Anaquel Austral 
 
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Catastro : Cuentos

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Hipatia: ni perdón ni olvido *
Virginia Vidal

 

 

A las escritoras y a los escritores de Irak.

 

Morir es malo; los dioses en efecto, así lo juzgan, pues si no, morirían.

 

Safo de Lesbos

 

 

HIPATÍA descendió de la silla volante cual estrella joven que acaba de abandonar la nebulosa donde nació, arrastrando todavía nubes de polvo iluminado. Mientras recogía su capa para subir los escalones del Templo de las Musas, un mendigo se olvidó de su papel de ciego y la miró arrobado exclamando: “Es una diosa”. El olor del zarrapastroso ofendió su olfato, pero no le llamó la atención que tras él se agitara, envuelta en harapos color cáscara y nubes de moscas, la cotidiana multitud de pordioseros, leprosos, lisiados y esclavos mutilados. Al ingresar al vestíbulo de esa Biblioteca que constituía el eje de su mundo, como toda vez, mientras se despojaba de su capa, se detuvo a contemplar el rostro de Alejandro cuya inteligencia parecía irradiar bajo el tocado faraónico. La conmovía su apostura y sentía tan viva su presencia tal si un aura material descendiera del retrato para envolverla. Abandonaría su celibato si hallara a un hombre de esta laya —pensó Hipatía—: cómo lo amaría… La abochornó su inútil deseo. Abandonó la Gran Sala y se dirigió al aposento donde estaban las obras de teatro de Sófocles. Acabaría de copiar unas citas de Edipo Rey para una alocución sobre la tragedia. Releyó el último acto y se sumió en una cavilación sobre el mayor de los dramaturgos griegos. Admiradora de Pericles y su tiempo, se había propuesto leer todas las obras de su colaborador, este maestro capaz de reflejar los más hondos dilemas espirituales. ¿Cuál de las otras ciento veintidós escogería? Su pensamiento erró en una sola idea: cómo pudo Sófocles aprehender toda la esencia humana. La pasmaba la capacidad del ateniense para no mostrar al hombre como mero instrumento de un destino ya asignado, sino como un ser pensante y sensible capaz de sobrellevarlo siendo consecuente con altos principios éticos. Sólo así, concluía, Edipo pudo sobreponerse a tantas pasiones, a tantos tormentos y hallar al final, en su retiro, la paz espiritual... Mas su sentido del deber la impulsó a proseguir el plan trazado para la jornada y se fue a buscar un manuscrito de Aristarco de Samos. No se cansaba de apreciar la clara exposición del maestro y cada retorno a su texto le deparaba un descubrimiento. Ya tenía asignada la fecha para un coloquio sobre el tema y ella, enemiga de la improvisación, aún no había escrito nada. Se inquietó porque jamás hablaba en público sin haberse preparado.

