Anaquel Austral 
 
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Los abuelos de Allende: héroes de la independencia, políticos y artistas
Virginia Vidal

 

 

Salvador Allende, inclaudicable, siempre fiel a sus principios, cada día gana en el mundo entero mayor respeto y admiración. Su lealtad al pueblo se sustenta en sus principios, en su ética, en su intransable consecuencia, su raro valor. Hay un aspecto de su personalidad que sería injusto ignorar, porque ello significaría desconocer una continuidad histórica deliberadamente embestida. Existe en todos los actos de su vida una constante relación pasado, presente, futuro. Al ahondar en su estirpe, de la cual poco se ha divulgado, se advierte que sus antepasados directos no sólo tuvieron un rol protagónico en la gesta de la Independencia de Chile sino que también pusieron sus vidas al servicio de cambios profundos en beneficio de los habitantes de este país.

 

El músico José Zapiola (1802-1855), quien fue miembro de la Sociedad de la Igualdad, en sus “Recuerdos de treinta años”, al escribir sobre la revolución la Independencia, afirma que los hermanos Allende Garcés: "Habían pertenecido a nuestro ejército desde la campaña de 1813 y habían conquistado gran fama por su raro valor".

 

Allende descendía por línea directa de esos criollos patriotas, y de mujeres que se habían entregado con pasión a crear y criar. Pero él jamás hizo alarde de ello; sólo una vez se refirió a sus orígenes, casualmente, en una entrevista concedida al periodista Julio Lanzarotti, la cual no tuvo mayor difusión. En una ocasión dijo que provenía “de una familia bastante acomodada, digamos de una familia burguesa”, y agregó sin explayarse: “Conforme a una definición ortodoxa, mi origen es burgués, pero agrego que mi familia no estuvo ligada al sector económicamente poderoso de la burguesía, ya que mis padres ejercieron profesiones denominadas liberales y los antepasados de mi madre hicieron otro tanto”. Después añadió algo sobre su ubicación política: “”Todos mis tíos y mi padre fueron militantes del Partido Radical cuando ser radical implicaba, indiscutiblemente, tener una posición avanzada” .Pero nada más dijo de sus ancestros.

 

Conviene tener presente lo señalado por el historiador Sergio Grez:

“Aunque muchos chilenos ignoran aspectos esenciales de su trayectoria, es evidente que la semilla que él y otros sembraron no ha podido ser arrancada de la “conciencia digna de miles y miles de chilenos”. Y añade: “La actualidad, vigencia y popularidad de Allende en el Chile actual debe explicarse no solo por su muerte heroica sino también porque numerosos chilenos siguen alentando sueños y proyectos de profundo cambio social que rescatan muchos de los elementos del allendismo…”.

 

Bisabuelos héroes de la Independencia

 

Los hermanos Allende Garcés, hijos de Pedro Allende Aguilera y Petronila Garcés Honorato¸ provenían de una familia de la Conquista, descendientes directos de José de Allende Carrasco, nacido el 26 de septiembre de 1656 en Santiago (según el registro genealógico “Geneanet netsiden for slekst fors kere”). Estos hermanos son inseparables de la gesta de la independencia de Chile y, al mismo tiempo, de las contradicciones que surgieron entre los patriotas.

 

Gregorio Allende Garcés, designado jefe de la guardia personal del director supremo Bernardo O'Higgins, a partir del 28 de enero de 1823, lo acompañó en el exilio peruano desde el 28 de enero de 1823 hasta su muerte, el 23 de octubre de 1842. Tenía dos hermanos, Ramón y José María, pero éstos integraron el regimiento "Húsares de la Muerte", bajo las órdenes de Manuel Rodríguez Erdoíza.

 

Ramón Allende Garcés fue desterrado durante el gobierno de O'Higgins, después de la muerte de los hermanos Juan José y Luis Carrera y de Manuel Rodríguez. El propio José Miguel Carrera, en una de sus cartas, lo menciona entre los oficiales expatriados y enviados a combatir bajo las órdenes del general Simón Bolívar. En rigor, fue condenado a muerte, pero se le conmutó la pena por el expatriamiento. El historiador Jaime Eyzaquirre en “O’Higgins” (cap. sexto, sección 30), Zig-Zag, Santiago, 1946), rememora cuánta indignación había en Santiago, después de los asesinatos de los hermanos Juan José y Luis Carrera: "Don Ramón Allende, el teniente de la guardia de honor del Director Supremo fue apresado junto a otros conspiradores decididos a derribarlo; muy tarde se darían cuenta de que a su reunión secreta había asistido el propio O'Higgins...“ Luego de analizar los móviles de O'Higgins para tomar esa determinación y las conjeturas que sobre ello se hicieron, Eyzaguirre refiere que la Cámara de Justicia sentenció a los siguientes patriotas a ser pasados por las armas: "en el término de veinticuatro horas a don Ramón Vásquez de Novoa, don Martín de la Cuadra y don Ramón Allende, y ordenando el confinamiento de los demás reos. Pero el Director, no obstante hallarse seguro de que el triunfo de los revolucionarios habría acabado con su propia vida, la perdonó a los tres primeros, conmutándoles la pena capital por la de destierro perpetuo del territorio de la República".

