Anaquel Austral 
 
 Actas
 Nacional
 Internacional
 Realidad
 
 Publicaciones
 Ensayos
 Crónicas
 Entrevistas
 
 Memorial
 
 Catastro
 Ensayos
 Novelas
 Cuentos
 Entrevistas
 Micrónicas
 Relaciones
 Biografía
 
 Poesías
 Apuntes
 Poemas
 El Poema
 
 Epistolarios

Página Anterior Página Principal Buscar Archivo Correo del lector
Cuentos
Secciones
Publicaciones
 
“¡Pues, hagamos reyno a Chile!”
La marca
Juego del sapo
Hipatía: ni perdón ni olvido
Antología de Microrrelatos
Odio de clases
Hipatia: ni perdón ni olvido *
El contrato
El hombre del lunar verde

Catastro : Cuentos

Versión impresora


El contrato
Cristina Peri Rossi *

 

Estaba abajo, en el bar subterráneo del metro, tomando una copa, cuando apareció José y se sentó a mi lado, en la barra. Ni en el bar del metro puedo emborracharme tranquilo. No nos habíamos vuelto a ver desde la época de la mili; estaba más gordo, más calvo pero igualmente eufórico, contento de sí mismo. Le ocurre a mucha gente: pierden el pelo, sus carnes se ablandan, pero la alta estima que tienen de sí mismos se conserva intacta. Cuando me reconoció, me saludó efusivamente, aunque no tenía ningún motivo para hacerlo, me palmeó la espalda y, con el codo, volcó la copa de cognac, de modo que me encargó otro. “Doble”, agregué: quería una indemnización. Me resigné a mantener uno de esos diálogos convencionales que se tienen con la gente que se ha conocido por una razón u otra (generalmente, otra), ajena a la voluntad.

­¿Qué haces? ­me preguntó hablando en voz alta. La gente que está muy ocupada suele preguntarle qué hace a los demás. Observé que tenía esas mejillas rosadas e infladas de los gordos.

Trato de emborracharme ­contesté lacónicamente, y le ahorré el “solo y sin testigos”. Pareció algo asombrado.

­¿Tan temprano? ­me reprochó.

Eran las diez y media. A mí me parecía una hora de lo más indicada: el despertar de la borrachera de la noche anterior amenazaba con bajarme el humor. Además, si no empiezo a emborracharme a las diez y media de la mañana, ¿cómo voy a aguantar el resto del día?

 ­¿Te has casado? ­siguió preguntándome.

El tiempo y el estado civil son los dos temas favoritos de la gente. Además del fútbol. El tiempo, más o menos: ni frío, ni calor, aunque aquí, en el andén, bajo tierra (donde deberíamos vivir continuamente, para evitar la mierda de la superficie) el oxígeno es escaso, huele a fritura, a ajos y a aceite usado.

 ­No ­dije. Me gusta la vida de soltero.

­Ojalá todos pudiéramos hacer lo mismo que tú ­murmuró José, y suspiró. No me imagino qué le impide a la gente hacer la misma vida que yo, especialmente cuando no saben nada de mi vida, como era el caso.

­¿En qué trabajas? ­me preguntó, en el exacto momento en que yo me tomaba la tercera copa de cognac de la mañana.

­Estoy en el paro desde hace dos años ­informé, sin ganas. (A veces pienso que hay que dar la información rápidamente, para terminar con el asunto, sea cual sea el asunto.)

­Caramba, hombre, qué pena ­comentó. ¿Y cómo te las arreglas?

 ­Se convierte en un arte ­repliqué. El arte de la supervivencia. Además, tengo pocos gastos. Si no puedo tomar cognac, tomo cerveza, y fumo las colillas que encuentro en los ceniceros.

José se quedó un rato pensativo, oportunidad que aproveché para acabar tranquilamente mi copa. Sólo los malos bebedores beben y charlan al mismo tiempo. Lo aprendí de mi padre. Pillaba unas trancas morunas, de pie, en la barra. “Para beber, no hay que hablar, niño”, decía. Fue la única enseñanza que recibí de él.

­A mí, en cambio, me ha ido muy bien ­me informó José. Tengo una empresa constructora. Edificios de apartamentos, casas en la playa y todo eso. Se gana dinero y se conoce a mucha gente. Me casé muy joven y tengo cuatro hijos.

