Anaquel Austral 
 
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Catastro : Cuentos

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Odio de clases
Virginia Vidal

Odio de clase

 

El odio de clase existe y los potentes saben ejercerlo. No hay religión ni mandamiento que lo aplaque. Más que discusión y retórica, es acción.

 

La más impresionante muestra de lo que pueden hacer las damas enfurecidas para vengarse del miedo que les causa una acción revolucionaria, la estampó Iris, es decir Inés Echeverría de Larraín. Ese recio miedo a perder el poder puede hacer olvidar en segundos la delicadeza, la gracia, la elegancia y la caridad mamadas en la enseñanza recibida durante generaciones.

 

Cuenta Iris que en su juventud, al término de la guerra civil del 91, rompiendo con todas las normas y buenas costumbres, salió a las tres de la mañana con las demás damas de su entorno para celebrar la caída del presidente Balmaceda:

 

   "Salimos todas a la calle y me enfrento a una ciudad enloquecida. Una poblada hace pedazos un gran busto de Balmaceda. Varias mansiones son saqueadas. Al pasar por Amunátegui con Catedral, veo el hermoso palacio de la Alhambra de don Claudio Vicuña, invadido por una turba que arroja desde el segundo piso un piano de cola que cae al suelo y con estupor diviso a mi cuñada que aviva los desmanes, se sube al piano y con cierta elegancia alza la cola de su vestido y gracias a los nuevos calzones con blondas y abertura para no tener que bajárselos cuando estamos apremiadas, defeca sobre los restos del otrora hermoso piano exclamando: ¡Para que nunca más, bastardo, hijo de Satanás, puedas librarte del mal olor de tu alma! Todos la aplauden mientras a nuestro alrededor siguen cayendo muebles, cuadros y objetos de arte..."

 

Esa impúdica descarga sobre el piano es la pestilente metáfora comparable a las maniobras de las damas francesas que caminaban entre los cien mil cadáveres de la Comuna de París. Ellas revolvían las conteras de sus quitasoles de encaje en las órbitas de los comuneros muertos, para reventarles los ojos.

 

 

Más allá del bordemar

 

                                                                En memoria de Isabel Ferrer Baeza

 

Un gaviotín elegante le ofrece una anchoveta a su hembra. Pingüinos de nieve escudriñan a trasmar y lobos marinos retozan. Agua turbia de plancton. Un divino pelícano acopia peces en su bolsa gular.

 

Embate el agua-hielo contra el desierto-fuego.

 

Sólo la voz del viento rebota mientras las garumas se van tan lejos del mar. Abandonan el agua y se adentran en el arenal ardiente para someterse luego al pavoroso frío nocturno. Protegen sus huevos incubados a pleno sol. Jadean como perros. Las cáscaras se trizan desde los picotazos de polluelos ávidos.

 

Camanchaca, banco de bruma capturada por las espinas de los quiscos cabezones al borde de la vida, se escapa para rociar los lomos de las yaretas y se evapora en hilos de aire.

 

Las vicuñas, princesas de la Pachamama, envueltas en regia seda canela, aparentan indiferencia ante las cabezas alzadas de los machos que mascan rayos de sol.

 

Los flamencos rosados bailan sus danzas nupciales o brincan removiendo el lodo para armar los nidos. Otros secretan leche roja para sus retoñuelos.

 

El águila madre sobre el cacto  otea un ratoncillo; su albo polluelo ejercita los ojos del tamaño del desierto o de la sed de amor.

 

Águila fénix

 

Transcurrido el tiempo, el águila consternada no puede ocultar que su  pico muy endurecido y encorvado, le impide cazar. Tampoco sus apretadas y flexibles garras cada vez más enroscadas le permiten atrapar  a ninguna presa. Su pico largo y puntiagudo se arquea, apuntando contra el pecho. Sus alas envejecidas y pesadas y sus plumas gruesas le dificultan volar. Con el paso del tiempo –cuarenta años transcurridos, la mitad de su existencia- todo su plumaje se ha vuelto viejo y su peso le impide desplazarse con mayor agilidad.

Desolada, el águila comprueba que debe tomar una terrible decisión. Tiene sólo  dos alternativas: morir o enfrentar un doloroso proceso de renovación.

