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Actas : Nacional

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Discurso Orden al Mérito Artístico y Cultural Pablo Neruda
Miguel Castillo Didier

 

Señor Luciano Cruz-Coke, Ministro-Presidente del Consejo Nacional de la Cultura y las Artes, Excelentísima señora Aglaía Baltá, Embajadora de Grecia, señora Magdalena Krebs, Directora de Bibliotecas Archivos y Museos, Embajador Germán Guerrero, Director de Asuntos Culturales del Ministerio de Relaciones Exteriores, señor Martín Donoso Subdirector de Asuntos Culturales de la Cancillería, señora Sonia Montecinos Vicerrectora de Extensión de la Universidad de Chile, profesor Alfredo Matus Director de la Academia Chilena de la Lengua, señor Arturo Navarro Director Ejecutivo del Centro Cultural Estación Mapocho, autoridades de la Universidad de Chile y de la Facultad de Filosofía y Humanidades, colegas profesores, estudiantes y amigos, compañeros, parientes: mi esposa, mis hijos, mis hermanos:

 

Agradezco al Estado de Chile, al señor Ministro-Presidente del Consejo Nacional de la Cultura y las Artes, y a este Consejo, por la distinción que me han otorgado. La verdad es que esta condecoración me ha puesto en problema. Después que el señor Cruz-Coke me llamó para informarme del otorgamiento de esta Medalla, que lleva el nombre de uno de los mayores poetas de nuestra lengua, me pregunté el porqué de esta Orden al Mérito Artístico y Cultural. He tratado de pensar qué he hecho. Y creo que lo que he hecho y sigo haciendo es en primer lugar aprender. Aprendí de mi papá, de mi mamá, de mis hermanos, de mis compañeros de liceo y de universidad, después de mi esposa y de mis hijos, de mis amigos. Aprendí de mis maestros  en la escuela y en el colegio; de mis profesores en la Universidad de Chile, en la Escuela de Derecho y en la entonces llamada Facultad de Ciencias y Artes Musicales, en la que mi estudio superior de órgano se interrumpió el  día 11 de septiembre de 1973. Cuánto aprendí en la Facultad de Filosofía, en el inolvidable Instituto Pedagógico. Cuántos magníficos profesores tuve. Para nombrar algunos, recuerdo a Ricardo Latcham, Rodolfo Oroz,  Ambrosio Rabanales, Eleazar Huerta, Roque Esteban Scarpa, Fotios Malleros. Este último me inició en el vasto mundo de más de tres milenios de la lengua griega y en el universo inagotable de la poesía griega. Seguí aprendiendo siempre, no sólo de los poetas de la Grecia Antigua, sino también poco a poco de los escritores griegos medievales y luego de los modernos. Cuánto aprendí en la Escuela de Derecho con profesores como Alamiro de Ávila, Jaime Eyzaguirre, Álvaro Bunster, Eugenio Velasco. Aprendí en los trece años que forzadamente pasé en Venezuela, después que un día aciago, en 1976, me despedí de mis alumnos hasta la clase siguiente, sin saber que no volvería a esa sala sino quince años después. Allá en la fraterna Venezuela, aprendí a conocer su rica historia musical y la vida de compositores como Cayetano Carreño y Juan Bautista Plaza, colonial el primero, contemporáneo el segundo, que fueron profesores, que crearon y enseñaron en sus clases y con sus vidas. Aprendí a conocer hombres de pensamiento universal, como Francisco de Miranda, amante y conocedor del griego y el latín y las letras clásicas, precursor, héroe y mártir de la independencia hispanoamericana. Aprendí a conocer otras facetas del múltiple sabio Andrés Bello. Y cuando pude regresar a Chile y reintegrarme a mi Universidad, seguí aprendiendo de mis colegas en la Facultad y en la Academia Chilena de la Lengua. Y no olvido a mis alumnos, de quienes siempre he aprendido y aprendo hasta hoy.

