Ante el merecido y grandioso funeral de Víctor Jara, puedo decir que en realidad me afecta y emociona profundamente, pues en los avatares del Estadio Chile, en esos negros días de septiembre de 1973, estuve por desgracia, entre los miles de detenidos con que llenaron ese estadio los golpistas.
Fui testigo de la crueldad, de las torturas, de la prepotencia que las armas les otorgan a los traidores ausentes de humanismo o ética militar alguna: el asesinato a vista e impotencia de miles de un menor de edad en pleno Estadio Chile, el suicidio público de otros, la metralla de gruesas armas automáticas para mantener el temor de los hambrientos espectadores prisioneros. Todo eso se me viene a la memoria.
Yo era regidor por Santiago; hasta hacía poco, dirigente estudiantil del Instituto Pedagógico y conocía personalmente a Víctor Jara.
Esa noche lo encontré entre los detenidos capturados durante el sitio y combate de la Universidad Técnica del Estado, en Quinta Normal. Víctor y los compañeros que lo seguían, estaban preocupados por la suerte de los heridos, así me lo comentó a mí y a Waldo Suárez, entonces subsecretario de Educación del gobierno de Allende, también preso con nosotros.
Conversábamos sentados en las graderías del estadio, en tono bajo, procurando no llamar la atención. Esto no duró mucho, pues al segundo día, y había pasado solo una noche, llamaron a Víctor por los parlantes para que se presentara en los pasillos del estadio. Le pedimos que no lo hiciera, que se quedara entre nosotros, pero se negó. Dijo que de todas maneras lo descubrirían, que prefería enfrentarlos ya mismo. Ysalió hacia el pasillo desde las graderías...
Seria la última vez que lo veríamos vivo...
Dos días después me tocó —al igual que a Walter Ugalde, llamado el Chino, que estaba junto a mí en los momentos de la detención—cuando tratábamos de prestarle ayuda a un compañero que desesperado se había lanzado desde las galerías hasta la cancha rompiendo su cabeza e hiriéndose mortalmente con el golpe. Era tarde para hacer algo por él: su cuerpo se convulsionaba como si fuera epiléptico, pero sus ojos estaban ya sin vida.
La voz del suboficial que llegó a la cancha con los soldados nos sorprendió. De golpe, mandó levantar al occiso —como lo llamó—, y nos ordenó a los cuatro de los que rodeábamos al caído compañero, que lo lleváramos por los pasillos a los subterráneos del estadio...
Al llegar, la visión era dantesca por la cantidad de "occisos " que se alineaban en los pasillos, cubiertos con sacos o ropas.
Al depositar el cuerpo ya sin vida del compañero que portábamos, me percaté que el cadáver que estaba allí, de rostro desfigurado, transformado en masa sanguinolenta, y todas sus ropas manchadas de sangre, correspondía a los restos de Víctor Jara.
Me estremecí, me llené de pavor. De súbito, comprendía de lo que eran capaces nuestros captores. Su imagen no se ha borrado nunca más de mi memoria: tampoco el cúmulo de horror, indignación, impotencia, odio, que me produjo esa visión de lo que hicieron con Víctor, el compañero que en los días de la lucha por la reforma en los patios del pedagógico, nos hacia cantar sus hermosas canciones a viva voz, dándonos aliento para seguir luchando, junto a Rojas, dirigente de la JJCC de esos años y tantos otros camaradas hoy fallecidos u olvidados...
Lo increíble de todo esto es que hoy, a días de una elección, Víctor desde su tumba continúe dándonos ánimo y ejemplo de lealtad y valor.