 

Ese destierro perpetuo a cambio de la vida, obligaba a don Ramón Allende a ponerse al servicio de Simón Bolívar y luchar bajo sus banderas, por ello, combatió en las batallas de Boyacá y Carabobo, decisivas para la independencia de América. Su determinación la explicaba diciendo: “Todos somos americanos”.

 

El abuelo rojo

A su regreso a Chile, don Gregorio Allende se instaló en Valparaíso donde se desempeñó como jefe de los Serenos del Puerto. Contrajo matrimonio con Salomé Padín Ruiz, una de las hijas del decano de Medicina Vicente Padín (1815-1869). Su primogénito nació en Valparaíso el 19 de marzo de 1845. Al ponerle el nombre de Ramón, don Gregorio reveló el amor por su hermano, pese a las diferencias políticas.

 

Ramón Allende Padín estudió en el Liceo de Valparaíso y en el Instituto Nacional de Santiago, graduándose de médico cirujano de la Universidad de Chile en 1865. Ese mismo año fue nombrado miembro de la Facultad de Medicina. Su memoria Observaciones sobre el tifus, enfermedad conocida en Chile vulgarmente con el nombre de chavalongo, le mereció el premio de ser publicado en los Anales de la Universidad de Chile. Por sus conocimientos de este mal devastador, fue designado, junto al doctor Manuel A. Solís, para combatirlo en Petorca e Illapel, pero éste murió contagiado. (Cabe notar que el nieto, Salvador Allende, demostraría setenta y tres años después que entre los años 1919 y 1928, el tifus seguía cobrado vidas. En La realidad médico social chilena, señala que en ese lapso murieron veinte mil habitantes y cien mil fueron afectados por el flagelo; atribuyendo las causas de este mal como de otros a las terribles condiciones de vida de la mayor parte de la población).

 

En Santiago, don Ramón fue médico en la Hermandad de Dolores. Luego regresó a Valparaíso, donde siguió ejerciendo su profesión y tuvo una vasta clientela de indigentes, a los cuales no cobraba y aún entregaba fármacos, alimentos y ropa, por cuenta propia. En el puerto, trabajó como médico obstetra y en 1870 lo nombraron jefe del Hospital de Sanidad. Allí editó el periódico “Guía del Pueblo” para denunciar los problemas de las víctimas de la injusticia social. Luchó por los derechos civiles y por la separación de Estado e Iglesia.

 

Quería la secularización de los cementerios y de los registros civiles. Fundó en 1871 el primer colegio laico de Chile. Hoy, no lejos de la iglesia de la Matriz, se alza la Escuela Nº 157 “Blas Cuevas-Ramón Allende”, en cuyo patio se puede ver un busto en bronce de su fundador. Bajo el gobierno del presidente Allende a este plantel se le construyó un moderno edificio, inaugurado para su centenario, el 25 de octubre de 1971. Un mural pintado por profesores y alumnos es la mejor crónica ilustrada de la historia de la escuela, donde tampoco falta el presidente de la república con su bata blanca.

Fue director fundador del Cuerpo de Bomberos, luego de la ardua labor que le cupo desempeñar como médico identificando a las víctimas del incendio de la de la iglesia de la Compañía, ubicada en el terreno del famoso Colegio de la Compañía de Jesús (donde después se alzaría el Congreso Nacional). Como lo señala el doctor Sergio de Tezanos-Pinto en su “Breve Historia de la Medicina en Chile”: “Allende Padín se había distinguido como estudiante, a raíz del incendio de la Compañía, en la identificación y sepultura de las casi dos mil personas fallecidas en la catástrofe”. Trabajaron en el reconocimiento de los cadáveres los doctores Vicente Padín y Guillermo Middleton, con varios alumnos, entre ellos, Ramón Allende Padín, debiendo cumplir la penosa tarea entre el martes y el sábado de la misma semana de la catástrofe.

El joven médico casó en 1869 con la pintora Celia Castro del Fierro; tuvieron cuatro hijos: Salvador, Ramón, Tomás y Guillermo.

