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Margarita Aguirre
José Miguel Varas

 

Era una morena olivácea, delgadísima, de movimientos lánguidos, cuyos ojos muy negros, penetrantes y pensativos, a menudo vueltos hacia adentro, crecían a la sombra de una chasquilla francesa (nos parecía francesa, tal vez por alguna imagen del cine o por alguna fotografía de Colette) que usó la mayor parte de su vida.

 

Esa vida llegó a su fin en Santiago hace poco más de un año. Su cuerpo fue trasladado a Totoral, a pocos kilómetros de la casa de su compadre Pablo Neruda en Isla Negra, subiendo la loma. Margarita reposa en el cementerio rural de Totoral, después de haber pasado treinta o más años de su vida en otro Totoral, el fundo de su esposo el abogado Rodolfo Aráoz Alfaro, cerca de Córdoba, República Argentina.

 

Hoy nos reunimos para recordarla, pero éste no es un oficio de difuntos. Quisiéramos que fuera la fiesta de sus 80 años que tendría recién cumplidos en estos días. Ella nació el 30 de diciembre de 1924.

Éramos amigos. Mi amistad con Margarita Aguirre data de 1945, aunque en aquel tiempo la diferencia de poco más de tres años entre ambos establecía una barrera difícil de salvar: yo era un “chiquilín” espinilludo de diecisiete años, ella, una señorita de 20. Sin embargo, descubrimos un terreno común.

 

Éramos compañeros de trabajo. Locutores. En ese tiempo se decía “espíker”. Leíamos largas tandas de avisos y anunciábamos discos ante el micrófono de la Radio El Mercurio, que dedicaba largos espacios de su programación a la música sinfónica como, por lo demás, lo hacían varias emisoras de Santiago. Hoy parece inverosímil. Mientras se desarrollaba “La Patética”, “Don Quijote”, “La 5ª”, “Muerte y transfiguración” o “La consagración de la primavera”, en gran número de discos negros de 78 revoluciones por minuto, que el control debía dar vuelta con la velocidad de un prestidigitador o empalmar mediante las perillas de un plato a otro, para que no se produjera interrupción alguna, conversábamos de literatura.

 

Margarita era una lectora voraz, adicta a ciertos escritores “raros”, ampliamente desconocidos en Chile en aquel tiempo, como el uruguayo—francés Jules Supervielle o el checo-austríaco Rainer María Rilke. Yo, pedante, también  lector omnívoro desde la primera infancia, contraatacaba con Jean Giono, Lord Dunsany o Lautréamont, que era mi propio uruguayo—francés. Ambos éramos devotos de Kafka, lectores de los primeros libros de Borges que llegaron a Chile, de Joyce, de Artur Schnitzler y de “Residencia en la Tierra”. Nuestras conversaciones literarias se desarrollaban a veces en el estrecho locutorio de la radio, sofocante en el verano, o bien, cuando la duración de las sinfonías lo permitía, sentados sobre un larguísimo sofá revestido de una especie de terciopelo azul desteñido y polvoroso a lo largo de una galería de vidrios temblones, que daba a la calle San Antonio.

 

Pero seguíamos encontrándonos con alguna frecuencia, en los estrenos del Teatro Experimental o en veladas literario—musicales. (No había en esa época lanzamientos de libros). También nos juntábamos a veces a tomar café helado en el café Mozart de la calle Phillips y en más de una ocasión fui invitado a almorzar o a tomar once en su casa de Santa Beatriz. ¿De qué hablábamos en esas ocasiones? De todo, seguramente de política porque aquellos eran años muy políticos (como todos), y de literatura pero muy raras veces de la que intentábamos hacer porque los dos éramos pudorosos en esta materia y no recuerdo haberle leído o dado a leer alguno de mis productos de esos años ni haber escuchado a ella leyendo los propios. Es cierto que yo publiqué en 1946, mi segundo año en la radio El Mercurio y mi segundo y último año en la Escuela de Derecho, un primer libro, de carácter notoriamente escolar. Pero parece que nunca hablamos del asunto. Creo recordar que en algún momento ella me preguntó si aquella publicación no me parecía prematura. Lo era, en efecto.

