Anaquel Austral 
 
 Actas
 Nacional
 Internacional
 Realidad
 
 Publicaciones
 Ensayos
 Crónicas
 Entrevistas
 
 Memorial
 
 Catastro
 Ensayos
 Novelas
 Cuentos
 Entrevistas
 Micrónicas
 Relaciones
 Biografía
 
 Poesías
 Apuntes
 Poemas
 El Poema
 
 Epistolarios

Página Anterior Página Principal Buscar Archivo Correo del lector
Epistolarios
Secciones
Publicaciones
 
Manoblanca y los pájaros del pavimento, de Yenny Paredes
El terremoto de 1647 destruyó Santiago

Epistolarios

Versión impresora


El terremoto de 1647 destruyó Santiago
Virginia Vidal

Terremoto y el Señor de Mayo

 

 

"Los que andaban por la ciudad no sabían qué hacer, creyendo que el mundo se acababa, porque veían por las aberturas de la tierra salir grandes borbotones de agua negra y un hedor de azufre pésimo que parecía cosa del infierno, los hombres andaban desatinados… "

 

Góngora Marmolejo.

 

Ø                                                

 

“En Santiago, la principal ciudad del reino de Chile, precisamente en el instante en que se producía el gran terremoto de 1647, [...] Inconsciente, sin saber cómo podría salvarse de esta catástrofe, se apresuró a huir lejos de los cascotes y maderos, que por todas partes amenazaban con matarlo, en busca de la puerta más próxima de la ciudad. Todavía aquí se derrumbó una casa, por lo que corrió tratando de evitar los escombros, hacia una calle próxima; más lejos, llamas resplandecientes entre grandes humaredas lamían las cúpulas obligándolo a correr aterrorizado hacia otra calle, pero he aquí que la corriente del río Mapuche (sic) se desborda y lo arrastra hacia otra...

 

Heinrich von Kleist: El terremoto de Chile.

 


 

 

Durmió muy mal, como siempre debatiéndose entre la angustia de la soledad y la necesidad de estar sola. Ya llevaba días enteros sin querer ver a nadie, sin querer hablar con nadie. Por eso se vino de La Ligua, para estar sola, porque de verdad así se siente en Santiago donde nadie depende de ella y sólo aquí puede recorrer las iglesias, cruzar el río, andar por la plaza, ajena a las miradas, indiferente a las murmuraciones.

 

Después del insomnio, la acometió un sueño pesado y despertó con una sensación rara, como si estuviera oliendo un temporal. Una rebujiña interior la inquietaba. Potenciana le añadió a la yerba su hoja de cedrón, un pedazo de hoja de naranjo, unos cuantos mixtos. Se tomó el mate con malicia y cuando se sintió más reforzada, se arregló para salir, mientras la mama le comentaba:

 

—Amita, ¿oíste anoche cantar una gallina? ¡Es muy mala señal!

 

En la calle, notó el aire cargado y la envolvió una corriente seca. A la media mañana de ese trece de mayo de 1647, Catalina estaba reclinada, con la frente contra la rejilla en, la iglesia de San Agustín. En vez rezar, decía para sí:

 

—Voy a cumplir mi deber de cristiana, porque en memoria de Gonzalito, le hice una manda al Cristo de la Agonía, prometiéndole encenderle dos cirios que no dejaría apagarse ni después de mi muerte, y por mi hijo voy a comulgar. Me postro de hinojos ante la celosía de este confesonario impregnado de olor de los cuerpos de la ciudad de Santiago y el cura empieza a confesarme. El cura me da la bendición. No distingo su rostro, pero a cada pregunta siento la tibieza de su aliento en mi oreja. Su boca huele a bacinica y sus regüeldos a ajo y chorizo. Su respiración es pesada, como si tuviera un fuelle atascado en el pecho. Y no se cansa de preguntar y sobre todo quiere saber de entre sábanas: cómo lo hago con mi marido y cuántas veces a la semana. Y qué digo. Y qué me dice…

 

—¿Meditáis, hija mía?

