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Testimonio de un estudiante preso en Isla Dawson

Actas : Nacional

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Testimonio de un estudiante preso en Isla Dawson
Virginia Vidal

  

Esperanza en el Austro (Mosquito Comunicaciones) se titulan estas memorias de quien fue un muchacho estudiante prisionero en la isla Dawson. Marco Antonio Barticevic Sapunar no vive en Chile, aunque tiene  ganas. Él dice: “todavía no ha sonado la campana del retorno definitivo (en mi tierra austral, hace muchos años, un señor escribió un libro dedicado a la migración croata a la zona y que tituló "Desde lejos para siempre". Creo que, a no ser que la muerte me agarre de sorpresa, no me va a pasar, la idea es "Volver... con la frente en alto...", y trabajo para ello.

 

No se fue por propia voluntad. El Decreto Supremo N°504 de 10 de mayo de 1975, le permitió la conmutación de penas por el exilio. Lo extrañaron del país luego de las torturas y de los mil seis días de prisión que pasó en diversos recintos de detención –Regimiento Cochrane de Punta Arenas, Isla Dawson, Cárcel Pública de Punta Arenas, Capuchinos— entre septiembre de 1973 y junio de 1976.

 

Esperanza en el Austro tiene un epígrafe de Rabindranath Tagore que ha sido el lema del autor en los momentos más duros de su vida: “Si lloras de noche por el sol, no verás las estrellas”.

 

Secretario general de la Federación de Estudiantes de la Universidad Técnica del Estado, sede Punta Arenas, presidente del Centro de Alumnos de Contadores Públicos Auditores, militante de la Jota, le cortaron la carrera, le torcieron la vida. Pero era un joven tenaz. Después de tres años de prisión llegó a Belgrado en 1977. Allá conocimos su alegría y su bondad, su confianza y su optimismo no destruidos por la brutalidad pinochetista.

 

Terminó la Facultad de Economía en 1982, combinando en las tardes con trabajo de traducción en Prensa Latina. Para esta actividad le valen sus idiomas: a más del natal, el serbiocróata, el inglés, el portugués. Terminó el magister en 1989. Entre 1984 y 1985 estuvo quince meses en Madrid, en una empresa que fue un desastre desde el punto de vista laboral. A la vuelta pasó a trabajar en las consejerías comerciales de los cubanos y argentinos. En marzo de 1991, llegó a Maputo, capital de Mozambique, a trabajar a un proyecto sueco hasta 1994. Siguió con otro, también con la cooperación sueca y al terminar en 1997, entró a trabajar en la ONG World Vision, los primeros años en el departamento de agricultura y desde hace dos años está a cargo del departamento de adquisiciones.

 

Como se puede advertir, trabajar es el verbo que más se conjuga al hablar de su vida.

 

Al escribir este libro, no quiso narrar torturas, tormentos, humillaciones vividos por él y otros prisioneros en esos mil días. Dando prueba de ese espíritu juvenil y generoso que lo animaba se refiere a la infinidad de iniciativas y actividades que realizó con otros compañeros durante ese período para salir del pozo negro. Tras ellas se deja ver una gran capacidad de organización e imaginación inagotable. Un espíritu libertario dispuesto a derrotar la brutalidad del régimen de Pinochet.

 

En proporción al número de habitantes, la provincia de Magallanes fue la que tuvo el mayor número de presos: unas mil personas estuvieron detenidas en los primeros tres meses posteriores al golpe militar.

 

Resulta impresionante saber que el propio padre de Marco Antonio, cumpliendo el mandato del bando de la junta golpista que lo solicitaba, con la mejor buena fe lleví a su hijo, joven dirigente estudiantil unos días después del 11 de septiembre de 1973 a la sede de la jefatura de la Tercera Zona Naval. A él y a todos los que se presentaron los llevaron hasta el Regimiento de Infantería de Marina. En  la caseta del polígono  los hacen desnudarse: los sacan de a uno a trotar por un campo de calafate, suyas espinas y hojas punzantes se les incrustaron en todo el cuerpo y tardaron meses en ser eliminadas.

 

Era el 18 de Septiembre. Marco pudo concluir que el estúpido interrogatorio sólo pretendía impregnarlos de miedo y humillarlos. A algunos prisioneros los hicieron comer bosta de vaca. Y algo peor: más tarde, a otros los obligaron a zambullirse en la letrina que habían cavado los primeros presos.

