Le preguntamos al poeta Armando Uribe cómo haría un resumen de lo que piensa sobre el Chile colectivo en que vivimos. He aquí su respuesta:
—Lo he escrito en forma de “manifiesto” hasta ahora inédito. Tiene el tono engolado de un informe:
Hay que hablar en nombre de la dignidad y el espíritu de justicia de las chilenas y chilenos que no tienen poder.
Pero tenemos sentido de la patria, de la nación. Sólo a ella tenemos. No la dividimos con extranjeros, no la entregamos a país alguno. Para nosotros, Chile es un país para siempre.
Nuestra cultura es colectiva, criolla y de pueblos originarios, oral tanto como escrita, historia vivida que está presente. Incorpora los derechos humanos, y no los reduce a los individuales, civiles y políticos, sino los extiende – como las cartas de Naciones Unidas, vigentes en el mundo y aquí – a los derechos económicos, sociales y culturales, todos colectivos pero no respetados por quienes mandan en Chile. La cultura de los derechos humanos y su ley internacional exige absoluto respeto por parte de los que mandan.
En Chile manda una casta. Ella forma una nueva oligarquía, son los dominantes y dirigentes; los injustos. La oligarquía está compuesta por los titulares del gobierno y de los otros poderes del estado, la derecha política, y los detentadores del poder fáctico económico y las comunicaciones masivas, los empresarios principales, tanto nacidos en Chile como los inversionistas extranjeros que son más poderosos aún que los de aquí (ejemplo: los de la gran minería del cobre desnacionalizada). Esa oligarquía es dependiente de la hiperpotencia más poderosa que haya existido en la historia: EEUU. Estos son el centro de la ideología que cubre el planeta, y Chile mismo desde la dictadura a sus inicios: el neoliberalismo capitalista de mercado desregulado.
Esta ideología es antimoral. Explota a los numerosos pobres. Es destructora de la naturaleza, de lo vivo y los vivientes.
Estamos hartos de las mentiras e quienes la practican.
Los nuestros son los tiempos de la vergüenza ajena.
Hoy domina el mundo una pseudo-civilización, ex-occidental cristiana, encabezada por EEUU, que consiste principalmente en barbarie tecnológica manejada o manipulada por tecnócratas. La pseudo cultura se está haciendo hegemónica, aún en los sistemas de educación. El modo de gobernar, y de controlar la economía por los privados, se tecnocratiza. Todo ello en beneficio de los que mandan y su periferia, muy minoritarios respecto a la población, al pueblo. Su máximo valor es el ídolo del lucro, del éxito material.
En Chile hay continuidad en la materia esencial de la dictadura, desde 1990: el sistema económico y la ideología neoliberal capitalista de mercado etc., en las leyes y en la práctica. La Constitución de Pinochet, sus diecisiete leyes orgánicas constitucionales y sus decretos leyes básicos (como el D-L.600 sobre inversiones, el cual admite “contratos–leyes” que colocan al Estado en el mismo plano legal con las transnacionales privadas extranjeras), siguen rigiendo el país. Incluso los tres presidentes desde el 90, admiten que lo que hay es “una democracia imperfecta, incompleta”. Se debe agregar: no representativa. Por ejemplo, según el informe del PNUD sobre Chile, el año 2002, más del 90% de la población de todo el país, consultadas por encuestas serias de NU, se declara opuesta al sistema económico neo-liberal y desea cambiarlo, y sólo un 7,3% está conforme con él. Y en todas las elecciones desde fines de 1989 hasta ahora, los dos bloques políticos que en definitiva se han enfrentado, el de centro-derecha Concertación y la Alianza de derecha, con la UDI proto-fascista, coinciden plenamente en el neoliberalismo capitalista de mercado desregulado. El régimen electoral binominal lo acentúa.
Después del informe sobre la tortura, (que no es el último porque está pendiente el de la pena de Exilio, respecto al mayor número de chilenos castigados sin juicio), quienes quieren Punto final legal, están planteando que su contenido sería un Punto final ético.
