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Una historia de rebeldía
Golpeado con los huesos de Carlos Quinto

Catastro : Novelas

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Golpeado con los huesos de Carlos Quinto
Virginia Vidal

 

 

Un día, se le ocurrió decirle a José Domingo que se imaginaba a los poetas envueltos en una luz especial. Para su sorpresa, él respondió:

—Mercedes, su madre sí que es poeta. Hemos discutido cuanto nos dijo en la reunión: sobre el derecho a recuperar lo que nunca perdimos. Esto es poesía, esto es soñar sin miedo el máximo sueño. Algún día glosaré sus palabras...

A todo esto, les llegó a la pepa del alma el disparo de Julio Rebosio. Él se regodeó con la violetera, escogió el mejor ramo y partió a la casa de su novia. Obrera, hija de obreros, ella no lo supo entender. Al principio le dio aliento, para desdeñarlo después. Ella quería más: vida tranquila, comodidad, cualquier cosa, menos un compromiso. Ante su puerta, él se pegó un tiro en el corazón.

 

A Mercedes se le había grabado el primer encuentro con Rebosio. Don Saturnino Cáceres llegó a la tertulia con ese hombre consumido y huraño.

 

—Este es el remiso Julio Rebosio, un héroe. Ha tenido el coraje de negarse a hacer el servicio militar. Para mí, es un honor estar junto a un colega que enorgullece al gremio de los tipógrafos. Este es un poeta que nos ayuda a abrir los ojos, pues es el fundador del periódico Verba Roja...

—Mucho gusto. En su casa, no más está. Pasen a la mesa.

—Perdón, doña Marga, yo traje mi botella, porque la sed me mata —dijo don Saturnino

—Yo también —agregó Samuel, un obrero de la fundición Libertad.

—A los diecisiete años ya lo habían condenado a muerte. Una amnistía general lo libró de ser fusilado, pero continuaron persiguiéndolo por subversivo, como dicen.

—¿Por qué se negó al servicio? —preguntó el estucador Marín.

—Por no aprender el uso de las armas contra sus semejantes, por obedecer a su conciencia.

—Si así fuera, nadie haría el servicio, pues.

—Dése a la razón. Julio era un niño de diez años cuando le tocó presenciar la matanza de la Escuela Santa María, allá en Iquique. Vio como aniquilaron a todos los que habían bajado del salitre para hacer la huelga. Mataron a miles. Y los escondieron, los borraron de la prensa y de la historia. Sólo unos poetas se atrevieron a contar esa mortandad. Se comprenderá por qué la conciencia le impidió a Julio hacer el servicio militar. Y, más encima, lo acusan de ser un soldado desertor.

—Claro, ahora entiendo. Es acusación no es justa. Desertor es quien acepta y luego se arrepiente: no es éste su caso —comentó Samuel.

—Miren qué laya de país es éste. Si el hombre no puede ser dueño de su voluntad y de su conciencia para ser dueño de sus actos, entonces no vivimos en una república libre. Ni el servicio militar ni el voto se deben imponer ni decidir por leyes —alegó la amita.

—Del norte trajeron a Rebosio. Amarrado con esposas y grillos. Lo arrinconaron en el hueco de una escalera en el cuartel del Tacna, hasta que llegó a verlo el abogado Vicuña Cifuentes. No había motivo para tenerlo preso, pero lo llevaron para encadenarlo en un barco de guerra...

 

Rebosio, los ojos fijos en el plato, parecía no oír, desmigaba un trozo de pan, la mirada perdida. La amita le dio la preferencia al servirle la sopa más sustanciosa, pero él comía apenas. Luego musitó mirando a su recuerdo:

—Atado de los pies al palo de mesana, colgando, balanceándome como un péndulo sobre el mar ¿Y saben por qué? Por haberme negado a cantar la Canción Nacional. Veinticuatro horas me tuvieron así colgado, por no aceptar humillarme...

 

—Lo han aniquilado a golpes y suplicios. Vean, las manos no le obedecen y ahora, le cuesta la escribidura. Pero con nuestra fe y nuestro cariño lo vamos a sacar adelante —afirmó Cáceres.

—Esta es obra del Capital, pues —acotó Samuel—: a todos nos liquida de una forma u otra. Miren, vean:

Se abrió la camisa y mostró el amplio pecho cubierto de innumerables cicatrices de quemaduras.

—¿Qué le pasó, Samuel?

—Son de la pringue del fundido. Llega un momento en que uno ya no soporta el calor cuando está delante de la boca del horno y se saca cuanto lo pueda proteger...

Cuando Rebosio tosió, le retumbaron los pulmones. Callaron todos. Se puso de pie.

—Silencio, seguro, va a recitar uno de sus poemas...

 

Pero él declamó con voz carrasposa, aunque muy solemne, como si estuviera ante un tribunal:

 

”Me condenan a muerte, pero no quiero piedad. Es la pena que me debéis aplicar: estamos aquí frente a un hombre del futuro y los jueces del pasado.. El espíritu troglodítico quiere ahogar al porvenir. La ordenanza militar me condena a muerte. Es un código español y bárbaro dictado por el emperador. La burguesía moderna no encuentra mejor instrumento para acallar la conciencia proletaria que esas reliquias de la edad oscura. Por eso, el honorable consejo de guerra va a mantener a Julio Rebosio golpeándolo con los huesos de Carlos Quinto...”

Un golpe de tos le sofocó las últimas palabras. Samuel y don Saturnino, enfermos de sed, ya se habían puesto de acuerdo para ir a tomar. Aprovecharon de llevarse al mártir de conciencia…

 

Ahora, les costaba creer su muerte.

 

Don Saturnino lloraba:

—¡No me convenzo! Rebosio recorrió el Perú y la costa del Pacífico hasta México, donde también lo encarcelaron y lo condenaron a muerte. Resistió torturas y castigos espantosos, tuvo tanta fuerza para defender sus ideas y ahora, cuesta creerlo, de propia mano se ha partido su corazón.

 

Miles de trabajadores caminaron tras el ataúd de Julio Rebosio atravesando la ciudad entera antes de llegar al cementerio. En los discursos que duraron hasta entrada la noche, salió a flote todo el dolor de los humillados.

 (Fragmento)






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 Referencia
Virginia Vidal.  "Golpeado con los huesos de Carlos Quinto."  Anaquel Austral. Ed. Virginia Vidal. Santiago : Editorial Poetas Antiimperialistas de América.   16 de Diciembre de 2007.
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