Anaquel Austral 
 
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Memorial

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Alfonso Alcalde hombre de la vida
Virginia Vidal

 

 

"Padre y madre de las tormentas humanas / nunca quise nacer. ¿Por qué no me escucharon?"

 

("Salmo de las preguntas") 

 

No quiso nacer, pero se entregó a la vida con todas las ganas. Trató de sacarle el jugo hasta que se le acabaron las energías.

Aunque no se lo vincule a la llamada generación del cincuenta, por esos años Alfonso Alcalde se consagró como escritor conVariaciones sobre el tema del amor y la muerte” (1963), “El auriga Tristán Cardenilla” (1966). Autor inclasificable, todo el mundo lo recuerda como un gran poeta y narrador un poco demasiado tarde, lo suficiente como para no darle el lugar que le corresponde. Su “Panorama ante nosotros” (1969) es una muestra del vigor y originalidad de su poesía.

Como periodista, en 1964 fue jefe de prensa en la campaña de Salvador Allende. Reportero de la revista “Vistazo”. Fundador de la colección Nosotros, los chilenos de la Editorial Quimantú, reportero a quien se confiaban artistas de los circos pobres, camareras, pescadores, cargadores del puerto, mineros. Puso su corazón en las llagas de Chile, auscultó los sufrimientos desatando las amarras de la ternura, dando voz a los humillados y ofendidos, haciendo prevalecer la energía vital, el humor, la capacidad de solidaridad de nuestro pueblo.

Siendo reportera del Tren de la Cultura, primera acción cultural del gobierno de Salvador Allende, lo encontré en Concepción y él se incorporó a esta caravana de artistas. No imaginé entonces qué de anuncio premonitorio tenía la singular dedicatoria en “El Panorama Ante Nosotros” donde su autor escribía “ojo: ver pag.136”. El poema encerrado en un círculo, su firma y fecha: 7.3.71.

 

AQUELLOS
suicidas
decapitados a borbotones
aún anclados dentro de la muerte,
aquellos que se devoraron
frotándose como piedras
para iniciar el primer fuego.
EL AMOR LOS BENDIGA
.

Tenía el raro don de contar(se) equilibrándose en una cuerda que impedía caer al vacío de la risa desaforada o del llanto. Así lo vimos transportando cadáveres en un contrabando que consistía en levantarle el muerto a una funeraria del pueblo vecino para llevarlo en un autobús como si fuera un amigo borracho perdido.

 

Entre risas –antifaces de lágrimas—, iba contando su vida. Recorrió varios países y ejerció los más variados oficios. Literalmente en la calle, varado en Buenos Aires, gracias a una gestión de Marta Brunet, regresó a Chile en barco, canceló el pasaje que pelando papas.

En Concepción, Alcalde y yo llegamos a la casa de Daniel Belmar. El autor de “Coirón” y los “Túneles morados” ya estaba inválido, en silla de ruedas, pero se alegró mucho y armó una fiesta. En otra ocasión, fuimos a ver el mural de González Camarena y dimos una vuelta por Orompello donde había vivido la espléndida mujer que le sirvió de modelo al muralista mexicano. Visitamos a Julio Escámez quien estaba pintando un grandioso mural en la Municipalidad de Chillán (no sólo fue picado para el golpe, también demolieron el muro). Salimos a pasear y llegamos junto al río. Julio y Alfonso, como niños, se desnudaron y se lanzaron a bañarse…

En Penco estuvimos en “El Roble”, cocinería de tiempos coloniales, una de las picadas de su colección que abarcaba el país entero. Quería recorrerlo de nuevo, de norte a sur, para escribir un libro con todas las rarezas culinarias nacionales: desde los misterios del tritre ahumado o el pescado asado al papel hasta el ñachi y el apol. El anticipo fue su “Comidas y bebidas de Chile”, publicado por Quimantú.

En el puerto de San Vicente, mientras disfrutaba viendo las lanchas pesqueras, evocaba su oficio de ayudante de remitente o sea, la faena de comprar pescado barato para venderlo más caro. Allí nació su obra teatral “El Peregrino del Golfo”. Como dramaturgo vio puesta en escena la adaptación de su cuento "La tercera espera" integrada en "Tres noches de un sábado". Dirigida por Claudio di Girolamo, con textos de Carlos Alberto Cornejo, Alfonso Alcalde y el actor Patricio Contreras, permaneció dos años en cartelera y congregó a 120 mil espectadores. También se presentó durante dos meses en Buenos Aires, con éxito absoluto.

 Nunca acababa de contar su vida, aventura infinita.