¡Los inmorales dictaminando: hasta aquí no más llega la moral! Y piensan: todos somos impunes…
La conducta de quienes mandaron entre 1973 y 1990, y de quienes, con auxilio de aquellos, mandan hasta hoy, produce la angustia, el desaliento, el malestar de justos y justicieros. Mientras tanto los públicos y privados que mandan, circulan y figuran, se preguntan ¿por qué? ¿Por qué muchísimos jóvenes, y otros, no votan? ¿Por qué tal malestar? ¿Por qué este manifiesto? Porque hay una diferencia enorme e injusta de recursos entre los que tienen más y los que tienen menos o nada. Porque se ha entregado el país, su soberanía en lo decisivo, a la hiperpotencia norteamericana por el TLC con EEUU: Porque hacen de Chile un enclave norteamericano en América del Sur. Porque profundizan y mantienen la ideología totalizadora sobre la economía, la política, lo social y lo “cultural”, del neoliberalismo capitalista de mercado desregulado, que es anti–humano y, conforme a obispos y fieles, anticristiano. Porque nos globalizan contra la identidad nacional chilena. No se cumple con los deberes humanos hacia la colectividad.
Y aun porque estos atrevidos dicen que todos somos responsables de atrocidades como las torturas. ¡Qué lo van a ser los nacidos después de 1973!, ¡O las víctimas y sus parientes!, ¡o el pueblo víctima de todas las violaciones a sus derechos colectivos! O los que tenemos sed y hambre de justicia, los justos y justicieros, todos los que no mandamos.
—¿Y cuál es tu posición en la vida?
—Adoptaré una forma casi testamentaria y militante sin casi.
Mi fe es la católica cristiana y creo en todo lo que sostiene la Iglesia Católica Apostólica Romana, cuerpo místico de Cristo, en materia de dogma y de moral.
Disculpen que use tanto el “yo” y el “mi”.
Por temperamento gozo de un pesimismo primordial originado por el pecado original, la soberbia de querer ser “como dioses”. Ello introdujo para toda la humanidad la culpa, el sentido de culpabilidad colectiva y personal, haciéndonos criaturas imperfectas que, al constatar nuestras imperfecciones, tenemos simultáneamente la noción, el deseo y la vocación de lo perfecto porcontraste con estas imperfecciones; el deseo de Dios, para quienes creemos en nuestra religión monoteísta, o el de sus sucedáneos para quienes no creen; pese a lo cual, estos últimos se salvan si han sido justos en la vida, como expresa la doctrina del Bautismo de Deseo: si hubieran sabido que esta religión es verdadera habrían creído. No por nada se llama católica, o sea universal para todo el género humano desde que existe la humanidad.
Se tiene fe con esperanza. Aunque entró la muerte, el pecado ( y me atrevo a agregar la estupidez que sufrimos cada uno —empezando por uno mismo— y todos), la encarnación de Jesucristo, verdadero hombre y verdadero Dios, su crucifixión y muerte humana nos redime y, notablemente, su resurrección nos ofrece la mayor esperanza de los vivientes: la resurrección de la carne. Dice el catecismo (p. 102 en la versión francesa) y en su cita de Santo Tomás de Aquino: “El hijo único de Dios, queriendo que participemos en su divinidad, asumió nuestra naturaleza, a fin que Él, hecho hombre, hiciera de los hombres, dioses.”
Es lo que ocurre con la resurrección de la carne.
¡Promesa suprema, magnífica! ¡Llegar a ser dioses. Ello satisface plenamente al que escribió: “Un Dios tiene que haber, pues no lo soy.” (¿Qué debo hacer?, 2004).
¿Tengo amor? Sin él no se es justo.
—Prosiguiendo nuestro coloquio del oro y el moro, se me vienen a la cabeza varias dudas y preocupaciones. Yo quisiera preguntarte si, parafraseando a don Quijote dijeras “dichosos tiempos futuros” ¿cómo los imaginarías?
—En la confusión de la mente y los recuerdos, uno olvida las preguntas que se le hacen, y contesta otra cosa. En la confusión de los papeles y los libros, que uno cree se mueven con sus pequeños pies durante la noche de un lugar a otro para demostrar su independencia de nosotros, no se los encuentra cuando son necesarios.