 

Cuando estábamos juntos nos reíamos bastante, pero en el carácter de Margarita existía una vena melancólica persistente, casi sombría, que es evidente en sus obras literarias, desde su primer libro, “Cuaderno de una muchacha muda”, publicado en 1951, y luego en sus novelas. La sensación del extrañamiento, de la imposibilidad de expresar sus verdaderos sentimientos, de ser escuchada por los demás, se transmite con fuerza en aquel “Cuaderno”, que también tiene, sin embargo, momentos de esperanza. Los críticos lo elogiaron. Aquel libro y algunos cuentos, publicados en alguna revista, hicieron que se la adscribiera a la “Generación del 50”, con Claudio Giaconi, Lafourcade (que fue el inventor de la marca), Perico Müller, Jorge Onfray, y otros muchos que se me escapan. Pero lo cierto es que ella nunca se sintió parte de generación o grupo alguno.

 

 Sin duda Margarita me habló en aquellos tiempos de su amistad con Pablo Neruda. Recuerdo que le debo a ella la extraordinaria primicia de la lectura de las primeras odas elementales que conocí: La oda al aire y la Oda a la alegría. Pero eso ocurrió algo más tarde, probablemente hacia 1953. Neruda había regresado hacía poco del exilio y ya no estábamos en la radio El Mercurio.

 

La relación de Margarita con Neruda fue muy importante para ella y para el poeta. Se conocieron en Buenos Aires en 1933, cuando ella tenía ocho años de edad y él 29. Neruda, recién de vuelta en Chile después de su peregrinación por el Asia suroriental, fue designado cónsul de segunda clase, o de tercera, en Buenos Aires, bajo la autoridad del cónsul general don Sócrates Aguirre, el papá de Margarita. El recibió cordialmente al poeta cuando concurrió a hacerse cargo de sus funciones y le dijo, con su voz delgada y su precisa articulación:

 

“Usted se va a encargar de darle lustre al nombre de Chile”.

“¿De qué manera?”, le preguntó Neruda algo dudoso.

 

“Estableciendo relaciones amistosas con los escritores y la intelectualidad. Su tarea es la cultura. De lo demás nos preocupamos Rojitas y yo”.

 

Rojitas era uno de esos funcionarios serios, serviciales y callados, que son –o eran— la espina dorsal de la República; en él descansaba la mayor parte de los asuntos administrativos y comerciales del Consulado General.

 

Don Sócrates era un capitán de ejército en retiro. Su carrera se había visto interrumpida en forma abrupta debido a su participación en un complot contra Carlos Ibáñez, “El Caballo” quien se hizo elegir presidente en 1927 en una elección donde fue candidato único y triunfó  por un porcentaje arrasador, de tipo soviético. El objetivo de los complotados era llevar de vuelta a Chile al entonces desterrado Alessandri y restablecer la normalidad constitucional.

 

Delgado, de pequeña estatura, muy atildado en el vestir, el cónsul general –designado en el cargo por el ahora Presidente Arturo Alessandri Palma—  no tenía en su apariencia nada de golpista. De conspirador, tal vez, porque hablaba en susurros, con una voz finita. Era un hombre de convicciones democráticas, culto, gran lector (militares de otros tiempos) y por cierto conocía la poesía de Neruda.

 

            El poeta cumplió con fervor y placer aquello del lustre. Se incorporó al mundo cultural de Buenos Aires, donde se le acogió fraternalmente, hizo amistad estrecha con el poeta surrealista Oliverio Girondo, se relacionó con todos los que significaban algo en las letras y las artes del país. En Buenos Aires conoció a Federico García Lorca, encuentro trascendental en su obra y en su vida.