Se imaginó la Tierra en su órbita girando alrededor del sol, mientras otros planetas se deslizaban en las suyas propias. Cerró los ojos y columbró una infinita oscuridad tachonada por millones de soles envueltos por las danzas de sus respectivos planetas. Cada noche, ella veía en cada puntito luminoso y parpadeante un gigantesco sol infinitamente distante de la pequeña Tierra opaca. ¡Ah, la materia eterna e infinita! ¡Vaya! No fuera Cirilo a adivinar sus razonamientos: dejaría de murmurar y proclamaría a todos los vientos que ella, la odiosa capaz de penetrar en un recinto vedado a las mujeres, era una pagana. Cuán lejos se hallaba este patriarca de sentir respeto por todas las culturas, por todas las creencias, por todas las manifestaciones del pensamiento. Descuidando su preocupación constante por relacionarlo todo entre sí y ubicarse en el tiempo y el espacio, había caído en la candidez de pensar que Alejandro había impreso a la ciudad y sus habitantes su sello de tolerancia por la eternidad. Veía al patriarca Cirilo como un fanático que a la larga sería aplacado por el poder de la razón, de la serenidad, de la diversidad de un mundo que daba cabida a todas las corrientes de pensamiento. Sin embargo, una contundente prueba de que se podían transgredir esos principios ya había acontecido y la constituía el propio fanatismo aniquilador de una de las glorias de Alejandría: no trepidó en perseguir a los judíos. Una nube negra veló su imaginación al recordar sucesos recientes: su prima Eulogia la había increpado en presencia de todas las amistades reunidas en su casa por haber desdeñado a tanto pretendiente. Aún resonaba en sus oídos las frases pronunciadas con énfasis vejatorio: ”Claro, si tu devoción por los estudios te ha hecho cegar la fuente de la maternidad y no te ha importado para nada andar poniéndote en evidencia entre medio de puros hombres”. Entonces Sinforosa, otra pariente, conversa al cristianismo, aprovechó la ocasión para lanzarle indirectas sobre el peligro social que constituía el proceder de los paganos y la condena social que merecían los idólatras. Se armó una ardiente discusión donde unos aplaudían la persecución de los judíos y acallaron su voz cuando ella protestó por los desmanes cometidos contra ellos en el barrio del Delta. Les hizo ver que los de la Diáspora habían hallado un refugio que pensaron definitivo no sólo para sus cuerpos sino también para sus mentes. Ávidos de incursionar aun en las más audaces formas del pensamiento, crearon un importante centro de estudios hebraicos y hasta se asombró la propia cristiandad con el considerable aporte que realizaron al traducir del hebreo al griego los libros del Pentateuco. ¿Cómo era posible que los habitantes de Alejandría permanecieran indiferentes ante los sucesos? La pujante barriada donde se cobijaban, con sus viviendas, escuelas y comercio, fue destruida y los judíos expulsados.¡Era una vergüenza: habían saqueado y quemado sus sinagogas! Se estremeció al recordar la saña de esas mujeres que repudiaban a cuantos no seguían con ellas los ritos de su iglesia, no sólo inalterables ante una tragedia que arrasó con la paz y la seguridad de una parte de la población sino también dispuestas a verla a ella como una enemiga. Y a esa crueldad arrastraban a sus maridos, a todo el círculo de relaciones... ¡Ay! ¿Qué le estaba pasando? ¿Acaso le iba a hacer mella el resentimiento de las chismosas? Se sentía derrotada porque no fue capaz de persuadirlas. Procuró disipar la nube y se sumió en la lectura. Al fin, su mente envuelta en vaho de cansancio la hizo ver cabrillas, entonces dejó el pergamino, se estiró como gata y caminó sin prisa por los pisos de mármol. Sin ser perturbada por las miradas solapadas de indiscretos escribas, mientras mascaba unas almendras, recorrió las vastas estancias que cobijaban las “medicinas del alma”, como solían llamar los sabios a los preciosos textos. Discurría