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Chavela Vargas: “No vengo a ver si puedo, sino porque puedo vengo”
Elia Parra

 

A punto de cumplir 84 años, Chavela Vargas recorre España con sus recitales, proyecta un álbum de canciones –antiguas y modernas- acompañadas de instrumentos prehispánicos y participa en un disco de homenaje a Joaquín Sabina. Se la ve asertiva, lúcida, en paz consigo misma y, desenfadada como siempre, reflexiona sobre distintas cosas y responde sin tapujos a todo lo que se le pregunta.

 

Desde su amada Veracruz –lugar de residencia relativamente estable, por sus constantes ires y venires-, habla de aquel “México misterioso” y lo compara con este país que siempre la ha acogido con los brazos abiertos; otra vez trasmite su orgullo por haber sido galardonada, hace un tiempo atrás, con la Gran Cruz de la Orden de Isabel La Católica (distinción otorgada sólo a dos mujeres en el mundo, la primera ya fallecida).

 

Su escapada desde “el infierno del alcohol”, la guerra, el amor, sus amigos Pedro Almodóvar y Joaquín Sabina, la canción ranchera y el flamenco, el subcomandante Marcos, María Dolores Pradera, la muerte “tal vez próxima, quizás no” y sus nuevos proyectos, conforman el abigarrado abanico de su plática.

 

“El alcohol es una puerta falsa”

 

Chavela está preocupada por el alto índice de alcoholismo de la juventud española... y se asoma a su pasada y trágica experiencia.

 

Recuerda que la primera vez que salió a cantar sin tomar antes una copa –“ya emergía desde el infierno del alcohol”-, sintió que se moría, que no podría hacerlo, “y era mentira, es un error pensar que el alcohol te hace cantar, crear, escribir; es una puerta falsa”. Dice que hay que hablar con los jóvenes y sobre todo escucharlos; cuando no se hace “se desbocan y se van por donde no deben... beber es un dejarse ir, inconsciente; los jóvenes son buenos pero son jóvenes (ríe). Cuando yo tomaba, no sabía lo que hacía, y ahora creo que lo sé (ríe otra vez, con suspicacia). Esa juventud está presa, teniendo el mundo a sus pies”.

 

Respecto a los rumores que durante mucho tiempo hicieron suponer que Pedro Almodóvar la había ayudado a superar su adicción, internándola incluso en un centro español especializado, Chavela ataja: “No confundamos las cosas; soy amiga de mis amigos porque los quiero y admiro, pero a mí Pedro nunca me enseñó nada ni me llevó a ningún lado; acá me trajo el empresario Manuel Arroyo, a quien tengo mucho que agradecer, pero que no les cuenten cuentos de hadas, como dice Sabina”. Añade que, por otro lado, nadie tiene obligación de ayudar a otros.

 

También la entristecen los conflictos entre países, las grandes guerras en las que mueren millones de personas. Y cree que los artistas contribuyen a apaciguar los momentos difíciles que nuevamente vive el mundo: “En lugar de cañones, canciones; en lugar de guerra, violines; en lugar de un llanto, un canto... cuidar de nuestros países también es hacer Patria”, sentencia. La reconfortan, en todo caso, los procesos en México y España y advierte que el primero está cambiando “pero sin aventártelo a la cara, es un cambio tranquilo, de una gran libertad” y que España también es un país libre: “Se han juntado el varón de América con la hembra de Europa, los dos libres y capaces de dialogar, se cuentan cosas... que no te den comida sino libertad todos los días, y esperanza tranquila”, susurra, como para sí misma.

 

Pero luego se alerta. Dice que México no es surrealista “sino ancestralmente misterioso, y por eso, cuidado con él: tenemos grandes estrategas dentro del mundo indígena y no queremos pelear con nadie, pero que no nos toquen...entonces brincamos, y los españoles lo mismo”. Con una fuerza inusitada, y respondiendo a otra pregunta, censura al subcomandante Marcos, “quien tal vez al principio estuvo bien inspirado”, pero que ahora demuestra que en el fondo no se siente parte del mundo indígena: “La prueba más clara es que terminó casándose con una alemana”. (*)

 

Pedro, Joaquín y el resto

 

Reconoce Chavela el gran afecto que la une a Almodóvar y a Sabina, a quienes admira profundamente, cada cual en lo suyo y ambos igualmente talentosos. Pero sigue poniendo “las cosas en su lugar”, como ella dice. Aclara que, pese a que ha cantado en tres películas de Almodóvar, nunca ha actuado en ellas “porque Pedro busca actrices y yo soy cancionera... y nos queremos, yo lo adoro, pero sin ningún interés de parte de ninguno”. A Joaquín agradece la “preciosa” canción que le compuso, El bulevar de los sueños rotos, según algunos, inspirada en el proceso que llevó a Chavela a abandonar el alcohol.