 

Y además de aprender, ¿qué he hecho? Tratar de compartir lo que  generosamente he recibido en el aula y en la vida. Tratar de entregar a otros, enseñando, al menos algo de lo recibido. Enseñar es lo que hecho. Y el enseñar ha incluido dar clases de lengua y literatura griega, traducir mucho, escribir sobre los poetas traducidos; tocar música en el modesto nivel en que puedo hacerlo en esos maravillosos instrumentos desafortunadamente para la cultura tan olvidados en Chile por la Iglesia y por el Estado: el órgano y el armonio. También enseñar ha incluido el tratar de rescatar, escribiendo sus biografías, las enseñanzas de hombres que enseñaron mucho, no sólo con sus clases y escritos, sino con sus vidas, como los músicos venezolanos antes nombrados; del maestro por excelencia, músico y humanista mártir Jorge Peña Hen; de hombres de otros ámbitos de la intelectualidad, como Francisco de Miranda, cuyo ideario y cuya acción tienen mucho que enseñarnos hoy a los latinoamericanos, o como el poeta Constantino Kavafis o el poeta y pensador Nikos Kazantzakis. Enseñar ha incluido, asimismo, tratar de que se recuerde a hombres como ese sabio, humanista,  desterrado hasta la muerte como varios miles de ilustres jesuitas, poeta en griego, en latín y en italiano, desterrado hasta de su lengua, pues debió escribir su magna obra científica en italiano: Juan Ignacio Molina,  sabio admirado por sabios, respetado y admirado en Universidad y en la Academia de Bolonia, aquél  que, en palabras del Padre Walter Hanisch, “incorpora la naturaleza de Chile al movimiento científico contemporáneo y la da a conocer en Europa”. También incluye el tratar de reivindicar el recuerdo de personajes como Albert Schweitzer, o como Rosita Renard, mujer y artista admirable y magnífica profesora, cuya vida puede entregar hoy muchas enseñanzas.

 

  Bien conocido es ya el poema de Constantino Kavafis que Margarita Yourcenar llama “himno a la vida”, invitación a la plenitud vital:

 

  Cuando salgas en el viaje hacia Itaca, desea que el camino sea largo,

  pleno de aventuras, pleno de conocimientos…

 

  Las tristezas y dolores que impone la vida tienen una contrapartida en la aventura de aprender, de conocer;  la aventura de acceder a la belleza de la ciencia, de la poesía y del arte. Pensé siempre que lo recibido no puede ser atesorado en forma egoísta; ni ser compartido sólo con los seres más cercanos. Por eso, a la pregunta que a veces me han hecho: ¿por qué ha traducido usted tantos poetas, para qué?  ¿Por qué ha tocado música y ha insistido en reivindicar el órgano y el armonio, historiándolos y catalogándolos en Venezuela y en Chile, cuando aquí casi todos los han olvidado?  ¿Por qué ha trabajado tantos años en archivos y bibliotecas para escribir cuatro o cinco biografías? ¿Por qué ha hecho y hace tantas clases?

 

  La respuesta ha sido: para compartir la belleza. Para compartir la belleza de la poesía, de la música, de los conocimientos.

 

  Porque ¿qué cosa más hermosa que aprender? ¿Qué cosa más hermosa que enseñar?

 

  No sé si una distinción puede dedicarse. Si se puede, la dedico de todo corazón a mi Universidad, a la Universidad de Chile, tan maltratada por la dictadura y tan poco bien tratada por la democracia; Universidad de Chile, que tanto ha aportado durante más de siglo y medio a la ciencia, al arte, a la cultura chilena; Universidad que, si la Medalla Pablo Neruda se otorgara a instituciones, debería recibirla más que merecidamente. La dedico a mi Facultad, la Facultad de Filosofía y Humanidades que tanto ha entregado al pensamiento y a la pedagogía; de cuyas aulas han salido escritores y filósofos; Facultad que por muchas décadas ha formado innumerables profesores; que ha sabido guardar el legado humanista del gran maestro Andrés Bello.

