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Ensayos
Crepúsculos de Maruri
By Virginia Vidal
9 de Octubre de 2014, 09:11


La Estación Mapocho, un hito en la ciudad y actual núcleo cultural, se extiende a la vera del río Mapocho y queda a cuatro cuadras de la Plaza de Armas, donde los conquistadores afirmaron haber fundado la ciudad, en circunstancias que era un importante enclave urbano incaico atravesado de norte a sur por el Camino del Inca o Qhapaq Ñan que pasaba por el cordón de Chacabuco hacia lo que hoy es avenida Independencia y cruzando hacia el sur, al pucará de Chena

Al otro lado del río Mapocho, en Las Hornillas, en la calle Maruri N° 513 estuvo la pensión que fue la primera residencia del estudiante venido de Temuco, Neftalí Reyes Basoalto. El joven llegó a la capital cuando tenía apenas dieciséis años, luego de haber decidido ser él mismo y desgajarse de la férula y el árbol paterno abandonando definitivamente su hogar, al que volvería sólo de visita. Llegó a Santiago y no tardó en “hallarse”, en sentirse a sus anchas, seguro. Allí nació “Crepusculario”. Este título derivó de los crepúsculos que bañaban de luz la ciudad de Santiago y que él contemplaba admirado: “Escribía dos, tres, cuatro, cinco poemas al día. En las tardes, al ponerse el sol, frente al balcón se desarrollaba un espectáculo diario que yo no me perdía por nada del mundo. Era la puesta del sol con grandiosos hacinamientos de colores, con repartos de luz, abanicos inmensos de anaranjado y escarlata”.

Cantará como pocos a la ciudad que hizo suya, sin descuidar sus defectos. Ese canto comienza en “Crepusculario” (publicado en 1923, pero iniciado en 1919; se puede advertir que usa sólo el signo final de interrogación):

“Dios – de dónde sacaste para encender el /cielo / Este maravilloso crepúsculo de cobre?” / (“Dame la maga fiesta”).

Pero su más notable retrato de la ciudad de entonces, no tan diversa de la actual permanece en el poema “Barrio sin luz”. Cuando no está encendido el crepúsculo lo invade la melancolía y se afea el mundo, entonces, para él las ciudades son: “hollines y venganzas”: “la cochinada gris de los suburbios,/ la oficina que encorva las espaldas, /el jefe de ojos turbios./ […] /Un río abraza el arrabal como una /Mano helada que tienta en las tinieblas / Sobre sus aguas /Se avergüenzan de verse las estrellas”.

Dedica “Crepusculario” en su segunda edición (1926) “A Juan Gandulfo este libro de otro tiempo”. Juan Gandulfo es el dirigente estudiantil anarquista, secretario de la IWW (Federación de Trabajadores Industriales del Mundo), a la cual perteneció también el poeta José Domingo Gómez Rojas, torturado y muerto en la cárcel de Santiago.

Para ganarse la vida, Neruda comenzó a hacer clases en un liceo nocturno y a colaborar en la revista del la FECh Claridad N° 39, pero el primer número de dicho medio había aparecido inmediatamente después de la muerte de José Domingo Gómez Rojas. En la dirección de Claridad el poeta encuentra a Alberto Rojas Giménez (1900-1934), quien sería uno de sus entrañables amigos.

Al lado de Las Hornillas, en La Chimba, Recoleta, vivió el pintor Juan Francisco González. Su hijo mayor —cuyo nombre era el mismo de su padre— usó el seudónimo Huelén. Él hizo el retrato de Neruda que ilustró la primera edición de “Crepusculario” (Editorial Claridad de Santiago de Chile); el libro lleva a más de ese retrato, un dibujo de Barak que ilustra el poema “El castillo maldito”, un grabado de Peltier y un dibujo de Pedro Prado. Pedro Prado fundó con Juan Francisco González el grupo cultural de Los Diez, a pocos meses de fundado el Dadá en Zürich. Hay grandes afinidades entre ambos grupos, pese a que los chilenos todavía ignoraban qué era Dadá y su influencia.