 

Le preguntamos por María Dolores Pradera, con la cual hace poco ofreció un recital en Madrid. Con singular desparpajo, responde: “Ella toma cosas de nosotros, de Latinoamérica, de México, las interpreta y punto; ese recital la benefició a ella más que a mí”. Recientemente, en los tres que ofreció Chavela sola, el famoso y madrileño Teatro Albéniz se abarrotó de un público que la aclamaba, enfervorizado, como siempre ocurre en este país.

 

Así, España la regocija, porque le “encantan” los españoles, que son gentiles y  ayudan “sin presumir, siempre callados”; porque “se parecen a nosotros en lo chismosos y metiches” (gran carcajada); porque vive en La Residencia de Estudiantes –legendario espacio que cobijó, entre otros, a Lorca, Buñuel, Dalí y a otra gente de la Generación del 27-, donde “hay actos culturales todos los días, con poetas, filósofos, gente del arte...” Dice que aquí aprende mucho y todo lo traslada a México, “nada se queda entre bambalinas”.

 

Habla de música, de canciones. Dice no entender la música moderna, aunque respeta a quienes la hacen bien, porque es “su” música... “A lo mejor algún día alguien dirá: ´ Chavela creyó que cantaba`, en fin, el que tiene calidad,  permanece”.

 

Pero no cobija dudas sobre “la grandeza” de la música ranchera, que no necesita evolucionar. “Imagínate el tamaño de nuestra música, que hasta en Japón hay un mariachi aunque, eso sí –ironiza, con otra carcajada estruendosa-, tocan de atrás pá delante”. Le preocupa la falta de nuevos compositores en México, pero espera que pronto aparezca otro José Alfredo Jiménez. Asimila la ranchera al cante flamenco: “Ese lamento, dicho de otra manera, con otro ritmo, con otra música, nos hermana en la angustia y en el dolor, ese grito eterno del individuo al final es el mismo, por eso ninguno de los dos morirá jamás”. Recuerda que un cantaor y compositor flamenco un día se la quedó viendo y le dijo: “La luna no llegó al suelo, se quedó en tu cara, se quedó en tu pelo... y el mexicano te dice lo mismo, con otras palabras”.

 

Cree, en todo caso, que ella ha cambiado como artista, así como el repertorio y su público. Advierte que matiza y canta diferente, “con menos voz que antes, eso es indiscutible”, pero más madura, con más tristeza.

 

De amores y proyectos

 

Entre sus nuevos planes está hacer un disco con música actual, mexicana y de otros países, “pero bella, con muchas canciones y con instrumentos prehispánicos”. Incluirá, por ejemplo, una nueva versión de La Llorona, o La Barca de Guayma, “una canción mexicana muy antigua y triste, me gusta recordar lo dulce de la vida y las cosas maravillosas tienen un dejo de nostalgia”.

 

Lo novedoso serán los instrumentos: caracoles, ocarinas y uno “que es simplemente una cuerda metida en una tina con agua, la pulsas y el sonido se remonta a los cielos y regresa mientras canto la siguiente estrofa... pienso que esto va a revolucionar un poco la técnica de la música en el mundo, mezclar instrumentos prehispánicos con la cosa moderna”.

 

Y habla también de amores, no porque exista alguien en su horizonte -“a mi edad sería ridículo y horrible andar en ésas”-; simplemente reflexiona sobre sus certezas actuales: “Aunque el amor mueve el mundo, también te resta energías y cuando es muy grande tiende a la tristeza, al miedo a perderlo...un día te dicen, ´ya me voy ¿eh?, adiós`... y te dejan chiflando en la loma”. Por eso confiesa que ya no ama y vive en una inmensa paz interior; compensa su falta con el cariño de los amigos y con la “complicidad encantadora” que establece con su público, dentro y fuera del escenario: “Aquí me regalan el café en el bar de la esquina de La Residencia de Estudiantes, en las noches me saludan los travestis que por allí pululan, con poca ropa, es verdad, pero me fascina encontrármelos”, cuenta, repleta de sonrisas pícaras. 

 

En España se siente fortalecida, las murmuraciones no la tocan, las críticas no la hieren, “protegida por la Monarquía y por el gobierno, quienes me han regalado esta armadura” (se refiere a la Gran Cruz de la Orden de Isabel La Católica, distinción única y que no se hereda pues hay que devolverla al morir, asunto que a Chavela le resulta “muy hermoso”). Así, insiste una vez más que nunca ha venido a España a que la ayudaran: “Yo no vengo a ver si puedo sino porque puedo vengo”.

 

Aunque dice que todavía no desea morir, no tiene miedo “a dejar de ser” y marcharía muy contenta. Pero, eso sí, “no quiero velatorios ni llantos, ni siquiera mi nombre en la tumba, sino la palabra Paz y tal vez esta frase: ´Aquí yaces y yaces bien, tú descansas y yo también`”.

 

(*) Esta información que ella entregó no la pude confirmar.






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 Referencia
Elia Parra.  "Chavela Vargas: “No vengo a ver si puedo, sino porque puedo vengo”."  Anaquel Austral. Ed. Virginia Vidal. Santiago : Editorial Poetas Antiimperialistas de América.    7 de Agosto de 2012.
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