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Catastro : Ensayos

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Chávez, Escámez, Venturelli: Memoria Grabada
Virginia Vidal


Los foros organizados por la Fundación José Venturelli: Chávez, Escámez, Venturelli: Memoria Grabada en el Centro Cultural Gabriela Mistral GAM, junto con la exposición colectiva con Malva Castillo Venturelli a cargo de la coordinación y producción de proyectos y Christian Leyssen Silva, curador, constituyen un legítimo reconocimiento a tres artistas que enriquecieron en alto grado nuestras artes. Estará abierta hasta el 14 de diciembre.

Eduardo Martínez Bonati, asesor artístico, coordinó la realización de treinta y tres obras de arte exclusivas para el edificio de la UNCTAD III, construido por el equipo encabezado por Sergio González con José Covacevic, Hugo Gaggero, José Medina, Juan Echenique. Hoy, en su zócalo se puede ver el mural Chile, de Venturelli, que se conservó indemne después del golpe de Estado de 1973, aunque otras obras fueron destruidas o desaparecidas durante la dictadura. Cuando se reinauguró en diciembre de 2010; solo once obras fueron recobradas. En una bodega se halló arrumbado el mural de Santos Chávez consistente en un taco xilográfico o matriz en madera tallada (1,90 m por 2,50 m) cuya riqueza de texturas se puede apreciar en esta muestra.
Estos tres artistas se yerguen en un período inseparable de la Ley Maldita, como llamó el pueblo a la“Ley de Defensa Permanente de la Democracia”, promulgada el 3 de septiembre de 1948 en plena guerra fría.

Venturelli nació en Santiago el año 1924. Muy joven, venciendo la enfermedad que parecía incurable en aquel tiempo, iluminó la segunda mitad del siglo XX. Con motivo de la matanza de la plaza Bulnes, 1946, cuando fueron masacrados seis obreros, entre ellos la joven Ramona Parra, publicó su álbum 28 de enero. Este trabajo artístico de admirable factura expresa sufrimiento, lucha y sacrificio del pueblo tanto como grandes sueños y esperanzas.
Entre 1951 y 1952 Neruda le encargó a Venturelli editar el Canto General aquí en Chile —ya había sido publicado en México con ilustraciones de David Alfaro Siqueiros y Diego Rivera—. El pintor asumió la asombrosa empresa: además de ilustrarla, se encargó de la diagramación y formato de la edición clandestina. Llevaba un pie de imprenta falso: Imprenta Juárez, México, DF. Se publicaron cinco mil ejemplares de 468 páginas y formato grande: 27 por 19 centímetros para lo cual se usaron alrededor de cuatro toneladas de papel. Uno de los grabados del Canto General es “El Vengador” donde un jinete alza una horqueta tridente. Este mismo jinete se puede apreciar en el mural de la Librería Universitaria.

En la R.P. China José Venturelli fue el verdadero embajador de los latinoamericanos. Cuando nos invitó a su casa en Pekín con su mujer Delia Baraona y su hijita Paz, pudimos admirar sus delicadas obras en papel de arroz y tinta china; tenía por maestro al anciano Chi Pai Shi, un genio de la pintura china. En ese mismo tiempo, asistimos a la gran muestra que Julio Escámez expuso Pekín.

La pintora ecuatoriana Pilar Bustos —hace poco expuso en Chile— estuvo con Venturelli en los años sesenta cuando él colaboró en el Consejo Cultural de Cuba, organizó un taller de gráfica experimental y asumió el proyecto del mural para el Ministerio de Industrias. Cuando se fue de Cuba, les dejó absolutamente todo el material que poseía para que siguieran trabajando: “Venturelli estuvo en Cuba y yo utilicé sus materiales que me los entregó Maco Gutiérrez para hacer mi mural en Ciudad Sandino”, me dijo Pilar.
En diversos museos del mundo se hallan sus dibujos, xilografías, acuarelas, litografías, serigrafías, escenografías, murales, aun vitrales —como los del templo de la Madeleine, Ginebra, Suiza—, muestras de sufecundo trabajo artístico. Venturelli murió en Pekín, 1988, cuando se aprestaba para retornar a Chile.

Julio Escámez

Nacido el 15 de noviembre de 1925 en Antihuala, provincia de Arauco, se destacó en plena juventud por su aporte a la muralística nacional en una zona donde maestros mexicanos como Siqueiros y González Camarena dejaron su huella. Colaboró con Gregorio de la Fuente en el mural de la Estación de Ferrocarriles de Concepción (1941). Son famosos sus murales la Historia de Lota y el de la la Farmacia Maluje: Historia de la Medicina.