 

Se estableció un ‘Correo Militar’ y toda carta a la familia pasaba por la censura. No les estaba permitido dar nombres, mencionar lugares ni fechas. Había que practicar la más estricta autocensura: medirse al hablar o al escribir adelantándose a cuanto podía ser suprimido, censurado, tachado.

 

El joven Marco Antonio puso en práctica lo que llama “sistemas de descompresión”, es decir formas de distenderse durante los intervalos sin sufrir interrogatorios, maltratos físicos, torturas. Es así como los presos comenzaron a enseñarse recíprocamente algo de sus respectivas profesiones. Como había médicos, ingenieros, agrónomos, cómicos, cantantes, unas veinte o treinta profesiones diferentes, el intercambio fue muy enriquecedor. Por cierto, esas charlas no podían tener contenidos políticos ni sociológicos, así que discurrían formas de debatir creando un lenguaje diverso.

 

Luego consiguieron autorización para jugar fútbol y más tarde, para dedicar buena parte de la jornada a labores de artesanía.

 

Quisiera detenerme en esto. No ha sido suficientemente realzada una labor de los presos políticos en todos los campos de concentración. Ellos se dedicaron a tallar piedras, ónices, pirograbar trocitos de madera pulida. Esta creación de amor para sus esposas, madres, es singular. Con algo de atavismo, los hombres diseñan joyas para las mujeres queridas sustrayéndose al sufrimiento y a la atmósfera hostil.

 

Estos jóvenes presos empezaron a repujar los sellos de aluminio que tenían las latas de leche en polvo y después los pomos de una leche condensada que había enviado la Cruz Roja Internacional. Más tarde usarían cobre y monedas.

 

Luego tallaron las piedras de Dawson, Son únicas. Se trata de piedras negras, opacas, planas y pulidas por el mar. No he podido averiguar su composición, pero tienen la blandura suficiente como para admitir el tallado. Muchas esposas de presos las mandaron a engarzar en plata y las convirtieron en preciosas joyas. Joyas de dolor y amor.

 

Marco Antonio constata que hasta en esto fueron abusados y los esbirros codiciaron las piedras

 

“El gran problema era como salvar esta producción artística en miniatura. A veces, algunos consiguieron llevar las piedras al ser trasladados al continente, escondidas entre la ropa. Algunos contaron con la ayuda de algún guardia o miembro del aparato logístico naval que se ofreció a hacerlas llegar a los familiares. Como siempre, más de uno de estos últimos se aprovechó de esta oportunidad y se quedó no con una, sino que con varias piedras. Mucho se ha comentado que mujeres de oficiales en ciertos períodos hicieron gala de llevar prendida una de estas piedras talladas en su cuello. ¡Dudo que hoy en día se puedan vanagloriar de ello!”

 

Su análisis de las relaciones carceleros-prisioneros revela gran observación psicológica y sobre todo humanidad: “No es una exageración decir que con el pasar de los días no se sabía quien era el preso y quien el carcelero. Los pobres guardias tenían días y días de guardia, sin poder ir a sus casas. Prácticamente vivían en el cuartel. En un turno hacían guardia, en un segundo tenían que realizar otros menesteres del cuartel. Entre medio dormían. Seguramente las idas a casa se les pasaban en un soplo. La vida era bastante dura para ellos y eso se fue notando. Muchas veces nuestras provisiones de cigarros eran mayores que las de ellos. Muchos tenían tanta nostalgia por sus familiares como nosotros, especialmente los jóvenes soldados por sus pequeños hijos o aquellos que no eran de la región. Excepto los interrogatorios y las torturas, en el resto teníamos una vida muy similar.  Diría que nuestras vidas fueron en un sentido inverso. A medida que pasaba el tiempo nuestros interrogatorios y sesiones de tortura se iban terminando, lo que nos iba soltando un poco. Sin embargo, para ellos, la vida se iba haciendo cada vez más monótona, tensa y nostálgica. Además, muchos, de a poco, iban cayendo en cuenta que las historias que les habían contado sobre el motivo del golpe eran pamplinas y el diario contacto con nosotros desvelaba que no éramos los ogros de los cuales les habían hablado”.

 

La música fue otro elemento que alivió la vida de los presos e impulsó su capacidad creadora. La canción Tamo Daleko, cantada durante la Primera Guerra Mundial por los soldados serbios en la isla griega de Corfú, se convirtió en la canción oficial de todos los prisioneros australes:

 

Lejos muy lejos

allá en la orilla del mar

está mi novia querida

está mi amada ciudad.