a pesar de sí misma, calculando cuántos volúmenes guardaban las urnas de sándalo y alcanfor. Tan solo los rollos de papiro, trazados a mano, muchos con más de un escrito, sumaban medio millón, diciendo para sí: “Si alguien tuviera la soberbia de pretender leerlos todos y le dedicara una jornada a cada uno, necesitaría tantos días como los transcurridos hasta hoy, desde los tiempos de la reina Ahmose-Nofretari, Esposa del Dios Amon”. Además estaban los escritos en lino y seda, los bambúes, papiros y pergaminos, protegidos de la humedad, el polvo y los insectos, sin contar los pelotones de cera apelmazada, los fragmentos calcáreos, los trozos de vasijas y piedras grabadas por jeroglíficos y signos de culturas y épocas diversas. Hipatía se estremeció de emoción. Este espléndido museo era el archivo y depósito de todos los frutos del saber: ahí, en unos setecientos mil elementos, se hallaba reunida toda la memoria de la humanidad. La biblioteca y la ciudad eran el puente sobre el río del tiempo para saltar del presente al pasado y escudriñar el porvenir. La invadió un sentimiento no de orgullo, sino de humildad por el privilegio de ser la única mujer con plena libertad para transitarlo. Todo ese saber estaba a su alcance y no se arrepentía de haber renunciado a placeres y emociones para dedicar sus capacidades al estudio y a esa inagotable dicha de aprender. Cansados sus pies, la condujeron sin prisa al arca donde se hallaban los tres volúmenes de la obra de Beroso. Desenrolló el primero, dedicado al período comprendido entre la Creación y el Diluvio, que abarcaba cuatrocientos treinta y dos mil años. Hipatía se propuso dedicarse en adelante de modo sistemático a hondear en el pensamiento del sacerdote babilonio. Una asociación de ideas le demandaba consultar otro texto. Tomó unos apuntes. Al fin, sus ojos le picaron y le dolió la cabeza. Envolvió con exquisito cuidado el precioso manuscrito. Decidió cambiar de actividad y una vez más acometió la tarea de corregir sus propios manuscritos. Varias obras suyas formaban parte del acervo alejandrino y los jóvenes se impacientaban en la espera del turno para leerlas. Estaba contenta por las interesantes reflexiones que un muy notable erudito le había expresado luego de leer su Canon Astronómico. Otro pensamiento la asaltó y le remordió la conciencia el no haber respondido aún una carta de su amigo Sinesio de Cirene. Él le había confiado el manuscrito de su Tratado de los Sueños, obra alucinante, escrita en una sola noche, comprometiéndola al mismo tiempo con tremenda responsabilidad: “Si piensas que merece ver la luz, la propondré al mismo tiempo a los oradores y a los filósofos; si te parece indigno de oídos griegos y si, con Aristóteles tú ubicas la verdad en el centro de la amistad, permanecerá sepultado en la oscuridad. Serás la primera que me leas, pues estas letras aún no han visto el día”. No tenía Sinesio la menor idea de cuán inquietante había sido para ella la lectura del tratado. El obispo de Siracusa se había asomado a un pozo insondable donde bullían los misterios del alma humana. Cuando se hubo tomado un reposo y comido su merienda, luego de terminar de pasar en limpio su Comentario sobre Diofante sintió una especial alegría: no le quedaba sino revisar las últimas notas de su más reciente trabajo, el Comentario sobre los Conos de Apolonio de Pérgamo. Mucho trabajo la esperaba, pero por esta jornada ya era suficiente. Ordenó su material y dejó en un anaquel la caja con sus útiles de trabajo. Cansada, pero contenta, se envolvió en su capa y salió cuando ya se anunciaba el crepúsculo vespertino. Hubiera querido ir a vagar por la cosmópolis de mármol y maravillarse de su inagotable belleza. Tal vez se encontraría con el Viejo Poeta de la Ciudad saliendo de una taberna, y él no la vería, perdidos los ojos en la silueta de un griego moreno. La inagotable Alejandría podía ser la fuente de todos los