Como periodista en el Tren de la Cultura —la primera actividad cultural organizada por el presidente Allende al asumir el mando—, fui con Alfonso Alcalde a ver a Julio Escámez. Pintaba con la técnica del fresco el mural titulado Principio y Fin en la Municipalidad de Chillán. Se entregó a su mural en cuerpo y alma desde 1970 a 1972. Vivía frugalmente en el propio lugar de trabajo: la sala de sesiones de la municipalidad. Entonces dijo: “La verdadera obra de arte es un acto de inmenso amor con el que los seres humanos le arrebatan algo a la muerte”.
Pero las fuerzas de la muerte borraron el mural hasta de la memoria colectiva, pues mucha gente ignora que allí estuvo esa elocuente metáfora de la deshumanización del sistema. Allí Escámez expresó su aversión a las consignas y a la obra plástica falsamente revolucionaria tratando de aprisionar toda la lucha de América desde la conquista hasta ahora, la deshumanización del sistema capitalista, el hombre disminuido dentro del aparato mecánico. En un área estaban representadas las imágenes de la enajenación que oprimen el alma; el poderío militar donde las fuerzas represivas del conquistador se funden con las modernas. La riqueza de símbolos resumía el intento de expresar el conflicto entre la vida y la muerte, entre las nuevas formas de nobles relaciones que establecerán los hombres y las viejas formas caducas e inhumanas...

Después del golpe, en la Casa del Escritor de la SECh nos reunimos a rendirle un homenaje a Neruda a pocos días de sus funerales. Consternado Máximo Pacheco, ex ministro de educación, me dijo: “Han destruido el mural de Julio Escámez en la Municipalidad de Chillán, por orden de la autoridad militar”. Le pregunté si lo pintaron para cubrirlo. “¡No. Lo picaron!”. Más tarde pude comprobar en esa sede edilicia que no les bastó con picarlo, demolieron el muro mismo.

Amante de los caballos, Julio Escámez "restauró" el caballo embalsamado, rescatado por Pablo Neruda de sus recuerdos de infancia y de la talabartería incendiada de Temuco borrándole las huellas de quemaduras. Luego materializó la presencia del caballo máscara y el caballo escudo logrando la máxima expresividad artística en el caballo pelada, compañero de la Muerte en los sueños angustiosos de Lautaro en "La Araucana", espectáculo multimedia, puesto en escena en el Teatro de la Universidad de Chile por la escritora Eugenia Neves, con dirección académica de Humberto Giannini, dirección artística y coreografía de Patricio Bunster y dirección y composición musical de Guillermo Rifo.

Lo entrevisté en una pausa de la incesante actividad desplegada desde que vino de Costa Rica a exponer su espléndida obra en el Museo Nacional de Bellas Artes. Sentada en un tramo de una escalera lo veía envolver algunos cuadros no incluidos en esa retrospectiva, a mediados de 1996. Junto con su encantador arte de contar fantásticos relatos, me entregó este testimonio exclusivo:
“—Tuve la oportunidad de haber estado al lado de Pablo Neruda y de conocer las fuentes de su poesía, su peculiar forma de organizar los objetos de su existencia, su singular gusto por los más diversos y disímiles universos de objetos. Él compró mi primer cuadro cuando yo era pintor adolescente, recién llegado a Santiago, sin un cinco en el bolsillo: eran dos mujeres sentadas ante una mesa. Me dijo que fuera a buscar el dinero a su casa, en Villa Michoacán. Me recibió la Hormiguita, me hizo pasar. Luego vino él. Nos sentamos. Se nos acercó un perro lanudo que, de seguro, no había sido bañado hacía mucho. Entonces conocí la peculiar muestra de su humor: —Por favor, Hormiga, sácame de aquí este extracto de perro—… Me encantó ese humor muy particular para construir imágenes, del que pude apreciar muchas muestras”.
Escámez vive en Costa Rica.