 

Pronto se estableció entre Pablo y la familia Aguirre, don Sócrates, su esposa doña Sofía Flores, sus hijos Francisco (Paco), Perla, y Margarita, una amistad estrecha y duradera. El poeta conversaba con ella con frecuencia, admiraba su penetración, su inteligencia y su precoz instinto literario, celebraba sus ocurrencias.

 

En 1934 Neruda fue designado cónsul en Barcelona. Desde allí mantuvo correspondencia con los Aguirre-Flores y en especial con Margarita, a quien le enviaba cartas ilustradas con dibujos cómicos.

 El Frente Popular de 1938 puso fin al consulado general en Buenos Aires y determinó el regreso a Chile de don Sócrates y familia.

 

En 1940, después de la guerra civil española y del famoso episodio del Winnipeg, Neruda regresó a Chile y restableció su contacto con los Aguirre. Margarita fue con doña Sofía Flores, su mamá, a escuchar una conferencia que dio el poeta en el auditorium de la radio Cooperativa. Al final se saludaron con gran afecto.

 

Pablo las dejó muy convidadas a su casa de la Avenida Lynch, donde vivía con Delia del Carril, la Hormiga. Pero a doña Sofía no le pareció bien ir a esa casa porque era notorio que la esposa legítima de Neruda seguía siendo la holandesa de Java, María Antonieta Hagenaar.

 

Margarita tenía quince años y se acentuaban en su carácter rasgos cerriles de independencia. Fue a ver por su cuenta a Pablo y a Delia a Michoacán, conoció a varios de los amigos de Neruda, participó en galas gastronómicas y vitivinícolas, probó por primera vez un curanto en casa de Rubén Azócar. Es de temer que haya escuchado cosas inconvenientes para su edad y es evidente que se sintió conquistada por el clima fraternal, alegre, báquico, literario y comunista que rodeaba al poeta.

 

Neruda desplegó en aquellos años una actividad que desde la perspectiva de hoy nos parece frenética: fundó la Alianza de Intelectuales de Chile por la Defensa de la Cultura, organizó la primera Feria del Libro, en la Alameda, frente a la Universidad de Chile, hizo discursos en apoyo de los republicanos españoles y de los niños huérfanos de la guerra civil y escribió “Canto General de Chile” que fue parte, más tarde, del “Canto General”. Además escribió y publicó “Un canto para Bolívar”, “Canto de amor a Stalingrado”, impreso en carteles que se pegaron en los muros de Ciudad de México, escribió sus famosas conferencias “Viaje alrededor de mi poesía” y “Viaje al corazón de Quevedo”, que le escuché en la Academia de Letras Castellanas del Instituto Nacional.

 

Su creciente identificación con el Partido Comunista lo llevó a ser candidato a senador por las provincias del Norte y a ingresar en las filas del partido en un acto público en el Teatro Caupolicán, en 1945. Luego vino lo que se sabe: el gobierno de González Videla, la ilegalidad del Partido Comunista, la clandestinidad, el Canto General, la famosa huída ecuestre a Argentina.

 

En 1952, cuando Neruda volvió al país después de su exilio de tres años en Europa, se encontró de nuevo con Margarita. Ella se había incorporado activamente a la campaña por su regreso y por el término del proceso iniciado contra él por González Videla, recogiendo firmas, participando en actos públicos, comidas literarias y otras manifestaciones. Pablo le propuso que fuera su secretaria y ella aceptó encantada.