placeres y de todo el conocimiento, de todos los vicios desbocados y del más austero de los ascetismos. Le habría gustado rozarse con esa población donde se entreveraban los más estupendos tipos del mundo conocido: sonrisas nubias, audacia de las miradas árabes, desdén egipcio, piropos íberos. Hipatía no se hartaba de admirar esa humanidad mestiza en su infinita variedad de rostros, matices y pieles, de origen persa, fenicio, romano, galo, aún hebreo, pese a la infame expulsión que embistió contra el orgullo de la ciudad libre... ¡No! Jamás podría ella abandonar a su ciudad madre, maestra y madrastra, cumbre de la sabiduría del mundo. Pero el agotamiento corporal la condujo a su casa. Aún no caía la tarde por completo y desde la terraza contempló la interminable playa amarilla, tersa, sin promontorio que la interrumpiera, cinto de oro para ese mar y cielo fuentes de luz. Pertenecía a esa ciudad cumbre del mundo panheleno, ciudad de la memoria. Necesitaba su mar, mar ribereño de tres continentes que abarcaban el inmenso mundo griego del cual Alejandría era su corazón... Ahora se bañaría en agua caliente y perfumada. También tenía hambre. Acaso se quedaría dormida aun antes de estirarse en el lecho, arrullada por el murmullo del mar y sus ecos... No. No podía acostarse. Su amigo Marilo vendría a cenar. ¡Ah, Marilo! ¿Qué tenía este diplomático astuto para haberla trastornado? Este hombre no sabía cuanto la impresionaban sus visiones nocturnas donde se veía junto a él, transportados a un mundo mágico de dicha inefable. Se fijó en él por primera vez, no lo olvidaría nunca, cuando ella exponía la idea de que los cultos, no siendo sino formas externas y expresiones particulares del sentimiento de la divinidad, son indiferentes por sí mismos, pues hay muchos caminos que conducen el alma hasta Dios y cada cual es dueño de elegir el que le plazca. Notó cómo él se la tragaba con sus ojos y sintió una alegría desconocida.Tuvo de pronto la percepción de que la misión de Marilo en Alejandría se relacionaba de algún modo con un alejamiento de la implacable persecución a los adoradores de Júpiter y de Serapis que redoblaba el emperador Arcadio siguiendo las aguas de su padre. Le habría gustado tanto comentar con Marilo el Tratado de los Sueños, pero sentía unos celos no por infundados menos virulentos contra su buen Sinesio. La había sorprendido bastante Marilo cuando se demostró buen conocedor de los Oráculos caldeos: la había hecho evocar esos días en Atenas cuando ella integraba el pequeño círculo de discípulos de Plutarco el Joven que los introducía al conocimiento esotérico y a los secretos de la teurgia. En ese círculo de iniciados reinaba Asclepigenia, la hija del maestro, quien muy pronto la consideró su amiga. El espejo de metal bruñido le devolvió la imagen de su rostro terso, sólo los ojos naufragaban. Pobres ojos desvelados de tanto escudriñar el cielo y descifrar manuscritos de todos los tiempos. ¿Y cómo iba a ser cuando en ese espejo se reflejaran su pelo ya blanqueado, las arrugas, las carnes flojas? Más le valiera no anticiparse al tránsito hacia el arenal de la muerte… En caja de sándalo guardaba sus joyas, aunque rara vez las usaba, le gustaba admirar esos reservorios de luz surgidos de las entrañas terrestres. ¿Acaso encerraban una leyenda indescifrable los ópalos de fuego, las turquesas como celajes, las amatistas vinosas? Eligió un atadijo. Extendió el paño sedoso y admiró un antiguo collar de cerámica vidriada. Dispuestas en filas multicolores, las cuentas imitaban capullos de lotos, granados y mandrágoras. Releyó el mensaje tierno y burlón escrito en cuero: “No para la jefe de la escuela neoplatónica; no para la admirada por mi emperador; no para la matemática, física, astrónoma y filósofa más importante de esta época, sino para Hipatía, la mujer amada. No me destierres de tu vida, no me expulses de tu corazón. No puedo vivir proscrito de ti.

