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Polémica en la Feria del Libro chilena según © Estandarte.com

Actas : Internacional

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Luisa Michel, combatiente de la Comuna de París
Virginia Vidal


Tomando el cielo por asalto

¿Quién sabe del paso por Chile Luisa Michel, a mediados de 1890?
Esta educadora, poetisa y escritora francesa fue una de las heroínas de la Comuna de París, la primera revolución obrera de la historia.
Antes de arroparla en olvido, su estancia en nuestro país la convirtieron en chunga. Ningún medio de prensa iba a publicar el ardiente mensaje de una subversiva que proclamaba:

«Somos revolucionarios, porque para realizar los fines de la Revolución, queremos derribar por la fuerza una sociedad que no se mantiene sino por la fuerza. Porque sabemos que la debilidad, como la legalidad, mata las revoluciones y la energía las salva. Porque reconocemos que hay que conquistar ese poder político que la burguesía retiene celosamente, para el mantenimiento de sus privilegios. Porque en un período revolucionario en el que las instituciones de la sociedad actual deberán ser abatidas, la dictadura del proletariado deberá establecerse y mantenerse hasta que, en el mundo liberado, no haya más que ciudadanos iguales de la sociedad nueva».

La revista humorística Don Cristóbal la caricaturizó haciéndola bailar un «rabioso cancán», con Manuel José Irarrázaval Larraín, presidente del Partido Conservador, presidente del Club de La Unión, comandante de un cuerpo de guardias cívicas, quien preconizaba la reforma electoral y municipal para el establecimiento de la comuna municipal autónoma (nada qué ver con la Comuna de París).

El escarnio llegó a presentarla como “colega” de Irarrázaval:

«Sí, lector, en Chile está
Esa feroz comunista
Que hace a la Europa temblar.
Cuando supo esta francesa,
Engendro de Satanás,
Que aquí el marqués Irarrázaval
Predicaba con afán
La Comuna vino al punto
a Chile a felicitar
A su colega, y a darle
El parabién... y algo más».

La caricatura era acompañada de un diálogo en francés y no faltaba un ¡Vive L'International! con la versaina insistente:

«¡Quién pensara que aquí en Chile,
Un pueblo de tanta paz,
Los conservadores
Vinieran a predicar
La Comuna, y que su jefe,
Más cristiano que San Blas,
Con Luisa Mitchell (sic) bailara
El más rabioso cancán!»

Se burlaban de la mujer que al inicio de la Comuna de París estaba en la primera fila de los acontecimientos de los 17 y 18 de marzo de 1871.

Irarrázaval se inspiraba en los townships, municipios del estado de Nueva Inglaterra, pues había estudiado a fondo la organización municipal de los Estados Unidos. Consideraba la comuna como único remedio contra la intervención del Ejecutivo y podía garantizar la libertad electoral dictando una ley de elecciones.

La organización comunal decretada el 27 de diciembre de 1891, determinó que los municipios gozarían de total independencia del ejecutivo, con facultades aún más amplias que las que antes correspondían a los gobernadores dentro de sus departamentos. Entre ellas figuraban la salubridad, el aseo y el ornato de las poblaciones, el fomento de la educación y de las industrias, el mantenimiento de la policía de seguridad, etc. Constituía el poder electoral, a cargo de las inscripciones de los ciudadanos y las votaciones para elegir a sus propios regidores, a los parlamentarios y al presidente de la república. Pero esta nueva organización comunal solo quedó en la entrega del poder electoral a los grandes terratenientes o caciques locales, unos y otros vinculados a los círculos oligárquicos de la capital.

Luisa la comunera

Luisa Michel, nacida en 1830, se había dedicado en París a la enseñanza sin interrupción durante quince años. Abrió escuelas, publicó varios textos literarios, ensayos y poemas. Se introdujo en los ambientes revolucionarios y fue colaboradora habitual de periódicos de la oposición como Le cri du peuple (El grito del pueblo), cuyo redactor jefe era su amigo Jules Vallès. En 1862, fue socia de la “Unión de los poetas”, y en 1869, secretaria de la "Sociedad Democrática de Moralización" que tenía por finalidad ayudar a las trabajadoras obreras.

El 1 de septiembre de 1870, la derrota de Napoleón III en la guerra franco-prusiana puso fin a la dictadura imperial. Los acontecimientos precipitaron la proclamación de la república, mientras el ejército prusiano marchaba sobre París. Luisa Michel integró el Comité de Vigilancia del barrio de Montmartre, una de las asociaciones vecinales que se crearon en cada distrito parisino para organizar la defensa de la capital. Allí conoció al militante blanquista Théophile Ferré con quien formó pareja.

La Comuna de París —considerada por Carlos Marx como el empeño proletario de «tomar el cielo por asalto»—, entre sus primeras medidas acordó: la supresión de la venta de los objetos empeñados en las agencias, abolición del presupuesto de cultos y de la conscripción; pensiones para la mujer, legítima o no, y al hijo, reconocido o no, de todo federado muerto en combate; prohibición de registro sin mandato regular.