 

Es difícil para quien no haya conocido al poeta, ni a Margarita, imaginar la intensidad, la confianza mutua y el constante afecto de la relación entre ambos, más que una amistad un amor incondicional como el que se da –y no siempre— entre familiares muy cercanos: hermanos, padre e hija, abuelo y nieta. Margarita estaba cada día junto a Pablo y la Hormiga, desde el desayuno, que solía compartir con ellos en el dormitorio, hasta la noche. Le tocaba cumplir múltiples encargos, escribir cartas, resolver asuntos prácticos, a veces complicados, tratar con editores, pasar poemas en limpio, a veces poniendo algunas comas y corrigiendo errores, despachar originales y llevar la agenda de los innumerables compromisos del poeta. Además, leyó intensa y tal vez sistemáticamente (tal vez porque no era persona sistemática) toda la poesía de Neruda y, debido a su proximidad, percibió como nadie la relación siempre existente entre su poesía y su biografía. Cumplió con gran dedicación sus tareas de secretaria durante los años 1952, 1953 y 1954. “Se estipuló un sueldo que nunca me pagó”, me contó ella años después.

 

Un día,  Neruda le dijo:

 

“Tengo que viajar a Moscú para participar en el jurado del Premio Stalin de la Paz. Como Chile no tiene relaciones con la Unión Soviética, todo se hace a través de Buenos Aires. El que se ocupa de esto es mi gran amigo argentino Rodolfo Aráoz Alfaro. Comunícate con él y haz todo lo necesario para que esto suceda. Y no me cuentes nada. No quiero saber más que el día y la hora de la partida”.

 

Aráoz Alfaro tenía el espinudo cargo de Apoderado General del Partido Comunista Argentino, que lo hacía responsable ante las autoridades (gobierno de Perón) de todas las actividades públicas o no tanto, del Partido, lo que garantizaba que se le detuviera antes que a los demás y se le encausara en múltiples procesos. Tuvo muchos carcelazos, por lo que sé, ninguno demasiado prolongado. Recuerdo que una vez me habló con entusiasmo de un clásico de la literatura carcelaria: “Mis prisiones” de Silvio Pellico, lo que me llevó a pensar que tal vez deseaba escribir sus memorias. Nunca lo hizo.

 

El diálogo entre Margarita y Rodolfo, en torno a los preparativos del viaje de Neruda se desarrollaba por teléfono, con claves infantiles para mantener la reserva. Así surgieron unas especiales relaciones auriculares. En determinado momento, los tonos de voz y las pausas decían  más que las palabras. Pero inevitablemente llegó el momento final. Pasajes y visas estaban preparados, estaba fijada la fecha del viaje. Ella le dijo:

 

“Este es el último día que te llamo, Rodolfo. Pablo parte mañana con Delia, pero ella se quedará en Buenos Aires y él seguirá viaje solo al Iguazú” (una manera sumamente sutil de decir Moscú).

 

“Pero venite vos también –le respondió Rodolfo— tenemos que conocernos personalmente. Mirá, a mí no me dejan ir a Chile, pero tenemos que encontrarnos. Vení vos a Buenos Aires o mejor, a Córdoba, donde yo vivo”.

 

Margarita no pudo viajar en ese momento a conocer a Rodolfo, pero no por falta de ganas. El diálogo transandino continuó a través de un intercambio casi diario de cartas, las que muy pronto tomaron un carácter muy personal y afectivo, por no decir, amoroso.

En algún momento, nuestra amiga decidió emprender el  viaje pendiente. Como estaba sujeta a normas hogareñas rigurosas, discurrió con su amiga Carmen Reyes una compleja estratagema: diría que iba a pasar unos días con ella en Zapallar, famoso balneario que en aquellos años felices no tenía teléfono y era de difícil acceso. No obstante, la operación fracasó por motivos olvidados.

 

A su amiga Teresa Hamel, Margarita le confió que estaba enamorada de un abogado comunista argentino amigo de Pablo y que se disponía a viajar a Buenos Aires para conocerlo. Teruca se sintió escandalizada y le comunicó confidencialmente a Pablo:

 

—La Margarita está por hacer una locura… Se enamoró locamente por teléfono de tu amigo Rodolfo y pretende ir sola a Buenos Aires para encontrarse con él. ¿Te das cuenta?

