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Sergio Infante desde la otra orilla
Virginia Vidal

Varias lecturas no colman la sed del que se adentra en La Del Alba Sería (2002) pues  los lectores se inician en el placer del texto junto al poeta que se halla ante la ”Página en Blanco”. Pronto advierten que este placer no se sacia con tantos estímulos. Se alcanza el disfrute de una lengua que es la nuestra, enriquecida por separaciones y distancias, por el ejercicio cotidiano de enseñarla a estudiantes extranjeros y practicarla con algunos compatriotas latinoamericanos y muchos amigos suecos que ya la dominan.

Sergio Infante publicó su primer libro, Abismos Grises, en 1967. Es profesor titular de Castellano y Portugués en la Universidad de Estocolmo. Reside en Suecia desde 1975 y no ha abandonado nunca  su quehacer literario: de ello dan cuenta: Sobre exilios/Om exilen (Estocolmo, 1979), Retrato de Época (Estocolmo, 1982), El Amor de los Parias (Santiago, 1990). Estos poemas encierran distancia, desconexión intermitente, cambio brutal del destino, autoironía, readaptación a otra realidad, ausencia de los amigos, separación del entorno familiar, retornos breves colmados de recuerdos de un paisaje urbano irrecuperable, alucinantes extravíos en los páramos de la nostalgia. Pero todo esto que podría ser un conjunto de emociones y experiencias comunes a muchos, está expresado con un lenguaje y una belleza únicos, una riqueza clásica.

 

En "El Lenguaje", Infante ha conseguido algo singular que demostraría la potencia del sustantivo para alcanzar elocuencia superior. Sólo con el empleo del nombre, el poeta totaliza la existencia humana, anhelos, apetencias, inquietudes y el inextinguible afán de trascendencia:

 

Las sílabas del otro.

Los rótulos del gesto.

Los rábulas del gusto.

Los desmanes del acto.

Las astucias del sordo.

Los esmaltes del ciego.

Los calambres del cauto.

Los deslices del modo.

Las caricias del manco.

Las destrezas del mudo.

Las argucias del mando.

Las edades del hombre.

Los estambres del libre.

Los barbechos del sabio.

Los timbales del hambre.

Las estrellas del bardo.

Los pilares del templo.

Los umbrales del mundo.

Las orillas del cosmos.

Las penurias del canto.

 

Al apreciar su calidad, resulta fácil asociarlo con otra forma poética que resalta el verbo como suprema forma de expresión lograda por el argentino Oliverio Girondo en el audaz poema erótico cuyo primer verso dice: “Se miran, se presienten, se desean...”

En La Del Alba Sería nos convertimos en testigos de esa hora insomne, “De Novela”, en que el autor emprende un viaje solitario y se zambulle para extraer el poema desde lo más hondo de su imaginaria, ese mar de lo inconsciente. Nos van asaltando la dulzura musical de las aliteraciones, la sorpresa siempre renovada de las imágenes, la maestría del idioma, las alusiones a los poetas clásicos. Todas las emociones son permitidas. Mesura, dignidad, roce espiritual se van dando de poema en poema. Así, sentimos el diseño y prefiguración de un designio irrevocable en ese pequeño escolar Ulises de “Un camino” y la ausencia de un creador del mundo al leer “El Padre muerto”:

 

Tu ausencia

como el granizo

en el patio

de piedra y musgo

en que anduviste

sembrando estas espigas

o en que silencioso

echabas

tus redes sobre el silencio

hasta inventar las ondas,

el rugido del agua,

el sol capturado entre los peces.

 

 

Sergio Infante pertenece a una generación de poetas que en el momento del golpe de 1973 tenía una obra muy incipiente. Había publicado un libro a los veinte años (1967) donde predominaban temas existenciales y de incomunicación, y en el tratamiento de éstos había más intuición poética que oficio. Al respecto, dice: “Los años que median entre este libro y el golpe son años de busca constante pretendiendo hallar la ecuación perfecta entre compromiso político y poesía, entre la contingencia y la militancia, por un lado, y , por otro, la vocación, la identidad de poeta. Escribí bastante en esa época a pesar de la evidente crisis frente a lo estético, pero destruí gran parte de ese material y otra buena porción la perdí junto con una vieja Underwood, en Osorno, en los días del golpe. Conservo sin embargo algunas cosas de esa época y, por rara coincidencia, son las que tienen una factura menos panfletaria y por lo tanto más salvables en el tiempo. Pero de esos años lo más rescatable es la experiencia, primero mi paso por la escuela de Bellas Artes, pero sobre todo los años que viví en el sur de Chile, fundamentalmente en Chiloé.”