-Nadie podrá decir que no has contribuido a la perpetuación de la especie -murmuré-. Me alegro de que hayas cubierto mi cuota. Hay que celebrarlo -agregué: tengo pocas oportunidades de beber a cuenta de otro-. Por tus hijos -dije, y pedí otra copa.

-Eres muy bromista -dijo José, algo molesto.

-Solo cuando bebo- reconocí con modestia. A mí, beber me hace bien. La gente me quiere más cuando estoy bebido, por lo menos, eso me parece. O quizás yo los quiero más -rectifiqué, porque me gusta la precisión, que siempre es una duda.

-Andarás escaso de dinero, si no tienes trabajo -reflexionó José. Me di cuenta de que era un tipo inteligente por la brillante deducción.

-Cuando trabajaba -informé- también andaba escaso de dinero, pero tenía menos tiempo libre para gastármelo.

Me pareció que José no me escuchaba porque estaba pensando en otra cosa. A la mayoría de la gente se le nota cuando piensa, por lo inusual de la circunstancia.

-Yo podría hacer que ganaras un poco de dinero -dijo, al fin. Creo que tengo un trabajo para ti.

No era propenso a subirme a andamios, ni a instalar ascensores en los edificios, por lo cual pensé que José iba a ofrecerme un trabajo en las oficinas de la empresa. Conocía el lenguaje de los ordenadores. (Me reí interiormente de la frase. Era como decir: "Conozco el lenguaje de los beduinos o de los babuinos".) Sin embargo, José agregó:

-Es un trabajito delicado y muy confidencial, de suma discreción. No te cansarás y te pagaré bien.

La verdad es que me aburro mucho en las oficinas, así que decidí

escuchar.

-La puta esa me dejó -dijo José, con voz alterada. Me pareció prudente callar. La gente que comienza una historia por el final merece todos mis respetos. Nunca escucho, en cambio, a los que comienzan por el principio.

­Descubrió que yo estaba casado, y me dejó ­repitió José, muy ofuscado. Voy a vengarme de ella ­afirmó, con cierto deleite­ pero no quiero hacerlo personalmente, podría traerme problemas. He pensado un método eficaz y que no despertaría sospechas, pero no conocía a nadie a quién proponérselo.

El azar, o el destino, como quien dice, nos había reunido a los dos en ese condenado bar, a veinticinco metros de profundidad, donde a mí me gusta emborracharme antes de salir a ver la mierda de la superficie.

­Quiero asustarla ­dijo José, e imaginando la escena, le brillaron los ojos. A mí todavía no me brillaban: eso empieza a pasarme después del quinto cognac, no antes. De modo que encargué uno doble, para ahorrar tiempo: José pagaba.

­Quiero asustarla por teléfono ­insistió. Marta vive sola, aislada y temerosa. Conozco perfectamente sus horarios, y ésta es una ciudad muy peligrosa. Mi plan es el siguiente ­continuó­: la llamarás varias veces a la noche, y la amenazarás. Dile que sabes donde trabaja, donde vive, que la has seguido y que la violarás. Te daré información acerca de algunos detalles de su casa y de su ropa, para que tenga más miedo. Dos lunares que tiene en el rostro, cómo está orientada la cama y el nombre de su gato. Llámala varias veces, cada noche, y graba las conversaciones. Luego, las escucharé. Quiero disfrutar con el miedo que le meterás en el cuerpo ­dijo.

Meter y sacar: la actividad más vieja del mundo. Me bebí el cognac doble con pocas ilusiones.

­Te pagaré por semana ­agregó José-, luego de escuchar las cintas. Como ves, es poco trabajo, limpio y sin riesgos.

­Puede hacer intervenir el teléfono ­observé, lacónicamente.

­¿Por unas llamadas anónimas? ­se rió. Chico, ningún juez de este país daría ese orden. La mayoría de las mujeres están amenazadas por sus maridos, sus exmaridos, sus amantes, sus examantes, sus novios, sus exnovios, sus padres, sus hermanos y sus tíos, se pasan media vida denunciando agresiones y después las matan sin ningún problema. ¿Sabías que matar a una mujer cuesta más barato que un divorcio?

No lo sabía. Nunca me había casado.

­Quiero que tenga miedo, mucho miedo ­siguió José. Que se asuste al levantarse, al acostarse, al salir a la calle, al abrir la puerta, al subir al ascensor y al bajar. Quiero que no pueda dormir, que aúlle de miedo y se sienta sola, desprotegida. Que se vuelva loca de terror. Me gustará escuchar su voz entrecortada, sus súplicas, sus preguntas, su temblor.