Entonces tenemos la obligación de responder, sacando de los huesos algo de médula, y en vez de eso nos vemos con piltrafas de entrañas inútiles. Talvez esas vísceras contengan algo de verdad. Suponemos que el cerebro capaz de tener conciencia está situado en el cráneo, en la cabeza. Recientemente he leído una crónica (jueves 25 de agosto, 2005, Internacional Herald Tribune) según el cual –que es serio– tendríamos un “segundo cerebro” en las entrañas, de cuyas operaciones no tenemos conciencia –hasta hoy- si no es por sus efectos: dolores de estómago, ansiedad que resiente cerebro y entrañas, depresión que afecta a ambos, úlceras, enfermedad de Parkinson, etc. Se trata del sistema nervioso entérico, localizado en tejidos que se extienden desde el esófago al estómago al intestino delgado y al colon.
Por mi lado, ya en la adolescencia, cuando aprendí que existía en la psique el Inconsciente, he creído que este último está presente en todo el cuerpo, por dentro y por fuera, y que hay psique inconsciente hasta en las uñas de los pies, desde el pelo hasta éstas. De arriba abajo. Señalo mi interés en los dedos de los pies. (un libro de versos que será publicado tiene ese título: “Los dedos de los pies”).
Por otra parte, las uñas de pies y manos me han ocupado en muchos de mis versos. Cecilia mi mujer, me dijo alguna vez: los mejor que tienes en el cuerpo son las uñas de tus manos.
Cuando volví del destierro a Chile me encontré con otro país. En París imaginaba el Chile que había vivido más o menos la mitad de mi vida, según el Dante, treinta y cinco años cabales; o talvez treinta y tres. Cuando tuve esta última edad en Santiago, le dije al amigo Mario Valenzuela, un poco mayor que yo: “tengo la edad de Cristo”. “¡La edad de la muerte de Cristo!”- me contestó, con ese crudo humor negro que distingue a los chilenos antiguos o criollos viejos. Le encontré razón. Pero no morí.
Mi destierro injusto, sin forma de juicio, duró casi diecisiete años. A los quince el decreto pinochetesco, y las listas firmadas por el director de Investigaciones, dejaron oficialmente de tener efectos. Ya no se aplicaría a los desterrados políticos el decreto –ley 78 de 1973, octubre, a un mes y tanto del golpe de estado, según el cual quien rompía el exilio, por el mero hecho de pisar tierra chilena era penado con cinco años y un día hasta pena de muerte al volver a Chile.
Se me había robado mi país. Digo que era mío porque todos mis antepasados habían vivido en Chile desde los siglos XVI y XVII, con una o dos salvedades más recientes, de principios del siglo XVIII. También era mío porque soy uno de los desgarrados de Chile, en el molde irregular de su tremenda geografía, con la madera carnal y psicológica de los chilenos, solapados o llenos de solapas, negros de humor brutal, sobrevivientes en cada generación de la historia atroz que ha sido la del país desde el siglo XVI hasta ahora 2005. ¡Los desgarrados de Chile somos los genuinos chilenos! ¡Pero no me iban a desarraigar de esta tierra mal nutricia!
Otra ciudad, Santiago. Otro país el que recorrí en 1990, de Valdivia al norte, en caravana con poetas más jóvenes en general.
¿Qué había cambiado? Lo urbano, con ciudades de caracoles y de agresiva arquitectura; de manera de ser, dominada por un miedo, cobarde aunque se justificase porque el poder de las fuerzas armadas y Pinochet continuaba, sin perjuicio de que hubiera entregado la banda presidencial en marzo del año noventa.