 

En eso, presintió algo. Se alzó y no supo cómo corrió por la nave y salió a la calle y quiso aullar como los perros que empezaban un coro doloroso. Siguió por la calzada teniendo recelo de aproximarse al murallón de adobe y cruzó en diagonal desde la iglesia hacia el poniente, a la otra la esquina donde estaba su casa. Sintió estremecerse la tierra pero nadie parecía advertir el aviso. El cimbreo de la tierra se calmó y sólo lo percibió ella, porque la gente seguía en sus afanes. Catalina se metió en su casa y revisó las murallas por si se habían cuarteado. Cada rajadura del muro o de la tierra la había inquietado siempre, segura de que sus muertos habitaban las grietas. Todo el día sintió esa desazón, pero nadie le dio motivo para descargarla.

 

Vio al gato Judas muy inquieto, como si le faltara tiempo para vérselas con un tropel de ratones. En la caballeriza, las bestias estaban impacientes. Durmió una siesta pesada. Al caer la noche, hacía frío, pero ordenó a Potenciana sacar los braseros de las piezas. Los esclavos estaban nerviosos, porque la veían como buscándoles tachas para lanzárseles encima.

 

Llegó la hora de comer y encontró soso el puchero. De un impulso, apartó el lebrillo colmado de carne y verduras, se levantó, se puso el manto, cogió un fanal encendido y partió a la calle. No hacía tanto, el sereno había anunciado las diez de la noche.

 

Captó un vaivén de la tierra y sintió como si de sus entrañas empezara el remezón y de sus huesos, el crujido y corrió a la calle. Se apagaron los candiles. Alcanzó a advertir como se desplomaban las casas desde los cimientos, pero los adobes estallaban pulverizándose en nubes que dejaron la calle en la noche total. La furia de la tierra era la de un potro salvaje que trataba de zafarse de todos los estorbos. Por instinto, se dirigió a la iglesia.

 

Vio oscilar la torre y caer como tragada por la tierra. Pedruscos caían en los metales del órgano descuartizado, ese precioso órgano de cinco registros, tres fuelles y flautas de catorce palmos de alto, donde el viejito don Pedro Aránguiz Colodio había estado dando sus lecciones de música hasta el fin de sus días. Catalina amaba ese órgano que oía con la seguridad de que le hacía llegar voces cuyos mensajes todavía no podía descifrar, ya no le volvería a hablar ni le escucharía sus claros sonidos. Ella veía esos sonidos transparentes sentados alrededor de una mesa en un gran salón de piedra cantando muy ordenados sin que ninguno se atarantara. Siempre pensó que esos sonidos rezan cantando en la oscuridad porque ellos mismos son la luz. Quiso llorar la muerte del órgano, segura de que ese instrumento tiene más espíritu que la gente.

 

En el templo, no quedaba piedra sobre piedra, sino un amasijo de escombros. Justamente, entre esas ruinas, había permanecido en pie un solo muro donde, enclavado de la mano derecha a un brazo de la cruz, pero indemne, el Santo Cristo mostraba su rostro demacrado, los ojos desorbitados y revueltos de dolor y su infinidad de llagas coloreando de sangre y abriéndose en el marfil de las carnes enjutas. Sintió un ardor de ají en los labios y deseó besar los labios entreabiertos de esas heridas. Con su costumbre de hablar sola, dijo:

 