Como este pectoral a tu cuello, tu M.”.

De seguro, Marilo, había obtenido este collar de un ladrón violador de tumbas, pero si ella se lo dijera, simularía estar ofendido de muerte... Ordenó a un esclavo poner la mesa en la azotea, encender las lámparas donde sendas mechas flotaban en el aceite de oliva, puro mantenedor de la luz, traer vino samio, aceitunas, dátiles y pistachos y le indicó cómo preparar el pescado antes de asarlo, no sin descuidar la correspondiente guarnición de hortalizas y frutos rellenos. Se le antojó maquillarse a la antigua usanza, así que se cubrió los párpados con unos toques de polvos dorados, delineó sus ojos y rellenó sus labios con lapislázuli. Alisó su cabellera negra y la sujetó con un cintillo de tabletas de marfil. El espejo le devolvía un inquietante rostro nocturno, el mismo que reflejaba cada vez que ella se arreglaba para recibir a Marilo y se disponía a traspasar el lado oscuro y cruzar la frontera y desbocarse. Escogió una túnica dorada como fondo de una gasa estampada con manchas terracota y casi se sintió envuelta en piel de leopardo. Disfrutó la fresca suavidad de la tela y se le erizó la piel de sólo pensar que dentro de un rato sólo estaría vestida con las caricias de unas manos audaces. Pero antes, desde la terraza divisarían el puerto de noche donde se imponía el Faro cual padre dispuesto a mostrar la ruta y espantar los miedos. A ver si Marilo aceptaba un día de ésos acompañarla a un recorrido por el malecón. Quería oler las especias, calcular qué mercancías estaban llegando, averiguar si los chinos hubieren enviado un cargamento de mapas, manuscritos, planos celestes y, sobre todo, si dejaren de guardar el secreto de ese material para escribir, fabricado por ellos con árboles y otros vegetales triturados. ¿Y si mañana, de madrugada fueran caminando hasta la Isla de Faros, unida al puerto por un muelle? Una vez, cuando niña, había hecho ese paseo con Zeón, su padre, quien la condujo acercándose al mar por la Puerta del Sol, entre la multitud que celebraba la fiesta de Serapis. Por primera vez tuvo la sensación exacta de su deslumbramiento por la luz que se refleja en el mar y el lago que circunda la ciudad, antesala de un desierto infinito. Su padre le entregó Alejandría antes que nada. Mientras caminaban, ella trataba de imaginarse la isla de Faros antes de que estuviese unida al continente por la calzada de Heptastadion. ¿Cómo sería la ciudad antes de que grandes vías separaran los principales barrios? Ella no se cansaba de oírlo y una y otra vez le pedía le contara cómo era Rhakotis: apenas una pequeña caleta de pescadores, cuando Alejandro le encargó a Dinocrates fundarle ahí mismo una ciudad. Y en esos recorridos, de la mano de Zeón, la niña iba preguntando y él respondiendo hasta que se convirtió en la mejor discípula del eminente matemático y él se complació en impartirle toda su sapiencia, siempre obstinado en convertirla en "un ser humano perfecto". El orgullo de Zeón la estimulaba a redoblar su interés en los estudios y ella se empeñó tanto que hacía de las noches días. Con él aprendió a profundizar en la filosofía de Platón prefiriendo de éste la percepción sensitiva, a su juicio, más intensa que la de Aristóteles. El sabio padre sintió en un momento dado que algo le faltaba a su hija: una confrontación con el mundo real, el ejercicio de su independencia para valerse realmente por sí misma y establecer relaciones en plenitud y dominio con sus semejantes. Entonces, pese al dolor de la separación, no trepidó en impulsarla a conocer el mundo y realizar numerosos viajes. Así fue y ella misma decidió seguir en Atenas las lecciones de los maestros más famosos de esa época. Al retorno, Zeón tuvo la dicha de verla invitada por los magistrados que la designaron profesora de filosofía. Increíble: Hipatía era la primera mujer que sucedía a una impresionante lista de célebres varones que en el transcurso de dos siglos habían convertido la Escuela de Alejandría en una de las más famosas del mundo. Lejos de embriagarse con tamaña distinción, ella redobló sus estudios y se esmeró en ser digna de su cometido... Se alejaba la silueta de su padre sin dejar huellas en la arena dorada... Desde el balcón alcanzaba a divisar el barrio de Bruchim, al este, donde se alzaron la Biblioteca, el Gimnasio, el Teatro. Ella amaba la luz de su ciudad ardiente y pensaba que pestes, polvo, sed, epidemias pasarían, se acabarían las plagas y reluciría Alejandría con toda su gloria y saber, bañada por el azul intenso de su mar. Se miró en el metal pulimentado y creyó ver la imagen de Cleopatra. La recorrió un escalofrío de susto. Ah, Cleopatra, tanta desdicha acopió junto a la violencia de su amor... ¿Quién podría culparla por sus errores? Alejandría bajo su reinado fue el corazón del poder económico y financiero, acaso el mercado más importante del planeta, con todo el acopio de la cosecha egipcia... Con las yemas de los meñiques difuminó el azul de sus párpados y su boca se distendió en una sonrisa porque todo su esmero en aplicarse los afeites pronto sería premiado con las caricias que borrarían hasta el último vestigio de tanta paciencia. A la mañana siguiente, Hipatía se dispuso con grande esfuerzo para salir a trabajar. Sabía de más que el trayecto cotidiano no la ayudaría a disipar la pena causada por el rompimiento con Marilo. Sus ojos le nublaban el fulgor de Alejandría y se hundían en la escena de la noche anterior. En realidad, él riñó, enfurecido porque de una vez por todas ella se negó a aceptarle su proposición de matrimonio para seguirlo. Le exigía abandonarlo todo: Marilo había decidido partir a Roma con ella, esa misma madrugada. La sorprendió cuando le dijo que ya tenía su equipaje en el barco. Por una sola vez, le suplicaba asentir sin preguntas. Por el bien de ambos, le pedía obediencia sin inquisiciones, un acto de confianza: sólo debía aceptar su demanda… Él no supo comprender cuánto le había costado darle el no cuando todavía naufragaba en el goce, ardida en su abrazo. No fue capaz de entenderla. Tampoco ella aceptó acatar a ciegas su voluntad. Obcecado en arrastrarla con él, Marilo se negaba a darle explicaciones. Se le había acabado el amigo, tan solo se endurecía junto a ella un amante despechado.