El 24 de noviembre de 1873, don Ramón se trasladó a Santiago, nombrado asistente de la Clínica Médica del profesor Wenceslao Díaz, además de ejercer en el Hospital San Borja. Presidió la Sociedad Médica de Santiago (1876 -1879). Destacado dirigente del Partido Radical, Ramón Allende Padín fue elegido diputado por Santiago de 1876 a 1879 y luego senador por Copiapó de 1879 a 1882, pero renunció a su sillón parlamentario cuando estalló la Guerra del Pacífico. El doctor Sergio de Tezanos-Pinto señala:

“Por decreto supremo del 8 de diciembre de 1879, firmado por el presidente Aníbal Pinto y por el ministro Gandarillas, se nombró jefe del Servicio Sanitario en Campaña al doctor Ramón Allende Padín, quien daría cuenta directa de sus actividades al Intendente General del Ejército, en Valparaíso”.

Ya había publicado en el diario Los Tiempos, el 14 de marzo de 1879, un proyecto de organización de Ambulancias Militares cuando marchó al frente con el Séptimo de Línea. Fue nombrado jefe del recién establecido servicio de ambulancias (una ambulancia era un hospital volante, desarmable, de veinte camas, con un equipo de cirujanos y enfermeros, y el material quirúrgico adecuado). El 8 de octubre asumió como jefe del Servicio Sanitario en Campaña y el 28 de septiembre de 1880, lo nombraron superintendente del mismo, por todo ello, es  el fundador del Comando de Sanidad del Ejército de Chile.

Fue presidente del Consejo de Higiene Pública, cargo que ocupó desde diciembre de 1879 hasta noviembre de 1880. En 1882 fue elegido senador suplente por la provincia de Atacama y dos años después, el 4 de junio, fue nombrado Serenísimo Gran Maestro de la Gran Logia de Chile, pero su salud quebrantada le permitió ejercer este último cargo solamente durante tres meses. En este tiempo, siguió trabajando como médico en el Hospital San Vicente de Paul y publicando trabajos sobre su especialidad. Falleció el 14 de octubre de 1884, a los treinta y nueve años de edad, víctima de diabetes. Sepultado con grandes honores, dos futuros presidentes estuvieron entre quienes llevaron su ataúd: José Manuel Balmaceda y Ramón Barros Luco.

En su breve vida no sólo impulsó las medidas favorables a la higiene, a la educación y servicio social, también fue parlamentario, presidente de la Sociedad Médica, decano de la Facultad de Medicina de la Universidad de Chile y llegó a ser alto personaje de las logias masónicas, como precisaba su nieto Salvador:  “Mi abuelo, el doctor Allende Padín fue Serenísimo Gran Maestre de la Orden Masónica en el siglo pasado, cuando ser masón significaba luchar […] Mi abuelo fundó la primera escuela laica de Chile y por su posición lo llamaron el “Rojo Allende”.

 

Lo llamaban ‘Rojo’ por su cabellera y sobre todo por sus ideas, pues se dedicó por completo a defender la educación laica, la democracia, la equidad.

La abuela artista

Celia Castro ha sido injustamente dejada de lado en nuestra historia de las bellas artes y sólo se refieren a ella en algunas investigaciones especializadas, aunque fue “la primera pintora profesional de nuestro país, es decir una personalidad que no tuvo otra meta en su agobiada existencia que el ejercicio desinteresado del arte, al que se entregó con toda su alma”, en la opinión del historiador Eugenio Pereira Salas.

 

Nació en Valparaíso en 1860 y murió en Viña del Mar el 19 de junio de 1930. En el puerto estudió pintura con don Juan Francisco González. Casó muy joven con el doctor Ramón Allende Padín.

 

El ejercicio desinteresado de su arte le proporcionó el reconocimiento oportuno del medio cultural nacional, pero también le exigió enormes sacrificios y dolorosas decisiones, y cómo lo expresa Eugenio Pereira Salas: “Esta temprana consagración le permitió encontrar las fuerzas necesarias para el desarraigo familiar en una carrera de creación”. Tal ejercicio ha sido considerado como “una vocación admirable” por José María Palacios (diario “La Segunda”, 29.09.81) y “una vocación apasionada” por el crítico Enrique Melchers (“El Mercurio de Valparaíso”, 16.07.84).