—¡Bendito sea Dios! No te habéis caído, Cristo Santo, pero quedó en el suelo tu templo que se alzó en la manzana de los solares que otrora les vendieron a los agustinos el hermano de doña Catalina de Riberos, la primera mujer de mi marido, y don Francisco Sáez de Mena y doña Catalina de Mena. Claro, el cuñado de mi marido se llamaba Alonso, como él, y era el hermano de don Francisco de Riberos, casado con Teresa Suárez de Figueroa… No importa, Cristo, yo te haré otro templo mejor. Si vos queréis, mi casa os doy. Vos sabéis que nosotros somos de Vos, Señor, y que los agustinos se ganaron el pan con el sudor de su frente haciendo funcionar el molino que fue de Rodrigo de Araya y acabó en manos de doña Aldonza Guzmán, tan cercano al de mi bisabuelo Bartolomé Flores. Y no sólo molieron la harina, que trigo había de sobra, sino también fabricaron el pan para todos nosotros. Vos sois un perseguido, Cristo mío. Mi abuela me contaba que los franciscanos combatieron tu templo con el agua y el fuego y nadie hacía nada, desviaron una acequia hacia los muros del convento para socavarle la muralla. Todos sabían quienes eran esos encapuchados, pero se hacían los lesos. No se quedaron quietos y volvieron con teas y te incendiaron el templo. Pero les diste fuerza a tus frailes y te alzaron otro templo más bonito. Dime ahora qué fuerza del demonio es ésta que todo te lo tumba… Ay, Cristo mío, Os protegeré y Os arrancaré esa horrible falda de terciopelo, juraría que es invento de los romanos para burlarse de Vos y mostraros como un marica: miren, esos miserables no se conformaron con hacer otomías de tu cuerpo sagrado…

 

Una extraña fascinación mantenía a la Quintrala con el cuerpo tenso y los sentidos alerta, como si presintiera cada nuevo remezón. Aterrados, entierrados, enterrados los habitantes de Santiago, gemían en medio de la calle, hincados de rodillas, mientras algunos asomaban como de las entrañas de la tierra. Entre ruegos de clemencia y ayes se levantaban fantasmas surgidos de los escombros, “denegrados del polvo y macilentos del espanto y la pena”.

 

El terror y el remordimiento los arropaba. Se hurgaban las conciencias para intentar comprender qué atroz pecado habían cometido para causar la ira de Dios y no faltaban quienes culpaban del sismo a los esclavos, porque mucho se había rumorado en esos días que tramaban una conspiración contra sus amos.

 

—¡Acabo de mundo! —gritaban los infelices golpeando sus pechos.

 

Una fuerza ciega la impelía a sortear escombros y avanzar comprobando los estragos. Y Catalina que siempre había querido entrar invisible y furtiva a diversas casas, caídas ahora murallas y tapias, veía a la intemperie los interiores sin gracia ni elegancia, envueltos de sordidez y miseria.

 

Despavoridos, iban avanzando hasta la Plaza Mayor, tomados de la mano caballeros y esclavos, señoras y chinas, oficiales y pajes, como si pudieran hallar junto a los otros desdichados una miaja de resignación. Allí, el obispo Gaspar de Villarroel, aunque herido en la cabeza, exhausto y cubierto de la ropa mínima para defender el pudor, procuraba calmar a los desesperados que se congregaron, mientras alzaba el crucifijo de todos conocido.

 

Un agustino de manos privilegiadas, fray Pedro de Figueroa había esculpido en terco espino al crucificado ingenuo que de ahí en adelante se llamaría Señor de Mayo. Para sorpresa de todos, la corona de espinas de Cristo había resbalado por su cabeza quedándole como collar y nadie pudo alzarla: ¡si se había encogido! Entonces alguien sugirió traer un cincel para partirla en pedazos. Pero se alzó la voz del obispo Villarroel: “Este es un designio superior que se nos escapa, y así quedará Cristo con la corona al cuello”. De inmediato, la sagrada imagen se convirtió en lábaro de los santiaguinos que tras él avanzaban en procesión rezando y emitiendo los clamores que les permitían las gargantas apretadas.

 

Catalina de los Ríos siguió en pos del Cristo con una sola idea metida en la cabeza: cobijarlo en su casa. ¿Qué casa? Si toda la ciudad y todas sus casas y templos no eran sino un montón de ruinas. Después de la procesión, todos se quedaron en la Plaza Mayor. En torno al obispo se apretujaban dispuestos a oír su prédica hasta el fin de los tiempos.