­¿Y si no está sola? ­pregunté.

­Siempre está sola­ afirmó. Nunca se ha casado. Fuimos amantes durante cuatro años. Yo no le permitía tener amistades, y no tiene familia. Además, lo tendrás fácil: es una mujer asustadiza. Hasta cuando yo iba a visitarla y nos poníamos a follar tenía miedo de que alguien pudiera vernos.

Me pregunto, muchas veces, cómo es que las mujeres salen con tipos. Si yo fuera mujer, sería lesbiana.

Acordamos el precio, no era mucho dinero pero me serviría para pagar algunas deudas. Me dio el número de teléfono de Marta. Iba a empezar a trabajar esa misma noche ­José estaba muy ansioso por disfrutar­ y una vez a la semana ­los sábados, cuando sacaba a sus hijos pequeños a pasear­ nos encontraríamos, para que escuchara las cintas. Algo quedaba claro: las cintas eran de su propiedad, para oírlas cuando quisiera.

Nos despedimos, y yo compré una caja de cervezas: dado que mi nuevo trabajo era nocturno, como los enfermeros y los taxistas, necesitaría algunas botellas para estimularme en los momentos bajos. También compré un camisón de mujer. No le dije a José que vivo con mi madre, una vieja enferma de osteoporosis que se pasa el día en la cama, mirando la televisión o escuchando la radio. A veces, consigue hacer las dos cosas al mismo tiempo. Yo le preparo la comida y meto la ropa sucia en la lavadora: algo que ella hacía por mí cuando yo era chico, si mal no recuerdo. Su pensión de viuda no da para pagar una residencia, y por lo demás, no nos molestamos. Tiene un poco de arterioesclerosis, y a veces no me reconoce, y yo le digo que soy el fontanero que he venido a arreglar el desaguadero, o un vecino que le trae un poco de jamón. Entonces, me cuenta historias de su infancia o juventud, que es la etapa que mejor recuerda, como todos los viejos. Lo peor es cuando olvida que ya ha comido, y me reclama el almuerzo o la cena otra vez.  Le enseño los platos sucios como prueba, pero cree que son los del día anterior, porque con la edad se ha vuelto muy desconfiada. Leí en una revista que a partir del dos mil veinte viviremos hasta los ciento quince años. Mala suerte.

El trabajo que me propuso José no tenía dificultades, porque el teléfono está en mi habitación. Con la radio, es diferente: a veces, discutimos por la radio. Se pasa escuchando las noticias, parece que le interesa mucho saber cómo un país invade a otro, la cotización del petróleo, la boda de una princesa o las declaraciones de un ministro. Yo quiero la radio porque descubrí una emisora que transmite canciones viejas, de los años cincuenta; son tan melancólicas que siempre me dan un pretexto para seguir bebiendo. Ya no bebo entonces sólo para no ver la mierda de la superficie, sino porque “esta noche vi llover y no estabas tú”, porque “Natalie, la Plaza Roja era un infierno” y “el gato que está en la ventana, triste y azul, llora por ti”.

Le pedí una fotografía de Marta a José, porque para amenazarla tenía que estar inspirado. “Piensa en cualquier otra mujer”, me contestó, porque no quería darme la foto. “¿Nunca has tenido ganas de violar a una mujer?”. No esperó mi respuesta y siguió: “Piensa en cualquiera que te gustaría violar y ya está”. Creo que no quería darme la foto por celos. Le dije que soy un tipo de escasa imaginación y que el trabajo me saldría mejor con la foto sobre la mesita del teléfono. Me la dio de mala gana. Con razón yo no me enamoro: si todo este asunto era una historia de amor, prefería seguir célibe.

La fotografía de Marta no me dijo nada; no era una foto parlante, no tenía musiquita del otro lado, como las postales navideñas, y me quedé frío. En fin, quizás era porque no la conocía en vivo y en directo. Las pasiones de los demás siempre nos parecen ridículas. Hay una enorme cantidad de gente que considera ridículo emborracharse por la mañana, y yo encuentro ridículo su matrimonio, su paternidad, sus ahorros, sus hipotecas y sus conversaciones.

Decidí comenzar el trabajo cuanto antes. Soy un tipo de lo más responsable, aunque no lo parezca. Y cuando hago algo, me gusta hacerlo bien.