 

La joven viuda se entregó por completo a su oficio dando muestras de una vocación incuestionable a lo largo de su vida. Se trasladó a Santiago y se incorporó al dinámico grupo de Pedro Lira. Se destacó en el Salón Oficial del año 1884. Entonces el crítico Diógenes afirmó: Celia Castro “ha conseguido sobreponerse a los artistas de profesión en el género que ha escogido. Sus naturalezas muertas son admirables. Los inteligentes habrán saboreado con fruición aquellas frutillas, aquella sandía y aquel melón en que hay tanta verdad y tan intensa riqueza de color” (“El Taller Ilustrado”, 20.01.1884). Celia se hace notar entre pintores tan importantes como Pedro Lira, Magdalena Mira, Cosme San Martín, Ramón Subercaseaux, Juan de Dios Vargas. Esas mismas naturalezas muertas provocan la entusiasta exclamación de Benjamín Vicuña Mackenna: “Ha robado a los trópicos todas sus luces y sus jugos a todas las frutas con su pincel que destila en el paladar los ricos deleites de la piña…”

 

El 22 de febrero de 1885, “La Época” anuncia: “Exposición de Bellas Artes para el día siguiente en el edificio de la Quinta Normal, frente a la plazuela que sirve de vestíbulo al Salón”. Entre exponentes como Pedro Lira, Onofre Jarpa, Alberto Orrego Luco, están las destacadas pintoras Celia Castro, Magdalena y Aurora Mira.

 

Del Salón de Santiago, organizado por la Sociedad “Unión Artística” en la Quinta Normal, en 1888, el exigente crítico Pedro Balmaceda Toro (1868-1889), hijo del presidente José Manuel Balmaceda, escribe: “…si hubiese de caracterizar la pintura chilena en algunos de los cuadros de nuestros pintores, ya sea por la novedad de la factura, por ese aire que me imagino ha de tener el arte en cada país, según sea su clima y sus condiciones sociales escogería por ejemplo, El podador (La poda), de Celia Castro, con su crepúsculo de ópalo disuelto en rosas, La Náyade de Valenzuela y su Resurrección de la hija de Jairo”. Más adelante, Pedro Balmaceda ofrece una reflexión que si permite apreciar lo que comúnmente se esperaba de una mujer dedicada al arte, también indica que Celia había roto con esos prejuicios: La señorita Celia Castro abandonó sus naturalezas muertas, aquellos rinconcitos donde crecían fresas y margaritas, aquellos pequeños estudios entonados en las luces más vigorosas y a la vez más profundamente sentidas, para explorar un nuevo campo en el cual, si ha ganado la novedad y la energía de la factura, ha perdido un poco su temperamento de mujer, aquella poesía que firmaba todas sus telas”.

 

Celia viaja a Europa en 1889 y participa en la Exposición Universal de París, con motivo del centenario de la Revolución Francesa. En tan importante muestra le fue conferido el diploma especial de honor y la tercera medalla. Al respecto, Vicente Grez, quien consideraba a Celia “un alma joven desbordante de vida”, comentó en Les Beaux-Arts au Chili: “Ningún artista ofrece en el mismo grado que la señorita Castro esa quietud de talento que busca ansiosamente su camino”.

 

Más tarde, Celia volvió a exponer en los salones franceses y también en 1904, en la Sala Latinoamericana de Bellas Artes de París.

 

Un aspecto del espíritu rebelde de Celia se advierte en su decisión de dejarlo todo para seguir su vocación, así es como en 1908 aceptó la beca que le confirió el gobierno chileno para irse a París. El mismo año en que acepta la beca, nace el 26 de junio1908, Salvador Allende Castro, su primer nieto, quien fue bautizado con el nombre de Salvador, como su padre.

 

Obras suyas pueden apreciarse hoy en varios museos del país: en el Museo Nacional de Bellas Artes, Santiago, en el Palacio Baburizza, situado en Cerro Alegre, Museo Municipal de Valparaíso, y en la sala “Tole Peralta” de la Casa del Arte de la Universidad de Concepción que entre sus tesoros exhibe el óleo sobre tela La poda, enmarcado sobriamente con madera dorada y un paspartout como pasamanería de oro y negra.

 

Celia regresó de Europa en 1927 con su salud quebrantada y se radicó en Valparaíso donde abrió su taller a los pintores jóvenes. A sus clases asistieron artistas que después ocuparían destacado lugar en nuestras artes plásticas, como Roko Matsjacic, René Tornero, Chela Lira, Jim Mendoza. Se caracterizó por su generosidad y su gran capacidad para demostrar su afecto a los jóvenes artistas que fueron sus discípulos.

 
El padre: versos y humor

 

Salvador Allende Castro, hombre ingenioso, ameno improvisador de versos (no faltó la revista porteña que publicara algún poema suyo y otros se conservaron en álbumes femeninos). Casó con Laura Gossens Uribe y tuvieron cuatro hijos: Salvador, Laura, Alfredo e Inés.