 

Sucesivos remezones agarrotaban los músculos y apocaban el ánima. Ocho veces se remeció la tierra durante esa noche. Los vivientes estaban decididos a permanecer juntos a la espera del inminente juicio final, pero al alba Catalina regresó a su esquina sorteando escombros.

 

Allí imploraban sus esclavos golpeándose los pechos y pidiendo perdón por sus pecados. Gimientes, no vacilaron en cumplir sus órdenes y poner alma y vida en descombrar. Sintió admiración cuando comprobó que todo el sótano de ladrillos unidos por una mezcla amasada con huevos crudos se hallaba intacto. Ahí estaba su recámara y el oratorio que usaba a modo de despensa. Si se alzaban murallas y se reponían vigas, su casa volvería a ser la misma o mejor, aún. Mandaría a buscar más esclavos de la Ligua para que trabajaran sin descanso.

 

—Están a buen resguardo la sal, el azúcar, mis redomas de mixtelas de las monjas agustinas, y un barrilillo de aguardiente y el arcón de los panes, todo íntegro. ¡Serapio Afilado vas a vigilar para que nadie ose aproximarse! ¡Y ustedes, a despejar el patio y encender fogatas donde pondrán a hervir calderos de agua, uno para beber y otro para armar una sopa! Potenciana, deja de llorar por tus gallinas aplastadas y desplúmalas ¡y a la olla! Que las esclavas piquen perejil, cebollas, ajos, puerros, lo que haya. Y esta sopa no se puede acabar, porque debe saciar a los friolentos y hambreados propios y ajenos!

 

Fue verdad lo que aseveró don Gaspar de Villarroel sobre la caridad de la gente de esta tierra: a nadie se le negaba hospitalidad, menos en la hora de la desgracia.

 

Luego que la Quintrala dio las instrucciones del caso, cogió su cuchillo verijero muy afilado y puntiagudo, con mango de cola de quirquincho, lo metió en la estrecha vaina de cuero y lo escondió bajo su cintura. Se envolvió en el manto y sin compañía de nadie, salió a vagar entre las ruinas. En el medio de la calzada, chapoteando en el desagüe, sólo entreveía las ruinas del templo de San Agustín, Tropezó con algo: el frontis en el suelo, aplastaba el cuerpo de una mendiga con un chiquillo que en la mañana anterior se había arrodillado a besarle la orla del vestido. Acercó el fanal: sobresalían las venas azules en ese rostro color berenjena, atroz máscara de sufrimiento.

 

Ella no se arredraba y proseguía su caminata, con ese andar arrastrado que los obligaba a voltearse a los hombres, buscando una huella en los borrados callejones que ahora contenían los desplomados cercos y murallones de barro. Muy atrás, la seguía como sombra desbaratada el bufón Rey de Guinea, con corona y cetro, con los oídos puestos en el canto de la seda de las polleras de su ama para seguirle el rastro guiándose en la oscuridad.

 

Tumbado el bello templo de la Merced, los curas trataban de recuperar los elementos sagrados. Más de algún desesperado que no atinaba a moverse en medio de lo que fue su casa, vio marchar a la tapada que se equilibraba con ayuda de su bastón y avanzaba muy leve sobre la ciudad rota. En medio de un crepúsculo de rara luminosidad, recorría el caos sorteando escombros con instinto de gato, sin tropezar. Se dirigió a la Cañada.

 

—No vaya a ser que alguien me ande persiguiendo— murmuraba golpeando imaginarios fantasmas con su bastón de chonta.