Elegí la hora del lobo, es decir, el crepúsculo. Conozco bien esa hora cuando la luz declina, la noche todavía no se ha instalado y todo flota, entre tinieblas, a punto de desaparecer, provocando inquietud, ansiedad, un oscuro presagio de muerte y desolación. La hora de los lobos y de los locos. La gente sensible suele hacer cosas raras, a esa hora. Unos, se van de putas. otros, se emborrachan. No sé qué hacen las mujeres a esa hora. Ellas, que no van de putas. Quizás toman tranquilizantes o comen chocolate.

Marta, que vive sola, según José, y que tenía aspecto de una muchacha normal (no parecía una feminista, ni una de esas chicas modernas que creen en la igualdad de los sexos) posiblemente a esa hora tenía un poco de miedo. Miedo a la soledad, a la casa vacía, a la vejez, a la muerte, a José. Los tipos somos peligrosos: no nos gusta que una mujer nos desprecie. Un hombre, que es un igual, puede despreciarnos, pero una mujer, no. Ni una mujer, ni un negro, ni un animal.

Primero, hice una prueba. Llamé al número de Marta, y no dije nada. Quería escuchar su voz. Las mujeres siempre atienden el teléfono cuando están en casa. Son muy soñadoras, esperan una llamada insólita que les cambiará la vida aunque sea media hora. Tienen sueños vagos e imprecisos, por eso se las engaña fácilmente.

Atendió con naturalidad. Seguramente pensó que se trataba de alguien conocido. No dije nada. Sostuve el auricular, escuché sus repetidos “diga”, cada vez más inquietos y no dije nada. Tampoco corté la comunicación, de modo que cuando se cansó de decir “diga” se produjo un silencio. Eso era lo que yo quería: un silencio tenso, expectante. Seguramente se sentía asustada, confusa y ansiosa. Estaría preguntándose si se trataba de un error, si era una llamada anónima, una broma o una amenaza.

 Luego de unos minutos, corté. El terreno ya estaba preparado. Fui a la cocina y me hice un café. A esa hora, me gusta tomar café, aunque después me cuesta dormir. Calenté la cena de mi madre. Guiso de arroz con trozos de carne. La carne la entretiene mucho: le cuesta masticarla, por los dientes, y se hace la ilusión de que ha comido mucho. Se aferra a esos minúsculos trozos de carne como a jirones de vida para sumar a la suya, que se está acabando.

­Quiero más ­dijo mi madre, sin acabar el plato, y yo, con resignación, busqué otra cosa para darle. Queso: un trozo de queso blanco, como a los ratones. Esperé a que terminara de comer y me encerré en el dormitorio, al lado del teléfono, para llamar a Marta.

Había anochecido por completo. Me imaginé que Marta estaría sentada frente al televisor, contemplando esos programas llenos de psicópatas y paranoicos que siempre atacan a seres indefensos. Un buen estímulo para mi trabajo. Películas de televisión, con asesinos en serie y aterrorizadas víctimas femeninas. A veces pienso que las mujeres han sido creadas para eso: para ser violadas, torturadas, sometidas.

Me pareció que las once de la noche era una buena hora para llamarla. Las películas de terror ya han comenzado, un rato antes que el noticiero, que es otra clase de terror.

Coloqué la foto de Marta en la mesita de luz, al lado del teléfono. Se me ocurrió que si miraba su cara redonda, sus cabellos lacios, su sonrisa ingenua, sus labios rojos y su mirada confiada, haría mejor mi trabajo. Nunca había dicho obscenidades por teléfono a ninguna mujer, pero el aparato no debía inhibirme: casi todo el mundo es capaz de decir obscenidades en persona, que me parece mucho peor. Conecté la grabadora.

Marta atendió al tercer llamado. Supuse que tenía el teléfono cerca del televisor, como hace mucha gente, para ponerse al aparato sin quitar ojos de la pantalla y conversar con su familia o su amante mientras el psicópata de turno sorprende a la incauta protagonista en medio de la ducha (la chica vive sola y tiene la manía de ducharse cuando regresa a casa), la sujeta por detrás, le tapa la boca con un pañuelo, le hace un tajo en el cuello con la navaja y comienza a violarla entre jadeos.

­Diga, diga ­respondió Marta, con cierta ansiedad. Yo respiré sonoramente, para asustarla. Ella repitió, alterada:

­Diga, diga, ¿quién es?