Arsenio Gossens, su suegro, comerciante francés (también se le atribuye origen flamenco) se avecindó en Chile, fundó familia en Concepción y luego se trasladó a Lebu donde organizó el cuerpo de bomberos. Fue padre de Laura y de Arsenio Segundo. Este hijo se cuenta entre las víctimas de la conspiración juvenil de Lo Cañas contra el presidente José Manuel Balmaceda, donde la mayoría de los participantes sucumbió a una emboscada.

Como miembro del Partido Radical que se sumó a la oposición al presidente José Manuel Balmaceda; Allende Castro combatió en el ejército congresista de la guerra civil de 1891 y participó en la batalla de Concón. Retirado del servicio como teniente artillero, pasó a ser secretario de la dirección de contabilidad de los Ferrocarriles del Estado. Más tarde marchó a Tacna encargado por el gobierno como abogado de la Comisión del Plebiscito de Tacna y Arica y procurador de la Corte de Apelaciones y secretario de la Intendencia. Después tuvo el puesto de abogado del Consejo de Defensa Fiscal en Valdivia; fue promovido a relator de la Corte de Apelaciones de Valparaíso, relatoría a que renunció para desempeñar el cargo de notario público y de hacienda de esta misma ciudad. Sus traslados a puntos extremos del país obligaron a sus hijos a estudiar en ciudades diversas como Santiago, Tacna, Valdivia, Valparaíso.

Del final de sus días da cuenta su propio hijo Salvador quien estaba preso junto con su hermano. En 1930 fue detenido y expulsado de la Escuela de Medicina por su oposición a la dictadura de Carlos Ibáñez del Campo. Cuando agonizaba su padre pidió permiso para acompañarlo y fue conducido con una guardia armada: “Mi padre estaba enfermo, se le había amputado una pierna y tenía síntomas de gangrena en la otra. Estaba prácticamente en sus últimos momentos. De ahí que estando detenidos, se nos permitió a mi hermano y a mí, ir a ver a nuestro padre. Allí como médico me di cuenta del estado de gravedad suma en que se encontraba. Pude conversar unos pocos minutos con él y alcanzó a decirnos que nos legaba una formación limpia y honesta y ningún bien material. Al día siguiente falleció; en sus funerales hablé para decir que me consagraría a la lucha social, promesa que creo haber cumplido”.

 

Salvador Allende nació en Santiago

 

Salvador Guillermo Allende Gossens nació el 26 de junio de 1908 a la una y media de la madrugada en avenida España Nº 615, Santiago; así lo demuestra el certificado firmado por su propio padre quien lo inscribió en la Circunscripción Nº 2 del Registro Civil de Santiago, el diecisiete de julio de ese mismo año, bajo la partida 1754.

 

Sin embargo, es indiscutible que Salvador sentía como suyo ese puerto de donde procedían sus antecesores, es así como él mismo afirmó: “Soy porteño y soy el primer Presidente porteño”.

 

Campeón juvenil de decatlón y natación del Liceo Eduardo de la Barra, buen ajedrecista, Salvador hizo el servicio militar, presentándose como voluntario, en el Regimiento de Coraceros de Viña del Mar. A muy temprana edad asumió el ideario socialista; reconoció siempre la influencia que en él tuvo el zapatero anarquista Juan Demarchi.

 

Allende fue presidente del Centro de Alumnos de Medicina y vicepresidente de la Federación de Estudiantes de Chile. Participó activamente en la lucha estudiantil contra la dictadura de Carlos Ibáñez del Campo: “En esa época, antes de 1932, estuve expulsado de la Universidad y estuve preso […] tuve cinco procesos, fui sometido a cortes marciales. Cuando vino la caída de la República Socialista de Marmaduke Grove estaba haciendo mi internado de Medicina en Valparaíso. Entonces pronuncié un discurso como dirigente universitario en la Escuela de Derecho, como consecuencia del cual se me detuvo. Además fueron detenidos otros familiares míos entre los cuales mi cuñado, hermano de Marmaduke Grove, y un hermano mío que casi no participaba en política”.

