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La esquina de Lemebel que habita mi corazón
Eugenia Prado Bassi


Varios años atrás dejé en la Librería Metales Pesados del Barrio Lastarria un sobre amarillo para Pedro Lemebel con mi único ejemplar de “La esquina es mi corazón”. Él no lo tenía y como yo había diseñado la portada aun tenía el mío. Pedro aun no estaba enfermo y tenía una voz seductora, dulce, se oía cómo cuando hablas con más confianza. Le dije que lo entendía bien y que le iba a regalar “su libro” ahora mío, solo porque era el único que le faltaba, aunque para mí fuera un tesoro. Y es cierto, Pedro Lemebel es un tesoro y parte de la historia de este país. No solo del mundo de los libros, lectores o escritores, tal vez, porque es de los pocos que se atreven a cruzar aguas distintas. Me preguntaba cuántos se acordarían del momento inolvidable en que le recuerda a Pedro Carburo, su hermana torturada, y que todo Chile televisivo vio en el año 2000. Militante múltiple, Lemebel atravesó aguas hondas y más peligrosas. Artista, cronista, militante, sabremos cuánto tuvo que resistir para ser tan firme. Asumirse como escritor del pueblo y las minorías que suman mayorías que suman pueblo. Atreverse con la ironía y el poder iracundo de la palabra, es cuestión difícil. Dar la cara es cosa de pocos, solo esos pocos llegan a vivir en el recuerdo y el corazón profundo de su gente.

A la despedida llegaron todos. La prensa, los políticos y hasta la presidenta fueron llegando para sumarse a la iglesia de la Recoleta Franciscana. Quedó más que claro que su presencia no pasaba desapercibida. No me lo contaron, estuve ahí y había una gran cantidad de personas que venían de todas partes. Escritores, escritoras, artistas, bailarines, gitanas, odaliscas, actores, directores, fotógrafos, poetas y bandas de músicos. Se podía sentir una pena grande, tan larga como esta franja llamada Chile, porque Lemebel cruza recuerdos imborrables en la vida de muchas personas. Ahí estábamos todas, todos. Las chiquillas, los maricas, las travestis, las locas, los amigos y amigas que quiero. Se podía sentir la fuerza del pueblo, diverso, poderoso, representado por la gran cantidad de gente que llegaba porque lo quería o había llegado a quererlo, a leerlo, a admirarlo. Tal vez, algunos irían de pura formalidad pero seguro que eran los menos.
Fue hermoso, reconocer en el aire, en los gestos la pena y recoger la rebeldía y las lágrimas en la fuerza de un escritor y su palabra. También en la loca pobre, pero rica, afortunada y tan vital. La loca amante, amada, desconfiada, pero también al corajudo Lemebel, valiente y trasgresor.
Llegamos hasta el fin donde se suman todas las aguas, en medio de un calor agobiante, hoy sábado 24 de enero de este 2015, me siento agradecida de haber podido acompañar y abrazar en momentos de tanto dolor a mis amigos queridos Jaime Lepe, Malú Urriola, Juan Pablo Sutherland, Pepe Salomón, sentí no poder abrazar a Verónica Quense. Fue emocionante encontrarse con amigos, amigas, más o menos cercanos, con quienes nos hemos ido cruzando en estos casi treinta años. En estos momentos potentes, junto con la pena, se siente con más fuerza la importancia de los amores y el valor de la vida misma.

En estos días lloré, me reí, me pasaron cosas, porque eso es lo que pasaba con Pedro Lemebel, él atrapaba la atención de todo el mundo que se cruzara en su camino. Porque todo en él era intenso, la rudeza y el encanto.

Aparecen algunos recuerdos de lecturas y performances, o en fiestas y bares porque a lo largo de los años nos seguimos topando, pero uno de los recuerdos más valiosos fue mi primera lectura pública junto a Pedro Lemebel en la Casa de la Mujer La Morada, y leímos juntos no porque fuéramos amigos, ni lo hubiéramos planeado, él ya era un escritor conocido, fue por apoyar a una amiga a la que se le había quemado la casa, en tiempos del Congreso Internacional de Literatura Femenina Latinoamericana en Chile de 1987.

Diez años después, recuerdo el lanzamiento de “De Perlas y cicatrices: Crónicas Radiales” que se presentó un 4 de septiembre en la Biblioteca Nacional, creo que en 1998. Esa tarde, nos hizo reír y llorar a todos con sus crónicas, al verlo entrar en escena con guantes largos y zapatos rojos de tacones se me apretó el corazón.

La última vez que vi a Pedro fue en el hospital. Fuimos con Diego Ramírez que le llevaba un regalo, Pedro estaba intranquilo, molesto; al ver el paquetito se puso contento. Era una cajita de música que, al girar la palanca, tocaba la música de la “Internacional”. Su cara brilló de felicidad.

Despedida a Pedro Lemebel, 24 de enero de 2015.






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 Referencia
Eugenia Prado Bassi.  "La esquina de Lemebel que habita mi corazón."  Anaquel Austral. Ed. Virginia Vidal. Santiago : Editorial Poetas Antiimperialistas de América.   26 de Enero de 2015.
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