Como todo estudiante de todos los tiempos, Neruda supo del hambre. Esas privaciones se resarcían a fines de mes cuando recibía el pago de sus colaboraciones o de sus clases como profesor de un liceo nocturno. Entonces acudía con sus amigos a las proximidades de la Estación Mapocho donde están los centros de las nutriciones terrestres: el Mercado Central y la Vega. Se reunían en los restaurantes populares de la calle Bandera y allí armaban la fiesta.

Asumir la ciudad y fundarse

La ciudad no fue para él un caos ni un laberinto, no le tendió trampas, ni lo extravió. Él la gozó, la poseyó sin miedo. Su tristeza no derivó de la ciudad, sino de sus raíces. La soledad lo empujaba a lamentarse mostrando todo su abatimiento: “Tengo miedo. La tarde es gris y la tristeza / del cielo se abre como una boca de muerto / […] /Se muere el universo de una calma agonía / Sin la fiesta del sol o el crepúsculo verde…”

Al asumir la ciudad se centró y concentró en ella, y al posesionarse de ella, se transformó en un ser político, en un animal humano viviente en la polis. La polis es la ciudad, el estado, la sociedad, la comunidad, y ser político es preocuparse moralmente de la organización, de la marcha, del funcionamiento de la comunidad y físicamente de la ciudad y su pequeño territorio. A partir de esta posesión, la condición de hombre público de Neruda es inherente a su cotidianeidad y a la comunicación por arte de la palabra con otros seres pensantes. Además, el poeta encontró en la ciudad el espacio de la amistad y el amor, el escenario de la fiesta, del ágape. La ciudad es la grey, la congregación, el gremio, la posibilidad de asociación, la confraternidad nunca degradada por carencia de dinero.

En relación con esa hambre y pobreza eternas de la juventud, Neruda demuestra poseer muy sólidos valores inculcados por el hogar paterno y una conducta moral muy bien asentada en la dignidad de las familias donde se vive del trabajo: no juega: no hay caballos ni garlitos ni naipes que lo seduzcan. Su bohemia es la de un trabajador.

Generoso con los amigos

También la ciudad le va a proporcionar sus amigos, su verdadera familia, al punto que la muerte de ellos le causará profundo duelo y realizará ritos ancestrales como encender por ellos velas en un templo o grabar sus nombres en las vigas de su bar. En asambleas y discusiones, en tertulias nocturnas interminables, Neruda disfruta el espacio de libertad para el diálogo, práctica que permite expresar los diversos puntos de vista en torno a la creación literaria y a los sucesos de la vida nacional. La ciudad es su mejor taller literario.

De Maruri parte a Echaurren N° 330, en el barrio República. Es la segunda pensión donde habitó y dibujó la calle, indicando con una flecha la puerta de su casa y también señalando la “Dulcería”. Allí va a escribir “Veinte poemas de amor” que aparece en junio de 1924 (Editorial Nascimento), sin duda, el conjunto de poesía erótica más leído de la lengua castellana y el que le dará mayor fama y que alcanzará a editarse en dos millones de ejemplares hacia 1972 (se conmemoró la publicación del primer millón en 1961). En este libro intenso siguen presentes la ciudad y sus crepúsculos, compartidos con la mujer amada.

Pedro Prado fue el primero y más influyente amigo en la vida urbana de Pablo Neruda. De él hará una formidable semblanza en “Mariano Latorre, Pedro Prado y mi propia sombra” (Anales de la Universidad de Chile, N° 157, 160 enero diciembre de 1971). Luego de expresar su cálida admiración por el poeta pintor y arquitecto, dice: “Prado fue el primer chileno en que vi el trabajo del conocimiento sin el pudor provinciano a que yo estaba acostumbrado”. Mientras evoca la compleja riqueza del fundador de Los Diez y de las relaciones entre ambos establecidas, sintetiza con profundidad su estado anímico de joven casi, niño, que emprende muy solo la gran aventura en una ciudad desconocida: “Yo llegaba de la lluvia sureña y de la monosilábica relación de las tierras frías. En ese tácito aprendizaje a que se había conformado mi adolescencia, la conversación de Prado, la gozosa madurez de su infinita comprensión de la naturaleza, su perenne divagación filosófica, me hizo comprender las posibilidades de asociación o sociedad, la comunicación expresiva de la inteligencia”.