 

Se adentró en el mundo de los mitos arraigado en la imaginaria  colectiva misma. Y cuando ya llevaba unos cuantos años de exilio, descubrió que ese arraigo se manifestaba sobre todo en una cuestión de lenguaje, algo central: “El otro elemento fundamental en esa experiencia lo hacía el momento histórico que vivíamos, los sueños, los proyectos de cambios sociales y políticos en que estábamos empeñados, y también  práctica personal para conseguirlos. Esta última me llevó a conocer a mucha gente y a vivir en condiciones muy distintas, a veces infinitamente más pobres, a las del hogar de clase media acomodada en que yo había nacido y me había criado.  Y en todo esto con relación a  mi poesía mediaba una cierta ambigüedad, era, por un lado, una cantera de ideas y de proyectos poéticos, y al mismo tiempo era una realidad frustrante porque te imponía otras prioridades que dejaban muy pocas horas para la escritura. Aunque uno lo aceptara con gusto, porque para eso estaba la mística, a veces el poeta ejercía el derecho a pataleo. A medida que nos acercábamos al golpe, poco y nada iba quedando de ese pataleo pues la contingencia nos ocupaba física y mentalmente. He usado la primera persona del plural porque entiendo que este fue un problema generacional y no sólo mío. Esa contradicción entre creación y deber inmediato se resolvió, como todo el mundo sabe, truncándose de manera trágica. Lo vivido en esos años, en cuanto posible material o tema literario, sin embargo no se perdía, claro que faltaba que mediara el tiempo y la distancia para que surgiera depurado de sentimentalismos, liberado de una mala conciencia.”

 

El destierro se inició seis meses después del golpe. No dejó de escribir, pero debió empeñarse en una escritura muy prudente: “de metáforas que fomentaran la ocultación, de silencios, elipsis y reticencias que fueran elocuentes.”  Pero el destierro obliga a reconsiderar el mundo y todo lo vivido. También la poesía: “Es un golpe muy duro porque te arrancan de tu mundo y te tiran adonde tengas la suerte de caer, se te desmoronan los referentes, eso se hace más duro aún cuando se le suma la culpabilidad por haber sobrevivido y por haber desertado de la lucha, aunque se sepa que no había más alternativa.”

 

En Suecia se enfrentó a algo que muchos chilenos también conocieron: un cambio total de mundo. Él, como escritor debía aprender una nueva lengua para arreglárselas en el diario vivir y conservar la propia e incluso enriquecerla si quería seguir escribiendo en ella. “El primer libro que publiqué en Suecia fue Sobre exilios, con el tema que indica su nombre, visto en forma personal y colectiva, el tema de la solidaridad, el de los desaparecidos que abarcaba toda su segunda parte. Era un libro bilingüe, ilustrado por gráficos suecos, y con una intención agitativa, en parte al menos, aunque se evitaba lo panfletario. Pero todavía estaba con los remanentes de una literatura ancilar, me faltaba para el non serviam. Y no era que nadie me obligara a hacerlo así. Tenía que ver más bien con la culpabilidad y con la mala conciencia de que hablé más arriba. Pero de alguna manera se saldó esa deuda y surgió la pregunta. ¿Sobre qué escribo ahora?”

No tardó en comprender que la pregunta estaba mal formulada y que debía de ser ¿Cómo escribo? Los temas podían ser los mismos, pero sin concesiones de ningún tipo, ante nadie. Al mismo tiempo, afrontar  el empobrecimiento del lenguaje, no sólo por hallarse en tierra donde se hablaba otro idioma: “A esto se le sumaba la pobreza, el maniqueísmo del lenguaje de la política, que lo traíamos como rémora en el espíritu. Había que encontrar el lenguaje propio de cada uno. Esto lo discutíamos  mucho en el grupo taller. La lectura copiosa y crítica y la escritura vista como un trabajo artesanal en el que a veces hay que buscar a ciegas pero nunca dejar de corregir y corregir.”

