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La guerra no tiene rostro de mujer
Ramón Díaz Eterovic


“Yo me convierto en un testigo. Un testigo de lo que la gente recuerda, de cómo recuerda, de lo que quiere comentar y de lo que prefiere olvidar, encerrar en el rincón más lejano de su memoria”, señala Svetlana Alexiévich, Premio Nobel de Literatura 2015, al inicio de su libro "La guerra no tiene rostro de mujer", novela-reportaje que ahonda en la participación de las mujeres soviéticas en la Segunda Guerra Mundial. El relato está desarrollado a partir de los testimonios de cientos de mujeres que fueron a la guerra, ejerciendo una serie de responsabilidades en la retaguardia y en los frentes de batallas. Francotiradoras, telegrafistas, tanquistas, lavanderas, enfermeras, entre otras, evocan un tiempo en que muchas de las voluntarias no regresaron a sus hogares y otras lo hicieron con serios traumas físicos y psicológicos.

Alexiévich se mueve en la delgada frontera que separa la literatura del periodismo, como alguna vez lo hiciera Truman Capote ("A sangre fría"), Rodolfo Walsh ("Operación masacre") o Ryszard Kapuscinski, en su extenso reportaje "Imperio", donde recorre los puntos más remotos de la ex Unión Soviética. "La guerra no tiene rostro de mujer" es una pieza más de la extensa obra de Svetlana Alexiévich, la que incluye otros títulos traducidos al español, como: "Voces de Chernóbil" que reúne testimonios de la explosión nuclear que afectó a esa ciudad; y Los muchachos de zinc que aborda distintos episodios de la participación rusa en la guerra de Afganistan.

Svetlana Alexiévich inicia su libro analizando la presencia de la mujer en los libros que han descrito infinidades de guerras; libros casi todos escritos por hombres y en los que la presencia de la mujer queda reducida o anulada. Lo mismo dice, le ocurrió cuando iniciaba sus primeras investigaciones para su libro y descubrió que eran los hombres los que se animaban a conversar de la guerra y las mujeres guardaban silencio. A partir de eso decidió escribir de “una guerra desconocida para todos nosotros”, descubriendo en los relatos de sus entrevistadas que las historias de las mujeres son diferentes y hablan de otras cosa. “La guerra femenina –dice Svetlana Alexiévich- tiene sus colores, sus olores, su iluminación y su espacio. Tiene sus propias palabras. En esta guerra no hay héroes ni hazañas increíbles, tan solo hay seres humanos involucrados en una tarea inhumana”. Alexiévich señala que para las mujeres la guerra siempre será un asesinato y un duro trabajo en el que se revierten todas las normas de la vida cotidiana.

Recordar no siempre es fácil, nos recuerda la autora, antes de recurrir a los testimonios de cientos de mujeres sobre una guerra que marcó y definió en muchos sentidos el destino de sus vidas. El mérito de estos testimonios es que la entrevistadora consigue ahondar en los sentimientos de las mujeres y no se queda en las manifestaciones externas de las muchas veces olvidadas guerreras. En general, en los testimonios de estas mujeres hay una idea que se repite: el orgullo de haber defendido a la patria de la agresión nazi y el rechazo a las múltiples expresiones de la brutalidad que les tocó vivir. Muchos momentos de carencias, de dolor por la vida de muchas compañeras que morían en los campos de batalla; y desde luego las pequeñas alegrías al final de una jornada que las sorprende aun vivas, esperanzadas, capaces de improvisar un peinado o imaginar un vestido para una fiesta que es muy difícil que puedan disfrutar en mucho tiempo. Y también un dolor, relacionado con la forma en que muchas de ellas fueron recibidas a la vuelta de la guerra. Klaudia, una francotiradora condecorada, recuerda la incomprensión de la gente que no estuvo en el frente: “no puedo contarlo sin llorar… Han pasado cuarenta años, pero incluso ahora me arden las mejillas. Los hombres no abrían las bocas y las mujeres nos gritaban: sabemos lo que estuvisteis haciendo allí (…) sois las putas del frente…”.

Más de dos años tuvo que esperar Svetlana Alexiévich para conseguir un editor que quisiera publicar su libro. La imagen que ella daba de la guerra no era la oficial y su punto de vista rompía los cánones predominantes. Hoy, y gracias al Premio Nobel que se le otorgó, este y otros libros de su autoría se pueden leer y apreciar los méritos de una autora prácticamente desconocida en el mundo hispano hasta un año atrás. “La guerra no tiene rostro de mujer” se suma a otros grandes libros que nos han hablado de la crueldad de las guerras. “Sin novedad en el frente” de Erich Remarque; “Johnny cogió un fusil” de Dalton Trumbo, “Sin destino” del recientemente fallecido Premio Nobel Imre Kertész o “Hiroshima” de John Hersey, todos grandes testimonios de la fuerza de la vida para sobreponerse al horror inventado por el hombre en distintas épocas y territorios.




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 Referencia
Ramón Díaz Eterovic.  "La guerra no tiene rostro de mujer."  Anaquel Austral. Ed. Virginia Vidal. Santiago : Editorial Poetas Antiimperialistas de América.   30 de Julio de 2016.
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