 

Su tesis de grado la escribió sobre  Higiene mental y delincuencia”. A poco de titularse, Allende fundó el Partido Socialista: “…para poder entrar a trabajar a los hospitales de Valparaíso tuve que presentarme a cuatro concursos y a pesar de que era el único oponente no me nombraban por lo que había sido como estudiante. Entré a trabajar como ayudante de anatomía patológica, es decir, mi primer trabajo fue muy duro, muy pesado, tenía que hacer autopsias. Siempre en Valparaíso, a pesar de mi trabajo, hice militancia partidaria y prácticamente yo fui el fundador del Partido en Valparaíso y recorrí los cerros, y los barrios e iba al campo…”

 

Cuando triunfó por primera vez en nuestra historia un candidato de izquierda con el Frente Popular, don Pedro Aguirre Cerda, en 1938, Chile tenía mortalidades infantil y materna de las más altas del mundo, lo cual impedía el crecimiento de una población que mayoritariamente se debatía agobiada por la tuberculosis, las venéreas, el alcoholismo. Su joven ministro de Salud  Salvador Allende había diseñado un programa para una política de salud, previsión social, educación, vivienda y cultura como única forma de sacar al país de su marasmo. Lo plasmó en “La realidad médico social chilena”, lúcido y muy documentado ensayo donde enfoca todas las miserias de un pueblo sometido durante ciento veinte años a la degradación y el yugo de la derecha. Este estudio permaneció más de medio siglo sin ser reeditado.

 

En ese tiempo se comenzó a dar tanto el desayuno como el almuerzo escolar en las escuelas públicas y en éstas se inició la atención médica, vacunación y atención dental. Para el terremoto de enero de 1939, el ministro Allende demostró su asombrosa capacidad de organización. A la cabeza de los médicos de este país, inició la mayor obra médica, social y solidaria para enfrentar una tragedia que había asolado a una región entera dejando millares de muertos y heridos.

 

Impulso a la cultura, a los artistas y demás creadores

Salvador Allende demostró a lo largo de su vida cuán incorporada a su personalidad estaba la esencia creadora de sus antepasados. La determinación de ofrecer lo mejor del arte al pueblo fue una innovación que marcó las campañas allendistas.

A medida que iba tomando vuelo su cuarta campaña presidencial, los comités de la Unidad Popular (CUP) rivalizaban en iniciativas, entre ellos, el CUP de Artistas Plásticos. Primero, fueron los murales callejeros, después una carpa en el Parque Forestal ante la Escuela de Bellas Artes. Se abría al público con manifestaciones diversas de arte y allí se ofrecieron muestras del cine cubano. Comenzaron a hacerse exposiciones callejeras en los barrios más apartados. Los artistas salían a pintar murales en espacios abiertos y algunos cometieron la audacia de pintar los muros de la canalización del río Mapocho. A ellos se sumaban las brigadas juveniles de muralistas.

La Nacionalización del Cobre es sin duda la obra máxima de Allende, como lo dijo en su discurso, pronunciado en la Plaza de la Constitución el 21 de diciembre de 1972, se trataba de “la medida que es indispensable tomar para fortalecer la economía de Chile, para romper su dependencia económica, para completar la esperanza y el anhelo de los que nos dieron la libertad política, para conquistar nuestra segunda independencia, la independencia económica de nuestra patria”.

 

La Nacionalización del Cobre es el fundamento de lo que Allende consideraba la independencia económica de Chile, por lo tanto es inseparable de la política cultural.

Cuando Allende fue electo presidente, fuimos a su casa de Guardia Vieja. En la sala había una infinidad de cuadros de artistas diversos para una exposición que estaba organizando Hortensia Bussi, así que nos invitó a su escritorio, cuarto pequeño, austero. Una vitrina contenía una excepcional colección de huacos y otras piezas de arte mochica. Allende dijo con orgullo que ese conjunto era lo más valioso y apreciado por él. Tan estupenda muestra de la más refinada cerámica precolombina representaba todas las expresiones de la cópula de la pareja humana, correspondía a la cultura moche –norte del Perú— que tuvo su esplendor entre los años 200 y 500 de nuestra era. Estas piezas patrimoniales únicas fueron mostradas en televisión por el ejército los primeros días del golpe, anunciándola como “colección pornográfica” de Salvador Allende. Ignoramos qué fin tuvieron esos raros vestigios de incalculable valor.

Allende inauguró el Tren de la Cultura en 1971, al inicio de su gobierno, demostrandu su propósito de ofrecer lo mejor del arte al pueblo . El Tren de la Cultura llevaba una caravana de escritores, artistas plásticos músicos, cantantes, artistas de teatro, danza, mimos y la farándula. para recorrer el país desde Puerto Montt a Santiago. Vivirían en un tren con carros dormitorios, harían escalas en todas las estaciones, yendo a reductos mapuche, a las bocaminas y a variados escenarios de pueblos hasta entonces olvidados. Al mismo tiempo, organizó el Tren de la Salud con caravanas de médicos y odontólogos que atenderían al a población hasta en los más apartados villorrios.