El estado histórico chileno, fundado en los años mil ochocientos treinta —digamos en 1833 con la Constitución de esa fecha—, que había durado y aun perfeccionado, con altos y bajos ciento cuarenta años, hasta 1973, fue destruido por el golpe y la dictadura, y la continuidad de ésta después de 1990. La Constitución concedida por Pinochet en 1980, las leyes orgánicas constitucionales —diecisiete—, dictadas todas bajo la dictadura-, muchos y muy importantes decretos–leyes, como por ejemplo el d-l. 600 sobre inversiones extranjeras, siguieron en plena vigencia. Publiqué en la Carta abierta a Patricio Aylwin, que lo vigente en Chile después de marzo de 1990 no era una “democracia imperfecta” o “democracia incompleta”, como lo dijo cada uno de los jefes de estado últimos, sino una “dictadura imperfecta”; pues lo único que variaba en cuanto a la tiranía del Gobierno de Pinochet con sus Fuerzas Armadas y sus “civiles” (sí: viles) era: 1) que no había violación sistemática de los derechos humanos; y 2) que lucía una fachada de elecciones periódicas, por lo demás no verdaderamente representativas.
Me doy cuenta cabal que ya he dicho más de una vez lo anterior en estas conversaciones. ¿Cómo lo advierto? Por la impaciencia y hastío que mueven la pluma al escribirlo. Hace muchísimo tiempo que me he dicho, aburrido por naturaleza como soy: el tedio es una forma de conocimiento; cuando lo sentimos (por ejemplo, ahora), profundizamos lo que sabemos; la repetición es la forma ineludible que toma la vida para durar, para sobrevivir. Vivo porque me aburro. O bien, repitiendo mal a otro: me aburro, luego existo.
¿Cómo veo el futuro?
No lo veo. Todas las generaciones se han imaginado el fin del mundo, de su mundo, el fin de los tiempos, su tiempo. Cada cual, sabiendo, al menos en su inconsciente, que ha de morir, se resiste a concebir mundos y tiempos en los que él no estará.
Claro es que hay algunas personas, artistas y políticos, que quisieran influir sobre los que aún no han nacido, durante un siglo o más. El deseo de crear para mil años, es propio de locos, de hitleres. ¿Perdurar diez mil años? Edmond de Goncourt, autor único del Diario literario de los Goncourt, tras la muerte de Jules, su hermano menor, se pregunta hacia fines del siglo XIX, cuando se estrena una obra de teatro suya o se reedita una novela de ambos —dije “se pregunta”, pero más bien exclama, pensando en su posteridad—: ¡Y pensar que talvez estas obras ya no serán leídas en diez mil años más! Diez mil años son casi el doble de tiempo, en época de Goncourt (y nuestra), de lo que ha durado la palabra escrita, desde que los hombres sapiens sapiens idearon por primera vez el escribir.
Pensar en el porvenir es fantasía, proyección del presente hacia lo que ya no es el actual presente, o ciencia ficción. O futurología.
Creo que los más importantes futurólogos del siglo XX son Herman Kahn y su equipo, en el cual destacan Anthony J. Wiener junto a Raymond D. Gostil y Frank E. Armbruster, todos norteamericanos; además de un francés, Pierre Gallois. Hay muchos otros. Pero el principal, Herman Kahn, que trabajó primero en Rand Corporation para el Pentágono, y fundó luego el Hudson Institute dedicado a aquella disciplina. Su libro The Year 2000, “un cuadro para la especulación sobre los próximos 33 años”, publicado en 1967, en sus cuatrocientas cincuenta y tantas páginas de caracteres pequeños, fue precedido por una introducción de Daniel Bell, presidente de la “Comisión sobre el año 2000” de la American Academy of Arts and Sciences, institución bastante oficial norteamericana.
Releído ahora, año 2005, como lo he hecho, salta a la vista lo fantasioso de muchas previsiones. No se les pasó por la mente que la URSS pudiese disgregarse, lo cual fue predicho en 1947 por George Kennan y precisado en los años 1980 por el griego-francés Castoriadis; no se pone en el caso de la total derrota de USA en Indochina el año 1975, que terminó la guerra en Vietnam y Camboya; prevé variados casos de uso efectivo de armas nucleares que no se han producido; sus “futuros alternativos” no contemplan la enorme hegemonía del “modelo o sistema” (que en realidad es una ideología que cubre todas las actividades humanas), neoliberal capitalista de mercado desregulado, la cual por primera vez en la historia humana con su “globalización” comprende todo el planeta.; etcétera, etcétera.