 

Su decisión de entrar a estudiar en la universidad, resultaría determinante: ¡se pone a estudiar castellano! Otra manera de conservar la lengua y de vincularse  a lo literario. En Chile había estudiado en la Escuela de Bellas Artes. Algunas cosas le sirvieron en la poesía, sobre todo lo que se relaciona con la imagen visual y también de esa época son sus lecturas de algunos poetas franceses, especialmente algunos surrealistas y sus precursores. Estudió el castellano con ahínco en Suecia: no solo para pasar de barrendero a profesor universitario sino por haber adquirido mayor conciencia de que la literatura sobre todo se funda en el lenguaje:

 

“En un texto literario, el lenguaje no expresa, como quien exprime un limón, un contenido, sino que es ese contenido. El poema, el texto literario se genera a partir de ciertos condicionamientos culturales e históricos, que en el fondo niegan el concepto de creación pues no nacen de la nada. Eso lo aprendí leyendo la semiótica y la teoría literaria, pero sobre todo al escribir mi tesis doctoral (1991) sobre Yo el supremo, de Augusto Roa Bastos, un libro donde el autor se llama Compilador, y un libro sobre el tema del poder que es un tema que también me preocupa y que aparece en mi poesía y en mis investigaciones más recientes.”

 

A partir de Retrato de época, Infante ha podido escribir una poesía que tiene una forma propia, desde dicha cultura no puede ser más que lenguaje referido por lo general a otros territorios, un lenguaje entendido y amado por habitantes de otros territorios. De ello tiene conciencia plena: aunque allí estén mucho de los problemas contemporáneos, es un producto marginal por mucha cultura y manejo de la lengua que haya en ella.  Infante expresa que al dolor que todo esto conlleva, se han ido añadiendo humor, distancia emocional, el juego con los géneros literarios, la vana intención de abarcar todas las palabras, todos los registros que normativamente negarían el yo lírico pero que en la práctica son sus elementos constituyentes, la importancia del lector que se atreve a jugar y la reivindicación de lo quijotesco en medio de esta época del egoísmo más despiadado, como se percibe en La Del Alba Sería.

 

 

Más allá de estas nieblas

 

La centella sin fuga del lirio.

Los soles del naranjo.

En apriscos, aerolitos

dilatan el incendio y el prisma

en el mediodía de la parra.

Si la noche cae, vale guiarse

por la constelación del limonero

o por alguna granada abierta

como el revés de un eclipse.

 

Un padre inaugura

a su modo el cosmos,

atavismo de padre. El mío

baja de un taxi, sonríe.

Trae unas jaulas de colihue,

el azabache de unos pavos

y un gallo de la pasión

que presume con su cola

y menosprecia el gallinero.

Prefiere la noche célibe,

una rama en el palto.

Muy abajo entre las raíces,

hay enterrado un perro,

la piel era más rala en la muerte

pero no más blanca. Octavio,

el chacharero, lo puso allí.

Dijo: “Es bueno para el árbol.”

Menos práctico, mi abuelo

sepulta, al pie de un rosal

con nombre de duquesa,

el ombligo que soltó

la menor de mis hermanas.

“Es una costumbre  ―sostiene―

y algún día te tocará seguirla.

Aunque ya no andes con la nariz

entre estos pétalos encarnados,

siempre habrá una planta y un centro,

y nietos en los pistilos de la estirpe”.

 

Esos augurios de abuelo

parecen muy lejanos.

Por acercármelos, mi madre

no cesa de arrastrarme hacia el colegio.

Aprendo. Distante del crategus y del muro,

se multiplica el lugar donde se pierden

o se borran las primeras alegrías.

Y llegan horas y años y se llevan

hasta el último indicio

de lo que alguna vez

se amó por mundo.

Ni siquiera una astilla del nogal

(me he dado cuenta al faltarme

su sombra amabilísima).

Ni junto al nogal el columpio

cuyo vaivén suponía el péndulo,

la marca, el compás de lo eterno.

 

Tarde se sabe y se repite tanto,

rancia se traga esa papilla de poema:

“De aquello, nada permanece pero queda

para siempre la mordedura de su vacío.”

En cuántos libros, esta torpeza de advertir

lo que sólo se asume, de verdad,

con lo solo y la cara

bien pegados a la niebla, a la más reciente

de las capas de niebla que ocultan

lo que amamos por mundo, alguna vez.

Las mismas capas de niebla

por donde yo atravieso

cuando feliz las rompo,

una por una,

con piruetas de niño

y la mejor de mis risas.






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 Referencia
Virginia Vidal.  "Sergio Infante desde la otra orilla."  Anaquel Austral. Ed. Virginia Vidal. Santiago : Editorial Poetas Antiimperialistas de América.    8 de Febrero de 2005.
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