Santos Chávez Alíster-Carinao

Violeta Parra fue nombrada directora del Museo de Arte Popular de la Universidad de Concepción a fines de 1957, cargo en el que no se mantuvo por mucho tiempo. El 22 de enero 1958 fundó el Museo Nacional del Arte Folklórico Chileno, dependiente de la Universidad de Concepción. Se relacionó con los escritores y artistas residentes. Al regresar a Santiago invitó a Santos Chávez. Aquí, Violeta se inició en la cerámica y comenzó a pintar y a bordar arpilleras. Juan Capra, mítico poeta, cineasta, músico y pintor, maestro del retrato al óleo y al pastel, tenía una amplia casona de Carmen 340 donde permitió que instalaran sus talleres pintores y escultores como Sergio Castillo, el peruano Víctor Delfín y también Santos Chávez. Cuando Capra se fue a Europa, esa casa quedó en manos de los Parra.
A Santos Chávez lo entrevisté y escribí para algunos catálogos suyos. Descendiente de mapuche, su madre, de origen mapuche, se llamaba Flora Alíster-Carinao, nació en Canihual, pueblito de Arauco, en 1934. Me contó que su madre trabajaba un campo de trigo cuando lo dio a luz y lo recibió la misma tierra que el padre cubrió con espigas. Como perdió muy temprano a sus progenitores, debió trabajar duramente en faenas campesinas y pastoreando cabras. Me contaba que siempre estaba tallando trozos de madera para hacer una flauta o unas figuritas. Cuando se decidió a dibujar, la costó mucho, pues tenía los dedos envarados.
A los veinticuatro años se matriculó en la Sociedad de Bellas Artes de Concepción, fue discípulo de Escámez. Primero practicó la acuarela y la litografía para dedicarse después de lleno a la xilografía. También pintó óleos y acuarelas que hasta el fin siguió realizando con técnica depurada, audacia de colorido y absoluta transparencia.

“Yo salí el 77, después que un mecanismo cultural del gobierno me llamó para representar a Chile en gráfica, en una exposición de Argentina. Respondí que no tenía obra satisfactoria y decidí irme. Fui a Venezuela, a España, a Alemania Democrática. No daban visa. En Alemania Federal, unos conocidos chilenos me dieron trabajo de mozo para servir las mesas en un restaurante. Estaba sin destino cuando Venturelli y Escámez se esmeraron en ayudarme para obtener la visa, pero Venturelli enfermó. Fui contratado de nuevo en la RDA para ilustrar la Antología de cuentos chilenos, publicada por la Editorial Kinkulen, 1968). Empecé a postular la visa de residencia. Me costó mucho. Al fin, quedé. Fueron los alemanes quienes hicieron todo lo posible para que me quedara. Me dieron un taller estatal y pertenecí a la Asociación de Artistas de Berlín. Mis exposiciones comenzaron a tener gran acogida de la prensa y la televisión. Hasta aparecí en primera plana de los periódicos bajo el titular “Un araucano en Berlín” —con orgullo muestra el diario donde se destaca—. Para mí, fue un honor exponer en la casa de Lucas Cranach. Conocí de primera mano la obra de Alberto Durero de quien se conservan trescientas cincuenta xilografías, y por cierto, pude admirar también a sus discípulos”.

Ya en Chile, realizó catorce xilografías para Todos los cantos. Ti Kom Ul: la traducción al mapuzungun que hizo el poeta mapuche Elikura Chihualaf de una selección de Pablo Neruda.

Conversamos varias veces en su taller de Recoleta, en la tertulia donde se incorporaba el decorador Luis Arredondo. Allí tenía el famoso retrato de Marilyn Monroe, de Matt Zimermann (Agencia AP). Con elegancia y limpieza, grababa la madera de coigüe; dijo que también le servía la de araucaria y toda madera noble cuyas fibras no obstaculizaran el trazo de la gubia. En orden, en el lugar preciso, todo al alcance de la mano, las gubias, partidores, cuchillos y rodillos; los tarros de tintas negra, azul y turquesa, el florero, las botellas de vidrios de los más diversos azules. De repente, empleaba un sistema de tacos, a la manera de los antiguos chinos para hacer reproducciones perfectas. No usaba prensa y para lograr la delicadeza de la línea empleaba la técnica de la cuchara. Estas cucharas de palo las compraba en algún mercado y luego las pulía hasta dejarlas como la herramienta precisa. Nunca editaba más de cincuenta ejemplares. Semejante trabajo es intenso y requiere gran concentración y cariño por el oficio. Cada copia es una obra en sí misma, como si fuese única, pues toda nueva impresión va revelando una variación de matiz, una tonalidad diversa, un detalle singular.

Chávez murió en Viña del Mar el 2001.

La labor de la Fundación Venturelli es un rico aliciente para conocer mejor a tres artistas de distintos orígenes y muy diversas y definidas personalidades que fueron amigos y supieron interpretar profundamente a los chilenos. Amantes de su pueblo, de la naturaleza, compartieron los mismos ideales y supieron plasmarlos en una obra que traspasó las fronteras y ha circulado por los más diversos espacios del ancho mundo.







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 Referencia
Virginia Vidal.  "Chávez, Escámez, Venturelli: Memoria Grabada."  Anaquel Austral. Ed. Virginia Vidal. Santiago : Editorial Poetas Antiimperialistas de América.   23 de Noviembre de 2013.
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