­Voy a abrir en canal ese culito redondo que tienes ­fingí la voz­ y luego me lo comeré asadito, chorreando sangre menstrual ­le dije. Te dejaré gotear como una gallina degollada ­agregué.

­¿Quién habla? ¿Quién habla? ­insistió Marta, del otro lado del teléfono.

­No me conoces ­respondí­ pero yo sí te conozco bien. Sé cómo te llamas, donde vives, qué perfume usas y  el color de tus bragas. Te voy a arrancar los dientes, uno a uno, y te los haré tragar por esa boquita preciosa, hasta que te ahogues.

Marta cortó la comunicación. Buena señal: no podía soportar mis descripciones. Volví a llamar, luego de dejar pasar unos minutos.

­No te escaparás, nena ­le aseguré. No hay salida para Marta. Allí donde vayas, yo estaré espiándote. Te miraré mientras haces la compra, lavas la ropa, duermes o vas al trabajo. Y caeré sobre ti como un rayo. Te rebanaré el clítoris y se lo daré a comer a tu gato. Voy a romperte ese culito de seda, te va a doler hasta morir, pero no será una muerte suave, no, no lo esperes, será una muerte muy lenta, muy dolorosa, muy larga. Después, desconecté la grabadora, abrí una cerveza y me eché en la cama; trabajo cumplido. Me gusta beber hasta que el sueño me invade, la botella se cae y deja una huella menstrual sobre el suelo. Sangre, heces, manchas, vísceras: y ella (mi madre) lucha por ganar unos días más, trescientos sesenta y cinco días que forman un año, una nueva miseria. Me dormí bebiendo con una musiquita de fondo: “Así pasan los años”, de Casablanca. Me vuelve loco Ingrid Bergman.

Efectivamente: José vino el sábado a escuchar la cinta. Conecté la grabadora, la cinta empezó a rodar y él pudo oír la voz angustiada de Marta, sus preguntas nerviosas, sus quejas de terror. Disfrutó mucho con la grabación. Cuando Marta, asustada, preguntaba, entre suspiros: “¿Por qué a mí? ¿Por qué a mí? ¿Qué he hecho yo?”, José sonreía con satisfacción, un poco de baba le chorreaba de la boca y rebobinaba la cinta, una y otra vez, para regodearse con las lamentaciones de su amada. Debía de estar verdaderamente enamorado.

Cuando Marta gritó, de manera destemplada: “!Deje de perseguirme, usted está loco!”, creí observar que José tenía una erección, pero no me pareció nada extraordinario, cada cual sabe cómo excitarse, y a veces, nos excitamos sin querer, tal es nuestra constitución.

Escuchó las cintas tantas veces que empezó a molestarme. Era sábado y yo quería estar solo. Así que apagué la grabadora y le dije:

­Puedes llevarte la cinta. Es tuya. Has pagado por ella.

José se molestó por este corte inesperado de su placer, y me espetó: ­Por el momento, soy tu patrón, y tú, mi empleado, así que las órdenes las doy yo.

Bien, el mundo está hecho de esa manera, y nadie va a cambiarlo, nadie va a pedirme opinión.

­Es que voy a salir ­mentí. He quedado con una chica.

José no quiso llevarse la cinta: era un placer secreto, clandestino, y, además, temía que su esposa o sus hijos la descubrieran. De modo que me la devolvió (“Guárdala bien: querré escucharla otras veces”) y me extendió uno de los grandes, como habíamos quedado. Hay hombres capaces de destripar a una mujer, pero no le estafarían un duro a otro hombre. Antes de irse, me recordó que yo debía continuar hasta que él lo considerara oportuno.

Este trabajo me producía algunos gastos: decidí comprarme un par de revistas porno, para inspirarme. Mirando aquellas fotos y dibujos mi imaginación no tenía que hacer ningún esfuerzo: bastaba con describir lo que veía. Además había breves relatos, de los cuales podía extraer frases para decirle a Marta, como:

­Te clavaré la polla hasta el mango y sangrarás como la cerda que eres.

O: ­Voy a tajearte los senos en lonchas y te los haré tragar hasta que revientes. Tenía que ser breve, nada metafórico y muy expresivo. Ahora, cuando oía mi voz, Marta cortaba la comunicación inmediatamente,  como fulminada por un golpe de corriente, y luego, dejaba descolgado el teléfono, para que yo no pudiera insistir. Por eso tuve que llamarla a horas muy distintas, para sorprenderla. Sólo una vez reaccionó con hostilidad, y antes de que yo pudiera terminar la amenaza (“Te empalmaré hasta el cuello”) me interrumpió:

­Eres un hijo de puta ­me dijo, y colgó.