Bebamos hermanos

bebamos por el amor

que nunca más en la vida

seremos más jóvenes que hoy.

 

Ahora es entonada por los ex prisioneros de Magallanes, cada vez que fallece uno de sus camaradas, durante el cortejo fúnebre, antes de la llegada al cementerio. Marco Antonio observa que en la década de 1990, al surgir la nueva Croacia, el cónsul de ese país en Punta Arenas ha pretendido prohibir a los descendientes croatas cantar la canción en sus encuentros, debido a su origen serbio…

 

Los presos magallánicos en Dawson también emplearonotras formas musicales, escribieron una cantata y compusieron la música que Marco Antonio transcribió en una partitura.

 

“Cada uno de los campos de concentración se convirtió en una escuela musical de aprendizaje de himnos y canciones militares. En cada uno de estos lugares los guardianes difundían sus himnos institucionales que debíamos aprender y cantar a voz en cuello varias veces al día. En ocasiones, cuando algún oficial superior hacía una visita, los oficiales de guardia mostraban cómo tenían dominio sobre sus presos haciéndonos entonar esos himnos y se les hinchaba el pecho de orgullo cuando el oficial que revistaba el campamento los felicitaba por la forma varonil, marcial e patriótica de nuestro cantar”.

 

Cuenta que cuando fueron trasladados en vísperas navideñas a la isla Dawson vio lo mismo que ya conocía por películas sobre los campos de concentración o campamentos de militares presos, construidos por los alemanes durante la Segunda Guerra Mundial. Allí estaban separados de los presos de Santiago, de los llamados jerarcas, hombres del gobierno del presidente Allende.

 

Él se pasó a llamar Bravo 81 y después Eco 12, por las barracas que ocupó.

 

Le asignaron trabajo en la panadería. Esto le permitió ayudar a sus compañeros en alguna medida. Todos debían comer a diario lentejas al almuerzo y lentejas a la cena, así que discurrían muchas formas de mejorar su dieta. Aplicaron conocimientos científicos para hacer un cuadro sobre las propiedades de los alimentos y procuraron obtener aquello de lo cual carecían. “…decidimos hacer unos cuadros gigantes con muchas columnas, donde, en la primera clasificamos los alimentos de acuerdo con las normas internacionales para después ir rellenando el resto de las columnas con sus propiedades nutritivas: calorías, proteínas, minerales, agua, contenido de ceniza, etc.”

 

Según las tareas que les asignaban, unos traían mariscos, o aves cazadas en el bosque. En los riachuelos cazaban ratas almizcleras (Odantra zibethicus ). El bosque les proporcionó frutos; hasta el calafate de sus malos recuerdos, les sirvió para ilusionarse con un dulce licor.

 

Para paliar la falta de sol, consiguieron que los sacaran en grupos de a diez a un pequeño patio por espacio de media hora cada cierto tiempo.

 

Su ánimo juvenil los impulsó, en el verano de 1974, a organizar una olimpíada atlética entre las barracas, con los magallánicos: salto largo, salto de altura, lanzamiento de la bala (una piedra redondeada), una carrera de caminata y una carrera de medio fondo.

 

Terminado el verano de 1974, comenzó el retorno paulatino de los presos de isla Dawson hacia Punta Arenas. El motivo principal era que comenzarían en ese otoño los consejos de guerra para juzgar y condenar a una parte de los presos. A principios de mayo correspondió el turno a los jóvenes comunistas. Fueron trasladados desde el campamento de Río Chico al Estadio Fiscal.

 

Una nueva actividad los impulsó: el aprendizaje de idiomas, especialmente el inglés.

 

Como iban a ser sometidos a un Consejo de Guerra, los familiares se empeñaron en busca de abogados y testigos. Este Consejo se desarrolló en el Casino de la

Armada.

 

Cuando les leyeron la sentencia, supo que estaba condenado a cuatro años y sesenta y un días de prisión. Perdía sus derechos como ciudadano. Oh, ironía, el gobierno democrático aún no se los ha devuelto.

 

Iban a ser transferidos del Estadio Fiscal a la Cárcel Pública para cumplir la condena; como no había espacio debió volver al regimiento Cochrane.

 

Les permitieron poseer una radio pequeña. El poder recibir la onda corta les permitió enterarse por programas de radios extranjeras—como Radio Moscú— sobre los sucesos del país y el resto del mundo.