Muy temprano esa prístina admiración por Pedro Prado palpita en sus cartas a Carlos Sabat Ercasty. En la primera, del 13 de mayo de 1923, le anuncia “Mi libro “Crepusculario” saldrá en veinte días más” y le pregunta:

“Conoce Ud. a Pedro Prado? Es el más alto y el único artista de mi raza”.

Es generoso y gusta de divulgar las obras de sus amigos. En la segunda carta escribe: “En estos días voy a mandarle un libro muy raro: “Los gemidos” por Pablo de Rokha. Es un libro único, que hay que mirar con otros ojos. Tengo curiosidad de saber su opinión sobre él.” Además, le informa: “Hice que González Vera, novelistas de los más nuevos, le mandara sus “Vidas Mínimas” y le pide: “Mándeme los libros para Pedro Prado, el mayor poeta de esta tierra”.

La condición de ciudadano implica una identidad y, el muchacho provinciano ya se ha bautizado como Pablo Neruda: se ha puesto un nombre elegido por él mismo, no impuesto por otros. Su explicación es simple: quería publicar sus poemas con un pseudónimo para no exaltar las iras de su padre. Pero como no hay acto gratuito, en éste podemos apreciar que, sin haberlo leído, sin saber de quien se trata, escoge el apellido de un poeta de una antigua y perfecta ciudad, un poeta con estatua y todo. Este nombre no sólo le evitará azotes (don José del Carmen Reyes cree firmemente que la letra con sangre entra, pero no sabe que la voluntad poética no se saca a golpes) sino también terminará por ser el suyo propio y legítimo, según decreto del 28 de diciembre de 1946 (por coincidencia, el 28 de diciembre es el Día del Escritor en Chile y lo conmemora todos los años la Sociedad de Escritores de Chile). A partir de ahí, se llama, por ley, Pablo Neruda: hijo de sí mismo y de su obra.

Cuando esté muy cerca de la muerte, aludirá a su nombre de origen aun a los ancestros mapuches: “Yo me llamaba Reyes, Catrileo, / Arellano, Rodríguez, he olvidado / Mis nombres verdaderos./ […] /Yo no nací sino que me fundaron: / Me pusieron todos los nombres a la vez, / Todos los apellidos: / Me llamé matorral, luego ciruelo, / Alerce y luego trigo, / Por eso soy tanto y tan poco, / Tan multitud y tan desamparado, /Porque vengo de abajo, de la tierra”.
(El mar y las campanas, 1973)
No olvidará nunca la primera pensión en que vivió, donde escribió su primera obra, donde inició su vida independiente:
“Abro mi libro. Escribo creyéndome en el hueco de una mina, de un húmedo socavón abandonado. Sé que ahora no hay nadie, en la casa, en la calle, en la ciudad amarga. Soy prisionero con la puerta abierta, con el mundo abierto, soy estudiante triste perdido en el crepúsculo.” (La Pensión de Calle Maruri, Memorial de Isla Negra, 1964)

Más allá del nombre, el poeta se siente fundado y fundido con la naturaleza y con la multitud. Tal fundación y fusión le permite ser todos y pertenecer a todos. Venir “de abajo, de la tierra” no sólo es reconocer la materia de que está constituido, sino también su procedencia humilde que lo hermana con todos los desamparados.


Revista Punto Final N° 814. 03.10.2014.


  Publicado: 9 de Octubre de 2014, 09:11 Subir © Copyright 2005 - Anaquel Austral