Una noche en la que no atendió el teléfono pensé que debía de estar tan asustada que habría ido a dormir a la casa de alguna amiga o compañera de trabajo.

Un mes después, le propuse a José que suspendiéramos las llamadas, que ya era suficiente, pero no quiso.

­Tú, sigue ­me dijo, muy contento con el resultado. ­Yo ya te diré cuándo hay que parar ­agregó­. Me pareció que tenía algún plan entre manos, pero que no estaba dispuesto a contármelo. Por lo demás, me pagaba puntualmente y una vez me trajo una botella de cognac de regalo.

­Mátate como quieras, hombre ­me dijo, al regalármela. José era muy sano: no fumaba, no bebía, no jugaba. En cambio, yo fumaba, bebía y jugaba.

Me quedé con la botella, y ese día, en gratitud, no llamé a Marta. Le di una noche de descanso.

Al día siguiente, cuando reinicié mi trabajo, me pareció que la voz de Marta era más lúgubre, más patética.

­Por favor, olvídese de mí ­suplicó. No me siento bien. Estoy enferma. No puedo ir a trabajar y no tengo quien me cuide.

Cosas de mujeres, pensé. Quizás tenía la regla, o estaba fingiendo.

­No, no te voy a dejar nunca. Cuando te deje, ni tus padres podrán reconocerte ­afirmé. Y corté, porque advertí que tenía una erección.

Dos semanas después, José me dio la orden de interrumpir mi trabajo.

-Lástima -le contesté-. Me había aficionado a las llamadas, y además, a ganar un poco de dinero.

-Llama a cualquier otra -me respondió-, pero no a Marta.

Le entregué las cintas, me pagó y se fue.

Eché un poco de menos las cintas. Podría haber hecho una copia, pero soy demasiado indolente. El día en que nos despedimos, José me pareció muy parco. No bromeó, como solía hacer. Se me ocurrió que quizás se había reconciliado con Marta. Tal vez ella, desesperada por el acoso telefónico, lo había llamado, le había pedido ayuda, y él, caballerosamente, se ofreció a protegerla de ese psicópata suelto. Ahora, podía demostrarle toda su protección y su virilidad: había conseguido (nunca diría cómo) hacer desaparecer a ese enemigo de su vida. Y Marta le estaría eternamente agradecida: la había salvado de aquel monstruo horrible que la perseguía.

Tres meses después, el cadáver de Marta, horrorosamente mutilado, apareció en un baldío de la periferia. La habían violado, y luego, cortaron su cuerpo: los senos, el vientre, el cuello estaban en rajas.

José vino a verme, a los pocos días, justo en el momento en que yo estaba preparando la comida de mi madre (un pastel de pescado con zanahorias, patatas y huevo), de modo que tuvo que esperarme sentado en el sofá.

­No hagas mucho ruido ­le dije. Mi madre está enferma y es mejor que duerma. Cuando despierta, sólo quiere comer, aunque haya comido un rato antes.

­No sabía que tenías una madre ­me contestó José, sorprendido.

­Hasta tú has debido de tener una ­respondí, con las manos metidas en unos guantes de cocina.

­Ha sido horroroso ­dijo José. ¿Leíste en los diarios el asesinato de Marta?

­No leo diarios ­respondí. Lo supe por la radio.

­¿La radio también lo dijo? ­preguntó José.

­Es un caso famoso ­observé. Verdadera saña.

­La policía me está volviendo loco confesó José. Me han interrogado un día sí y el otro también ­agregó.

­Normal ­comenté yo, mientras sacaba el pastel del horno.

­No me imaginaba que sabías cocinar ­observó, asombrado.

­He hecho cosas peores en mi vida ­respondí.

Me miró con curiosidad.

­¿A qué te refieres? ­preguntó.

­Trabajos ­dije. Fui soldado en la mili, mecanógrafo en una empresa de pompas fúnebres, portero de un bingo y muchas cosas más.

Pareció desinteresarse por mi experiencia laboral.

­Creo que sospechan que yo la maté ­se quejó José. Y además, ahora mi mujer se ha enterado de todo y quiere el divorcio.