Alfonso Alcalde Ferrer nació en Punta Arenas el 28 septiembre de 1921, estudió en el Colegio Inglés de esa ciudad. Su padre fue el asturiano Ángel Alcalde, propietario de una fábrica de calzado. No conoció a su madre y sobre ella tejió infinitas imaginaciones. ¿Sería cierto lo que le contó su progenitor, que había muerto en un parto junto con la hija que iba a dar a luz? Siempre lo puso en duda. ¿Estaría encerrada en un manicomio? Un día, al pasar por la estación de ferrocarril de Rancagua, me dijo que su madre era una de las “palomas”, una anciana con guardapolvo blanco, vendedora de alfajores…

A los doce años, el padre lo mandó a estudiar al Colegio Inglés, pero entonces decidió ser hombre de la vida. Tenía veinticinco años cuando un médico comunista a quien mucho admiraba, decidió curarle el alcoholismo, le descubrió la tuberculosis y lo ayudó a internarse en un sanatorio en los contrafuertes cordilleranos. Allí había empezado a escribir y, más que hundirse en meditaciones y dilemas existenciales, trató de sacarle el jugo a la vida en desenfrenados goces furtivos. Dado de alta, encamina sus pasos hacia un lugar donde nunca había estado y al cual volverá cada cierto tiempo: Concepción. Allí, mientras duerme de día en un hotel parejero y trabaja de noche como control de radio, escribe su primer libro: “Balada para una ciudad muerta”. El manuscrito impresiona a Neruda al punto que lo prologa. Nascimento la publica en 1947, ilustrada por Julio Escámez; durante la celebración Alcalde quemó gran parte de la tirada. "Fue un trabajo inmaduro y precipitado —expresó—. El hecho de llevar una presentación de Neruda —una de las primeras que dedicó a un joven escritor— significaba una enorme responsabilidad. Pero al destruir ese libro contraje el compromiso de empezar a escribir “Panorama”, un poema épico en cuatro tomos". Varios años después, 1969, Nascimento publicaría sólo el primero.

Repuesto, decidió viajar a Argentina y Bolivia. Desempeñó oficios de picapedrero, garzón, pirquinero y empleado de pompas fúnebres (esto es un decir, porque en realidad fue contrabandista de cadáveres). De vuelta, trabajó como ayudante del cocinero en el barco que lo llevó a Valparaíso.

Protagonistas de sus relatos son pícaros que sortean la miseria con ingenio y risa con esperanzas, incapaces de odio, enemigos de la pendencia, amantes de la libertad.

Puertas adentro”, su primera novela tardó muchos años en ser conocida en Chile, publicada en Uruguay por Arca, es la trágica biografía de una empleada doméstica.

Alfonso se encontraba fuera de Chile para el golpe. No podía regresar. Me escribió apremiante carta donde manifestaba su preocupación por su familia, la necesidad de que saliera del país. Hice lo que me pedía dirigiéndome a Sanda Dumitrescu, la esposa del embajador de Rumania, quien lo ayudó.

Desde el exilio, Alcalde me envió cartas y postales con diferentes sellos, de Rumania, Israel o España. Cuando yo estaba en Moscú, me llegaron sus noticias, un S.O.S donde pedía ayuda para retornar a Chile. José Miguel Varas me dijo que hablara con Luis Corvalán u Orlando Millas. No hubo eco.

Me quitaron la ‘L’ del pasaporte, pude retornar; aquí nos encontramos. Me invitó al “Hoyo”, en un feliz encuentro con viejos amigos, entre ellos, Ceidy Uschinsky, su mujer, y el escritor y crítico de cine Carlos Ossa Coo y otros amigos.

Después me convidó a su casa. Estaba exaltado con un proyecto y me propuso participar en él. Se trataba de escribir la biografía de Mario Kreutzberger. No me gustó la idea.

Un día me diría, humillado: “me transformé en escritor duende y vendí mi alma al diablo por una casita para la familia...”

El libro salió en gran tiraje, se voceaba apilado en las calles, se vendía como pan caliente: fue un bombazo efímero. Al protagonista lo recibieron como miembro en la Sociedad de Escritores.

Poco se sabe de ese período negro de Alfonso. Una depresión profunda. Un viaje a Canadá donde lo cobijan y cuidan unos chilenos. Desde allá me mandó una angustiada postal, luego me habló de una amiga, doctora chilena que lo trató. En ese lapso, su personalidad sufrió muchos cambios.

Firmó mi mantel con una especie de cuerda semienrollada, me dijo que sufrió un gran trastorno: nunca más pudo volver a firmar como antes. El cambio de la letra lo obligó a un complicado trámite en el banco para autentificar su nueva firma.

Después se separó de su mujer y se fue a Tomé a vivir solo con su hijo Salustio. Ni siquiera llevó sus libros.