 

Aún el fulgor atenuaba la penumbra cuando la tapada se acercó al monasterio de Santa Clara. A sus monjas mucho más pobres que las agustinas, se les cayó la iglesia y el techo, quedando en una laguna, porque la casa se llovía toda. Pero era tanta la fe y devoción al hábito y al deber que estas religiosas se negaron a salir de su convento y a regresar donde sus padres y familiares. Fue tan férrea esta decisión que el obispo Villarroel las alabó y resolvió que aún en su aprieto guardasen su encerramiento.

 

Al frente de este monasterio, al otro lado de la Cañada, junto a la ermita del Socorro que por milagro permaneció indemne, sin más daño que el de su torre derrumbada sobre el coro, el Hospital de San Juan de Dios estaba en el suelo. Los franciscanos apuntalaban las vigas de algunas salas y armaban otro galpón. Daban gracias a Dios de que no hubiera sufrido mayores daños la sala donde estaban los inmensos mesones con gavetas y cubierta de mármol, destinados a guardar las medicinas que, justo cuando más se necesitaban con tanto herido y quemado, estaban escaseando.

 

El cerro Santa Lucía se había desmoronado en todo su entorno soltando peñascos y piedras que rodaban causando nuevos desastres y cegando las carreras de agua. Había que acarrearla desde el río. Se abría la tierra arrojando aguas negras y aguas sulfúreas. Las acequias estaban cegadas y no había ni gota de agua para beber.

 

Desanduvo escombros. El templo de Santo Domingo estaba en el suelo y por aquí se veía una cabeza abierta; más allá, una pierna segada, acullá, unas manos elevándose desde la misma tierra.

 

De la Iglesia Mayor, de sus espléndidas tres naves de piedra blanca, sólo quedaban los muros en pie, pero se habían hundido el techo y la torre aplastando el órgano. Sintió la garganta apretada: otro órgano despedazado. No pudo remontar los escombros y descubrió con angustia que entremedio yacería roto su cuadro predilecto: la Última Cena, donde un gato negro, igual al suyo, parecía que estuviera empujando a Judas, cuyo nombre le dio a su animal regalón.

 

De las ruinas salían nubes de murciélagos desatinados, chocaban unas con otras las polillas, corrían los ratones, merodeaban los perros ahítos, zumbaban las moscas gordas reverberando su repugnante tornasol.

 

—¿Se salvaría mi gato?

 

Era fácil darse cuenta de que la ciudad había sufrido otra irreparable pérdida: en la Calle Real, la Botica de los Jesuitas estaba hecha polvo con todo lo que contenía. Junto con el Colegio Máximo de San Miguel y su biblioteca, había desaparecido la mejor botica del reino, tan bien provista, tan aseada, con todo su buen aparejo de todos los instrumentos para la confección de los medicamentos.

 

Los desolados curas removían los escombros y apenas lograban rescatar muy abollados o aplastados por completo algunos matraces de estaño y de peltre, medidas de plata y alambiques de cobre. Perdidos unos muy preciosos cristales de Bohemia y de España, con sus redomas y limetas y botes de porcelana, con todos sus componentes de la mejor calidad traídos del viejo mundo, como también los más probados de este suelo. Apenas si hallaron enteros unos pocos vasos de drogas y útiles de bronce, hierro, cobre y latón. Donde no había ruinas, un incendio consumía el maderamen y las llamas daban una relumbre que esparcía extraña belleza develando la inacabable devastación de la ciudad.

 

—Quisiera seguir recorriendo las ruinas, pero los pies ya me dan más y está cayendo una neblina cerrada.

 

Sudorosa, se quitó el manto, soltó su mata de pelo rizado y siguió encaramándose en piedras, vigas y adoquines hasta hallarse en la Plaza Mayor. En un improvisado altar, no tan lejos del rollo donde se ahorcaba, se desgobernaba a esclavos indios y se capaba a esclavos africanos, unos hachones lanzaban movedizo fulgor a la faz de ese Cristo ingenuo que con su dolor atroz la hizo sentirse más allá del miedo, del estremecimiento y de la angustia. Se puso de hinojos y clamó:

 