 

  Al terminar estas palabras, quisiera leer unas líneas escritas en lejanas latitudes evocando al Abate Molina, el sabio desterrado que en la triste lejanía forzada, enalteció con su obra a su patria, a Chile y a América, como pocos, y que por más de medio siglo enseñó no en su tierra hispanoamericana, porque se lo impidieron, sino en la vieja Europa; el sacerdote ejemplar que quiso dejar la herencia que recibió al extinguirse su familia para que se creara un establecimiento de enseñanza integral para los jóvenes en su ciudad, Talca. Su vida es un ejemplo y una enseñanza para todos nosotros.

 

Evocaciones de Juan Ignacio Molina:

Constantinopla-Estambul,   19.I.2010, c. 13 hras.

En medio del Bazar llamado Grande,

en la Ciudad llamada otrora Reina,

en soledad total sumido en medio

de febril multitud cosmopolita

que por doquier se agita hablando a voces,

evoco tu figura, Juan Ignacio,

tan joven arrojado a tierra extraña,

los amargos caminos del destierro

sin término empezando a transitar,

arrastrando el dolor de cada día,

con el pecho abrumado de nostalgia,

como Viscardo ilustre y como aquellos

tres mil y más americanos,

a los que inicua tiranía arrebató

la patria amada y la amante madre.                

Aeropuerto de El Cairo, 12.I.2010, c. 5-7 p.m.

Mirando las arenas del desierto,

bajo la inmensa bóveda celeste,

que hasta los dos horizontes desciende,

de la sabia  Hipatía aquí en los lares,

evoco el país de tu destierro.

Tú te nombraste Juan Ignacio Ovidio.

Tu oda juvenil a la viruela,

tierno  latino empeño, dedicaste

a aquel grande poeta desterrado,

a quien crueldad injusta e implacable

para siempre arrancó del suelo patrio

y allá por los hondores del Mar Negro

a penar de por vida condenó.

A tus tiernos veintiún años batallando

por vencer a la mortal enfermedad,

tu alma virginal ¿habrá podido

tanta crueldad imaginar de nuevo

que a ti también la patria arrebatara?

Y te arrancara de la tierra amada,

a la que siempre retornar ansiaste,

que ya en la tierna infancia recorriste,

admirando los árboles las flores,

y los bosques umbríos, sus senderos,

las ramas con sus hojas y sus pájaros,

estudiándolo todo con amor y encanto;

la tierra a la que diste fama

en lengua ajena y en cruel lejanía

 

Riberâo Preto-San José de Rio Preto, 15-16.3.2010.

Aquí donde la selva llega hasta tu ventana,

donde imponente ves e íntegra

entre verde y verde la bóveda del cielo,

aquí donde te aguardan mil especies

de árboles y de flores en un río

y mil en la colina y en la selva mil,

y no como un largo dolor cae la lluvia

sino como festiva catarata

que algún dios semental deja caer

a la tierra dispuesta a recibir su don.

Aquí tú, Juan Ignacio, niño, joven, sabio,

aquí habrías hallado un paraíso,

un punto en la sin fin inmensidad

de la sin par naturaleza brasileña;

Y en tus papeles venerables hoy

con emoción recorreríamos las páginas

de tu Liber De Silva Brasilensi.

 

De nuevo, gracias al señor Ministro, al Consejo Nacional de la Cultura, a las autoridades de la Universidad de Chile y otras instituciones, y a todos ustedes amigos, colegas, compañeros, que han venido esta noche.

 

 

 

 

 






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 Referencia
Miguel Castillo Didier.  "Discurso Orden al Mérito Artístico y Cultural Pablo Neruda."  Anaquel Austral. Ed. Virginia Vidal. Santiago : Editorial Poetas Antiimperialistas de América.   28 de Marzo de 2012.
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