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Polémica en la Feria del Libro chilena según © Estandarte.com

Actas : Internacional

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Heikki Hiilamo, La ruta finlandesa.
Patricio Orellana Vargas

Heikki Hiilamo, La ruta finlandesa. La diplomacia clandestina que salvó a miles de chilenos, Santiago, Ceibo ediciones, 2013, 338 Págs.
La solidaridad hacia el pueblo chileno durante el golpe militar y la dictadura cívico militar fue de una inmensa envergadura en gran parte del mundo. Una de sus expresiones más conocidas es el apoyo y refugio que brindaron numerosas embajadas extranjeras. Este libro presenta una completa historia de esa labor cumplida por la Embajada de Finlandia y profundiza el análisis pues no se trata simplemente de relatar las relaciones oficiales entre el gobierno de Chile y las embajadas específicas. Aquí se presenta la complejidad de esas relaciones y se describe el rol concreto de los funcionarios diplomáticos y el formalismo y la tradición de sus instituciones, lo que muchas veces implicaba una contradicción entre lo que sentían las personas encargadas de las relaciones diplomáticas y las normas e instrucciones que recibían desde sus gobiernos.

El autor, un distinguido Doctor en Ciencias Políticas de la Universidad de Helsinki, logró tener un acceso muy completo sobre las relaciones del encargado de la Embajada de Finlandia de la época, Tapani Brotherus y la junta militar chilena y muestra detalladamente la complejidad de esas relaciones.

En primer lugar, Brotherus recibía las instrucciones de su gobierno, interesado en mantener las relaciones diplomáticas y desarrollar relaciones económicas, aunque brindando algún apoyo humanitario a casos extremos que se conocieran, esto último manteniendo un bajo perfil político y sin inmiscuirse en los problemas internos de Chile. A su vez Brotherus no podía dejar de constatar que el pueblo chileno estaba sufriendo una represión que no respetaba los derechos humanos fundamentales. Los casos concretos que se presentaban no podían dejarlo impasible y le obligaban a brindar apoyo y refugio a las víctimas, en muchos casos sin informar detalladamente a su gobierno y en otros, ocultando a fugitivos políticamente importantes que ni siquiera podía reconocer oficialmente, pues no había seguridad de que el gobierno militar respetaría el asilo político. A su vez, para conseguir salvoconductos de las personas que estaban refugiadas o escondidas en su casa, era imprescindible mantener relaciones formales y respetuosas con las autoridades de la dictadura.

Al mismo tiempo, en Finlandia, se desarrollaba una campaña muy popular en contra de la dictadura de Pinochet. Dos comités de solidaridad con nuestro país eran muy significativos, en pocas semanas uno de ellos llegó a tener cien mil miembros y el otro, veinte mil. Una ex presidenta de Finlandia dirigía una de estas organizaciones y prácticamente todos los partidos políticos repudiaban la dictadura chilena. Por su pare el gobierno finés no podía dejar de reconocer esta situación y a pesar de tener una política neutral se comprometió con la causa de la defensa de los derechos humanos, pero con la discreción que exigen las relaciones diplomáticas.

La situación se hizo más complicada cuando la República Democrática Alemana decidió cortar relaciones con la dictadura chilena y cerrar su embajada, en esas circunstancias Finlandia asumió el rol de estado protector de la RDA, aunque algunos funcionarios alemanes siguieron trabajando en Chile para ayudar a las personas que eran perseguidas y que corrían peligro.

Con esta doble función, los pocos funcionarios de Finlandia multiplicaron sus actividades, estrechando las relaciones con las embajadas de Suecia y Noruega. Mientras el embajador de Suecia tuvo una actitud sobresaliente de enfrentamiento y denuncia de las violaciones a los derechos humanos, el embajador finlandés sostuvo una imagen muy discreta pues al poco tiempo, Edelstam, el embajador sueco, fue declarado persona non grata y tuvo que abandonar el país, pero siguió denunciando los crímenes de la dictadura en muchos foros internacionales.