 

A los pocos meses de la llegada a la cárcel, se produjo la primera salida de un compañero hacia el exilio. Los presos políticos sentenciados por tribunales militares tuvieron la posibilidad de conmutar la pena de cárcel por extrañamiento acogiéndose a las disposiciones del Decreto N°504 que reglamentó las solicitudes.

 

Se pusieron a estudiar idiomas. También organizaron un campeonato de ajedrez en Dawson y más tarde otro en la cárcel, realizando una cuidadosa tabla de clasificaciones. Marco logró salvar las hojas de anotación del torneo. Su empeño en conservar cartas, documentos, tarjetas, partiturasno sólo le ha permitido ilustrar ampliamente este libro sino, sobre todo, preservar un rico material testimonial.

 

“Había que hacer uso de todos los medios que se nos ofrecían, tanto para mejorar nuestra educación como para demostrar que aunque presos, maltratados, sin un futuro claro a corto plazo, no estábamos doblegados. Es así como varios de nosotros aprovechamos que en julio de 1975 apareciese a través de los diarios nacionales un Plan Nacional de Teleducación. Los cursos se hacían a través de programas de televisión, pero también venían semanalmente en un periódico […]En las visitas nos traían los fascículos con el tema de la semana y a la siguiente devolvíamos las preguntas respondidas que mi hermana enviaba por correo al administrador del curso”.

 

Al fin, salieron en vuelo directo a Santiago, al Anexo Cárcel Capuchinos. El joven pudo conocer a otros presos de otros lugares del país y enterarse de la realiudad nacional, de la represión que abarcó al país entero.

 

Un día lo llevan al aeropuerto para partir con destino a Zagreb, Yugoslavia. Al recibir el pasaporte, sabe que lo condenan definitivamente a la pena de extrañamiento: “Lo que sí diferenciaba nuestro pasaporte al resto de los pasaportes chilenos era que llevaba una letra L, con la inscripción Sólo válido para salir del país”.

 

“Cuando entré en prisión tenía 21 años y 3 meses, salí con 24 y algunos días. Demás está  decir que dividieron en dos todo mi ser, mi existencia, como a tantos otros, con un antes y un después imborrable, que además marcó el devenir de toda la existencia personal futura. Nada iba a poder ser ni siquiera similar”.

 

En diciembre de 1990 volvió, después de catorce años, junto con su hijo. De África ha traído admirables colecciones de artesanía que han servido para montar varias exposiciones en Punta Arenas, constituyendo valiosa forma de acercamiento entre dos continentes.

 

Marco Antonio en una oportunidad se refiere a él y a los demás presos como: “viajeros por los horrores de la dictadura”.

 

Esto me ha hecho recordar “Un viaje muy particular”, resultado de una experiencia límite, escrito por Sergio Vuskovic, profesor de Filosofía y alcalde de Valparaíso durante el gobierno de Salvador Allende; torturado en la goleta “Esmeralda”, buque-escuela de la armada de Chile, y luego enviado a la austral isla Dawson, para meterlo después en otros campos de concentración.

 

El viaje es el vehículo mental conducido en el curso de la tortura que obliga al viajero de la mente a enfrentar su destino en completa desnudez y absoluta orfandad. Pero al revés de la criatura que ve por primera vez la luz al salir del seno materno, este viajero posee a la vez el potencial humano mental y su propia historia personal. Su travesía se va a producir en un espacio y tiempo interiores.

 

El resultado le permite al torturado “Sentirse una parte de la carne del mundo, del vivo organismo que formamos todos los hombres, aprehender la esencial unidad viva de todos los seres pasados, presentes y futuros. Esa esencial unidad es completa: una de sus partes sufre, otra goza; otra marcha, mientras aquella permanece inmóvil; una nace al mismo tiempo que una sección muere; un fragmento baja a la tumba y otro comienza una nueva vida”.

 

Esperanza en el Austro es la demostración viva de un joven que luchó para sentirse una parte de la carne del mundo y que maduró para emprender y proseguir el viaje permaneciendo fiel a sus principios. Con sencillez, sentido del humor, exento de todo prurito heroico nos ofrece su experiencia. Algo más que su experiencia: un ejemplo de cómo muchos sobrevivieron superando el horror de la dictadura sin doblegarse.

 

                                                                                






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 Referencia
Virginia Vidal.  "Testimonio de un estudiante preso en Isla Dawson."  Anaquel Austral. Ed. Virginia Vidal. Santiago : Editorial Poetas Antiimperialistas de América.   31 de Octubre de 2009.
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