—Oh, Cristo, ya sabéis que así como mi marido y yo fundamos y proveímos tu Capellanía y dimos cumplimiento al deseo de mi padre, don Gonzalo, todos mis esclavos, indios, negros y mulatos, son de la Cofradía de la Chiquinquirá. Te prometo mandarlos de ahora en adelante a rendirte homenaje a ti y a tu Santa Madre, a llevar las andas en la procesión y a estar en todas las penitencias de Semana Santa. Y les ordenaré confesarse y comulgar, porque si Vos habéis permitido esta calamidad, por algo será y no pensaré más que en las bocas de ésos se va a desperdiciar el Pan de los Ángeles. Y tendrán que ir de rodillas detrás del estandarte azul y amarillo. Y si algo le pasó al estandarte, yo, Señor, prometo mandarte a hacer uno mejor, todavía…

 

En medio de tanto clamor, oración y descalabro, el yanacona Bonifacio Canastas, con la cabeza rota, lanzó un quejido:

 

—Amita, ya no aguanto más, la he buscado tanto…

 

Se apoyó en su brazo y se dejó llevar hasta el sótano donde la mama Potenciana tenía el brasero encendido y calentaba un bebedizo de aguardiente, miel y especias.

 

Potenciana tomó un puñado de sal y la aplicó a la cabeza de Bonifacio para que estancara la sangre y lo mandó de inmediato a buscar el lavatorio y el agua caliente. Catalina tiritaba y daba diente con diente en un estado lunático, musitando:

 

—El Cristo, el Cristo… La noche, la noche… ¿Dónde está Judas?

 

No se había percatado de que sobre el lecho carmesí, relucía como joya su gato negro.

 

Potenciana le limpiaba con un paño húmedo la cara empolvada. Llegó Serapio Afilado cumpliendo el encargo. En ese lavatorio echó más sal y el agua y metió su codo para calcular la temperatura y con amoroso cuidado se dispuso a lavarle los pies a su ama, luego se los sobó como a ella le gustaba, con un poco de aceite alcanforado. Enseguida, la mama le dio en la espalda unas friegas de vinagre de alhucema, le hizo beber el brebaje ya preparado y Catalina cayó en un sopor espeso desvariando con terremotos, pestes e inundaciones.

 

Al terremoto y los consiguientes temblores, sucedió el aguacero. Un temporal tras otro, tornaba los restos de calles en ríos caudalosos y cuando se había intentado construir, se desbarataba para convertirse en lodo. La gente se guarecía entre las ruinas como podía de las cortinas de agua y cuando escampaba, los esclavos y sirvientes corrían al río a robarle arena y meterla en costales para los que se usaba cuanta tela resistente se podía merecer, a fin de contener las aguas de los sucesivos temporales.

 

La Quintrala sentía que la lluvia la invitaba a salir, así que en cuanto amainó, desdeñó las medias bordadas, se puso unas de lana y calzó unos chanclos de madera; cogió su bastón de chonta y partió equilibrándose por las piedras y tratando de no hundirse en el barrial.

 

El día de nubes cerradas había borrado la cordillera. El hielo cortaba los labios. Sólo se veían ruinas, casas a medio hacer y oscuros montones humanos humeantes agazapados y otros en procura de mantener una raquítica fogata o intentando avivar un brasero con un soplador de totora.

 

 Equilibrándose en su bastón, la Quintrala saltaba los charcos cuando empezó a caer la nieve. La silenciosa cubría todas las miserias con su capa blanca. Encantada, alzó la cabeza y abrió la boca para comulgar los copos que saboreara por primera vez. Sintió que esta nieve nueva la había conocido en otra vida y se acordó de un cuento de lobos azules de su abuelo. Las altas montañas le parecieron castillos casi próximo: ¡ese era su paisaje! Se inclinó para coger aquella suavidad fría y desleírla en su cara. No contuvo las ganas de cantar y bailar. Pronto, la ciudad derrumbada estuvo cubierta de esa sábana que parecía taparle todas las vergüenzas y miserias y la Quintrala cual castellana de leyenda, avanzaba por esa blancura como una antorcha, suelta su roja mata de pelo.