­Tú me dijiste que envidiabas mi vida de soltero ­le recordé.

 ­No seas imbécil ­protestó­. Esto es mi ruina. Mi ruina personal y profesional.

­Hay cosas peores ­dije­. Piensa en Marta, por ejemplo.

­¿Para qué quieres que piense en ella? ­rechazó José. Ya está muerta. La reventaron. Y la policía cree que fui yo. Porque ella no tuvo otra relación en su vida.

­La suerte de cada uno es diferente ­observé.

Pasó por alto mi ironía, y dijo:

­La policía encontró una carta de Marta, dirigida a una amiga, y que no envió, donde le contaba nuestra relación, la ruptura y mis amenazas de perseguirla hasta el fin.

­La mayoría de la gente no cumple sus amenazas. Son sólo desahogos ­dije­. La policía lo sabe. ¿Encontraron las cintas? ­pregunté. El asunto me estaba aburriendo bastante, y, además, mi madre se iba a despertar con hambre, en cualquier momento.

­No seas estúpido ­dijo José. Las cintas las hice desaparecer en cuanto supe lo de Marta.

­Eran una prueba de que alguien la perseguía ­insistí.

­Si no me equivoco ­afirmó José, las llamadas fueron hechas por ti.

­Efectivamente ­concedí. Pero Marta no las grabó, y tú no las tienes. Ya no existen ­agregué. Sólo existe un cadáver destripado, y alguna sospechas ­puntualicé.

­No sé cómo voy a salir de todo este lío ­se quejó José. Y aunque encontraran al culpable, no voy a poder escapar de sus consecuencias.

­Si has hecho desaparecer las cintas ­le dije­, no entiendo por qué has venido a verme. ¿Sabes? Yo creo que tú la violaste y la mataste, y si te han seguido, y me lo preguntan, les diré lo que pienso.

José me miró con suspicacia.

­No esperaba menos de ti ­dijo, con ironía. Ahora bien, cabe la posibilidad de que yo haya venido a verte porque crea que tú la mataste.

El pastel de pescado se estaba enfriando.

­En ese caso, no habrías hecho desaparecer las cintas ­especulé.

­Las cintas nos comprometían a los dos ­respondió José.

­Pero la carta de Marta sólo te compromete a ti ­contesté.

­La policía ya ha advertido que difícilmente se trata de un crimen pasional. Es el crimen de un sádico, de un perverso, no de un amante despechado.

­Las amenazas telefónicas eran de un perverso, querido ­me defendí.

­Te recuerdo que las proferías tú ­respondió José.

­Pero tú disfrutabas oyéndola gemir, sufrir, padecer.

­Y yo creo que tú empezaste a imaginar el placer de llevar a cabo las amenazas telefónicas ­afirmó José. Solo, en tu cuarto, a la noche, medio borracho, tus sueños debieron llenarse de miembros rotos, carnes reventadas y sangre menstrual.

Mi madre se había despertado y estaba dando voces. Cuando no se acuerda de mi nombre, ni de que soy su hijo, me llama con nombres diferentes:

­¡Antonio! ¡Manuel! ¡Tráeme la comida!

­¿Tienes todos esos nombres? ­me preguntó José, sorprendido.

­Cada cual llama a las cosas a su manera ­respondí. ¿No me dijiste, cuando hicimos el contrato telefónico, que querías asustarla porque la amabas?

 

 

* Cristina Peri Rossi nació en Montevideo y en 1972 se exilió en España. Actualmente reside en Barcelona. Autora de Vivienda (Relatos), Los Museos Abandonados (Relatos); El Libro De Mis Primos(Novela); Indicios Pánicos (relatos y poemas); La Tarde Del Dinosaurio (Relatos); La Rebelión De Los Niños (relatos); El Museo De Los Esfuerzos Inútiles (relatos); Evohé (poemas); Descripción De Un Naufragio (poemas); Diáspora (poemas); Lingüística General (poemas); La Mañana Después Del Diluvio (poemas); Europa Despues De La Lluvia (relatos); Una Pasión Inútil (relatos).

 

www,cristinaperirossi.es

 






Subir
 Referencia
Cristina Peri Rossi *.  "El contrato."  Anaquel Austral. Ed. Virginia Vidal. Santiago : Editorial Poetas Antiimperialistas de América.    1 de Mayo de 2008.
 <   >
© Derechos Reservados