—¿Dónde queda tu fama de aferrarte a un principio evidente para deducir sus consecuencias por un desarrollo progresivo? ¿No te das cuenta de que debes acatar, aceptar, obedecer por una sola vez en tu vida sin demandar explicaciones?

—Lo siento, Marilo. Llámalo si quieres, soberbia, y tozudez, pero he pasado la vida tratando de comprender y por duro o riesgoso que fuere, en esta hora no puedo claudicar.

—No intentes conmigo pesar el humo. ¿Acaso crees que todos los cristianos son como tu fiel discípulo Sinesio, tu rendido devoto? Ése nació para aferrarse a tu sombra. Si hasta te lo ha dicho en todos los tonos ¿No te llama “Mi madre, mi hermana, mi señora, mi benefactora”? ¿No te ha escrito “Sólo a ti sacrificaría mi patria, por ti yo abandonaría estos entornos si tuviera...” No cambia, y no le importa para nada que no te hayas convertido a su religión. Eso, porque te adora y acaso nunca perdió las esperanzas... ¿No estás viendo? Ese obispo de los Ptolomeos no se cansa de escribirte cartas.

—Marilo, ¿Esperanzas de qué? No es la primera vez que me zahieres con Sinesio. Él conoce muy bien mi respeto por todas las religiones, por todas las corrientes de pensamiento y sabe que es muy profunda mi determinación... ¿Por qué aludes a las cartas? ¿Has osado trajinar mis pergaminos? ¿Te has atrevido a leerlos? ¡Has actuado como un espía! Y encima te burlas.¿Acaso cometí un error al confiarte que él nunca me deja de escribir? Por favor, respeta a mis amigos, como yo respeto a los tuyos. Y ten cuidado con lo que dices, pues jamás nadie me ha manchado con la sombra de una sospecha...

—¡Claro! ¿Cómo va a tomar en cuenta mi parecer la dulce y persuasiva maestra, tan alabada por su elocuencia, tan preparada, la primera filósofa de Alejandría?

—Por primera vez en mi vida me distraje del propósito central, la meta, el único afán: estudiar, para acercarme a un hombre. Y este eres tú. ¿Por qué me ofendes?