 

Y la nieve siguió cayendo sin tregua por tres días seguidos como pretendiendo esconder tanta calamidad.

 

El gran galpón que improvisaron los agustinos como lugar de oración y albergue para los más desamparados, sobre todo, para la gran cantidad de heridos, pronto comenzó a extenderse hacia la Cañada de San Lázaro, mirando hacia la ermita del Socorro. Allí fue colgado el Cristo de la Agonía, ahora llamado Señor de Mayo, y en unos tablones sobre caballetes se depositaron los objetos de culto que fue posible salvar. El Cristo recibía las quejas de los desdichados heridos y quebrados que no perecieron bajo las ruinas.

 

Los más felices eran los limosneros, porque soldados lisiados, naturales desgobernados, salteadores embozados, mujeres de mala vida, viudas mendicantes y cuanto vago abandonado de la mano de Dios solía tocar de puerta en puerta solicitando caridad, ahora hallaban algo que hacer entre tanto descalabro, presintiendo que no les faltaría la sopa. Los muchachos eran llamados a descombrar; las viejas cuidaban de los niños huérfanos que gritaban enloquecidos porque sus madres habían muerto aplastadas. A medida que escarbaban, aparecían los muertos que iban siendo apilados y luego mecidos entre dos para lanzarlos a una carreta. Luego serían conducidos a la inmensa fosa que se estaba cavando en el barrio La Chimba, al norte del río. Para ese tránsito no daba abasto el puente de madera que el año anterior había construido un carpintero.

 

Para curar las llagas y quebraduras de tanto desgraciado sin reparo ni consuelo, fue preciso recurrir a la sabiduría de los machis que acudían con fardos de canelo, cachanlagua, llantén, paico, matico y otras hierbas. En las fogatas hervían unos calderos de pociones diversas y en otros, las hilas y trapos para aplicar compresas y cataplasmas a tanto contuso, pasmado y tronchado que gemía a grito y llaga viva. Alguna vieja de buena voluntad pasaba la misma esponja empapada en enjundia humana sobre las heridas de todos los dolientes tendidos en hileras.

 

Y eso no fue nada, porque después vino la viruela y se llevó a dos mil… No había cómo cuidarlos. Era para llorar eso de tener nada más el hospital San Juan de Dios con sus veintiuna camas… Se hicieron pocas las iglesias para los entierros. Rechinaban trágicos los ejes del carretón de los muertos que recorría la ciudad y llevaba su carga para depositarla en las huesas al norte del río.

 

Las recuas de las famosas mulas de la Quintrala iban y venían de La Ligua a Santiago, de Santiago a La Ligua cargando materiales y víveres. Con todo el cielo como enemigo, la descalabrada ciudad se fue levantando de sus ruinas. Toda Santiago del Nuevo Extremo era una fábrica de adobes, una carpintería, una cantera. Faltaban alarifes y maestros de obra para refundarla. Partían cuadrillas de peones a cortar árboles en las faldas cordilleranas. Ardían las quemas de ladrillos y tejas, faltaban manos para amasar arcilla y cocer botijos, cancos, peroles y cántaros. Esclavos por doquier separaban vigas, maderos y tejas que pudieran ser usados o danzaban su zamba interminable amasando el barro y la paja para construir adobes. Los mimbreros tejían capachos. Los herreros forjaban, los carpinteros aserraban y corrían los chiquillos a amontonar viruta y a recoger sobras de madera para alimentar las fogatas. Eran pocos los mamposteros y no daban abasto, por desgracia, así que en vez de usar la piedra noble, se repitió el deleznable adobe.

