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El hombre del lunar verde
Walter Garib

                 

 

Para la escritora Virginia Vidal

 

En el Parque de los Reyes, donde no hace mucho llegaba a Santiago el tren desde Valparaíso, vi a un hombre con un lunar verde en la frente. Debo decir que el lunar era del tamaño de una moneda, suficiente para ser divisado desde la distancia. Había oído hablar del sujeto hacía años, pero me resistía a creer lo relativo a su prodigiosa particularidad.

 

Como gusto de investigar cualquier situación anómala, llegué a casa y busqué en la biblioteca todo lo relacionado con lunares. En el diccionario de La Real Academia Española, encontré una definición poco satisfactoria. Además, consulté una enciclopedia de varios tomos, donde no obtuve gran cosa. En ambos casos ahí se hablaba de una acumulación de pigmento en la piel, pero nada aclaraba de los diversos colores que podía tener.

 

Acudí a un amigo médico doctorado en dermatología, y le hablé del asunto. Éste, luego de dar una pequeña disertación sobre el tema, preguntó las razones de mi consulta. Cuando le referí que había visto a un hombre con un lunar verde en la frente, lanzó una exclamación de asombro:

 

—¡Cuídate de ese hombre!

 

Días después, en la mañana, volví a ver al hombre del lunar verde, esta vez instalado en un banco de la plaza Uruguay. A esa hora, en medio de una algazara indescriptible, niños pequeños perseguían una pelota multicolor bajo la atenta mirada de sus madres, mientras dos perros participaban en el juego.

 

Quería observarlo con detenimiento desde una distancia menor. Me aproximé ocultándome entre acacias y ligustros de cierta frondosidad. Llegué a situarme a unos metros por detrás de él, a la espera que volteara la cabeza en algún momento. Así lo hizo cuando la pelota multicolor, rodó hasta llegar a sus pies, perseguida por uno de los perros empecinado en mordisquearla. La cogió  mientras sonreía apretando los labios, para entregarla a un niño, quien por unos instantes se puso a mirarlo, para después echarse a correr.

 

Quedé confundido al apreciar de tan cerca su asombroso lunar. Era de una redondez perfecta, de verde intenso provisto de luminosidad a esmeralda recién pulida. Hablar de su vestimenta, o especular acerca de su edad, o investigar el color de sus ojos, o por último,  determinar si su nariz tenía la forma de un gancho, no parecía ser asunto de interés. El lunar esmeralda en su frente desvirtuaba todo lo demás. Constituía un caso prodigioso, y no entendía por qué las personas reunidas en la plaza, parecían ignorar este hecho.

 

Discurría sobre el tema, cuando el hombre decidió marcharse. Lo seguí con la mirada hasta verlo cruzar la plaza en dirección a la avenida Francisco Bilbao, perdiéndose en el tráfago endemoniado de la ciudad.

 

A la semana, en los funerales del adivino Sankar Al Dayal —a quien consultaba a menudo— lo encontré en medio de la multitud. A nadie parecía importar su presencia, y yo me empeñaba por creer que no era él. Quién sabe si por efecto de un fenómeno de refracción —deduje para tranquilizarme— un haz de luz se proyectaba en su frente, al traspasar el vitral del mausoleo.

 

Analizaba esta circunstancia de paradoja, cuando reparé que todos se habían ausentado del cementerio. Sólo quedaban los sepultureros y yo. Me marchaba, cuando divisé al hombre del lunar verde recorrer las tumbas cercanas, como quien busca a un ser querido, pero más bien aparentaba. Lo seguí con la vista un trecho, hasta que se perdió en medio de la inmensidad del cementerio.

 

Lo encontré de casualidad al cabo de unos días, al fondo de una calleja del Barrio Yungay, adonde yo había ido a comprar un baúl de viaje, para poner de adorno a los pies de mi cama. Él parado frente a una casa desabitada, simulaba esperar a alguien. Para mi felicidad hallé un zaguán a modo de observatorio, donde me oculté. Tantas coincidencias me empezaron a inquietar, llegando a suponer que estaba próximo a sufrir un desagradable percance.

 

Regresé a casa bien entrada la tarde. Vivo solo y no teniendo con quien comentar sobre mi experiencia del día, me puse a leer La Metamorfosis de Kafka. Al llegar a la página 23, me dominó el cansancio.

 

Durante la noche desperté sobresaltado al sentir ruidos en la sala. No era la primera vez que sucedía. Quizá eran rumores de siempre, debido a la vejez de la vivienda o a la presencia del gato que se quedaba encerrado, pero como éstos continuaban, decidí investigar. El hombre del lunar verde permanecía sentado en mi sillón predilecto, bebiendo una copa de un vino que guardaba para ocasiones solemnes, y comiendo aceitunas mientras leía La Metamorfosis.

 

Tanta desfachatez me enfureció hasta perder el juicio. Le exigí que se marchara en el acto, de lo contrario, pensaba cometer una locura. No recuerdo bien qué sucedió después. Como no quiso moverse y sonreía en forma desdeñosa, lo cogí de las solapas. Mientras lo remecía e insultaba, iniciamos una lucha cuerpo a cuerpo. El vaso de vino manchó el sillón; las aceitunas rodaron por la alfombra y La metamorfosis voló hasta chocar contra el vidrio de la ventana. Ignoro si el combate fue breve, largo o si yo, en realidad peleaba contra alguien. Todo fue confuso aquella noche. Hubo un instante en que el hombre intentó tocarme la frente con el índice, para colocar ahí su lunar verde. En respuesta, lo golpeé con la base de una lámpara de aceite hasta aturdirlo, y lo encerré en el baúl a los pies de mi cama.          

 

(*) Ediciones La Pluma del Ganso, México, 2007.






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 Referencia
Walter Garib.  "El hombre del lunar verde."  Anaquel Austral. Ed. Virginia Vidal. Santiago : Editorial Poetas Antiimperialistas de América.   12 de Febrero de 2008.
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