 

El poeta puso una cara grave pero, en privado, palmoteó con entusiasmo. La noticia del romance de su secretaria con su amigo le pareció estupenda. Siempre patrocinaba uniones amorosas entre sus amigos y amigas. “Yo soy el buen poeta casamentero”. De manera que Margarita viajó por fin a Buenos Aires, contando con la bendición apostólica de su patrón. En su casa ella dijo que iba a la casa de Sarita, la esposa del escritor Faustino Jorge.

 

Pero hubo que acortar el viaje, que se planeaba para dos semanas, porque, en el momento de la partida, don Sócrates enfermó de cuidado. Los enamorados telefónicos sólo pudieron pasar tres días juntos, en Totoral. Pero se deduce de los hechos posteriores que su entendimiento de cuerpo presente fue jubiloso y total.

 

Más tarde, Rodolfo pudo viajar a Chile y estuvo aquí casi un mes. Formalizó su noviazgo con Margarita, se casaron, comieron perdices. Se fueron a vivir a Buenos Aires, con frecuentes estancias en Totoral, el fundo de los Aráoz, cerca de Córdoba.  

 

La relación de Margarita con Neruda se espació, pero siempre se mantuvo ese clima de cordialidad y confianza totales. Los 60 fueron, para ella, los años más intensos y productivos desde el punto de vista literario. En esa década publicó en Argentina sus tres novelas — “El huésped”, “La culpa” y “El residente” — y su excelente biografía “Genio y figura de Pablo Neruda”. Ésta apareció en 1964, bajo el sello de la Editorial Universitaria de Buenos Aires, en un tiraje de treinta mil ejemplares. Fue reeditada varias veces. Un tiempo después, amplió y enriqueció el libro y lo rebautizó como “Las vidas de Pablo Neruda”, que ha alcanzado también una amplia difusión en Argentina y en el continente. Me temo que algo menos en Chile.

 

Margarita vació en esta biografía sus recuerdos personales y los del poeta, la historia de la génesis de muchos de sus poemas, leídos y releídos por ellas muchas veces, y sometió a Neruda a intensos y difíciles interrogatorios verbalmente cada vez que se encontraban, o bien por carta o por teléfono. Casi siempre Pablo respondía en forma vaga o se iba por las ramas. Le causaban incomodidad las preguntas de periodistas, críticos y estudiosos de su obra, sobre todo cuanto buscaban explicaciones de versos herméticos o enigmáticos. Solía decir que críticos como Amado Alonso lo habían dejado perplejo porque encontraban en su poesía cosas o intenciones que él ignoraba. Margarita tenía la ventaja de sus largos años de conocimiento personal y directo del personaje y casi siempre podía trazar la vinculación entre los poemas y las peripecias vitales del poeta. Pero tampoco lograba superar su reserva. Cuando protestaba porque sus preguntas quedaban sin respuesta, Pablo le decía:

 

“Invente, comadre, invente”.

 

Margarita es una escritora chilena considerable que los actuales cronistas literarios desconocen y pasan por alto. Buena parte de la generación actual de lectores –suponiendo que eso exista— sólo sabe vagamente que antes del diluvio hubo escritores y una literatura chilena. De vez en cuando se redescubre, como una gran sorpresa, a escritores como Manuel Rojas o Joaquín Edwards Bello. La obra de Margarita, escrita y publicada en su mayor parte en Argentina tuvo siempre escasa circulación en Chile, fue elogiada por la crítica de los dos países, tuvo lectores devotos, pero inmerecidamente pocos.

Su escritura merece ser conocida, sigue siendo moderna, innovadora y tiene mucho que decir a la gente de este tiempo. La “comadre” era cosa seria cuando de veras inventaba.