La Editorial Quimantú, fundada a mediados de 1972, fue un suceso extraordinario en la historia de Chile. A la producción literaria superior al medio millón de ejemplares mensuales, se sumaban los libros políticos y reediciones que llegaban a los ochocientos mil libros al mes. Las ediciones populares alcanzaron tiradas espectaculares: en dos años y medio, publicó 12.093.000 volúmenes de 247 títulos diferentes de la literatura nacional y universal de los cuales, a la fecha del golpe, se habían vendido a precios populares 11.164.000 de ejemplares. Era normal ver leyendo a los trabajadores en la movilización colectiva. Un librito de autor clásico costaba menos que una cajetilla de cigarrillos.

 

Agustín Siré obtuvo el Premio Nacional de Teatro en 1972. Carlos Droguett recibió el Premio Nacional de Literatura en 1970. Humberto Díaz Casanueva lo recibió en 1971, donándolo para la construcción de dos plazas de juegos infantiles. Edgardo Garrido Merino, narrador, lo recibió en 1972. En 1973, no sólo no fue discernido sino también, por lamentable decisión del ministro de educación Mario Astorga, se acordó darlo cada dos años, sin que la SECh protestara, es decir, se transformó en un premio bienal (hasta el día de hoy). Según el texto oficial, este premio será otorgado “cada año” a un escritor “por una vida entera entregada al ejercicio de las letras”.

 

Una de las medidas que Allende contemplaba para su gobierno: “La educación de adultos se organizará principalmente en función de los centros laborales, hasta hacer posible el funcionamiento permanente de la educación general, tecnológica y social para los trabajadores” puso en práctica los convenios de la Central Única de Trabajadores con las universidades, un gran número de obreros pudo especializarse en técnicas diversas. Muestra de ello el convenio CUT-UTE con la ENACAR (Empresa Nacional del Carbón) más las Municipalidades de Lota y Coronel, permitieron fundar la "Universidad del Carbón", donde se formaron muchos trabajadores de alta calificación.

Tolerancia

Allende ratificó de muchas maneras su tolerancia y consecuencia, ajenas a toda presión. En lo internacional dio muchas pruebas de ello y no fue la menos importante la de reunirse con el general Alejandro Lanusse, presidente de Argentina para firmar en Salta la Declaración Conjunta Chileno Argentina, en 1971. Tolerancia y amplia visión política lo impulsaron a entablar relaciones diplomáticas con la República Popular China, la nación más grande del mundo; a dar especial atención a las relaciones con las repúblicas de América Latina; a reanudar relaciones con Cuba reparando una injusticia; a relacionarse con todos los países de la tierra acabando con las exclusiones mezquinas; a cumplir los compromisos contraídos con la Asociación Latinoamericana de Libre Comercio (ALALC) e impulsar el desarrollo de la subregión andina, que promovía la progresiva complementación e integración económica de los países signatarios del Pacto Andino (Chile, Perú, Ecuador, Bolivia, Colombia y más tarde Venezuela).

Demostró esa tolerancia cuando recibió a los huelguistas del mineral del Teniente en la Moneda y por ello sufrió la pública condena de los partidos socialista y comunista.

 

La tolerancia sustentó el más revolucionario de sus planteamientos: la vía chilena al socialismo. Allende vivió convencido hasta el fin de que “El pueblo de Chile está conquistando el poder político sin verse obligado a utilizar las armas. Avanza en el camino de su liberación social sin haber debido combatir contra un régimen despótico o dictatorial, sino contra las limitaciones de una democracia liberal. Nuestro pueblo aspira legítimamente a recorrer la etapa de transición al socialismo sin tener que recurrir a formas autoritarias de gobierno”, como lo afirmó en su Primer Mensaje al Congreso Pleno. Por esa convicción dio su vida.

 

Un asesinato encubierto de suicidio

 

La muerte de Allende sigue siendo para los pueblos un asesinato encubierto de suicidio. Hay algo irrefutable: Allende estaba dispuesto a rendir la vida, pero no a suicidarse.

El inspector de Investigaciones Pedro Espinoza declaró oficialmente que era “un suicidio atípico”. ¿Querría decir un acto casual?

 

Obtuve del Registro Civil el documento con el registro de la defunción de Salvador Allende. Esta partida se efectuó el siete de julio de 1975, en Independencia Nª 6, departamento de Santiago, Inscripción Nº 593. Requirente: Segundo Juzgado Militar de Santiago. Que comprobó la defunción con el certificado del médico Tomás Tobar Pinochet y José Vásquez Fernández, fojas 448. Dicha partida inscrita un año y diez meses después de la muerte, señala que falleció el 11 de septiembre de 1973 a causa de “herida de bala cérvico buco craneo encefálica”. En “observaciones” se inscribe: “Inscripción practicada según oficio 499 de fecha 3 de julio de 1975 del Segundo Juzgado Militar de Santiago. Documentos archivados con el Nº 499, 450 y 451”. Firma y sello del oficial civil Lya Barría Barrientos.