 

Renacía la ciudad, vigilada en cada punta por iglesias, conventos, beaterios. La casa de Catalina lucía un nuevo zaguán de no menos nueve varas de ancho con un portón de ciprés claveteado de bronce; además mandó cubrir la vereda de anchos tablones bien ensamblados. Había hecho alzar su sótano con sólido envigado y aumentado los tragaluces que daban a un patiecito de luz, reino privilegiado de Judas, el gato mirón. En una muralla de su recámara hizo colocar una puerta falsa disimulada con un oscuro cuadro de un santo atormentado. Tras la puerta, se hallaba la estancia, separada de la despensa, donde hizo instalar la mitad de un bien enzunchado tonel de coigüe que usaba para sus baños.

 

Mandó plantar en el segundo patio un naranjo, un limonero, un granado, romero, alhucema, rosas y muchas flores traídas de La Ligua. Remozó su tercer patio con una vasta cocina, un mesón de roble y un poyo con parrilla de fierro para las ollas, alacenas y las bateas para amasar el pan que se cocía en el rescoldo. A la salida de la cocina, sobre un tronco, se instaló la piedra de moler y después daría gusto ver brotar en torno al tronco los almácigos de ají y tomates.

 

Hizo colmar unos costales con arena seca y apilarlos donde no estorbaran, en previsión de algún desborde del río. Al fondo de la casa, ordenó cavar un hoyo cubierto con unas vigas y una caja de madera a modo de retrete, que la servidumbre llamaba el lugar. Encargó a uno de los alfareros de La Chimba sendos cancos de greda, uno para colocar en su patio chico, destinado a recoger el agua lluvia para sus baños, otro para vaciar las bacinicas; el inmundo acopio era vertido periódicamente en un pudridero del huerto donde crecían libres los árboles frutales y Potenciana criaba sus verduras y hierbas de olor. Una acequia al fondo permitía regar las plantas y tener agua a mano, aunque la Quintrala prefería la que mandaba a buscar a Tobalaba, de la Quebrada de Rabón, porque era más limpia, y ya se hablaba de traer esa agua para todos los habitantes de Santiago y de instalar una pila en la Plaza Mayor. La sola idea provocaba arduas discusiones. Si la plaza ya era el centro de escándalos por estar al lado de la Iglesia Mayor y ser escenario de fiestas profanas y corridas de toros ¿qué acontecería cuando llegaran todos a proveerse del agua?

 

En tanto, las acequias iban armando una red que regaba las huertas, pero el agua era motivo constante de reclamaciones y todo el mundo decía que los obrajes mineros estaban envenenando el Mapocho y muchos eran los lamentos porque los abundantes peces que criaba el mismo río corrían panza arriba, envenenados, sobre sus espumas. Y cada día crecían las quejas por la muy nociva y experimentada malignidad de las aguas del río de esta ciudad que les provocaba bascas y dolores de barriga a los más de sus habitantes y quemaba las hortalizas.

 

Cuando tuvo la casa en orden, acudió donde el obispo Villarroel y se la ofreció para dar posada al Señor de la Agonía. El agustino le agradeció tan generosa oferta de hospitalidad, pero le dijo que en la vida, por ningún motivo, el Santo Cristo abandonaría su templo. Como en la ciudad de Santiago ni los terremotos apagan el chismorreo, se corrió la bola de que la Quintrala había conseguido darle posada para lanzarlo después a la calle como a mal inquilino. Una sobajeada leyenda la muestra injuriándolo porque la miró feo: pero, si se permite la expresión, el Señor de Mayo nunca pisó la casa ni jamás traspuso el umbral de la más soberbia vecina de la ciudad.

 

    

(De la novela  ORO, VENENO, PUÑAL. Brosquil Ediciones, 2002, Valencia, España)

 






Subir
 Referencia
Virginia Vidal.  "El terremoto de 1647 destruyó Santiago."  Anaquel Austral. Ed. Virginia Vidal. Santiago : Editorial Poetas Antiimperialistas de América.   14 de Marzo de 2010.
 <   >
© Derechos Reservados