La verdad es que todos los seres humanos constantemente prevemos el futuro: los momentos siguientes al presente que vivimos, dinámicamente; con frecuencia hacemos también presente el día de mañana. Imaginamos a veces el futuro en que vivirá la generación sucesiva, la de los hijos; pocas veces lo hacemos respecto a las generaciones subsiguientes, de nietos o bisnietos. No podemos saber, ni siquiera en fantasía, cómo será el mundo en más de veinte o treinta años.
Tampoco un estudio “científico y técnico”, tal como se presenta este libro El Año 2000, puede designar con cierta precisión lo que ocurrirá durante unos 33 años futuros.
Desde que ha pasado a predominar la noción del Progreso, digamos desde el siglo XVIII, primero en Occidente y luego en el resto del mundo, y la aparición en el siglo XIX el concepto estadístico del crecimiento económico, se ha visto inmersa en la psicología de los hombres de poder la necesidad de avanzar y crecer. Menos mal, como sabemos, que en las artes, incluyendo la literatura, no hay Progreso. Aquello no había ocurrido en toda la historia humana precedente y es, creo yo, esta utopía reciente y transitoria, una efectiva ideología que ha parecido triunfar en los últimos trescientos años.
Personalmente, habiendo sido criado en ella, hoy a la edad que tengo, no creo en progreso alguno de la naturaleza humana; y los horrores del siglo XX, que continúan en el XXI, dan cuenta más bien de una regresión.
Por otra parte, desde niño, y aun más hoy tengo desconfianza (es poco decir), siento rechazo por los avances tecnológicos y las máquinas de toda especie, tanto las bélicas como las civiles, y por los procedimientos que ellas generan, la vida a que inducen.
Naturalmente, vivo artificialmente rodeado de aparatos, artefactos y máquinas.
La luz, la música, los libros, y de ahí hasta —como he escrito— las tijeras y los lápices, lo que como y lo que defeco, casi toda mi vida cotidiana lo está: somos sub-máquinas. La creencia de Dios, aunque sus referencias exteriores estén mediados por objetos técnicos, no es una máquina.
Creo que la pelea fracasada de Don Quijote contra los molinos de viento fue una justificada agresión a esos monstruos, ogros y gigantes, porque eran máquinas y usaban la tecnología de las aspas. ¿Don Quijote, “luddista” anticipado? De modo que me niego a predecir, prever u ocuparme del porvenir, salvo una excepción: la Apocalipsis, según el libro de Juan de Patmos, el fin de los tiempos, el del mundo (y el cosmos, caído también por la soberbia de querer ser como Dios, la soberbia original de los humanos), el Juicio Final. En esto sí que creo, lo atiendo, lo deseo, lo preveo. Y espero, debido a la Esperanza (con Fe y, tiritando, con Caridad o amor) tener vida —gloriosa— en el otro mundo. Para mí, es el Futuro de veras.
Se podría decir que la resistencia a la planta industrial Celco en Valdivia, contaminadora del río, del aire y del santuario de la naturaleza a que iban a dar sus desechos venenosos, constituye un episodio poético frente a la maquinaria industrial que busca el lucro aunque ello cueste la vida a otras criaturas. Que haya sido la muerte de numerosos cisnes de cuello negro, el fundamento de protestas y acciones de ecologistas así como de otros chilenos a quienes esas muertes de aves bellas impresionaba en cuanto indigno, feo y criminal, es en realidad la prueba de que la poesía existe en contra de la fealdad económica y política.
¡Salvar cisnes de cuello negro! Resulta desinteresado.
He dicho desde hace tiempo que la poesía entre nosotros, en el país que según Joaquín Edwards Bello en los años 1920´ y de acuerdo al conde de Keyserling en su libro Meditaciones Suramericanas de los años 1930´, rinde culto a la fealdad, y la cultiva constantemente. He concluido, que la poesía aquí consiste en sacar belleza de la fealdad (así como el antiguo “sacar fuerzas de flaqueza”, o escribir Dios rectamente con líneas torcidas…) Fuerza y belleza de lo débil y feo es la poesía que se nos da.
Armando Uribe
En Santiago del Nuevo Extremo a veintiún días del mes de enero del año 2006.
* De Coloquio del oro y el moro: conversaciones con Armando Uribe (Catalonia,2006).