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El Tote
Elías Letelier-Ruz *

 

Abandono

 

En 1997 ingresé legalmente a Chile, hacía pocos días que los camaradas se habían fugado de la Cárcel de Alta Seguridad y mi Comandante Ramiro había enviado una nota pública para saludarme y celebrar la libertad. Entonces yo vivía bajo amenaza de muerte por Carabineros de Chile y en Las Condes,  custodiado 24 horas del día. Más tarde, el capitán Moya, de la dotación de inteligencia de la  Prefectura de Carabineros de Puerto Mont había dado orden de cacería contra mi persona y el allanamiento de la línea área en Chaitén para saber a donde viajaba, pese a que el Intendente no sabía nada y los coroneles de Carabineros en Chaitén y Futaleufu sólo se informaron de esto casi al final y un mero oficial del inteligencia del Ejército fue apostado en la Hostería Rio Grande donde me encontraba, mientras mis camaradas salían fuera del país por el norte de Chile.  El país se encontraba en estado convulsivo y los socialistas miserables desplegaban todo el aparato represivo, con  amenazas y allanamientos en Santiago y otras localidades para ahogar la libertad de nuestros grandes revolucionarios.

 

Nadie quería verme. Mis ex camaradas de clandestinidad y que ayer nos inventaban himnos revolucionarios y nos cubrían de pétalos rojos el camino y que también nos daban armas y dinero para que muriéramos por sus sueños, tampoco querían verme por no someterme a los advenedizos de la concertación. Nadie quería verme, la mayoría me veía como un peligro y descaradamente me daban vueltas las espaldas. El gran Memet, el poeta revolucionario (Bajo Amenaza) y que un día  fue una fuente de inspiración para la resistencia y al que nosotros citábamos como ejemplo en todas las células de las Juventudes Comunistas de Chile, estaba en la cárcel por razones no políticas pero consolado porque le darían el premio Neruda para subirle la moral.  Nadie quería verme, ni siquiera Jaime Quezada con quien el 13 de septiembre de 1973 veíamos desde las torres que están frente al Rio Mapocho como tiraban los cadáveres al río. Ahora era un terrorista a quien nadie le quería hablar, salvo el Tote y Eduardo Llanos. Estos dos poetas nunca se avergonzaron de mí.

 

Cuando yo no podía ingresar legalmente al país, con el Tote nos vimos algunas veces en el exterior y en los momentos que la vigilancia revolucionaria de nuestras organizaciones  nos dejaba tranquilo, a solas, entonces podíamos hablar con una hermandad poco común. Los dos fuimos prisioneros políticos cuando éramos menores de edad, él en una isla y yo en un regimiento.

 

En uno de mis viajes legales a Chile, me hizo venir a Calama para presentarme su taller literario (Aullido) donde el Vate ejercía su potestad litería y era venerado por esa juventud.  Me hizo leer poesía en la Universidad Arturo Prat, reunirme con el alcalde, con un torpe intendente y dar una conferencia de prensa para el Mercurio.  Tenía una actitud doctoral y había mucho silencio. A menudo me daba cuenta que me estaba observando y muy distraído pensando. Había mucha extrañeza, un estado dubitativo, pensante y extraviado.  Un día me vino a buscar al hotel e insistió en que teníamos que conversar.  Esta parsimonia me puso en alerta y la comunicación había tomado una dirección inesperada para mí.

 

Hay preguntas que a veces duelen y que uno no puede responder, de las cuales uno pasa toda la vida tratando de evitar y disuadirse de que uno no sabe lo que vivió.  Esta vez él quería hablar y yo no esperaba la pregunta.  Quede mirándolo como si no hubiese nada frente a mí, luego bajé la cabeza, quedé estático, rígido y amortajado de indignación. Me dolió la pregunta,  pero él se arrimó, me abrazó y temblando se puso a llorar.  Era la primera vez que él y yo hablábamos de esto. Había un sentimiento de vergüenza, de asco, de odio y lloramos como niños hasta un extremo  de sentir un sentimiento de extraña libertad. Intercambiamos lo que pensábamos y nos prometimos que nunca volveríamos a hablar del tema y de que nunca compartiríamos esto con nadie.  Yo le dije, presuntuosamente, de que no estábamos solos y de que tenía que haber otros más.  Esa noche nos emborrachamos a tal extremo,  como si quisiéremos intencionalmente al otro día no recordar.  Meses más tarde me envió una nota, que guardo sigilosamente, que decía: ¡Muchas gracias, camarada!

 

Me dolió saber que había muerto. La nota del  “Perro de Circo” me sacudió con gran fuerza, traté pedir más información, pero Juan Cameron ya había partido de viaje.

 

El suicidio es una rutina que en los momentos de dolorosa lucidez estremece los pilares de lo que sobrevive de digna humanidad en el ser. Es un acto radical o interruptor  que conduce a una malevolente paz y un incansable deseo del olvido y quietud. Morir, entonces, sin más vergüenza y en lo fundamental sin sentir ese odio antihumano que prevalece estancado en los muros del horizonte, humeando y saqueando la reverencia del nuevo día.  Morir de una vez, de un golpe para alcanzar una paz prohibida y al mismo tiempo  estremecido de desolación al tener que sacrificar algo tan amado como la vida por un momento de silencio y absoluta quietud.  Pero también está el otro suicidio, el lento que se ahoga en un tormentoso vértigo de desolación y abandono, donde se trastocan las nociones de realidad por factores externos que alteran el compendio del día.

 

En busca de la calma, busqué refugio en Eduardo Llanos, en este poeta de mi generación revolucionaria que en medio de la persecución nos llenó de disciplina, rigor y claridad: fue el primero en remarcar el nuevo orden de racismo que escalaba sobre el hambre de barrios de Chile y que más tarde incluimos como instrumento de batalla en la Juventud.  A este poeta magnánimo y no alineado y siempre al lado nuestro, le dejé el fardo que lo llenó de consternación. Le pedí que escuchara por un momento y que sin identificar voces, que mañana hablara por los que no hablan y no pueden hablar. Tuve una extraña fuerza y le conté lo que nos sucedió: se lo debía al Tote, a otros y a mí: Éramos niños, entonces.

 

Abandono

 

Asisto al despojo del día
con su luto de marfil herido
a la ausencia del que no volvió de la guerra
y que sin decir su nombre
quedó clavado en la monarquía del silencio.

 

Sin ser carpintero ni ir más lejos
hago todo lo que pertenece al martillo:
me voy de golpe en golpe cantando
sobre el tajo abierto de la madera.

 

No tengo que cerrar los ojos
ni amanecer en la hoguera de la noche
para escuchar la navegada voz de la sal
que se ahoga en el imperio del agua.

 

Concurro al mundo sombrío del espejo
al murmullo de una vasija rota
pero, por sobre todo,
a la ansiedad de una campana

que hoy no puede sonar.

 

* Elías Letelier-Ruz (BLISB 62 ATC EPS)

ex oficial Teniente Primero, Brigada de Lucha Irregular Simón Bolívar, 62 Agrupación Táctica de Combate, Ejército Popular Sandinista de Nicaragua. VI Región. (BLISB 62 ATC EPS)

 

 

 

 






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 Referencia
Elías Letelier-Ruz *.  "El Tote."  Anaquel Austral. Ed. Virginia Vidal. Santiago : Editorial Poetas Antiimperialistas de América.   30 de Septiembre de 2011.
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