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Anaquel Austral 
 
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Memorial

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Andrés Pérez o el asombro feliz
Virginia Vidal

Andrés Pérez Araya  nació en Punta Arenas, el 11 de mayo de 1951  y murió en Santiago, el 3 de enero de 2002. Refundador del teatro, se le escamoteó el Premio Nacional de Arte. Fundador de teatros, transformó la abandonada bodega del Departamento de Abastecimientos del Estado, en Matucana 100, en las Bodegas Teatrales de Matucana: bodegas de acopio, bodegas de guarecimiento, resguardo y reserva. Cuando estuvo funcionando, las autoridades se la quitaron. Otro juego de intereses también impidió valorar su acción recuperación de la Estación Mapocho como espacio para las artes escénicas cuando puso La Negra Ester en esa desamparada y ruinosa bóveda. En el año 2006, el Senado de Chile declaró el 11 de mayo como el "Día Nacional del Teatro", en su honor.

Reproducimos la entrevista realizada en 1989, no publicada en Chile.

 

El actor y director de teatro Andrés Pérez contempla el mundo con asombro y amable lejanía. “Estoy asombrado de estar vivo, partiendo de que el asombro me permite buscar, ser curioso. Asombrado de estar vivo, no como a mi amigo al que mataron o el que se suicidó o ese que murió por muerte natural. Y es un asombro feliz.»

El gestor del remezón en el teatro nacional, dimana generosidad y serena sabiduría. “La Negra Ester”, basada en las décimas de Roberto Parra y por él dirigida, suceso insólito y acogido con entusiasmo por espectadores, dramaturgos, críticos y gente de teatro, fue vista por veinticinco mil personas en menos de tres meses en la primera etapa de su presentación en Santiago. Dejó el Cerro Santa Lucía, con pesar del público de la capital, pero muchos compraron entradas para seguirla en San Antonio. No arraigó allí; la esperaban en Punta Arenas, Puerto Montt, Valdivia, Concepción. Fue invitada después a participar en festivales internacionales de teatro como el de Edimburgo, Montreal, Manizales. Retornó a Santiago para instalarse en una estación donde pasajeros extraviados aún esperan trenes que no llegarán jamás: la estación Mapocho.

Andrés Pérez estudió ingeniería comercial; en alta mar formó parte de una escuadra que le daba aire a un buzo en Tocopilla; fue obrero ayudante electricista en la Soquimich, encerador de casas; bailarín en el Bim Bam Bum para costearse la carrera de danza; repartidor de la Compañía de Cervecerías Unidas y realizó muchos otros trabajos para terminar “casandóse” con el teatro. Volverá a Francia para proseguir con su papel de Gandhi en la “Indiada” del Théâtre du Soleil y partir en la gira que lo llevará a Moscú y Montreal.

—Tuve la suerte –dice Andrés Pérez— de contar con un padre que me ayudó. A los tres años sabía leer, escribir, las cuatro operaciones. A los diez estaba en el Instituto Superior de Comercio; después de tres años, me di cuenta de que esta carrera no me gustaba. Volvamos a primero humanidades, me dije. No era un gran retraso, estos son solo adelantos y retrocesos en el tiempo… En los oficios realizados, se conoce la ciudad, se conoce a la gente. Lo más importante son las diferentes personas, los diferentes mundos. Y el teatro es contar mundos. Esto no significa que apoye la teoría de que el hombre de teatro debe vivirlo todo. A mí me sirvió y me sirve el camino de estar en el camino. En el fondo, no son camino sino formas de acercamiento. Por lo demás, mucho de este hacer tenía que ver con necesidades económicas, con pagar estudios. Frente a la necesidad, elegí la aventura. Pude haber elegido la frustración. Es indudable que también he tenido tropiezos, pero no es un camino solitario, en todo caso. Aunque en mi entorno pude haberme sentido solitario, también pude preguntarme cómo lo había hecho el primer hombre al abordar lo nuevo y emprender una tarea. El resultado mío también va a ser nuevo: me exige avanzar, estirar el conocimiento, profundizarlo o complejizarlo. Hablo del instante mismo de la creación. Es el viaje hacia sí mismo, resume consciente e inconsciente de la memoria total colectiva, aunque los momentos de estudio e investigación incorporan el acervo de la humanidad.