 Se siente desganada, sin ánimo, pero poco a poco reúne todas sus energías, vuela hasta la cima de la más alta montaña y permanece en un nido cercano a un paredón.

Renovada por el aire puro de las alturas, comienza a golpear su pico en la pared hasta conseguir arrancárselo.

Apenas lo arranca, debe esperar a que le nazca un nuevo pico. Día  a día lo prueba hasta tener la certeza de que con él puede arrancar sus viejas uñas. Cada tirón le causa un dolor horrible que le llega al corazón mismo y la deja sin aliento. Cuando las nuevas uñas comienzan a nacer, siente que su paso se afirma y adquiere seguridad.

 

Decide seguir estrenando su firme pico en el empeño de quitarse las plumas. Cada tirón  a las remeras le provoca escalofríos. Corre sangre de cada hueco resultante del desprendimiento de cada cañón. Sin su ropaje, sus alas parecen mutiladas.  Siente terror de sólo pensar que ya no va a volar nunca más.  Luego llega el turno a las timoneras y es peor el padecimiento porque a cada pluma arrancada se le desgajan las entrañas.

 

Tarda jornadas completas en desplumar su cuerpo y, pese al dolor intenso, se va librando de su viejo ropaje. Aterida, frío atroz resultante de ese arrancar la prolongación de su piel, siente una indefensión mucho más terrible que la vergüenza de la desnudez.

Al fin, después de cinco meses de sufrir, agonizar y renacer padecimientos sin nombre se inunda de una potencia nueva que la predispone a emprender vuelo.

Respira más hondo, hasta siente que ve mejor. Y se ve mejor: su nuevo plumaje castaño oscuro, se torna dorado en  la cabeza y el  cuello y nevado en los hombros y el extremo de la cola.

La muda ha durado cinco meses: ciento cincuenta amaneceres, ciento cincuenta anocheceres y un millón de tormentos. Ahora, su cuerpo está dispuesto a vivir otros cuarenta años.

Renacida, ensaya su vuelo en picada a una velocidad que duda pueda ser superada por alguna  otra ave. Caza en el aire un suculento pájaro  y se lo come con ganas. Planea satisfecha y su potente vista le permite ubicar un  ratón por allá, una familia de zorros un gato salvaje, unas ardillas y conejos acullá; y no faltan ciervos, jabalíes, lobos y toda clase de pájaros.

Dueña del espacio, reina de las alturas, dispuesta a la aventura y el cortejo, el águila fénix comienza su nuevo reinado, poderosa señora de las cumbres.

 

Lagarto verde

                                                             A Raúl Brasca

 

El Lagarto Verde, amante de la luz, inofensivo saurio cubierto de escamas color esmeralda, evoca un reptil de la era paleozoica, uno de los primeros vertebrados que conquistaron la tierra firme, hace unos trescientos millones de años. Este bello animal de sangre fría, cuerpo alargado, patas cortas y larguísima cola, si es perturbado, se desliza ágil y graciosamente por rocas y corales, y prefiere ser dejado en paz, para reposar al sol. Podría ser adoptado  como símbolo para preservar las especies y mantener la armonía de la naturaleza.

 

El Lagarto Verde se parece a una isla caribeña que convida a gozar la alegría diurna de sus playas y a dejarse llevar por la música, el baile y la fiesta en noche rodeada de mar tibio.

Manda en la tumba del Escritor Desconocido

 

 

A Juan Armando Epple

 

Oh, heroico Escritor Desconocido, sin lápida ni llama en la fosa común del cementerio se desperdiga tu osambre. Llegaré portando una gardenia con esencia de crepúsculos, una orquídea lujosa como metáfora pura o una  rosa color sangre de fantasma. Me pena tu ánima incitándome a crear no personajes reales sino actuantes más allá de la vida. Concédeme un don: que, como en el sueño,  ellos y sus peripecias sean parte de mí misma, pues nadie me sueña en mi sueño. Quiero lograr una letradura suave y poderosa de volcán nevado. Brindaré en el Quitapenas por la eterna inquietud de tu alma.

 

 

 

 

 

 

 

 

 






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 Referencia
Virginia Vidal.  "Odio de clases."  Anaquel Austral. Ed. Virginia Vidal. Santiago : Editorial Poetas Antiimperialistas de América.   27 de Diciembre de 2008.
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