 

Sus últimos años de Chile estuvieron marcados por un enfisema pulmonar que reducía implacable y gradualmente su capacidad respiratoria. Y por una tragedia personal que habría aplastado a cualquier ser humano. Pero Margarita nunca se dejó aplastar, nunca estuvo postrada, nunca perdió su ánimo vital ni su interés y curiosidad permanentes sobre cuanto ocurría en Chile, después de los larguísimos años de la dictadura, sobre lo que se publicaba aquí y en el mundo, sobre los acontecimientos de la política nacional e internacional y sobre la petite histoire picaresca. Obligada a llevar a todas partes una caja metálica que contenía oxígeno, conectada por un tubo a su nariz, asistió a decenas de lanzamientos de libros, celebraciones de artistas y escritores, estrenos y otras actividades culturales, en La Chascona, en Isla Negra y lugares diversos. Recibía en su casa a sus amigos y a nerudistas eminentes como Edmundo Olivares y Robert Pring-Mill.

 

En aquel decenio final conversé con ella varias veces (hoy pienso que fueron pocas) en su casa y en la casa de reposo de la Calle California donde pasó el tiempo postrero. Como antaño, nos reíamos muchísimo con diversos pretextos haciendo recuerdos de sucesos y personajes remotos, como aquel litúrgico gerente de la radio El Mercurio con Mario Parga Muñoz, que sufría jaquecas atroces cuando cometíamos errores o verdaderos colapsos, con pérdida de conciencia, como ocurrió una vez, cuando el micrófono se quedó abierto al momento de anunciar La Hora del Evangelio, que durante el mes de María se transmitía todas las tardes directamente desde la parroquia de La Asunción. Sobre el discurso dulce del padre Lecourt, famoso orador sacro, se escuchó con nitidez la recia voz baritonal de Félix Martínez, en aquel tiempo también locutor, profiriendo expresiones profanas de uso corriente. (Olvidaba decir que la radio El Mercurio pertenecía al Azobispado de Santiago). Recordábamos a Hernán del Solar, al erudito iconoclasta y rokhiano Juan de Luigi, de quien fue muy amiga; al barbudo Diego Sutil, vástago de una familia principal de Zapallar y hermano de su muy amiga Paulina, quien se convirtió al comunismo leyendo el “Canto General” después de pasar una temporada en la cárcel  a consecuencia de un cuasi homicidio; al catalán Amichatis, libretista de la radio, que nos fascinaba con sus historias sobre el teatro popular de Barcelona, donde no se concebía una obra de éxito si la sangre no llegaba por lo menos hasta la sexta fila de la platea y nadie se extrañaba de que la primera dama, llevándose demostrativamente una mano a la oreja, dijera: “Mi amado se acerca. Escucho pisadas de caballo blanco”.

 

Margarita, melancólica cuando muy joven, fue en sus años de madurez y aquellos últimos que pasó en Chile una mujer llena de alegría contagiosa, que pasaba por alto sus sufrimientos.    

 

Releo el bello y doliente “Cuaderno de una muchacha muda”, que en medio de su tristeza admite la esperanza y admiro de nuevo la tersura y la musicalidad de su estilo. Me parece escuchar la voz cálida de Margarita, entrecortada por su respiración difícil de los últimos años:

 

 “No sé cuanto tiempo he estado enferma: perdí el hilo de los días. Pero no me importa. Ahora soy otra vez la misma. Me siento cansada como si hubiera viajado durante años. Y es dulce este cansancio. También como si volviera de un viaje, las cosas me parecen nuevas y un encanto que nunca descubrí antes, envuelve mi cuarto. Habrá que comenzar nuevamente. ¿Por qué me digo esto? Lo ignoro. Es una manera de decirme algo.

 

El sol llega hasta mi cama, hasta una de mis manos abandonada sobre la colcha. Es un sol débil, blanquecino. Un sol que tiene pena y viene hacia mí para que lo consuele”.

 

 






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 Referencia
José Miguel Varas.  "Margarita Aguirre."  Anaquel Austral. Ed. Virginia Vidal. Santiago : Editorial Poetas Antiimperialistas de América.   22 de Enero de 2005.
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