes de la aerolínea tratan de convencerla de cambiarse de conexión, pero ella, creyendo que los tipos trataban de impedir su regreso a Chile, se niega rotundamente. Una vez arriba del avión, la mujer comprende: era la única pasajera. Hace poco, en una conversación de sala de clases, hablamos de la cohesión entre los pueblos, y la profesora se refirió justamente a don José Miguel, quien fue la voz de Radio Moscú, la sintonía que mantuvo unidos a gran cantidad de chilenos en el exilio. Tal vez la historia de Helga, nació de esa experiencia, y lo hizo ver en ella un espejo de sí.

Después de leer la noticia de su muerte, encontré en mi bandeja de entrada su mail, marcado entre los no leídos porque todavía no cerraba con él eso que teníamos pendiente. Lo abrí de nuevo y leer sus palabras fue escuchar su voz vicaria, a la espera de una conversación en persona, como me pedía, para que habláramos de todo lo que había pasado desde la última vez que nos vimos. Pero no lo hice, porque hasta entonces había olvidado las palabras de Baudelaire, y creí que habría oportunidad de hacerlo más adelante. Había pensado en hacerlo esta semana, incluso. Para cerrar un círculo, y como una forma de despedirme en esa conversación que dejamos inconclusa, le escribí un mail de respuesta. Me guardo el contenido de esa última misiva.

Ahora, sé de nuevo que él permanece vivo en todos sus personajes. Y aunque eso no sea suficiente para reparar su ausencia física, puedo acudir a él cuántas veces quiera para escucharlo, aunque no sea en su oficina, ni es su departamento, ni en esta realidad que habitamos y llamamos Chile. Muchas circunstancias de su vida quedaron impregnadas en cada uno de sus personajes queridos, y quizás por eso lo imagino ahora como el único pasajero de un avión que lleva hacia el lugar al que todos regresaremos alguna vez. Desde la tierra le saludo, murmurando una frase de despedida: “feliz retorno, maestro”.

* El autor es poeta, editor, guionista y realizador audiovisual chileno. Actualmente es director de Editorial Cuneta, y organizador de la Furia Del Libro.

 

 

 

  Publicado: 13 de Octubre de 2011, 17:00 Subir © Copyright 2005 - Anaquel Austral