Cuando el gobierno de Versalles envió sus tropas apoderarse de los cañones de la Guarda Nacional emplazados en la colina de Montmartre, Luisa Michel era la presidenta del Comité de Vigilancia del distrito XVIII. A la cabeza de la manifestación de mujeres que impediría que los cañones pasaran a manos de los "versalleses", logró que los soldados confraternizaran con los guardias nacionales y el pueblo parisino. Desarrolló una destacada labor social y militante en los escasos dos meses que duró la sublevación parisina. Animó el "Club de la Revolución" de la iglesia Saint-Bernard de la Chapelle, en el distrito XVIII, y consiguió del alcalde del distrito de Montmartre, Georges Clemenceau, la creación de comedores para los niños del barrio. Organizó también un servicio de guarderías infantiles en toda la capital, y apoyó la creación de escuelas profesionales y de orfanatos laicos.

La Comuna fue ahogada en la sangre de cien mil muertos. Théo Ferré fue uno de los caídos. A los sobrevivientes los deportaron a diversas y muy lejanas partes del mundo, inclusive a Punta Arenas.

En diciembre de 1871, Luisa fue llevada ante el 4° consejo de guerra acusada de intento de derrocar al gobierno e incitar a los ciudadanos a tomar las armas en defensa propia, acusada además, de usar pantalones. Según un informe de la policía, había adherido a la Internacional; sobreviviente de una barricada, había sido guardia del 61º Batallón, camillera, agitadora y organizadora.


La prensa de Versalles la llamó la Loba roja. Luego de veinte meses de prisión en una fortaleza, le cambiaron la pena por diez años de destierro en la colonia penal de Nueva Caledonia, en el archipiélago de Oceanía situado en la Melanesia, en el sudoeste del océano Pacífico.

Allá estableció relación con Henri Rochefort, un famoso polemista, y conoció a Nathalie Lemel, otra figura activa en la Comuna de París, la cual acercó a Luisa a las ideas anarquistas. Permaneció en Nueva Caledonia por siete años, rechazando el tratamiento especial que se reservaba a las mujeres. Durante esos años, se acercó a los canacos, considerados como peligrosos y hasta antropófagos por la mayoría de los franceses. Estudió y recogió datos sobre la fauna y la flora de la isla, los resultados los envió al Instituto Geográfico en París. Aprendió su lengua y desarrolló una labor educativa llegando a tomar partido en la revuelta de 1878, a diferencia de muchos otros deportados comuneros. Fundó el periódico Petites Affiches de la Nouvelle-Calédonie y publicó Légendes et chansons de gestes canaques. En 1879, se le permitió instalarse en la isla de Noumea y se la autorizó a retomar su labor docente, primero como maestra de los hijos de los deportados franceses, y luego en escuelas de niñas.

Amparada por la amnistía parcial concedida a los participantes en la Comuna de París, Luisa Michel regresó a París en 1880. El pueblo parisino la recibió con calor y admiración. Dos meses más tarde, su obra La miseria se publicó con enorme éxito. En 1881, asistió al entierro de Auguste Blanqui y pronunció su elogio fúnebre. Regresó para seguir alternando exilios, prisiones y su recorrido por el mundo, dictando conferencias y organizando protestas de los trabajadores, huelgas y otras acciones.

Luisa Michel murió de una pulmonía en enero de 1905, en la habitación N° 11 del Hotel Oasis de Marsella, mientras daba una serie de conferencias para trabajadores. Miles de personas acudieron a su funeral en París.

En reconocimiento a su labor docente, llevan su nombre escuelas primarias y secundarias de varias ciudades francesas.

En la Guerra Civil española, dos batallones de brigadistas internacionales llevaban el nombre de Luisa Michel.

Desde 1937, una estación del Metro de París lleva su nombre. En 2004, el jardín situado al pie de la basílica del Sagrado Corazón en Montmartre, París, fue rebautizado en su honor.

En Chile, Flora Sanhueza Rebolledo, nacida en Cobquecura, en 1911, hija de padres exiliados, anarquista y luchadora social en Iquique, lugar donde creció, fundó la Escuela Libertaria “Luisa Michel”. Tras el Golpe de Estado en 1973, Flora, quien también era tía del detenido desaparecido William Millar Sanhueza, fue arrestada y torturada para luego ser puesta en arresto domiciliario, falleciendo el 18 de septiembre de 1974 como consecuencia de las torturas que recibió a manos de militares.


Revista Punto Final N° 823. 6 de marzo de 2015.






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 Referencia
Virginia Vidal.  "Luisa Michel, combatiente de la Comuna de París."  Anaquel Austral. Ed. Virginia Vidal. Santiago : Editorial Poetas Antiimperialistas de América.    6 de Marzo de 2015.
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