A pesar de que Finlandia tenía programado acoger pocos refugiados chilenos, Brotherus, operando en nombre de la RDA pudo acoger a otros muchos refugiados en las antiguas dependencias de la embajada de la RDA y reducir el número de refugiados que estaban en su casa, algunos simplemente ocultos.

El hombre más buscado, Carlos Altamirano, estaba escondido en esas condiciones, pero en una arriesgada operación, los funcionarios alemanes de la STASI (policía política) los sacaron del país, escondido en un compartimento secreto de un auto, logrando pasar los controles policiales y llegar a Argentina, desde donde Altamirano pudo dirigirse a Alemania Democrática. La STASI también participó en financiar al Partido Comunista e incluso logró sacar de Chile una imprenta que estaba clandestina.

La labor prominente y pública de Edelstam y simultáneamente el trabajo silencioso de Brotherus constituyen los dos extremos de cómo llevar a cabo la solidaridad, ambos fueron importantes y tuvieron resultados efectivos, pero mientras Edelstam se transformó en un héroe nacional en Suecia, Brotherus fue un desconocido en Finlandia. Sin embargo, el ejemplo de estas dos personas fue un factor que estimuló el compromiso con la ayuda a los perseguidos chilenos, por parte de los diplomáticos de Francia, Italia, Holanda y posteriormente los de Alemania, el Reino Unido y otros países europeos.

Las relaciones entre Finlandia y Chile se deterioraron porque en Finlandia el Tribunal Helsinki, integrado por personalidades universales, condenó a la dictadura chilena y entre las personalidades finlandesas que participaron en esos eventos estaban el primer ministro y el de educación.

Finlandia recibió a 182 refugiados chilenos y la RDA a otros 2.000, Dinamarca acogió a 600 y Noruega a más de 150. Suecia, en cambio, recibió a 28.000 hasta 1980.

La conclusión del autor es que los diplomáticos no son filántropos, pero, sin embargo, “pueden tener espacio para el humanismo y hacer más de lo que su cargo les exige”.
Comentario.
El autor resume la controversia sobre el gobierno de Allende en los siguientes términos “El golpe militar del 11 de septiembre de 1973 fue el símbolo del afán fascista, o desde otra óptica política, la intervención necesaria para detener la anarquía”. Adoptando una actitud de cientista político poco objetivo, se inclina por justificar el golpe en contra de Allende porque “su política económica fue un fracaso”, “El problema es que el límite entre el sector privado y el público era ambiguo”, “El mapa rutero del socialismo de Allende sólo se desplegaba a los intelectuales de izquierda…”, “El entusiasmo europeo… era más bien una visión romántica”.
De esta manera el autor adopta una definida posición pro dictadura, que es el trasfondo contradictorio con todo lo que cuenta su obra y llega a sostener “que la economía se hallaba en un estado terminal” y “la propaganda sembrada por la izquierda se había traducido en asaltos y asesinatos de latifundistas”.
Estas estas exageraciones, propias de la propaganda norteamericana y de la dictadura, no se justifican si se piensa en qué sería Chile sin CODELCO y la nacionalización del cobre, sin haber liquidado las haciendas y latifundios improductivos, sin haber desarrollado los servicios de salud (los que tuvieron que mantenerse), partiendo de una situación de una alta mortalidad infantil y raquitismo generalizado, hasta la época actual, que Chile tiene una esperanza de vida superior a la de Estados Unidos. Sin embargo, el autor cree en “el milagro económico chileno” de la dictadura.

Finalmente, el autor, para equilibrar su ideología, señala “La culpa no era únicamente de Allende y su aliados. Estados Unidos hizo todo lo posible para que Allende fracasara”•. Y evidentemente Estado Unidos era la potencia más poderosa del mundo.

Santiago, abril de 2016





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 Referencia
Patricio Orellana Vargas.  "Heikki Hiilamo, La ruta finlandesa.."  Anaquel Austral. Ed. Virginia Vidal. Santiago : Editorial Poetas Antiimperialistas de América.    6 de Abril de 2016.
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