—Si de veras te hubieses acercado a mí, respetarías mi parecer. Me tendrías fe. Presentirías que si hay algo que no puedo explicarte ahora, lo sabrías después. ¿No te das cuenta de que no estoy jugando? ¡He tenido sueños atroces, sueños contigo! ¡Mujer, por Júpiter! ¿Crees que la confianza que ha depositado en ti el gobernador Oreste te va a servir de algo? ¡A nadie le va a servir con lo que se viene encima! ¡Si todos piensan que tu influencia ha sido decisiva para su determinación de reprimir los desmanes de Cirilo y los fanáticos partidarios de este cura delirante y ven en ti a la sacerdotisa de los paganos, a una obispa que pretende aplastarlo! No te das cuenta de nada... ¡Vente conmigo! Ya habrá tiempo para discutir...

—No puedo... Siento que esta noche te han nacido tantas ganas de agredirme...

—¡Tú me obligas! ¿Por qué no comprendes que es tu hora de salir de acá? Si te has malquistado con una comunidad que patentiza en ti todos sus resentimientos y te ha convertido en engendro de su ignorancia y sus rencores? Ven conmigo. Quiero librarte del peligro. Si me quisieras un poco...

—Te quiero. Te lo he demostrado de todas las formas, pero no puedo irme...

—¿Vas a poder vivir sin mí?

—Volveré a estar sola.

—¡Te achacaron tanta fama y alabaron tanto tu rara penetración y no eres sino una estúpida! No te conoceré yo, maestra de la voluptuosidad. ¿De dónde crees que vas a sacar voluntad para estar sola? Ya hallarás a otro más débil de espíritu y, acaso, hasta más poderoso de cuerpo...

—¡Marilo, basta!

Salió sin despedirse. Ni siquiera se llevó el obsequio que ella tan cariñosamente le había ofrendado. A gritos, ordenó al auriga conducirlo al puerto. ¿Sería posible? Marilo no tuvo empacho en vaciar toda su grosería, sus rencores, sus resentimientos. Y como no hallaba rival de carne y huesos, la celaba con los manuscritos y las fórmulas por ella escritas en esos pergaminos que él era incapaz de descifrar. Acaso todas esas alusiones a peligros no eran sino tretas para persuadirla...Antes que ella, el cuerpo suyo protestó por el distanciamiento y la pérdida, sin importarle que procurara sepultar su amor para no asfixiar su empeño de saber. Sus ojos sumidos en la oscuridad escudriñaban la nave. Esas velas desplegadas se despedían de su soledad antes del amanecer.El horizonte se tragó el barco… Aterida, envuelta en su capa, esperó el clarear almandino y se sobrepuso al estrago de la trasnochada para emprender el nuevo día. No alcanzó a descender del carruaje cuando la turba la rodeó. Alientos repugnantes y salivazos la injuriaron. Se sintió enviscada de fango, semilla vuelta al cieno primordial:

—¡Pagana! ¡Pagana! ¡Pagana!

Avanzó hasta ella Pedro, un oscuro lector de la Escuela, algo así como ayudante del vetusto profesor al que ella había sucedido.

—Ya vas a ver como te medimos, geómetra! Miren que filósofa... ¡Matemática la niña! ¡Quieres saber más que los hombres!

—¡Renunciaste a tu sexo para embutirte en lecturas infernales!

—¡Machorra!  ¡Hereje! ¡Idólatra desgraciada!

De un garrotazo en la cabeza tumbaron a su criado. Un empujón de Pedro la hizo morder el polvo. Su corazón, gatito asustado, se desbocaba y encogía. Una mano le deshizo el moño y enrolló en el brazo la cascada azul. La manoseaban ásperas zarpas. Uñas pérfidas rasguñaban su seda. Hipatía alzaba su voz intentando llegar al entendimiento de alguno, pero sus palabras eran tragadas por gritos y burlas soeces. Todo intento de razonar se ahogaba en el veneno del odio y la violencia. Tan aplastada, le resultaba imposible sobreponerse a la humillación de su libertad y su salvaje altivez. Sus súplicas en cinco lenguas no ablandaban a los nefandos torturadores. Empedernidos, la vejaban, le arrancaban las vestimentas y entre burlas obscenas se limpiaban la cara, se sonaban con los jirones de tan delicadas telas. Cuando la hubieron desnudado, le lanzaron tejazos y uno de los sectarios quebró un gran pote de cerámica y repartió los trozos para que la lapidaran. Pedro se cuidaba de mantenerle la cabeza en alto, para que nadie se la tocara, burlándose siempre:

—¿Sientes, filósofa? Mira que poco te duró el orgullo. Fíjate, no se asoma ninguno de tus discípulos para defenderte...