 

Toda conjetura sobre su determinación final es irrelevante para quien dijo en sus “últimas palabras” que su sacrificio sería “una lección moral que castigará la felonía, la cobardía y la traición”.

 

Su sentido patriótico no lo abandonó jamás, así lo demuestra su última decisión política: poner a resguardo el Acta de la Independencia, firmada por Bernardo O’Higgins en Talca el 12 de febrero de 1818. Para este efecto, le encomendó a la Payita, sacarla de la Moneda entregarla a un soldado (sic). Ella cumplió el encargo y vio con horror cómo el soldado hacia añicos el sagrado papel.

 

Nunca podremos conocer los íntimos pensamientos del solitario de la Moneda. Hayan sido cuales fueren, cumplió su palabra: "Soy y seré el presidente. Sólo me sacarán muerto".

Algo tangible queda de esas horas: sus cinco alocuciones al pueblo de Chile: a las 07.55, a las 08.15, a las 08.45 y a las 09.03, desde la Radio Corporación y la última, a las 09.10, desde la Radio Magallanes. En una dijo: “no soy apóstol ni mesías ni mártir: sólo un luchador social”.

 

Pionero en la solidaridad con la Revolución Cubana triunfante en 1959 y en la ayuda precisada por los revolucionarios del continente, nadie puede dudar de la actitud internacionalista de Salvador Allende.

 

Hasta ahora, la soi-disant izquierda chilena sigue eludiendo una valoración integral de la vida y obra de Salvador Allende y un análisis exhaustivo de la experiencia de la Unidad Popular. Se falsea, distorsiona y relega su memoria. En cambio, su personalidad y la experiencia de la Unidad Popular han sido objeto de estudio cabal tanto en los centros internacionales de poder, especialmente de las metrópolis, sobre todo al elaborar políticas para el tercer mundo, como también por gobiernos y partidos más decididos a generar el poder que a delegarlo o a renunciar a él.

Más allá de las "pequeñas colinas" —así llamó el Che Guevara a las adoradas concejalías y escaños parlamentarios que se disputan reaccionarios, concertados y ex autoproclamados vanguardias de la clase obrera—, Salvador Allende quería ser presidente para avanzar en la conquista del poder político para el pueblo; de su consecuencia y raro valor dejó prueba imborrable con su vida y con su muerte. Por algo, su nombre se ha impuesto para la mayoría de los pueblos como el símbolo más limpio y puro de Chile.

 

Descendiente de héroes y patriotas, Salvador Allende vivió para hacer realidad los sueños que comenzaron a forjarse desde que se lanzó el primer grito por la independencia política de Chile. Los bisabuelos Gregorio y Ramón Allende Gárces fueron soldados de las guerras de la independencia de Chile y América. El bisabuelo Vicente Padín y el abuelo Ramón Allende Padín, médicos dispuestos a sacrificar la vida por la salud del pueblo, se dedicaron a combatir las pestes, a impulsar la educación laica, a fundar el periódico para denunciar los problemas de las víctimas de la injusticia social, a proporcionar adecuados servicios sanitarios al ejército. La abuela Celia Castro con obras que se hallan en algunos museos, fue una artista cuya fama trascendió nuestras fronteras.

 

Como sus antepasados, Salvador Allende empeñó la vida en un profundo cambio social. Salud, educación, cultura, vivienda digna, independencia económica, amistad con todos los pueblos, fueron el sustento de su gobierno.

 

Las vidas de esos abuelos merecen ser conocidas porque ellos legaron a Salvador Allende las cualidades que le permitieron considerarse un hombre que sólo fue intérprete de grandes anhelos de justicia de todo su pueblo. Esos abuelos lo impulsaron a desarrollar un proceso de democratización en todos los planos de la vida nacional promoviendo una movilización organizada de las masas con el propósito de construir desde la base la nueva estructura del poder.

 

              Publicado en revista Punto Final N°765, 31.08.2012

 

 






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 Referencia
Virginia Vidal.  "Los abuelos de Allende: héroes de la independencia, políticos y artistas ."  Anaquel Austral. Ed. Virginia Vidal. Santiago : Editorial Poetas Antiimperialistas de América.    4 de Septiembre de 2012.
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