El teatro es la asamblea, la fiesta

—Distingo dos aspectos teatrales: uno en el cual la generosidad es uno de sus atributos y corresponde a todo el equipo. Y el otro, un concepto transmitido que tiene que ver con la tradición del teatro humano que surgió no con un sentido de “voyeurismo” sino que es una asamblea: surgió como necesidad de entretención, de conocimiento, de retención de la información. El público y los actores somos una asamblea para la cual el suceso ocurre a todos. Y eso se entronca con la mística, en el sentido del trabajo tomado en forma profunda, esotérica, de conocimiento. Son una, dos, tres horas que no van a volver, entonces ¿por qué perderlas? De ahí la necesidad, el intento de hacer la experiencia completa, es decir, el presente en plenitud. La asamblea, el ágora, la eucaristía. Es la fiesta y el teatro popular, es la oratoria mapuche, es la fiesta de la Tirana. Para eso es preciso creer uno mismo lo que dice. Si el actor no ve, no puede ser visionario. Si no puede sentir ¿cómo va a hacer sentir? Si no disuelve o no saca su capa de indiferencia, ¿cómo hacer que los demás se conmuevan? Por otra parte, en el trabajo se da la meditación profunda. Si un trapecista no está profundamente conectado con lo que hace, se va a caer; el herrero se puede quemar o forjar mal la pieza. Por ello, sin hacer teoría, barremos, hacemos carteles y construimos las cosas para que nos habiten y las habitemos. Y para desarrollar la sensibilidad física, para percibir lo blando, lo duro, lo agudo, lo suave.

 El teatro manda

—Mi padre era herrero en un astillero, en Punta Arenas. Cuando su hija, la niña de sus ojos, se casó con un nortino, la seguimos. Pudimos conocer centros culturales, legado de Luis Emilio Recabarren, donde había sketchs, teatro, cantos, baile. El había fundado eso allá. Pude advertir como empleaba el teatro como teatro y el teatro militante que no es propiamente teatro, sino acto artístico militante que tiene su valor en sí. Conviene establecer la diferencia, pues cuando se trata de explicar o mostrar al ser humano a través de una teoría, se lo reduce, primero que nada y se vuelve aún más incomprensible, y yendo más allá, se llega a las dictaduras… Es preciso desarrollar todo el teatro. El teatro manda. Recuerdo esa experiencia de infancia y noto que hay temas que me interesan y otros no, Por el momento, estoy más cerca de lo que son las crónicas –de Indias. De los trovadores, de Shakespeare—: leyenda, cuentos que son ejemplares. A partir de ellas se pueden hacer metáforas respecto de una realidad y narrar con asombro.

El prodigio de la voz humana

—Tenemos el concepto de que somos una compañía que está en una colina contando a un pueblo; ahí hay viento y ruido, una señora dándole de mamar a su guagua, niños jugando. Nosotros intervenimos en el transcurrir de todos y nuestra voz debe llegar a ellos contra o sobre el viento, a veces a su favor o haciéndole el quite cuando se devuelve. Y está el punto de partida de que en la audiencia se halla nuestro peor enemigo; el primero, nos va a escuchar lo que le digamos, el otro no, pero a los dos les contamos la historia, entonces la voz se hace música para acariciar al enemigo y remecer al amigo. También hay otro punto de partida: cada actor encarna a un personaje que tiene urgencia de contar su historia; ya ganó la pelea en la mente del autor que lo prefirió a otros, entonces debe contarla rápido, porque también hay otros para contar la suya, y esa es la urgencia que nosotros tenemos como actores. Urgencia de expandir el amor y de detener el avance de la no belleza. En cuanto a las técnicas, son personales. Me parece, sí, necesario que tiene que existir la técnica. En nuestro caso, Guillermo Sembler preparó a todo el elenco con su curso de voz. Otros siguen la escuela de Alexander, otros estudian canto. De todas maneras, la información es necesaria, el aislamiento no favorece a nadie. Estos son puntos de partida generales. En cuanto al maquillaje y la máscara, pienso en el Théâtre du Soleil que tiene la experiencia de las máscaras kabuki, balinesas, de la Commedia dell’arte. El pueblo mapuche también tiene máscaras. La máscara es ser el otro. El trabajo liberador por una parte y, por otra, el trabajo tremendamente difícil y riguroso de no ser yo y dejar que el otro llegue hasta que se produzca el característico reencuentro, el resumen que es la máscara y el trabajo actoral, para completarlo con gestos no realistas, también resumen –al igual que la máscara— de un sentimiento. La máscara obliga, lleva al vacío total y de allí, a conectar con otros la emoción… ¿El triunfo de “La Negra Ester”? Me asombra todos los días esta experiencia preciosa y frágil. Como dice la Historia del teatro que está en el Quinto Veda, están los demonios prontos, el demonio de la soberbia, el demonio del fuego.

(Araucaria de Chile N° 46, 1989)






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 Referencia
Virginia Vidal.  "Andrés Pérez o el asombro feliz."  Anaquel Austral. Ed. Virginia Vidal. Santiago : Editorial Poetas Antiimperialistas de América.   27 de Febrero de 2012.
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