La arrastraron al templo conocido como la Cesarina.

—¡Sucia pagana! ¡Te obligaremos a inclinarte ante el Dios único y verdadero!

—¡Único y verdadero! ¡Maldita sacrílega! ¡Te inclinarás ante Dios!

Golpearon su cara contra un escalón del altar y sus labios se partieron y se quebraron sus dientes. Sintió un desgarrón atroz.

Eran atroces sus dolores, pero no conseguía perder la conciencia. La fatiga, el suplicio y la perversidad de los torturadores le permitieron descubrir, cual si el fulgor de un relámpago la iluminara, que el cerebro y no el corazón es el asiento de la sensibilidad, del sentimiento, de las sensaciones y las emociones. La arrastraron por la nave central desde el altar hasta el pórtico. Se ensañaban en desollarla con conchas melladas. Sus gritos desesperados parecían excitar a los bárbaros que en nombre de Cristo le arrancaban la cabellera y en nombre de la Virgen, cuna del Hijo, le hendían la piel, le tajaban los tendones, le tronchaban los miembros, le sajaban su carne hasta los huesos. Convertían su cuerpo, foco de su llama, en desgajados pétalos sanguinolentos. Abatida para siempre su soberbia de alcanzar estrellas, toda su capacidad de pensar, rota, se ahogaba en lago de sangre. Novia desollada, pronta a sus bodas con la muerte, le habían prendido la vida para convertirla en materia descompuesta y retornarla al pantano primigenio de miasma y lodo. Antes de que una garra hurgara bajo sus costillas para estrujarle el corazón y extraviarla en el olvido, la ausencia y la nada, sus ojos vieron alzarse la nube de espanto apagando el sol y tragándose los cielos. Hipatía se sintió rajada por un dolor más atroz que el de su cuerpo descuartizado. ¡Ardía su gloria! ¡Las llamas convertían en pavesas la Biblioteca de Alejandría! La horda prosiguió solazándose mientras se repartía los pedazos. Los ensartaron en pinchos, exhibiéndolos por las calles de Alejandría como si fuesen estandartes. La cabeza había sido separada del tronco. Un infeliz hundió su dedo en la órbita, arrancó el ojo y se lo llevó a la boca. Hasta el Cinaron llegaron los sicarios de Cirilo. Encendieron una pira y procedieron a asar los pedazos de Hipatía. El tenue humo se fundía con las fumaradas y cenizas de la memoria calcinada. ***

 

 

 

* Incluido en:

 

Bizantion Nea Hellás. N° 23, 2004. Centro de Estudios Griegos y Bizantinos “Fotios Malleros” Universidad de Chile.

 

Crímenes de Mujeres: selección y prólogo de Virginia Vidal y Ana Vásquez Bronfman. Ediciones Catalonia, Santiago de Chile, 2005.

 

La primera mujer matemática según la historia escrita. Nació cerca del año 370 de nuestra era. Maestra de la escuela de Atenas. Entre sus escritos: Sobre el Conon Astronomico de Diafanto, donde se habla de ecuaciones de primero y segundo grado. Creó el astrolabio y la esfera plana. Inventó un aparato para agua destilada, uno para medir el nivel del agua y uno para determinar la gravedad específica de los líquidos ( el futuro aerómetro o hidroscopio). Cyril , el fanático patriarca de Alejandría, la mandó a matar en el año 415 después de Cristo.

 

 






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 Referencia
Virginia Vidal.  "Hipatia: ni perdón ni olvido *."  Anaquel Austral. Ed. Virginia Vidal. Santiago : Editorial Poetas Antiimperialistas de América.   17 de Mayo de 2008.
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