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Catastro : Ensayos

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Carlos Droguett no descansa en paz
Virginia Vidal

 Matar a los viejos, legado de más de cuatrocientos páginas, en letra menuda, sin índice, es la novela de Carlos Droguett que no pudo ver publicada en vida, porque las editoriales la aceptaban sólo con la condición de omitir la dedicatoria:  

“A Salvador Allende, asesinado el martes 11 de septiembre de 1973 por Augusto Pinochet Ugarte, José Toribio Merino Castro, Gustavo Leigh Guzmán y César Mendoza Durán”.

 

Su publicación nos honra, porque nos alivia un poco la conciencia nacional luego de la profunda vergüenza que nos hizo sentir con su decisión de no retornar y de no dejar sus escritos acá. Esta novela contribuye a completar el país, acaso a incorporarle un poco del cemento que le falta a sus ladrillos.

 

Carlos Droguett la había comenzado a escribir el 22 de abril de 1973 en Santiago y le puso fin el 16 de mayo de 1980, en París, en el exilio. Al final, bajo la fecha, una cita de Martí: “Morir no es descanso, no hay descanso hasta que toda tarea está cumplida, y el mundo puro hallado, y el lienzo en su marco”.

 

Veinticinco intensos capítulos fluyen como un río de dolor y de sangre. Es la otra historia de Chile, la historia de la linfa, la fisiología del dolor de un pueblo y del asco provocado por tanta injusticia, tanta hambre, tanto miedo.

 

Los viejos corresponden a dos paralelas: una cúpula de viejos auténticos, criminales,”tenían minada la ciudad desde el 1500”, nacidos para sojuzgar y aniquilar: los viejos que detentan el poder, y una masa humana de seres que nacen con todas sus potencias, pero la injusticia y rapacidad los ofende, humilla, desposee, les roba la risa, los condena a envejecer desde el momento mismo que ven la luz. A esa masa pertenecen las mujeres que se hacen abortos clandestinos, tema que obsesiona al autor mas no a parlamentarios ni prelados, y se los seguirán haciendo mientras la hipocresía no legisle al respecto, porque son frutos repudiados de estudiantes, de obreros sin trabajo, de patrones furtivos; los niños vejados y golpeados o los cesantes como ese desdichado porteño que, en busca de trabajo, imaginando hallarlo en Estados Unidos, muere de sed en el desierto de Arizona.

 

Uno de los capítulos más atroces, “Son como yo, ya no lloran”, comienza con el coraje de un niño golpeado y decidido a no llorar, a no dejarse humillar, a resistir el dolor. Y desde Lautaro, ”el que inventó el recuerdo y con él armó urgentemente la primera rebelión”, van desfilando los muertos de 1907, en Santa María de Iquique, la Coruña, San Gregorio, Lago Buenos Aires, Valparaíso, Ranquil, el Seguro Obrero (donde hoy está el Ministerio de Justicia) y las cinco docenas de estudiantes caídos con todos sus nombre y apellidos y jóvenes edades y ciudades, inclusive tres parejas de hermanos, los del mineral del Salvador, de Pampa Irigoin, los del Once de Septiembre.

 

Desfilan los muertos, sobresaliendo el general Schneider y Allende, “sacrificados, negados, despedazados como todo fundador y todo precursor”

 

Desfilan los gobernantes, curas, ideólogos como Diego Portales, precursor del fascismo, que en carta a un amigo, 1834, afirma: “De mí no sé decirle que con ley o sin ella, esa señora que llaman la Constitución hay que violarla cuando las circunstancias son extremas”.

 

Resulta asombroso, pero todos los personajes que transitan por este río de vida, inclusive el dictador degradado en su jaula de los monos, Pablo, tres veces resucitado, la abuela tres veces viuda, la pequeña Cora y sus amores tibios, Briceño, el soplón, matón y explotador de mujeres; Cárdenas, el fotógrafo Peine, el taxista Jurel, Mercurio, Silvavil, no son ficciones de una imaginación desaforada sino patentes frutos de una historia forjada con la expoliación y la saña de un sistema.