Un día llegó a mi casa con el enorme mamotreto de una obra teatral que de ser puesta en escena duraría veinticinco horas. Le dije que algo así sólo era comparable a “La Orestiada” de Esquilo. No importa, dijo, aquí hay un director que puede montarla. Y me pidió se lo entregara en sus manos a Andrés Pérez. Éste había empezado a presentar “La Negra Ester” en el Cerro Santa Lucía. Allá subí (aún no había ascensor) para cumplir lo prometido y Andrés me invitó una vez más a la función. Tiempo después este brillante director me llamó desolado: habían fracasado todos sus intentos, inclusive ante el Fondart, para poner en escena la “Consagración de la Pobreza”, pero estaba empeñado en darla a conocer. Andrés no sólo realizó la adaptación. Hasta hizo ollas comunes para salir adelante con la obra. Me invitó a un ensayo en el Trolley. Al fin, la estrenó en el Anfiteatro de Ñuñoa. En las calles principales de la comuna colgó las pancartas anunciando la póstuma puesta en escena de Don Alfonso Alcalde.

Su arte de la minificción ha sido reconocido internacionalmente por maestros como Edmundo Valadés, Juan Armando Epple, Francisca Noguerol. He aquí una muestra:

“Una madre, gracias a dios, puede elegir el futuro de sus hijos.

La Flaca al ver por primera vez un preservativo asoció la idea a un acuario con pequeños peces.

Su sentido del humor llegaba a tales extremos que se permitía cortarles la punta sin que el galán la sorprendiera, de modo que todos sus hijos eligieron la carrera del mar cuando llegó el momento de ganarse la vida por su propia cuenta”.

(“Epifanía cruda”. Bs. Aires, Edic. de Crisis, 1974 pág. 94)

En este modelo de minificción, la Flaca, verdadera Madre Estubigia, como salida de “La Consagración de la Pobreza”, del “Panorama ante Nosotros”, tiene sus encuentros fortuitos con payasos, marinos, pescadores, afuerinos. Ese “gracias a Dios”, más que devoción, es su decisión de imponer una voluntad sin trabas a su fecundidad. Sabrá orientar a sus hijos a “la carrera del mar”, ese ancho camino del mar para ganarse la vida luchando y desafiando la muerte.

Maestro del collage, le enseñó a mi hija Lenka el secreto: cortar a mano evitando las tijeras en lo posible, pegar con cemento clayte de zapatero, usar una pelota del mismo cemento endurecido para quitar cualquier excedente y, de paso, aplanar bien cada trozo pegado. Entre risas se refería a la mano negra que lo hizo artista plástico al impedirle el viaje a Cuba, cuando ya estaba por partir con su familia, luego de haber liquidado casa y haber presentado renuncia crítica y feroz en su lugar de trabajo. Literalmente en la calle, se fue a vivir a una casa prestada en la caleta Los Morros de Coliumo. Cayó en una profunda depresión, incapaz de hablar, de moverse. De lo que fue su hogar, sólo le quedaban unas revistas viejas. Maquinalmente empezó a rasgar las hojas y, poco a poco empezó a pegar los pedazos en una especie de composición automática.

De esa época me regaló una muestra: un collage en blanco y negro de donde surgen los ojos del dolor desde un verdadero mapa de la miseria.

Antes de morir, me fue a ver y me llevó un cuadro titulado “La ventana solitaria”. Ahora recortaba con tijeras y en vez de fundir los pedazos, los superponía con cierto efecto de relieve. A partir de una obra del Bosco, muestra esa ventana ciega y muda ante los sucesos de los que un invisible podría ser testigo; escenas de crueldad, burla y pillaje: arrastran a un hombre. Un hombre arrodillado se repite como eco de sí mismo.

Ese día aprovechó de llevarse una caja que tiempo antes me había mandado a guardar, le quitó los papeles engomados y me mostró unos manuscritos, entre ellos, el borrador de su libro “El collage: una aventura con el papel”. Me dijo que tenía muchos otros perdidos o requisados. Volvió a referirse a sus veintiocho libros publicados y traducidos a diez idiomas, pero nunca conocí un ejemplar de ninguna de esas traducciones.

En varias oportunidades habló de irse a un asilo de ancianos.

Cuando vio todos los caminos cerrados, se ahorcó el 5 de mayo de 1992. 

(Revista Punto Final N° 758. 25.05 al 07.06. 2012)






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 Referencia
Virginia Vidal.  "Alfonso Alcalde hombre de la vida."  Anaquel Austral. Ed. Virginia Vidal. Santiago : Editorial Poetas Antiimperialistas de América.   27 de Mayo de 2012.
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