 

Además, es la novela de la ciudad sin pintoresquismo ni evocaciones aldeanas ni nostalgiosas alusiones a lugares perdidos que jamás disfrutó este pueblo ni le pertenecieron. Droguett conservaba viva esta ciudad, su topografía, sus rincones. Por ella deambulan sus muertos inmortales; en ella pervive la memoria de lo grandioso y lo vil y lo grotesco, aun de aquellos prostíbulos donde un primer magistrado de la nación expiró y, más que ligero, llegó un sacerdote a desconstruir el evento.

 

Viga maestra del formidable conjunto que constituye su herencia, Matar a los viejos se suma a un conjunto de obras que provocan, escuecen y enfrentan al lector con lo más intenso de la realidad y el dolor humanos, entre las cuales se cuentan: Sesenta muertos en la escalera (1953) sobre la matanza del Seguro Obrero. Eloy (1960), biografía novelada de un bandido. Patas de perro (1965), la novela de un niño con piernas de perro, según su autor contiene más datos de su autobiografía y la escrita con mayor pasión. Cien gotas se sangre y doscientas de sudor, título tomado de una de las cartas de Pedro de Valdivia y la continuación: Supay, el cristiano (1967); El compadre (1967), paralelo entre la historia de Cristo y de un borracho. Los mejores cuentos de Carlos Droguett (1967). El hombre que había olvidado (1968); Todas esas muertes (Premio Alfaguara 1971), sobre el famoso criminal Emilio Dubois que en la hora final tiene formidable encuentro con Carlos Pezoa Véliz. Escrito en el aire (1972).

 

Carlos Droguett nació el 15 de octubre de 1912 y murió expatriado en Suiza, Berna, el 30 de julio de 1996; Premio Nacional de Literatura 1970.Con Matar a los viejos, puso en práctica una vez más su irrenunciable principio: "la frivolidad es obscena inmoral, inútil; un arte que no sirve para ayudar a vivir no tiene razón de ser".

 

Por ello, causará rezongos y no faltará quien la considere novela “para hacer trabajar al lector”, porque no da tregua, tiene demasiados puntos seguidos, para muchos resultará tan latera, y de no poder hincarle el diente más de uno podrá jactarse en pública impudicia, considerándola como El hombre sin cualidades, Ulises, En busca del tiempo perdido, Los Karamazov. Lectura no para entretenerse ni divagar ni matar el tiempo, no para inventar perdones, entibiarse, ablandarse, acomodarse sino para comprender esta vida de unos quince millones de habitantes la mayoría de los cuales se debate a palos con el águila en un inmenso y rico territorio. Para comprender nuestra historia y entender que no hay medida para el sufrimiento y el dolor mientras no se haga justicia y no se ponga fin a la infamia.

 

Carlos Droguett ha sabido demostrar más allá de su final lo que toda su vida postuló: “la literatura es un acto total que interesa al cuerpo y al espíritu del escritor; en términos teológicos, como un sacramento; en términos psiquiátricos, como un suicidio".

 

Matar a los viejos exige entender que la sangre derramada no se enjuga, no desaparece, porque “La sangre es siempre el punto de partida, el mejor de todos, el más profundo, el más temido, el más formidable y el más indeleble”. Novela abierta, no tiene fin. Mejor dicho, sólo puede ponerle fin el pueblo mismo que la protagoniza.

21.06.2001

 

(Presentación en el acto de la Editorial LOM 21.06.2001 publicada en Punto Final)






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 Referencia
Virginia Vidal.  "Carlos Droguett no descansa en paz."  Anaquel Austral. Ed. Virginia Vidal. Santiago : Editorial Poetas Antiimperialistas de América.    9 de Febrero de 2005.
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